Germana llevaba ya un mes del tratamiento por el yodo. El doctor asistía

todas las mañanas a la inspiración, y muchas veces le acompañaba el

señor Delviniotis. Este tratamiento no es infalible, pero es suave y

fácil. Una corriente de aire caliente disuelve lentamente un centigramo

de yodo y lo hace penetrar en los pulmones sin esfuerzo ni dolor alguno.

El yodo puro no embriaga a los enfermos como la tintura, no provoca la

tos, no produce estomatitis. Su único defecto es dejar en la boca un

ligero sabor a herrumbre, al cual el enfermo no tarda en acostumbrarse.

Los señores Le Bris y Delviniotis acostumbraron suavemente a Germana a

este medicamento nuevo. En su impaciencia por curar hubiera querido

arrancarse su mal a viva fuerza; pero ellos no le permitían más que una

inspiración diaria y aun muy corta: tres minutos, cuatro a lo más. Con

el tiempo aumentaron la dosis y a medida que la curación avanzaba

llegaron a darle hasta dos centigramos diarios.

El estado de la enferma mejoraba con una rapidez increíble, gracias a la

discreta colaboración de Mateo Mantoux. Un desconocido que hubiese

estado por primera vez en la villa Dandolo no habría sospechado que allí

hubiese una tísica. A fines de agosto, Germana estaba fresca como una

rosa y redonda como una fruta. En aquel hermoso jardín donde la

Naturaleza había acumulado todas sus maravillas, el sol no alumbraba

nada más brillante que aquella mujer completamente nueva, por decirlo

así, que salía de la enfermedad como una joya de su estuche. No sólo los

colores de la juventud florecían en su rostro, sino que la salud

metamorfoseaba cada día las formas de su cuerpo. Las dulces oleadas de

una sangre generosa henchían lentamente su piel rosada y transparente;

todos los resortes de la vida, relajados por tres años de dolor,

recobraban su tensión con una alegría visible.

Los testigos de aquella transformación bendecían la ciencia como se

bendice a Dios. Pero el más dichoso de todos era quizás el doctor Le

Bris. La curación de Germana podía parecer a los demás una esperanza;

sólo para él era una certidumbre. Al auscultar a su querida enferma,

comprobaba todos los días la disminución del mal; veía la curación en

sus efectos y en sus causas; medía como con un compás el terreno que

había ganado a la muerte. La auscultación, método admirable que la

ciencia moderna debe al genio de Hipócrates, permite al médico leer en

el cuerpo del enfermo como en un libro abierto. Los resortes invisibles

que se agitan en nosotros producen en su marcha regular un ruido tan

constante como el movimiento de un péndulo. El oído del médico, cuando

está acostumbrado a percibir esa harmonía de la salud, reconoce por

signos ciertos el más pequeño desorden interior. La enfermedad tiene su

lenguaje claro y preciso para el observador inteligente que asiste a los

progresos de la vida o de la muerte. Un sonido mate designa al médico

las partes del pulmón donde el aire ya no penetra; un estertor

particular le indica las cavernas invasoras que caracterizan el último

período de la tuberculosis. El señor Le Bris reconoció bien pronto que

las partes impermeables al aire se circunscribían de día en día; que el

estertor se extinguía poco a poco; que el aire entraba suavemente en las

células vivificadas que envolvían las cavernas cicatrizadas. Había

dibujado, para la vieja condesa, el plano exacto de los estragos que la

enfermedad había hecho en el pecho de la joven. Todas las mañanas

trazaba con lápiz un nuevo contorno que atestiguaba el progreso

cotidiano de la curación. Balzac ha descrito el caso de un individuo, en

su novela _La piel de zapa_, cuya vida, figurada por un cuero que él

corta a medida de sus deseos y necesidades, se va limitando cada día. El

caso de Germana era al revés.

