«Señor duque: No me atrevo a llamarle a su lado. Cuando usted

reciba esta carta, ya habrá dejado de existir. Cuide y consuele a

la señora duquesa.»

XI

LA VIUDA CHERMIDY

La carta de Mantoux y la promesa formal de la muerte de Germana llegaron

el 12 de septiembre a poder de la señora Chermidy.

La bella arlesiana había perdido ya las esperanzas y la paciencia. Nadie

le escribía de Corfú; no sabía noticias de su amante ni de su hijo; el

doctor, ocupado en cosas más importantes, ni siquiera le había dado el

pésame por la muerte de su marido. Comenzaba a dudar del señor de

Villanera y se comparaba a Calipso, a Medea, a la rubia Ariadna y a

todas las abandonadas de la fábula. Algunas veces se extrañaba de ver

que su despecho se convertía en amor, sorprendiéndose de suspirar sin

testigos y con la mejor buena fe del mundo. El recuerdo de tres años

pasados con el conde producía en su corazón una sensación mezcla de

dolor y de placer. Se reprochaba, entre otras tonterías, el haberle

tenido la brida demasiado corta y el haberse hecho tanto de desear; el

no haberle saciado de dicha y el no haberle matado de ternura.

--Es culpa mía--pensaba--; lo he acostumbrado a privarse de mí. Si yo

hubiese sabido apoderarme de él, me habría hecho necesaria para su vida.

No hubiera tenido que hacer más que un signo para que abandonase a su

mujer, a su madre, a todo, en fin.

Se preguntaba frecuentemente si la ausencia no la había perjudicado en

el espíritu de don Diego. Meditaba sobre la locución popular: «Ojos que

no ven, corazón que no siente». Pensaba en embarcarse para las islas

Jónicas, en caer como una bomba en la casa de su amante y en apoderarse

de él en una lucha heroica. Le bastaría un cuarto de hora para reanimar

el fuego mal extinguido y para reanudar una costumbre que no estaba más

que interrumpida. Se veía disputando con la anciana condesa y con

Germana; ella sabría anonadarlas con su belleza, con su elocuencia, con

su energía. Entonces se apoderaría de su hijo, huiría con él y la

sonrisa irresistible del niño arrastraría al padre.

--¿Quién sabe--se decía--si una escena bien representada no mataría a la

enferma? ¿No se ve a mujeres llenas de salud desmayarse en el teatro?

Un buen drama representado por mí, tal vez la haría desmayar para

siempre.

Un sentimiento más humano, y por lo tanto más verosímil, la hacía

lamentar la ausencia de su hijo. Ella lo había llevado en sus entrañas y

puesto en el mundo; era su madre, después de todo, y sentía haberse

deshecho de él en provecho de otra. El amor materno encuentra

alojamiento en todas partes; es un huésped sin prejuicios, que sufre la

vecindad de las pasiones más bajas. Vive cómodamente en el corazón más

depravado y en el alma más pervertida. La señora Chermidy derramó

algunas lágrimas bien sinceras pensando que había alienado la propiedad

de su hijo y abdicado del nombre de madre.

Era verdaderamente desgraciada. Es únicamente en el teatro donde la

desgracia es privilegio de la virtud. No le hubieran faltado

distracciones y para ello no tenía más que elegir, pero sabía por

experiencia que el placer no consuela de nada. Desde hacía diez años su

vida había sido agitada y ruidosa como una fiesta, pero a expensas de la

paz del alma. No hay nada más vacío, más inquieto y más miserable que la

existencia de una mujer que sólo vive para el placer. La ambición que la

había sostenido desde su matrimonio, comenzaba ya a abandonarla; era

como la caña hendida que se doblega bajo la mano del viajero. Era

bastante rica para no desear el aumento de su fortuna; hay poca

diferencia entre un millón de beneficios y quinientos mil francos de

renta; algunos caballos más en las caballerizas, algunos lacayos más a

la entrada, no añaden casi nada a la felicidad del dueño. Lo que la

había halagado durante algún tiempo, era un nombre ilustre que pasear

por el mundo. Hasta pensó más de una vez en procurárselo por la vía

legítima, y encontró cincuenta para elegir; siempre hay nombres a la

venta en París. Pero tenía el derecho a mostrarse exigente: ¡cuando se

ha llevado el de Villanera! No se decidió.

