se haya escrito, y quizás la más hermosa. Nuestros autores a la moda, no
inventarán nada más interesante que la historia de ese propietario
campesino que ha dejado su casa para ganar dinero, que vuelve después de
veinte años de ausencia, que encuentra a su regreso un ejército de
faquines instalados en su casa para galantear a su mujer y comerse su
pan y que los mata a flechazos. Hay ahí un drama interesante, incluso
para el público de los bulevares. Nada falta, ni el fiel servidor Eumeo,
ni el pastor que hace traición a su amo, ni las criadas juiciosas, ni
las criadas locas. El único defecto de esta historia es que siempre nos
la han servido con una traducción llena de énfasis. Han cambiado en
otros tantos reyes los jóvenes rústicos que cortejaban a Penélope; han
convertido la granja en palacio y han prodigado el oro por todas partes.
Si yo me atreviese a traducirle solamente una página, quedaría usted
maravillada de la verdad sencilla y familiar del relato; usted vería con
qué alegría ingenua habla el poeta del vino tinto y de la carne
suculenta: y con qué admiración, de las puertas bien cerradas y de las
mesas bien acepilladas. Vería usted sobre todo con qué exactitud está
descrita la Naturaleza y reconocería en mi libro el mar, el cielo y la
campiña que ahora estamos contemplando.
--Probemos, pues--dijo Germana--. Si me duermo, ya lo verá usted.
El conde obedeció muy a gusto y comenzó a traducir el primer canto a
libro abierto, desarrollando ante los ojos de Germana el bello estilo
homérico, más rico, más pintoresco y más centelleante que los
brillantes tejidos de Beyruth y de Damasco. Su traducción era tanto más
libre cuanto que no entendía bien todas las palabras, pero entendía
perfectamente al poeta. Abrevió algunas descripciones demasiado largas,
interpretó a su modo ciertos pasajes curiosos y a todo añadió un
comentario inteligente. En resumen, consiguió interesar a su querido
auditorio, a excepción del marqués de los Montes de Hierro que chillaba
como un condenado para interrumpir la lectura. Los niños son como los
pájaros; cantan cuando se habla delante de ellos.
Yo no sé si los jóvenes esposos llegaron hasta el final de la _Odisea_,
pero don Diego había encontrado el medio de despertar el interés de su
mujer, y esto era mucho. Germana adquirió la costumbre de oírle leer y
de encontrarse bien en su compañía y no tardó en ver en él un espíritu
superior. Era demasiado tímido para hablar en su propio nombre, pero la
vecindad de un gran poeta le daba atrevimiento y sus ideas personales
iban saliendo a la superficie bajo la protección del pensamiento de los
otros. Dante, Ariosto, Cervantes, Shakespeare, fueron los sublimes
intermediarios que se encargaron de aproximar aquellas dos almas y de
infundirlas cariño. Germana no se sentía humillada por su ignorancia ni
ante la superioridad de su marido. La mujer se siente orgullosa de no
ser nada en comparación del que ama.
Pronto adoptaron el hábito de vivir juntos y de reunirse en el jardín
para hablar y para leer. Lo que constituía el encanto de aquellas
reuniones, no era la alegría; era una cierta serenidad tranquila y
amistosa. Don Diego no sabía reír y la risa de su madre se asemejaba a
una mueca nerviosa. El doctor, franco y alegre como un champañés,
parecía dar la nota discordante cuando arrojaba su grano de sal en la
conversación. Germana aun tosía alguna vez y conservaba en su cara la
expresión inquieta que da el presentimiento de la muerte. Y no obstante,
aquellos días de verano sin nubes habían sido los primeros días dichosos
de su juventud.
¿Cuántas veces, en aquella intimidad de la vida de familia, fue turbado
el espíritu del conde por el recuerdo de la señora Chermidy? Nadie lo ha
sabido y yo tampoco me aventuraré a decirlo. Es probable que la soledad,
la ociosidad, la privación de placeres activos, en que el hombre gasta
sus energías, y, en fin, la savia de la primavera que asciende a la
cabeza de los seres vivientes como a las sumidades de los árboles, le
hiciera lamentar más de una vez la noble resolución que había tomado.