El 31 de agosto, el señor Le Bris, dichoso como un vencedor, dio un

paseo a pie hasta la ciudad. El campo le agradaba, pero no desdeñaba

tampoco una vuelta por la explanada donde le divertían las cornamusas de

los regimientos escoceses. Además, contemplaba el humo de los vapores,

creía aproximarse a París. Le agradaba también comer en compañía de los

oficiales ingleses y curiosear después un rato por las calles

comerciales. Admiraba a los soldados vestidos completamente de blanco,

con sombrero de paja, guantes amarillos y zapatos cuidadosamente

lustrados, a la hora en que aquellos bravos, acompañados de sus

pequeños, iban a comprar sus provisiones. Reposaban los ojos en el

espectáculo de las admirables instalaciones de frutas verdes que los

vendedores procuraban presentar con una limpieza inglesa. El uno frotaba

las ciruelas contra su manga para sacarlas lustre; el otro cepillaba con

un cepillito de sombrero el terciopelo rosado de los melocotones. Era un

pintoresco batiburrillo en el que se veían melones del tamaño de

calabazas, limones gruesos como melones, ciruelas como limones y uvas

como ciruelas. Quizá también el joven doctor miraba con cierta

complacencia a las lindas griegas asomadas a los balcones y rodeadas de

flores. En aquel país de dicha y despreocupación, las burguesitas no se

desdeñan en enviar besos a los extranjeros, como las floristas de

Florencia les arrojan ramos en sus coches. Si su padre las ve, las

abofetea rudamente, en nombre de la moral, y esto da un poco de variedad

al cuadro.

Mientras el doctor pasaba el rato inocentemente, el conde Dandolo, el

capitán Bretignières y los Vitré, comían juntos en casa del señor de

Villanera. Germana tenía buen apetito; pero en cambio el pobre Gastón no

comía más que con los ojos.

A los postres se entabló una conversación muy interesante. El señor

Dandolo describió a grandes rasgos la política inglesa en extremo

Oriente, mostrando a la gran nación establecida en Hong-Kong, en Macao,

en Cantón, en todas partes.

--Nuestros hijos--decía--, verán a los ingleses dueños de la China y del

Japón.

--¡Alto ahí!--interrumpió el capitán Bretignières. ¿Qué dejaríamos

entonces para Francia?

--Todo lo que pida, es decir, nada. Francia es un país desinteresado. Se

pasa la vida haciendo conquistas, pero no guarda nada para sí.

--Entendámonos, señor conde. Francia nunca ha tenido egoísmo. Ha hecho

más por la civilización que ningún otro país de Europa, y nunca ha

pedido recompensa. El Universo entero es nuestro deudor; nosotros le

proveemos de ideas desde hace trescientos o cuatrocientos años, y no nos

ha dado nada en cambio. ¡Cuando pienso que ni siquiera tenemos las islas

Jónicas!

--Ya las han tenido, capitán, y no han querido conservarlas.

--¡Ah! ¡si yo tuviese mis dos piernas!

--¿Qué haría usted, capitán?--preguntó la señora de Villanera.

--¿Qué haría, señora? Mi país no tiene ambición; ya la tendría yo por

él. Yo le daría las islas Jónicas, Malta, las Indias, la China y el

Japón; y no sufriría que se hablase de monarquía universal.

--El señor de Bretignières--dijo Germana--se parece al preceptor aquel

de quien uno de los alumnos robó un higo. Le hizo un sermón sobre la

glotonería y se comió el higo en el calor de la improvisación.

El capitán se detuvo ruborizándose hasta las orejas.

--Creo--dijo--que he ido más lejos que mi pensamiento. ¿Dónde estábamos?

--En todas partes--respondió el conde Dandolo.

--Es justo, puesto que hablamos de Inglaterra. ¿Cree usted que si lo de

Ky-Tcheou hubiese ocurrido a un navío inglés se hubieran conformado sus

oficiales con bombardear la ciudad? ¡No son tan tontos! Inglaterra

habría conseguido un buen tratado de comercio, cien millones en metálico

y cincuenta leguas de territorio.

