--Soy yo quien le he entregado a los filisteos; es justo que sea yo

también quien le libre de sus manos, pero con una condición.

--Acepto con los ojos cerrados, señora.

--Se dice que casi todos los crímenes que se cometen son ejecutados por

gentes que ya han tenido que ver con la justicia, por licenciados de

presidio. ¿Es ésa la palabra?

--Sí, señora.

--Pues bien; explíquenos usted lo que es un licenciado de presidio.

El amable funcionario se quitó sus lentes, los limpió con el pañuelo y

volvió a colocarlos sobre su nariz. Todos los que quedaban en el salón

se reunieron a su alrededor y se dispusieron a escuchar. El duque de La

Tour de Embleuse se colocó tranquilamente al lado de la chimenea sin

sospechar que asistía al asesinato de su hija. Las gentes de mundo

tienen una curiosidad de _gourmet_ y los pequeños misterios del crimen

son un plato de exquisito gusto para los espíritus estragados.

--¡Dios mío! señora--dijo el jefe de negociado--, si es una simple

definición lo que usted pide, no tardaré en estar en la cama. Los

licenciados de presidio son aquellos que ya han cumplido su condena.

Permítame usted que le bese la manó y me despida.

--¡Cómo! ¿Eso es todo?

--Absolutamente. Y tenga usted en cuenta que yo soy, en Francia, el

hombre que mejor conoce a esas gentes. No he visto ni uno solo, pero

tengo sus expedientes entre mis papeles; conozco su pasado, su presente,

su profesión, su residencia y podría enumerarlos a todos por sus

nombres, apellidos, nombres falsos y apodos.

--Así es como César (sea dicho sin comparación) conocía a todos los

soldados de su ejército.

--César, señora, mejor que un gran capitán, fue el primer jefe

administrativo de su época.

--¿Y había licenciados de presidio en la república romana?

--No, señora, y bien pronto tampoco los habrá en Francia. Nosotros

comenzamos a imitar el ejemplo de los ingleses que han reemplazado el

presidio por la deportación. La seguridad pública ganará y la

prosperidad de nuestras colonias no perderá nada. El presidio era la

escuela de todos los vicios; los deportados se moralizan por el trabajo.

--¡Tanto peor! Yo echo de menos los licenciados de presidio. Será una

pérdida sensible para los autores de folletines. Pero, en fin, señor

Domet, ¿qué es de esas gentes? ¿Qué hacen? ¿Qué dicen? ¿Dónde viven?

¿Cómo van vestidos? ¿Dónde se les encuentra? ¿Cómo se les puede

reconocer? ¿Aun van marcados?

--Algunos; los decanos de la orden. La marca ha sido suprimida en 1791,

restablecida en 1806, y abolida definitivamente por la ley de 28 de

abril de 1832. Un licenciado de presidio se parece en todo a un hombre

honrado. Se viste como quiere y ejerce la profesión que se le ha

enseñado. Desgraciadamente casi todos han aprendido a robar.

--¿Pero habrá buenas gentes entre ellos?

--No muchas. ¡Figúrese usted, con la educación del presidio! Además, les

es bastante difícil ganar su vida honradamente.

--¿Por qué?

--Son conocidos sus antecedentes y los patronos no se muestran muy

aficionados a admitirlos. Sus compañeros de taller los desprecian. Si

tienen dinero y se establecen por su cuenta, no encuentran obreros.

--¿Se les reconoce, pues? ¿De qué modo? ¿Si alguno quisiera entrar a mi

servicio, cómo podría yo saber quién era?

--No tenga usted cuidado. Les está prohibida la residencia en París,

porque la vigilancia sería muy difícil. Se les señala una residencia en

provincias, en una ciudad pequeña, y la policía local no los pierde de

vista.

--¿Y si viniesen a París sin permiso?

--Entonces habrían infringido la orden y les haríamos deportar de nuevo,

en virtud de un decreto de 8 de diciembre de 1851.

--Así, ¿ya no queda ninguno en esas viviendas especiales?

--El consejo municipal del departamento del Sena ha hecho demoler las

casas de que usted habla. Ya no hay guaridas para la caza, ni caza para

las guaridas.

--¡Bondad divina! ¡estamos en la edad de oro! Señor Domet, usted deshoja

mis ilusiones una por una. ¡Qué manera de quitar poesía a la vida!