Los trapenses que vuelven la espalda al mundo después de haber gozado de
él, encuentran en el fondo del claustro armas prestas contra las
tentaciones del pasado; son éstas el ayuno, la oración y un régimen
capaz de matar los ímpetus juveniles. Quizás hay más mérito en combatir
como don Diego, completamente desarmado. El señor Le Bris le seguía con
el rabillo del ojo, como a un enfermo al que hay que evitar una recaída.
Le hablaba muy raras veces de París, nunca de la calle del Circo. Un día
leyó en un diario francés que la _Náyade_ había anclado ante Ky-Tcheou,
en el mar del Japón, para pedir reparación del insulto hecho a unos
misioneros franceses; Le Bris rompió el periódico para que su lectura no
pudiese suscitar la menor conversación sobre la señora Chermidy.
En Oriente, a horas determinadas, la brisa del mediodía embriaga más
poderosamente los sentidos del hombre que el vino de Tinos que se bebe
con el nombre de malvasía; el corazón se funde como la cera; la voluntad
se distiende, el espíritu se debilita. Si uno se esfuerza en pensar, las
ideas se escapan como el agua que se va de entre los dedos. Se va a
buscar un libro, un dulce y antiguo amigo y, sin querer, los ojos se
desvían desde las primeras líneas; la mirada vaga, los párpados se abren
y se cierran sin saber por qué. Es en esas horas de somnolencia y de
dulce quietud cuando nuestros corazones se abren por sí mismos. Las
virtudes masculinas triunfan fácilmente cuando un frío vivo nos enrojece
la nariz y nos hiela las orejas, y cuando el aire de diciembre aprieta
las fibras de la carne y de la voluntad. Pero cuando los jazmines
extienden su perfume por los alrededores, cuando las hojas del laurel
cerezo nos caen sobre la cabeza, cuando los pinos sacudidos por el
viento suenan como liras y cuando las velas blancas se dibujan a lo
lejos sobre el mar, entonces sería preciso ser bien ciego y bien sordo
para ver y oír otra cosa que el amor.
Don Diego advirtió un día que Germana había cambiado, sin perder nada en
el cambio. Sus mejillas estaban más llenas y mejor nutridas; todos los
huecos de aquel lindo rostro se iban rellenando; las arrugas siniestras
comenzaban a borrarse. Un color más sano orlaba su bella frente, y sus
cabellos de oro no parecían ya la corona de una muerta.
Había oído una lectura bastante larga; la fatiga y el sueño se habían
apoderado de ella al mismo tiempo y, dejando caer la cabeza hacia atrás,
se había quedado dormida en el sillón. El conde estaba solo con ella.
Dejó el libro en el suelo, se aproximó dulcemente, se puso de rodillas
ante ella y adelantó los labios para besarla en la frente, pero se
contuvo por un instinto de delicadeza. Por primera vez pensó con horror
en la manera cómo había llegado a ser el esposo de Germana; tuvo
vergüenza de la venta, se dijo que un beso obtenido por sorpresa sería
algo como un crimen, y se prohibió a sí mismo amar a su mujer hasta el
día en que estuviese seguro de ser amado por ella.
Los huéspedes de la villa Dandolo no vivían en una soledad tan absoluta
como se pudiera suponer. El aislamiento no se encuentra más que en las
grandes ciudades, donde cada uno vive para sí sin inquietarse del
vecino. En el campo, los menos sociables se buscan y no se teme hacer un
camino de una legua; el hombre sabe que ha nacido para la sociedad y
busca la conversación de sus semejantes.
Pocos eran los días en que Germana no recibía alguna visita. Al
principio iban a su casa por curiosidad, después por un interés
compasivo y finalmente por amistad. Aquel rincón de la isla estaba
habitado por cinco o seis familias modestas, que hubieran sido pobres en
la ciudad, y que no carecían de nada en sus tierras porque sabían
contentarse con poco. Sus castillos caían en ruinas y no tenían dinero
para repararlos; pero sostenían con cuidado, encima de la puerta de
entrada, un escudo contemporáneo de las Cruzadas. Las islas Jónicas son
el _faubourg_ Saint-Germain de Oriente; allí encontraréis las grandes
virtudes y las pequeñas extravagancias de la nobleza, orgullo, dignidad,
pobreza decente y laboriosa, y una cierta elegancia en la vida más
humilde.