--¿Lo cree usted?--preguntó el señor Dandolo.

--Estoy seguro.

--Pues bien, ¿para qué discutir más? Soy de igual opinión.

--¿Qué es esa historia de Ky-Tcheou?--preguntó Germana.

--¿No ha leído usted eso, señora?

--Nosotros no vemos ningún periódico aquí, a excepción de usted, querido

conde.

--Pues bien, lo de Ky-Tcheou es un asunto de importancia. Los chinos han

asesinado a dos misioneros y a un comandante francés; los franceses han

arrasado la ciudad, tan completamente, que su nombre no figura ya en el

mapa; las gentes se preguntan en qué quedará eso; yo creo que en nada.

El conde, que hasta entonces había permanecido silencioso, preguntó al

señor Dandolo:

--¿Es reciente la historia de que usted habla?

--De ahora mismo. Ha llegado en el último correo. ¿No ha oído hablar

usted de la _Náyade_? ¿No ha leído la muerte del comandante Chermidy?

El conde de Villanera palideció; Germana le miró fijamente para

sorprender en él un síntoma de alegría; la vieja condesa se levantó de

la mesa y el señor Dandolo pasó al salón sin haber contado la historia

de Ky-Tcheou.

Germana aprovechó el momento en que se servía el café para arrastrar al

señor de Villanera hasta el jardín. El sol se había puesto dos horas

antes y la noche era calurosa como un día de verano. Los dos esposos se

sentaron juntos en un banco rústico a orillas del mar. La luna no había

aparecido aún en el horizonte, pero las estrellas fugaces cruzaban el

cielo en todas direcciones, y las olas iluminaban la playa con sus

fosforescencias.

Don Diego aun estaba aturdido por la noticia que acababa de oír. Había

recibido una sacudida violenta; pero la impresión había sido tan

repentina que aun no podía darse cuenta exacta de si era de placer o de

pena. Se parecía al hombre que se ha caído de un tejado y se palpa para

saber si está muerto o vivo. Mil reflexiones rápidas atravesaban

confusamente su espíritu, como las antorchas que cruzan un campo sin

disipar las tinieblas. Germana no estaba más tranquila que él. Presentía

que su vida iba a decidirse en una hora y que su médico no era ya el

señor Le Bris, sino el señor de Villanera. No obstante, los dos jóvenes,

conmovidos hasta el fondo del alma por una emoción violenta,

permanecieron algunos instantes sentados el uno al lado del otro en el

más profundo silencio. Un pescador que pasaba cerca de la orilla les

tomó seguramente por dos amantes dichosos, absortos en la contemplación

de su felicidad.

Germana fue la primera en hablar. Se volvió hacia su marido, le cogió

las dos manos y le dijo con voz ahogada:

--Don Diego, ¿lo sabía usted?

--No, Germana. Si lo hubiera sabido se lo habría dicho. No tengo

secretos para usted.

--¿Y qué impresión le ha producido a usted la noticia? ¿De disgusto o de

alegría?

--No sé qué responder y me pone usted en un verdadero compromiso. Déjeme

tiempo para que pueda darme cuenta de lo que me pasa. Ese acontecimiento

no puede alegrarme, ya lo sabe usted. Pero si yo le dijese que me sabe

mal creería usted que yo había tomado mis medidas para esa fatal

eventualidad. ¿No es eso lo que usted piensa?

--Yo no estoy segura de lo que pienso, don Diego. Mi corazón late tan

fuerte, que me sería difícil oír otra cosa. La única idea que se me

presenta clara es la de que esa mujer es libre. Si le había prometido

quedarse viuda, ha cumplido su palabra antes que usted. Ha sido la

primera en llegar a la cita que le ha dado usted, y yo temo...

--¿Qué teme usted?