Mientras tanto, concibió la extravagante idea de dar un sucesor público

a don Diego. Quizá cuando viese su tesoro en manos de otro acudiera a

reclamarlo. Pero también temía proporcionar con ello armas a sus

enemigos; Germana no estaba salvada aún; era jugarse el todo por el todo

y se exponía a cerrarse las puertas del matrimonio. Además, por mucho

que buscase a su alrededor, no encontraba un hombre que valiese un

capricho ni que fuese digno de sustituir por un solo día al señor de

Villanera. Los supernumerarios que la hacían la corte en el salón, no

supieron nunca cuán cerca habían estado de la dicha.

Para ocupar sus ocios, no encontró nada mejor que acabar la ruina moral

del anciano duque. Cumplió la tarea que se había impuesto con la

atención minuciosa, el cuidado paciente y la perseverancia infatigable

de aquella sultana aburrida que, en la ausencia del señor, arranca una a

una todas las plumas de un viejo loro.

Hubiera preferido, desde luego, vengarse directamente de Germana; pero

Germana estaba lejos. Si la duquesa se hubiese encontrado a su alcance,

hubiera dado la preferencia a la duquesa. Pero la duquesa no salía de su

habitación más que para ir a la iglesia: la señora Chermidy no podía

encontrarla allí, porque no iba nunca. Hubiera podido también matar de

hambre a la ducal familia; pero la operación requería tiempo. Al volver

a tener dinero, el señor de La Tour de Embleuse había levantado de nuevo

su crédito. La hermosa enemiga de la familia no tenía más que al duque

en su poder; juró hacerle perder la cabeza, y lo consiguió.

En los baños rusos, cuando el paciente sale de la abrasadora estufa,

cuando su cuerpo se ha acostumbrado gradualmente a un alta temperatura,

cuando el calor ha dilatado ampliamente sus poros y su rostro se esponja

como una peonía en flor, se le conduce suavemente bajo un grifo de agua

fría; una ducha glacial le cae sobre la cabeza y el frío le penetra

hasta la medula. La señora Chermidy trató al duque por el mismo

procedimiento. «A los rusos les sienta bien, pensaba; al viejo le

sentará mal.» Fue víctima de la coquetería más odiosa que haya torturado

jamás el corazón de un hombre. La señora Chermidy le persuadió de que le

amaba, _le Tas_ se lo juró, y si se hubiera contentado con palabras,

habría sido el sexagenario más dichoso de París. Se pasaba la vida en la

calle del Circo, y sufría un verdadero martirio. Derrochaba todos los

días tanta elocuencia y pasión, tantos razonamientos y ruegos, tanta

verdadera y falsa lógica como J. J. Rousseau en _La Nueva Eloísa_; todas

las noches lo ponían a la puerta con buenas palabras. Juraba no volver

más; empleaba una larga noche de insomnio en maldecir al autor de su

suplicio, y al día siguiente corría a casa de su verdugo con una

impaciencia senil. Toda su inteligencia, toda su voluntad, todos sus

vicios se habían absorbido y confundido en aquella pasión única. No era

ya ni marido, ni padre, ni hombre, ni caballero; era sencillamente el

juguete de la señora Chermidy.

La experiencia dio tan buenos resultados, que el pobre hombre, fuese

dichoso, fuese desgraciado, había de dejar la vida en ella. Un suplicio

prolongado lo mataba lentamente; la gracia que pedía lo hubiera matado

de repente.

Después de un verano de sufrimientos cotidianos, sus facultades

intelectuales habían descendido sensiblemente. Casi no tenía ya memoria;

por lo menos olvidaba todo lo que no se refería a su amor. No se

interesaba por nada; los asuntos privados y públicos, su casa, su mujer,

su hija, todo le era indiferente y extraño. La duquesa le cuidaba como a

un niño cuando por casualidad se quedaba a su lado; desgraciadamente no

era aún bastante niño para que se le pudiese encerrar en casa.

Cuando recibió la carta del doctor Le Bris la releyó dos o tres veces

sin comprenderla. Si la duquesa hubiera estado allí, le habría rogado

que se la leyese y se la explicase. Pero rompió el sobre cuando ya había

salido para dirigirse a toda prisa a la calle del Circo y no quiso

desandar lo andado. A fuerza de leerla, adivinó que se trataba de su

hija, se encogió de hombros y se dijo sin acortar el paso:

--Ese Le Bris es siempre el mismo. Yo no sé qué tiene contra mi hija. La

prueba de que no está para morir, es que se encuentra bien.