Al propietario de la villa, el señor conde Dandolo, no le hubieran
podido reprochar nada sus antepasados los dux. Era un hombre pequeño,
vivo e inteligente, muy conocedor de los asuntos políticos, atraído a la
vez por el partido griego y la influencia inglesa, pero inclinado a la
oposición y siempre dispuesto a juzgar con severidad los actos del lord
comisario. Seguía de cerca las intrigas viejas y nuevas que dividen a
Europa, vigilaba los progresos del leopardo británico, discutía la
cuestión de Oriente, se inquietaba de la influencia de los jesuitas y
era presidente de la logia masónica de Corfú. Un excelente hombre que
derrochaba más actividad que un marino del antiguo régimen para navegar
alrededor de un vaso de agua. Su hijo Spiro, un hermoso joven de treinta
años, se había dejado conquistar por las ideas inglesas, como toda la
nueva generación. Era amigo de los oficiales y se le veía en el teatro
con ellos. Los Dandolo hubieran podido vivir espléndidamente si se
hubiesen podido deshacer de sus bienes, pero en Corfú los habitantes son
tan pobres, como rica es la tierra. Todos están prestos a vender, nadie
a comprar. El conde y Spiro hablaban elegantemente las tres lenguas del
país, el inglés, el griego y el italiano; además sabían el francés, por
lo que su amistad fue preciosa para Germana. Spiro se interesaba por la
bella enferma con todo el calor de un corazón desocupado.
Algunas veces lo acompañaba un hombre, digno por todos conceptos de sus
amigos, el doctor Delviniotis, profesor de química de la Facultad de
Corfú. El señor Delviniotis profesaba a la enferma una amistad tanto más
viva, cuanto que él tenía una hija de la misma edad. Daba sus consejos
al doctor Le Bris, hablaba en italiano con el conde y la señora de
Villanera y lamentaba no saber el francés para poder entablar más amplio
conocimiento con Germana. Se le veía sentado delante de ella durante
horas enteras, buscando una frase o mirándola sin decir nada con esa
cortesía tranquila y muda que reina en todo Oriente.
El hombre más ruidoso de toda la compañía era un viejo francés,
establecido en Corfú desde el año 1814, el capitán Bretignières. Había
abandonado el servicio a los veinticuatro años con una pensión de retiro
y una pierna de madera. Aquel corpachón seco y huesudo saltaba
alegremente, bebía de lo lindo, reía a carcajadas y se burlaba de la
vejez. Hacía una legua a pie para ir a comer a la villa Dandolo, contaba
historietas militares, se atusaba el bigote y sostenía que las islas
Jónicas deberían pertenecer a Francia. Era un convidado sumamente
agradable que comunicaba su alegría a todos los de la casa. Algunas
veces, cuando se echaba vino en el vaso, decía sentenciosamente:
--Cuando se está en buena compañía, se puede beber impunemente tanto
como se quiera.
Germana comía siempre con buen apetito cuando el capitán estaba allí.
Aquel amable cojo, tan obstinadamente apegado a la vida, le hacía
acariciar una dulce esperanza y la obligaba a creer en el porvenir. El
señor de Bretignières tuteaba al pequeño marqués, le llamaba mi general
y le hacía saltar sobre su única rodilla. Besaba galantemente las manos
de la enferma y la servía con la devoción de un viejo paje o de un
trovador retirado.
Tenía un admirador de otra escuela en la persona del señor Stevens, juez
de instrucción del tribunal real de Corfú. Este honorable magistrado
empleaba en los cuidados de su cuerpo un sueldo de mil libras esterlinas
anuales. No habéis visto jamás un hombre más limpio, más satisfecho, más
nutrido, más brillante y de una salud más tranquila y mejor paladeada.