--Ser un obstáculo, puesto que mi vida le separa de la dicha y que mi

salud le hace perder toda esperanza.

--Su vida y su salud, Germana, son presentes de Dios. Es un milagro del

Cielo el que la ha conservado a usted, y ahora que ya conozco a usted

bendigo desde el fondo de mi corazón los decretos de la Providencia.

--Le doy las gracias, don Diego, y le reconozco a usted en ese lenguaje

noble y religioso. Es usted demasiado buen cristiano para rebelarse

contra un milagro. Pero, ¿no siente usted ningún disgusto? Hábleme usted

con entera franqueza porque ya estoy lo suficientemente fuerte para

oírlo todo.

--Lo único que siento es no haber dado a usted mi primer amor.

--¡Qué bueno es usted! Esa mujer no ha sido jamás digna de usted. Yo no

la he visto nunca, pero instintivamente la detesto, la desprecio.

--No hay necesidad de despreciarla, Germana. Yo ya no la amo porque mi

corazón está lleno de usted y no queda en él sitio para otra; pero no

tiene usted razón al despreciarla, se lo juro.

--¿Por qué quiere usted que sea yo más indulgente que el resto del

mundo? Ella ha faltado a todos sus deberes engañando a un hombre honrado

que le había dado su nombre. ¿Cómo una mujer puede hacer traición a su

marido?

--Es culpable a los ojos del mundo, pero yo no puedo censurarla porque

me amaba.

--¿Y quién no amaría a usted, amigo mío? ¡Es usted tan bueno, tan

grande, tan noble, tan hermoso! No, no haga usted gestos de protesta. Yo

no tengo peor gusto que las otras y sé bien lo que digo. Usted no se

parece al señor Le Bris, ni a Gastón de Vitré, ni a Spiro Dandolo ni a

ninguno de esos que tienen éxito con las mujeres; y no obstante, fue al

verle a usted la primera vez cuando comprendí que el hombre era la más

bella criatura de Dios.

--¿Me ama usted, pues, un poco, Germana?

--Hace ya mucho tiempo. Desde el día que entró usted en el palacio

Sanglié. Y, sin embargo, no era para nada bueno para lo que iba usted a

mi casa. Cuando el doctor propuso el negocio a mis padres, yo creí que

iba a casarme con un mal hombre. Yo me prometía sufrirle con paciencia y

abandonarle sin pesar. Pero cuando le encontré en el salón, quedé

avergonzada y lamenté que un cálculo tan vil hubiese nacido en una

cabeza tan noble y tan inteligente. Entonces comencé a tratarle con

despego; ¿sabe usted por qué? Me hubiera muerto de vergüenza si hubiera

adivinado usted que yo le amaba. Esto no entraba en nuestros tratos.