No obstante, reflexionó que el doctor podía muy bien decir verdad. Esta

idea le produjo terror.

--Sería una gran desgracia para nosotros--decía corriendo con toda la

velocidad de sus piernas--. Soy un padre sin consuelo. No hay tiempo que

perder. Voy a anunciárselo a Honorina. Ella me comprenderá, porque tiene

buen corazón. Ella tendrá piedad de mí, enjugará mis lágrimas, y, quién

sabe si...

Cuando entró en el salón, sonreía con aire embrutecido.

Nunca la señora Chermidy había estado tan bella y tan radiante. Su cara

parecía un sol; el triunfo relampagueaba en sus ojos; su sillón parecía

un trono, y su voz sonaba como un clarín. Se levantó para recibir al

duque; sus pies no tocaban sobre la alfombra y su cabeza, soberbia de

alegría, parecía ascender hasta el techo. El viejo se detuvo atontado y

jadeante al verla de tal modo transfigurada. Balbució algunas palabras

ininteligibles y se dejó caer pesadamente en un sillón.

La señora Chermidy fue a sentarse a su lado.

--¡Buenos días, señor duque!--exclamó--. Buenos días, y adiós.

El duque palideció y repitió estúpidamente:

--¿Adiós?

--Sí, adiós. ¿No me pregunta usted a dónde voy?

--Sí.

--Pues bien, esté satisfecho. Voy a Corfú.

--A propósito--dijo él--. Creo que mi hija ha muerto. El doctor me lo ha

escrito esta mañana. Soy muy desgraciado, Honorina, y debería usted

tener piedad de mí.

--¡Ah! ¡es usted desgraciado! ¡y la duquesa también es muy desgraciada!

¡Y la vieja Villanera debe de llorar lágrimas negras sobre sus mejillas

bronceadas! Pero yo, no; yo río, triunfo, reino; y la enterraré y

después me casaré. ¡Ya ha muerto! ¡Al fin ha pagado su deuda! ¡al fin me

devuelve todo lo que me había robado! ¡y entraré en posesión de mi

amante y de mi hijo! ¿Por qué me mira usted con esos ojos de extrañeza?

¿Es que creía usted que iba a contenerme? Ya he hecho bastante con

devorar mi rabia durante ocho meses. Tanto peor para aquellos a quienes

mi dicha ofusque; no tienen más que cerrar los ojos.

Aquella alegría desenfrenada pareció devolver al anciano una apariencia

de razón. Se levantó con energía y dijo a la viuda:

--¿Piensa usted en lo que está haciendo? ¡Usted se regocija delante de

mí de la muerte de mi hija!

--Y en cambio usted--contestó impúdicamente--se ha regocijado de su

vida. ¿Quién es el que se tomaba la molestia de traerme sus noticias?

¿Quién es el que venía todos los días a decirme en la cara: está mejor?

¿Quién es el que me obligaba a leer sus cartas y las del médico? Hace

casi ocho meses que usted me estaba asesinando con su salud. ¡Qué menos

que un cuarto de hora para regalarme con su muerte!

--Pero, Honorina, ¡usted es una mujer horrible!

--Sé perfectamente lo que soy. Si su hija de usted hubiera vivido, como

ha estado a punto de ocurrir, no se habría ocultado de mí. Hubiera

paseado todos los días por el Bosque, con don Diego, con mi hijo, ¡y yo

les hubiera visto desde mi coche! Hubiera habitado en un palacio, en

París, y yo me habría consumido a la puerta. Hubiera puesto en sus

tarjetas de visita el nombre de Villanera, que es el mío; me parece,

¡caramba!, que lo he ganado bien. ¿Y no quiere usted que ahora tome mi

desquite?

--¿Pero es que aun ama al señor de Villanera?

--¡Pobre duque! ¿Es que cree usted que de la noche a la mañana se puede

olvidar a un hombre como don Diego? ¿Usted cree que se echa un niño al

mundo, como el mío, que ha nacido marqués, para hacer un regalo a una

tísica? ¿Admite usted que yo haya pedido a Dios durante tres años la

muerte de mi marido, yo que no rezo nunca, para no hacer nada de mi

libertad? ¿Usted supone que Chermidy se ha hecho matar en Ky-Tcheou para

que yo quede viuda a perpetuidad?

--¿Así va usted a casarse con el conde de Villanera?

--¡Claro!

--¿Y yo?