--Hermosa dama, la vida no carecerá jamás de poesía para los que tengan

la dicha de ver a usted.

Este cumplimiento fue disparado con una tal ampulosidad de galantería

burguesa, que toda la asamblea aplaudió. El señor Domet se ruborizó

hasta el blanco de los ojos y miró las puntas de sus zapatos. Pero la

señora Chermidy le llamó de nuevo a la cuestión.

--¿Dónde están los licenciados de presidio? ¿Los hay en Vaugirard?

--No, señora, en el departamento del Sena no hay ninguno.

--¿Los hay en Saint-Germain?

--No.

--¿En Compiègne?

--No.

--¿En Corbeil?

--Sí.

--¿Cuántos?

--¿Usted espera cogerme en falta?

--Con eso cuento.

--Pues bien, hay cuatro.

--¿Sus nombres? ¡Vamos, César!

--Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

--¡Toma! Las primeras sílabas de esos nombres forman una palabra.

--Usted ha adivinado en seguida el secreto de mi mnemotecnia.

--Repita usted: Rabichon...

--Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

--Es curioso. Ahora todos somos tan sabios como usted. Rabichon,

Lebrasseur, Chassepie y Mantoux. ¿Y qué hacen esas buenas gentes?

--Los dos primeros están provisionalmente en un almacén de papel; el

tercero es jardinero y el cuarto tiene una cerrajería.

--Señor Domet, es usted un grande hombre; perdóneme si he dudado de su

erudición.

--¡Mientras que no dude de mi obediencia!

El señor Domet partió; era la una y todos se levantaron el uno después

del otro. Besaron religiosamente, como un relicario, aquella pequeña

mano blanca que acariciaba la esperanza de un crimen. Al despedirse, la

hermosa mujer aun repetía: Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

El duque fue el último en salir.

--¿En qué piensa usted?--le dijo--; parece usted preocupada.

--Pienso en Corfú.

--Piense usted en los amigos de París.

--Buenas noches, señor duque. Creo que _le Tas_ ha encontrado un

doméstico. Mañana irá a informarse y uno de estos días hablaremos de

ello.

Al día siguiente, _le Tas_ tomó el tren de Corbeil. Se hospedó en el

hotel de Francia y se puso inmediatamente a recorrer la ciudad. Visitó

las papelerías, compró flores a todos los jardineros y se paseó por

todas las calles. El domingo por la mañana perdió la llave de su saco de

viaje y se dirigió a un pequeño establecimiento de cerrajería de la

carretera de Essonne donde soplaba el fuelle a pesar de la ley del

descanso dominical. La muestra ostentaba este letrero: _Mantoux Poca

Suerte, cerrajero_. El dueño era un hombre pequeño, de treinta a treinta

y cinco años, moreno, bien formado, vivo y despejado. No había necesidad

de mirarle dos veces para ver a qué religión pertenecía. Era de los que

hacen del sábado su domingo. El afán del lucro brillaba en sus pequeños

ojos y su nariz se asemejaba al pico de un ave de rapiña. _Le Tas_ le

rogó que pasase al hotel para forzar una cerradura, lo que Mantoux llevó

a cabo como hombre experimentado. _Le Tas_ le retuvo a su lado por los

encantos de la conversación. Le preguntó si estaba contento de sus

negocios, y le respondió como hombre disgustado de la vida. Nada le

había salido bien desde que estaba en el mundo. Había servido como

_groom_ y su dueño lo despidió. Entró después como aprendiz en casa de

un mecánico y la susceptibilidad de algunos clientes le hizo abandonar

el establecimiento. A los veinte años quiso hacer con algunos amigos un

negocio magnífico: un trabajo de cerrajería que debía proporcionar una

fortuna a cada uno de los asociados. A pesar de su celo y de su

habilidad, fracasaron vergonzosamente, y después hubo de remar diez

años sin poderse levantar de su caída. Desde entonces todos le llamaban

_Poca Suerte_. Ultimamente había venido a establecerse en Corbeil,

después de una larga permanencia en el Midi. Las autoridades de la

ciudad le conocían a fondo y se interesaban por su suerte; de cuando en

cuando recibía la visita del señor comisario de policía. No obstante, el

trabajo no abundaba en su taller y eran pocas las casas que estaban

abiertas para él.