Durante todo el viaje no pensé más que en darle disgustos. ¿Cree usted

que me hubiera conducido con tanta ingratitud de serme usted

indiferente? Pero yo estaba furiosa al ver que si me trataba usted tan

bien era por descargo de su conciencia. Después, sin quererlo, pensaba

en la otra que le esperaba en París. Además temía adquirir una dulce

costumbre de dicha y de amor que la muerte vendría a romper. Y por

último ¡estaba tan enferma y sufría tan cruelmente! El día en que lloró

usted asomado a la ventanilla, yo lo vi y estuve a punto de pedirle

perdón y de saltarle al cuello, pero el orgullo me contuvo. Yo

pertenezco a una raza ilustre, amigo mío, y soy la única en mi familia

que se haya vendido por dinero. El día que fuimos a Pompeya, estuve a

punto de descubrirme. ¿Se acuerda usted? Yo no he olvidado nada, ni sus

dulces palabras, ni mis extravagancias, ni sus cuidados tan tiernos y

tan pacientes, ni todo el mal que le hice. Yo le he dado un cáliz bien

amargo y usted lo ha apurado hasta las heces. Verdad es que yo no era

tampoco más feliz. Yo no estaba segura de usted, temía equivocarme sobre

el sentido de sus bondades y de interpretar por señales de amor lo que

era piedad. Lo único que me tranquilizaba un poco era el placer que

manifestaba usted en quedarse a mi lado. Cuando usted paseaba por el

jardín, yo, desde mi diván, le seguía con el rabillo del ojo y muchas

veces fingía dormir para que usted se acercase a mí con más libertad. No

tenía necesidad de abrir los ojos para saber que usted estaba allí; le

veía a través de las pestañas. Y en cualquier lugar que usted esté yo le

adivino y sería capaz de encontrarle con los ojos cerrados. Cuando usted

está a mi lado, mi corazón se dilata y se hincha de tal modo, que no me

cabe en el pecho. Cuando usted habla, su voz me entra a borbotones por

los oídos y me embriago oyéndole. Cada vez que mi mano toca la de usted,

un estremecimiento me recorre todo el cuerpo y experimento una sensación

tan dulcemente extraña que me conmueve hasta la raíz del cabello. Cuando

usted se aleja por un instante, cuando no puedo verle ni oírle, se hace

un gran vacío a mi alrededor y siento que hasta la tierra me falta bajo

los pies. Ahora, don Diego, dígame si le amo, porque usted tiene más

experiencia que yo y no se puede equivocar. Yo no soy más que una pobre

ignorante, pero usted debe recordar si es así como le amaban en París.

Esta confesión ingenua descendía como un rocío matinal sobre el corazón

de don Diego. Y se sintió tan deliciosamente refrescado que olvidó no

sólo los cuidados presentes, sino hasta los placeres pasados. Una luz

nueva iluminó su espíritu; comparó de una sola ojeada sus antiguos

amores, agitados y cenagosos como un charco, con la dulce limpidez de la

felicidad legítima. Es la historia de todos los maridos jóvenes.

El día en que descansan la cabeza sobre la almohada conyugal, advierten

con una dulce sorpresa que nunca habían dormido tan bien.

El conde besó tiernamente las dos manos de Germana y le dijo:

--Sí, tú me amas, y nadie me ha amado nunca como tú. Tú me has hecho ver

un mundo nuevo, lleno de delicias honestas y de placeres sin

remordimientos. Yo no sé si te he salvado la vida, pero tú me has pagado

con creces la deuda abriendo mis ojos ciegos a la santa luz del amor.

Amémonos, Germana, tanto como nuestro corazón sea capaz. Dios que nos ha

unido por el matrimonio, se alegrará de haber hecho dos dichosos más.

Olvidemos al mundo entero para ser el uno del otro; cerremos los oídos a

todos los ruidos del mundo, tanto si vienen de la China como de París.

Este es el paraíso terrestre; vivamos para nosotros solos bendiciendo la

mano que nos ha colocado en él.

--Vivamos para nosotros--dijo la joven--y para los que nos aman. Yo no

sería dichosa si no tuviese con nosotros a nuestra madre y a nuestro

hijo. Les he amado tiernamente desde el primer día. ¡Y cómo se le

parecen los dos, amigo mío! Cuando el pequeño Gómez viene a jugar al

jardín me parece que veo su sonrisa de usted en su carita. Estoy muy

contenta de haberlo adoptado. Esa mujer no me lo robará jamás, ¿no es

verdad? La ley me lo ha dado para siempre; es mi heredero, ¡mi único

hijo!

--No, Germana--respondió el conde--, es tu hijo mayor.

Germana tendió los brazos a su marido, se los anudó alrededor del

cuello, le atrajo hacia sí y colocó dulcemente su boca sobre sus labios.

Pero la emoción de este primer beso fue más fuerte que la pobre

convaleciente. Sus ojos se velaron y todo su cuerpo desfalleció. Cuando

se sintió algo más repuesta se dirigió a la casa del brazo de su marido.

Apoyaba en él todo el peso de su cuerpo y marchaba casi suspendida, como

un niño que da sus primeros pasos.