--¿Usted, buen hombre? Vaya a consolar a su mujer; por ahí debería haber

empezado.

--¿Y qué voy a decirle?

--Dígale lo que quiera. Adiós; tengo que hacer mis baúles. ¿Tiene usted

necesidad de dinero?

El duque hizo un gesto de disgusto que advirtió la señora Chermidy.

--¿Es que le repugna nuestro dinero? ¡A su gusto! no le daremos más.

El anciano salió sin saber lo que se hacía, como un hombre borracho.

Erró por las calles hasta la noche. Hacia las diez sintió hambre. Montó

en un coche y se hizo conducir al club. Estaba tan cambiado, que el

señor de Sanglié casi no lo reconoció.

--¿Qué mala hierba ha pisado usted?--le preguntó el barón--. Tiene usted

la cara trastornada y parece que va a caerse. Siéntese y hablaremos.

--Con mucho gusto--dijo el duque.

--¿Cómo va la duquesa? Llego del campo y aun no he tenido tiempo de

hacer ninguna visita.

--¿Que cómo va la duquesa?

--Sí.

--Creo que va a llorar.

--Está loco--pensó el barón.

El duque añadió sin cambiar de tono:

--Me figuro que Germana ha muerto y que Honorina se alegra de ello.

Encuentro eso horrible y así se lo he dicho a ella misma.

--¡Germana! ¡Vamos, pobre amigo mío, piense usted en lo que dice!

¡Germana! ¿Ha muerto la señora de Villanera?

--La señora de Villanera es Honorina. Va a casarse con el conde. Tome

usted, aquí tengo la carta. Pero, ¿qué piensa usted de la conducta de

Honorina?

El barón leyó de una ojeada la carta del doctor.

--¿Hace mucho que sabe usted eso?--preguntó.

--Desde esta mañana, cuando iba a casa de Honorina.

--¿Y la duquesa sabe algo?

--No, no sé cómo decírselo... Quería preguntárselo a Honorina...

--¡Ea! ¡Que se vaya al diablo Honorina!

--Es lo que yo digo.

Llamaron al barón para el _whist_ y respondió, sin levantarse, que

estaba ocupado, rogando a un amigo que tomase su puesto. Quería acabar

la confesión, pero el duque le interrumpió diciéndole con voz ronca:

--Tengo hambre. Aun no he comido hoy.

--¿De veras?

--Sí; hágame servir un cubierto. También tendrá usted que prestarme

dinero, no me queda nada.

--¡Cómo!

--Sí, sí; yo tenía un millón, pero se lo he dado a Honorina.

El duque comió con el apetito voraz de un loco. Después, sus ideas

parecieron aclararse. Era un espíritu fatigado más bien que enfermo.

Contó al barón la pasión insensata que lo consumía desde hacía seis

meses; le explicó cómo se había despojado de todo por la señora

Chermidy.

El barón era un hombre excelente y quedó tristemente impresionado al oír

que aquella casa que había visto levantarse en pocos meses había caído

más bajo que nunca. Compadeció sobre todo a la duquesa que debía

infaliblemente sucumbir a tantos golpes, y tomó sobre sí la tarea de

anunciarle gradualmente la enfermedad y la muerte de Germana,

aplicándose a fortificar el debilitado entendimiento del viejo duque. Se

tranquilizó sobre las consecuencias de su loca generosidad: era evidente

que el señor de Villanera no dejaría en la miseria a su suegro. Al mismo

tiempo pudo estudiar, a través de las confesiones y de las reticencias

del anciano, el carácter singular de la señora Chermidy.

La autoridad de un espíritu sano es muy eficaz sobre un cerebro enfermo.

Después de dos horas de conversación, el señor de La Tour de Embleuse

desembrolló el caos de sus ideas, lloró la muerte de su hija, temió por

la salud de su esposa, lamentó las tonterías que había hecho y estimó a

la señora Chermidy en su justo valor. El señor de Sanglié le dejó a la

puerta de su casa muy aliviado, ya que no curado.

Al día siguiente, temprano, el barón hizo una visita a la duquesa.

Detuvo en el umbral al duque que se disponía a salir y le obligó a

entrar con él. Durante tres días no le quitó la vista de encima; lo

paseó, lo llevó a diversiones y consiguió distraerle del único

pensamiento que lo agitaba. El 16 de septiembre lo condujo al hotel de

la implacable Honorina y le probó, preguntándolo al conserje, que había

partido con _le Tas_ para las islas Jónicas.