_Le Tas_ compartió sus pesares y le preguntó por qué no iba a buscar

fortuna a otro sitio.

_Poca Suerte_ respondió melancólicamente que no tenía ganas ni medios de

viajar. Tendría que estar allí largo tiempo. La cabra no tiene más

remedio que ramonear allí donde la atan.

--¿Aunque no haya nada que ramonear?--preguntó _le Tas_.

El, por toda respuesta, inclinó la cabeza.

_Le Tas_ le dijo:

--Si no me equivoco, y me parece que no, usted es un excelente hombre,

como yo soy una buena muchacha. ¿Por qué no intenta usted colocarse en

una buena casa, puesto que ya ha servido? Yo estoy en París, en casa de

una señora sola que me trata muy bien; y no me sería difícil encontrarle

algo por el estilo.

--Le doy las gracias de todo corazón; pero me está prohibida la estancia

en París.

--¿Por el médico?

--Sí, estoy delicado del pecho.

--Precisamente la plaza que le ofrezco no es en París. Es fuera de

Francia, allá por Turquía, en un país donde los tísicos van a curarse

calentándose al sol.

--Si la casa es buena, eso me gustaría mucho. Pero necesito muchas cosas

para pasar la frontera: dinero, pasaportes, y no tengo nada de eso.

--Nada le faltará si usted conviene a la señora. Pero sería conveniente

permanecer en París aunque no fuese más que una o dos horas.

--Eso es fácil. No me ocurriría nada aunque pasase un día entero.

--Seguramente.

--Si nos arreglamos, yo quisiera poner otro nombre en mi pasaporte. Ya

he usado bastante el mío, no me ha traído más que desgracia, y quisiera

dejarlo en Francia junto con mis vestidos viejos.

--Tiene usted razón. Eso es lo que se llama cambiar de piel. Ya hablaré

de usted a la señora y si se arregla todo, le escribiré.

_Le Tas_ volvió la misma noche a París. Mantoux, llamado _Poca Suerte_,

creyó haber hallado un hada bienhechora bajo la envoltura de un

elefante. Los sueños más dorados fueron a sentarse a su cabecera. Soñó

que era a la vez rico y honrado y que la Academia francesa le concedía

un premio a la virtud de cincuenta mil francos de renta. El lunes por la

tarde recibió una carta, levantó su destierro y se presentó el martes

por la mañana en casa de la señora Chermidy. Se había cortado la barba

y los cabellos, pero _le Tas_ se guardó bien de preguntarle por qué.

El esplendor de la casa lo deslumbró; la dignidad severa de la señora

Chermidy le impuso el mayor respeto. La hermosa bribona había adoptado

una cara de procurador imperial. Lo hizo comparecer ante ella y lo

interrogó sobre su pasado como mujer que no se equivoca. El mintió como

un prospecto y ella hizo ver que lo creía en absoluto. Cuando le hubo

dado todos los informes deseables, le dijo:

--Bueno, muchacho, la plaza que le voy a dar a usted es de confianza.

Uno de mis amigos, el señor de La Tour de Embleuse, busca un doméstico

para su hija que se halla moribunda en el extranjero. Tendrá muy buen

sueldo y 1.200 francos de renta vitalicia cuando la enferma muera. Está

desahuciada por todos los médicos. El sueldo le será pagado por la

familia; en cuanto a la renta, le respondo yo. Pórtese usted como un

buen servidor y espere pacientemente el fin: no perderá nada con

esperar.

Mantoux juró por el Dios de sus padres que cuidaría a la joven dama como

una hermana de la caridad y que la obligaría a vivir cien años.

--Está bien--respondió la señora Chermidy--; usted nos servirá a la mesa

esta noche y le presentaré al señor duque de La Tour de Embleuse.

Muéstrese a él tal como es usted y yo le respondo que le admitirá.

«Ocurra lo que ocurra, añadió para sí misma, ese bribón verá en mí a

una inocente y no a su cómplice.»

Mantoux sirvió a la mesa, no sin haber tomado una buena lección de su

protectora _le Tas_. Los invitados eran cuatro: había otros tantos

criados para cambiar los platos, y el cerrajero no tenía más que mirar

lo que hacían los otros. La señora Chermidy se había propuesto darle una

lección de toxicología. No juzgaba inútil enseñarle el empleo de los

venenos, y había elegido, en consecuencia, a los convidados. Estos eran

un magistrado, un profesor de medicina legal y el señor de La Tour de

Embleuse.