--Ya lo ve usted--le dijo--, estoy aún bastante débil a pesar de las

apariencias. Me creía fuerte y he aquí que una apariencia de dicha ha

bastado para derribarme. No me diga usted esas cosas tan bonitas, no me

haga demasiado dichosa; cuídeme hasta que esté fuera de peligro. ¡Sería

muy triste morir cuando comienza una vida tan hermosa! Ahora, voy a

apresurar mi curación y a cuidarme con todas mis fuerzas. Vuelva usted

al salón; yo voy corriendo a ocultarme en mi habitación. Hasta mañana,

amigo mío; ¡le amo!

Ella subió a su dormitorio y se arrojó sobre la cama, tan confusa como

emocionada. Un punto luminoso que brillaba en un ángulo de la estancia

atrajo su atención. La llama de la lámpara se reflejaba en un pequeño

globo del yodómetro. Desde lo más profundo de su corazón bendijo aquel

aparato bienhechor que le había devuelto la vida y le había de devolver

las fuerzas en algunos días. Entonces se le ocurrió la idea de apresurar

su curación ingiriendo una buena cantidad de yodo sin permiso del

doctor. Preparó el aparato, lo aproximó a su cama y bebió ávidamente el

vapor violáceo, con alegría; no experimentaba disgusto ni fatigas;

aquello era la vida que entraba a borbotones en su cuerpo. Se sentía

orgullosa de poder probar al médico que era demasiado prudente; se

complacía en una locura heroica y arriesgaba su vida por el amor a don

Diego.

No se supo qué cantidad de yodo había aspirado, ni cuánto tiempo había

prolongado aquella fatal imprudencia. Cuando la anciana condesa abandonó

el salón para ir a ver a la enferma, se encontró con el aparato roto y

derribado por el suelo y a Germana con una fiebre violenta. Se la

atendió como se pudo hasta el regreso del doctor Le Bris, que llegó a

caballo, a media noche. Todos los convidados pernoctaron en la villa

para saber con más prontitud las noticias. El doctor estaba espantado

ante la agitación de Germana. No sabía si atribuirla al uso inmoderado

del yodo o a alguna emoción peligrosa. La señora de Villanera acusaba

secretamente al conde Dandolo; don Diego se acusaba a sí mismo.

Al día siguiente, Le Bris reconoció una inflamación en los pulmones que

podía producir la muerte, y llamó al doctor Delviniotis y a dos de sus

colegas. Los médicos diferían sobre la causa del mal, pero ninguno se

atrevió a responder de la curación. El señor Le Bris había perdido la

cabeza como un capitán de barco que encuentra un banco de rocas a la

entrada del puerto. El señor Delviniotis, más tranquilo, aunque no

había podido menos que llorar, abrigaba tímidamente un resto de

esperanza.

--Quizá--dijo--nos encontramos ante una inflamación adhesiva que cerrará

las cavernas y reparará todos los desórdenes causados por la enfermedad.

El pobre doctor escuchaba esta opinión meneando tristemente la cabeza.

Es como si a un arquitecto se le dijese: «La casa construida por usted

está mal cimentada, pero puede sobrevenir un terremoto y devolverle su

equilibrio.» Todos estaban conformes en que la enferma entraba en una

crisis, pero nadie, ni el propio señor Delviniotis, se atrevía a

asegurar que no se terminase por la muerte.

Germana deliraba. No reconocía a nadie. En todos los hombres que se le

acercaban creía reconocer a don Diego; en todas las mujeres a la señora

Chermidy. Sus discursos confusos eran una mezcla de frases de cariño y

de imprecaciones. A cada momento preguntaba por su hijo. Le presentaban

al pequeño marqués y lo rechazaba con disgusto diciendo: «No es éste.