El duque pareció emocionarse menos de lo que se hubiera creído. Vivió

apaciblemente encerrado en su casa, tuvo toda clase de atenciones para

con su esposa y le demostró, con una delicadeza extrema, que Germana

nunca había estado curada y que debía esperarse lo peor. Se interesó en

los menores detalles domésticos, reconoció la necesidad de hacer algunas

compras, pidió 2.000 francos a su amigo Sanglié, guardó el dinero, y el

20 de septiembre por la mañana partió para Corfú sin haberse despedido

de nadie.

XII

LA GUERRA

El día 8 de septiembre, Germana, que había sido condenada sin apelación

por la ciencia, equivocó a los médicos y a sus amigos, y empezó a

convalecer. La fiebre que la devoraba remitió en pocas horas como esas

grandes tormentas de los trópicos que arrancan de raíz los árboles,

derriban las casas, conmueven las montañas, y un rayo de sol detiene en

medio de su carrera.

Esta feliz revolución se operó tan bruscamente, que el señor Gómez y la

condesa no daban crédito a la realidad. Aunque el hombre se habitúa

antes a la dicha que al dolor, sus corazones permanecieron varios días

en suspenso. Temían ser víctimas de una ilusión; no se atrevían a

felicitarse de un milagro tan poco esperado, y se preguntaban si esa

apariencia de curación no era el supremo esfuerzo de un ser que se

aferra a la vida, el postrer relámpago de una lámpara que se apaga.

Pero el doctor Le Bris y el señor Delviniotis comprobaron por señales

inequívocas que los males de aquel pobre cuerpo habían terminado. La

inflamación reparó en ocho días todos los destrozos de una larga

enfermedad; la crisis había salvado a Germana; el terremoto había vuelto

a poner la casa sobre su base.

A la joven le parecía naturalísimo vivir y haber curado. Gracias al

delirio producido por la fiebre, pasó junto a la muerte sin darse

cuenta, y la violencia del mal le había quitado la conciencia del

peligro. Despertó como un niño sobre el brocal de un pozo, sin medir la

profundidad del abismo. Cuando le dijeron que había estado a punto de

morir y que sus amigos desconfiaban de salvarla, quedó muy sorprendida.

No sabía de cuán lejos regresaba. Y al prometerle que viviría mucho

tiempo y que ya no sufriría, miró con ternura al crucifijo de marfil que

tenía sobre la cabecera de su cama y dijo con una alegría dulce y

confiada:

--El Señor me debía eso; ya he pasado el purgatorio.

En poco tiempo recobró las fuerzas, y no tardó en florecer la juventud

en sus mejillas. Se habría dicho que la Naturaleza se apresuraba en

adornarla para la dicha. Entró en posesión de la vida con la alegría

impetuosa de un pretendiente que de un salto se encarama sobre el trono

de sus padres. Habría querido estar en un mismo momento en todos lados,

gozar a un mismo tiempo de todos los placeres que le habían sido

devueltos, del movimiento y del reposo, de la soledad y de la compañía,

de la claridad deslumbradora de los días y del suave resplandor de las

noches. Sus manecitas se aferraban con delicia a todo cuanto la rodeaba.

Abrumaba con sus caricias a su marido, a su suegra, al niño, a sus

amigos. Sentía la necesidad de manifestar su dicha en mil ternuras. A

veces lloraba sin motivo. Pero eran lágrimas dulces. El pequeño Gómez

con sus besos las enjugaba en el borde de sus ojos, como los pajaritos

beben el rocío en el cáliz de una flor.

Todo es causa de placer para los convalecientes. Las funciones más

indiferentes de la vida constituyen una fuente de delicias inefables

para el que ha visto próxima la muerte. Todos sus sentidos vibran al

menor contacto del mundo exterior. El calor del sol les parece más dulce

que un manto de armiño; la luz alegra sus ojos como una caricia, el

perfume de las flores le embriaga, los rumores de la Naturaleza llegan a

su oído como una suave melodía, y el pan le parece bueno.

Los que habían compartido los sufrimientos de Germana, se sentían

renacer con ella. Su convalecencia restableció prontamente a todos los

que estuvieron asociados a sus dolores. A su alrededor ya no hubo

señales de preocupación, y la alegría hizo palpitar a todos los

corazones al unísono. Quedaron olvidadas todas las fatigas y todas las

angustias; la dicha reinó en el hogar; el primer día bueno borró de

todos los rostros la huella de las vigilias y de las lágrimas. Los

huéspedes de la villa Dandolo no pensaban en regresar a sus casas.