Aparentando indiferencia hizo recaer la conversación sobre el capítulo

de los venenos. Los hombres que profesan esta materia delicada, son

generalmente avaros de su ciencia, pero algunas veces, en la mesa, se

olvidan. Tal secreto que se guarda cuidadosamente al público, puede

contarse confidencialmente cuando se tiene por auditorio a un

magistrado, a un gran señor y a una linda dama cinco o seis veces

millonaria. Con los criados no se cuenta: está convenido que no tienen

oídos.

Desgraciadamente para la señora Chermidy, los venenos llegaron antes que

el Champaña. El doctor se mostró prudente, bromeó mucho y no cometió la

menor imprudencia. Se recreó en las curiosidades arqueológicas, aseguró

que la ciencia de los venenos no había progresado, que habíamos perdido

las fórmulas de Locusta, de Lucrecia Borgia, de Catalina de Médicis y de

la marquesa de Brinvilliers, y lamentó, riendo, la pérdida de tan

hermosos secretos, lloró por el veneno fulminante del joven Británico,

por las guantes perfumados de Juana de Albret, los polvos de sucesión y

el licor de familia que cambiaba el vino de Chipre en vino de Siracusa;

en su revista no olvidó tampoco el ramo fatal de Adriana Lecouvreur. La

señora Chermidy pudo observar que el cerrajero escuchaba atentamente.

--Háblenos usted de venenos modernos--dijo al doctor--, de los venenos

empleados en nuestros días, de venenos en servicio activo.

--¡Ay señora!--contestó--. Estamos en plena decadencia. No es difícil

matar a las gentes: un pistoletazo basta y sobra para ello. Pero se

trata de matar sin que queden vestigios. El veneno no es bueno para otra

cosa y ésa es la única ventaja sobre la pistola. Desgraciadamente, en el

mismo instante en que sale un tóxico nuevo, se descubre un medio de

comprobar su presencia. El demonio del bien tiene las alas tan poderosas

como el genio del mal. El arsénico es un buen obrero, pero ahí está el

aparato de March para vigilar la obra. La nicotina no es una tontería,

la estricnina también es un buen producto; pero el señor magistrado sabe

tan bien como yo que la estricnina y la nicotina han encontrado ya sus

fiscales, es decir, sus reactivos. Se ha adoptado el fósforo con un

fundamento de razón, apoyándose en lo siguiente: «El cuerpo humano

contiene fósforo en cantidad apreciable; si el análisis químico lo

descubre en el cuerpo de la víctima, se podrá decir que es la

Naturaleza quien lo ha puesto allí»; pero ¡ay! no nos ha costado tampoco

mucho trabajo demostrar la diferencia entre el fósforo natural y el

ingerido. No es, pues, difícil matar a una persona, pero es casi

imposible hacerlo impunemente. Yo podría indicar a usted el medio de

envenenar a veinticinco personas a la vez, en una habitación cerrada,

sin darles ningún brebaje. El ensayo no costaría ni dos reales, pero al

asesino le costaría la cabeza. Un químico de mucho talento ha inventado

recientemente una composición sutil que también tiene su encanto.

Rompiendo el tubo que la contiene, las gentes caerían como moscas, pero

no se podría convencer a nadie de que la muerte había sido natural.

--Doctor--preguntó la señora Chermidy--, ¿qué es el ácido prúsico?

--El ácido prúsico o cianhídrico, señora, es un veneno muy difícil de

fabricar, imposible de adquirir, imposible de conservar puro, aun en

recipientes negros.

--¿Y deja trazas?

--¡Magníficas! Tiñe a las gentes de azul; así es cómo se ha descubierto

el azul de Prusia.

--Usted se burla de nosotros, doctor. Usted no tiene respeto ni por

aquello que hay de más sagrado en el mundo: la curiosidad de una mujer.

Me han hablado de un veneno de Africa o de América que mata a los

hombres con la cantidad que cabe en una punta de alfiler. ¿Es una

invención de los novelistas?