Traedme a mi hijo mayor, al hijo de esa mujer. Estoy segura de que me lo

ha robado.» El niño comprendía vagamente el peligro de su mamaíta, aun

cuando no tuviese ninguna noción de la muerte. Veía llorar a todo el

mundo y él también lloraba lanzando grandes gritos.

Se vio entonces cuán querida era la joven por todos los que le rodeaban.

Durante ocho días los amigos de la familia acamparon en la casa,

durmiendo donde podían, comiendo lo que encontraban y ocupándose

exclusivamente de la enferma. Los dos médicos estaban encadenados a la

cabecera de Germana. El capitán Bretignières no podía estarse quieto un

momento; daba agitados paseos por la casa y el jardín; por todas partes

no se oía más que el paso ruidoso de su pierna de madera. El señor

Stevens abandonó sus asuntos, su tribunal y sus costumbres. La señora de

Vitré se convirtió en enfermera a las órdenes de la condesa. Los dos

Dandolo corrían mañana y noche a la ciudad en busca de médicos que no

sabían qué decir y de medicamentos que no hacían nada. Los vecinos de

los alrededores estaban ansiosos; las noticias de Germana se cotizaban a

todas horas en los pequeños castillos de la vecindad. De todos lados

afluían los remedios caseros, las panaceas secretas que se transmiten de

padres a hijos.

Don Diego y Gastón de Vitré se asemejaban en su dolor. Se hubiera dicho

que eran dos hermanos de la moribunda. El uno y el otro vivían apartados

de los demás y se pasaban el día sentados bajo un árbol o sobre la

arena, sumidos en un estupor mudo y sin lágrimas. Si el conde hubiese

tenido lugar de ser celoso, lo habría estado de la desesperación del

joven. Pero cada uno de los circunstantes estaba demasiado preocupado

por el peligro de Germana para observar la fisonomía del vecino.

Unicamente la señora de Vitré dirigía de cuando en cuando una mirada de

ansiedad a su hijo, e inmediatamente corría a la cama de Germana, como

si un instinto secreto le dijese que de ella dependía la salvación de

Gastón.

La viuda de Villanera ofrecía un aspecto terrorífico. Aquella mujer

alta, negra, sucia y despeinada, no lloraba más que su hijo, pero en sus

grandes y azorados ojos se leía un poema de dolor. No hablaba con nadie,

no veía a nadie y dejaba que sus huéspedes se hiciesen ellos mismos los

honores de la casa. Todo su ser estaba consagrado a la salvación de

Germana; toda su alma luchaba contra el peligro presente con una

voluntad de hierro. Jamás el genio del bien había adoptado un aspecto

más feroz y más terrible. Se leía en su rostro una abnegación furiosa,

una amistad exasperada, una ternura irascible. No era ni una mujer ni

una enfermera, sino un demonio femenino que disputaba su presa a la

muerte.

En cambio el bueno de Mateo Mantoux tomaba dulcemente el sol. Como todos

los señores se disputaban los quehaceres de los criados, el antiguo

cerrajero se adjudicaba los ocios de un señor. Se informaba todas las

mañanas de la salud de Germana, únicamente por saber si entraría en

posesión muy pronto de sus 1.200 francos de renta. Atribuía la muerte de

su ama al vaso de agua azucarada que le había preparado tan

pacientemente todas las noches, y pensaba frotándose las manos que todo

llega para el que sabe esperar. A mediodía hacía un segundo almuerzo, y

para digerir bien, a estilo de propietario, se paseaba una o dos horas

alrededor de la finca a la que había echado el ojo. Notaba que los setos

estaban mal cuidados y se prometía reforzarlos, para que no pudiesen

entrar los ladrones.

El 6 de septiembre, hasta el señor Delviniotis había perdido toda

esperanza. Mateo Mantoux lo supo y se apresuró a escribir «a la señorita

_le Tas_, en casa de la señora Chermidy, calle del Circo, París».

El mismo día, el señor Le Bris escribía al señor de La Tour de Embleuse:

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