Unidos por la felicidad, como lo habían estado por la inquietud, se

agrupaban alrededor de Germana, como una familia bien avenida alrededor

de un niño mimado. El día en que le escribieron a la duquesa de La Tour

de Embleuse, para comunicarle la salvación de su hija, cada uno quiso

ponerle algo en la carta a la venturosa madre, y la pluma fue pasando de

mano en mano. Esta carta llegó a París el 22 de septiembre, dos días

después del eclipse del anciano duque.

La señora Chermidy y su inseparable _le Tas_ desembarcaron el 24 por la

noche en la ciudad de Corfú. La viuda del comandante había hecho las

maletas a toda prisa. Apenas si tomó el tiempo preciso para reunir cien

mil francos para el salario de Mantoux y gastos imprevistos. _Le Tas_ le

aconsejó que aguardase en París noticias más positivas; pero se cree con

tanto gusto lo que se desea, que la señora Chermidy ya daba a Germana

por enterrada.

De Trieste a Corfú hizo el viaje en el puente con los gemelos siempre en

la mano, para ser la primera en anunciar la tierra. Hubiera querido

detener a todos los barcos que pasaban a la vista, para preguntarles si

no llevaban carta para ella. Se informó si llegarían por la mañana, pues

no se sentía con fuerzas para pasar una noche más en la espera y tenía

el propósito de dirigirse inmediatamente a la villa Dandolo. Su

impaciencia se revelaba hasta el punto de que los pasajeros de primera

la designaban con el nombre de la _heredera_, y en voz baja se decía que

iba a Corfú a incautarse de una herencia cuantiosa.

Hizo bastante mala mar durante dos días, y todo el pasaje se mareó a

excepción de la heredera de Germana, que no tenía tiempo para notar los

vaivenes del barco. Quizás ni aun sus pies tocaban la cubierta del

vapor. Tal era su ligereza que volaba en vez de marchar, y cuando por

casualidad se dormía soñaba que nadaba en el aire.

Cuando el buque fondeó en el puerto era noche cerrada, y ya habían dado

las nueve cuando los pasajeros y sus equipajes llegaron a tierra. La

vista de las lucecitas diseminadas que brillaban aquí y acullá en la

ciudad, produjo un efecto desagradable a la señora Chermidy. Al llegar

al término de un viaje, la esperanza que nos había llevado hasta allí

con sus alas nos falta, y caemos rudamente sobre la realidad. Lo que nos

parecía más seguro queda velado por la duda; no contamos ya con nada y

empezamos a esperarlo todo. Nos sobrecoge el frío, sea cual fuere el

ardor de las pasiones que nos animan; nos sentimos inclinados a creer lo

peor, nos pesa haber emprendido el viaje y quisiéramos retroceder.

La impresión es tanto más penosa cuando ya no estamos solos y llegamos a

un país menos conocido. Si nadie nos espera en el puerto y nos vemos

abandonados entre las garras de esos faquines políglotas que zumban

alrededor de los viajeros, nuestro primer sentimiento es una mezcla de

desprecio, repugnancia y desaliento. La señora Chermidy llegó muy

disgustada al hotel de Trafalgar.

Esperaba enterarse a su llegada de la muerte de Germana, y lo primero de

que se enteró fue de que la lengua francesa no está muy extendida en los

hoteles de Corfú, y como entre la señora Chermidy y _le Tas_ no poseían

más lengua extranjera que el provenzal, no hay que decir que con ella

tampoco adelantaban nada. Les fue preciso recurrir a un intérprete, y

cenar mientras lo esperaban. El intérprete llegó cuando el dueño del

hotel ya se había acostado, y hubo de levantarse gruñendo y protestando

de que se le molestase para asuntos que nada le importaban. Le eran

desconocidos los señores de Villanera, y le parecía dudoso que hubiesen

estado en la isla, pues todos los viajeros distinguidos se hospedaban en

_Trafalgar Hotel_. No se podía suponer que si los señores de Villanera

eran «gente bien» se hubiesen ido a otra parte. El hotel de Inglaterra,

el de Albión, el Victoria, eran establecimientos de último orden,

indignos de hospedar a los señores de Villanera.

Germana · 第 12 / 15 段