--No, es una invención de los salvajes. Se unta con él la punta de las

flechas. Lindo veneno, señora; no hace languidecer a sus víctimas; es el

rayo en miniatura. Lo más curioso es que se le puede comer impunemente.

Los salvajes lo emplean en las salsas y en los combates, en la guerra y

en la cocina.

--Acaba usted de decir su nombre y ya no me acuerdo.

--No lo he dicho, señora, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es el

_curare_. Se vende en Africa, en las montañas de la Luna. El comerciante

es antropófago.

La señora Chermidy dejó a un lado sus venenos para dedicarse a sus

invitados. El doctor guardó cuidadosamente el depósito terrible que todo

médico lleva consigo. Pero el duque quedó muy bien impresionado de la

atención y del interés de Mantoux. Desde entonces quedaba al servicio de

su hija.

VIII

LOS BUENOS TIEMPOS

Cuando se lee una historia de la Revolución francesa se sorprende uno

grandemente al encontrar meses enteros de paz profunda y de dicha

completa. Las pasiones están adormecidas, los odios descansan, los

temores desaparecen, los partidos rivales marchan como hermanos cogidos

de la mano, los enemigos se besan en la plaza pública. Esos hermosos

días son como un alto preparado de etapa en etapa en un camino

sangriento.

Altos parecidos se encuentran en la vida más agitada y más desgraciada.

Las revoluciones del alma y del cuerpo, las pasiones y las enfermedades

también necesitan algunos instantes de reposo. El hombre es un ser tan

débil que no puede obrar ni sufrir continuamente. Si no se detuviese de

cuando en cuando, pronto agotaría sus fuerzas.

El verano de 1853 fue para Germana uno de esos momentos de reposo que

tanto convienen a la debilidad humana. Y a fe que se aprovechó de ello;

se recreó en su dicha y adquirió algunas fuerzas para las pruebas por

que aun tenía que pasar.

El clima de las islas Jónicas es de una dulzura y una regularidad sin

igual. Allí el invierno no es otra cosa que la transición del otoño a la

primavera; los veranos son de una serenidad fatigosa. De cuando en

cuando se ve una nube pasajera sobre las siete islas, pero no se detiene

nunca. Se pasan hasta tres meses esperando una gota de agua. En aquel

árido paraíso no se dice: Aburrido como la lluvia, sino: Aburrido como

el buen tiempo.

El buen tiempo no aburría a Germana; la curaba lentamente. El señor Le

Bris asistía a aquel milagro del cielo azul; dejaba obrar a la

Naturaleza y seguía con un interés apasionado la acción lenta de un

poder superior al suyo. Era demasiado modesto para atribuirse el honor

de la cura, y confesaba ingenuamente que la única medicina infalible es

la que viene de lo alto.

No obstante, para merecer la ayuda del Cielo, él también ayudaba un

poco. Había recibido de París el yodómetro del doctor Chartroule con una

provisión de cigarrillos yodados. Estos cigarrillos, compuestos de

hierbas aromáticas y de plantas calmantes en infusión con una disolución

de yodo, haciendo llegar el medicamento hasta los pulmones,

acostumbraban a los órganos más delicados a la presencia de un cuerpo

extraño y preparaban al enfermo para aspirar el yodo puro a través de

los tubos del aparato. Por desgracia, el aparato llegó destrozado,

aunque hubiese sido embalado por el mismo duque y conducido con los

mayores cuidados por el nuevo doméstico. Era necesario pedir otro, y

esto requería tiempo.

Al cabo de un mes de aquel tratamiento anodino, Germana experimentaba ya

una mejoría sensible. Estaba menos débil durante el día; soportaba mejor

las fatigas de un largo paseo y cada vez acudía con menos frecuencia a

su cama de reposo. Su apetito era más vivo, y sobre todo más constante;

ya no rechazaba los alimentos casi sin haberlos probado. Comía, digería

y dormía bastante bien. La fiebre de la caída de la tarde había

disminuido; los sudores que inundan por las noches a los tísicos, no

eran tan abundantes.

El corazón de la enferma no tardó también en entrar en convalecencia. Su

desesperación, su humor huraño y el odio a los que la amaban, cedieron

la plaza a una melancolía dulce y benévola. Se consideraba tan dichosa

al sentirse renacer, que hubiera querido dar las gracias al cielo y a la

tierra.

Los convalecientes son niños grandes que se asen, por miedo de caer, a

todo lo que les rodea. Germana retenía a sus amigos a su lado; temía a

la soledad; quería ser tranquilizada a todas horas; continuamente decía

a la condesa: «¿Verdad que estoy mejor?» Y luego, en voz más baja,

añadía: «¿Me moriré?» La condesa le respondía riendo: «Si la muerte

viniese por usted yo le enseñaría mi cara y ya tendría buen cuidado de

escaparse.» La condesa estaba orgullosa de su fealdad, como las otras

mujeres lo están de su belleza. La coquetería es infinita.

Don Diego esperaba pacientemente que Germana le comprendiese. Era

demasiado delicado y demasiado orgulloso para importunarla con sus

cumplimientos, pero siempre estaba dispuesto a dar el primer paso cuando

ella le llamase con la mirada. Para la joven se había hecho ya una dulce

costumbre el espectáculo de aquella amistad discreta y silenciosa. El

conde tenía en su fealdad algo de heroico y de grande que las mujeres

aprecian más que la hermosura. No era de aquellos que hacen conquistas,

pero sí de los que inspiran pasiones. Su larga cara cetrina, sus grandes

manos bronceadas contrastaban con cierta brillantez con su traje blanco.

Sus grandes ojos negros dejaban escapar relámpagos de dulzura y de

bondad; su voz fuerte y metálica adquiría a veces inflexiones suaves.

Germana acabó por encontrar un parecido entre aquel grande de España y

un león amansado.

Cuando se paseaba por el jardín bajo los viejos naranjos, apoyada en el

brazo de la vieja o arrastrando al pequeño Gómez, el conde la seguía de

lejos, sin afectación, con un libro en la mano. No adoptaba los aires

melancólicos de un enamorado, ni confiaba sus suspiros al viento. Más

bien se le hubiera tomado por un padre indulgente que quiere vigilar a

sus hijos sin intimidarlos en sus juegos. Su afecto por Germana se

componía de caridad cristiana, de compasión por la debilidad y de

aquella alegría agridulce que un hombre de corazón encuentra en el

cumplimiento de los deberes difíciles. Quizá también había en aquel

sentimiento algo de legítimo orgullo. Constituía, efectivamente, una

hermosa victoria arrancar una presa cierta a la muerte y crear de nuevo

un ser que la enfermedad casi había destruido. Los médicos conocen ese

placer y consagran toda su amistad a los que han sacado del otro mundo;

tienen por ellos la ternura del criador por la criatura.

El hábito, que lo vence todo, había acostumbrado a Germana a hablar con

su marido. Cuando se ve a una persona desde la mañana a la noche, no hay

odio que dure; se habla, se responde, esto no compromete a nada; pero,

la vida no es posible más que a este precio. Ella le llamaba don Diego;

él sencillamente Germana.

Un día de mediados del mes de junio, estaba tendida en el jardín sobre

unos tapices de Esmirna. La señora de Villanera, sentada a su lado,

desgranaba maquinalmente un grueso rosario de coral, y el pequeño Gómez

recogía naranjas del suelo para atiborrarse los bolsillos. En aquel

momento pasaba el conde con un libro en la mano. Germana se incorporó y

le invitó a tomar asiento. El obedeció sin hacerse de rogar y guardó el

libro en el bolsillo.

--¿Qué leía usted?--preguntó ella.

--Va usted a reírse de mí. El griego--contestó ruborizándose como un

colegial.

--¡El griego! ¡Usted sabe leer el griego! ¿Y un hombre como usted ha

podido entretenerse aprendiendo el griego?

--Una verdadera casualidad. Mi preceptor hubiera podido resultar un

imbécil como los demás, ¿no es cierto?, pues bien, me encontré con que

era un sabio.

--¿Y usted lee el griego por placer?

--A Homero, sí. Esto es la _Odisea_.

--Sí--dijo simulando un pequeño bostezo--. Ya había leído eso en

Bitaubé. Era un libro con un cuchillo y un casco en la cubierta.

--Siendo así, le extrañaría a usted mucho si le leyese a Homero en

Homero; seguramente no le reconocería.

--¡Muchas gracias! no me gustan las historias de batallas.

Germana · 第 8 / 15 段