Egoísta como todos los viejos solterones, serio como todos los
magistrados, flemático como todos los ingleses, ocultaba bajo la
beatífica rotundidez de su cuerpo una cierta dosis de sensibilidad. La
salud le parecía un don tan precioso, que hubiera querido repartirla
entre todo el mundo. Había conocido al joven inglés de Pompeya y había
seguido de cerca las diversas fases de su curación. Contaba ingenuamente
que había experimentado una simpatía mediocre por aquel ser pálido y
moribundo, pero que le había amado más de día en día a medida que le
veía volver a la vida. Había acabado por ser su amigo íntimo el día en
que pudo estrecharle la mano sin hacerle gritar. Fue lo mismo para
Germana. Evitó aficionarse a ella mientras la creyó condenada a muerte;
pero desde el momento en que le pareció que se instalaba en este mundo,
le abrió su corazón de par en par.
Los más próximos vecinos de la casa eran la señora Vitré y su hijo. En
poco tiempo se convirtieron en los amigos más íntimos. La baronesa de
Vitré era una normanda refugiada en Corfú con los restos de su fortuna.
Como ella evitaba contar su historia, no se supo jamás qué
acontecimientos la habían arrojado de su país. Lo que era evidente es
que la baronesa vivía como una mujer honrada y educaba admirablemente a
su hijo. Tenía cuarenta años y una belleza un poco vulgar; en Francia la
hubieran tomado por una granjera del país de Caux. Pero ella se ocupaba
de su casa, de sus olivos y de su querido Gastón con una actividad
metódica y un celo incansable que denotaban su procedencia. La grandeza
es un don que se revela en todas las situaciones de la vida y sobre los
escenarios más diversos: se muestra por igual en el trabajo y en el
reposo y no brilla más en un salón que en una buhardilla. La señora de
Vitré, entre sus dos criadas, vestida, como ellas, con el traje
nacional, parecido al hábito de los carmelitas, tenía un aspecto tan
imponente como Penélope bordando las túnicas del joven Telémaco. Gastón
de Vitré, bello como una joven de veinte años, llevaba la vida ruda y
activa de un noble campesino. Trabajaba, cortaba los árboles, cogía
naranjas y arrancaba las ramas de los granados cuyos rojos frutos se
abrían al sol. Por la mañana, corría con la escopeta al hombro para
matar algunos zorzales o papafigos; por la noche, leía con su madre, que
fue su profesor y la nodriza de su espíritu. Sin preocupaciones del
porvenir, ignorando las cosas del mundo y encerrando sus pensamientos en
el horizonte limitado por sus miradas, no deseaba otros placeres que una
hermosa jornada de caza, una lectura de Lamartine o un paseo por el mar.
Era un corazón virgen, un alma severa y blanca como esas bellas hojas de
papel que invitan a la pluma a escribir. Cuando su madre lo llevó a la
villa Dandolo, advirtió, por primera vez, que era un pobre ignorante, se
ruborizó de la ociosidad en que había vivido y lamentó no haber
aprendido la medicina.
Las visitas son siempre largas en el campo. Se hace tanto para verse,
que se tiene pena después de abandonarse. Los Dandolo y los Vitré, el
doctor Delviniotis, el juez y el capitán pasaban algunas veces días
enteros alrededor de la hermosa enferma. Ella los retenía con alegría,
sin darse cuenta del motivo secreto que la hacía obrar así. Es que ya
comenzaba a evitar las ocasiones de encontrarse sola con su marido.
Tanto como el amor declarado huye de los importunos y busca la
intimidad, el amor naciente gusta de la compañía y de las distracciones.
Desde que nos comenzamos a sentir poseídos por otro, nos parece que los
extraños y los indiferentes nos protegen contra nuestra debilidad, y que
quedaríamos sin defensa sin ellos.
La señora de Villanera servía, sin saberlo, este secreto deseo de
Germana, reteniendo a su lado a la señora de Vitré, con la que cada día
se sentía más identificada. Don Diego no había llegado aún a ese punto
en que un amante soporta impacientemente la compañía de los extraños; su
cariño por Germana era aún desinteresado. Buscaba ante todo aquello que
podía distraer a la joven para que se sintiese más interesada por la
vida. Quizás aquel hombre tímido, como todos los hombres verdaderamente
fuertes, evitaba explicarse a sí mismo el sentimiento nuevo que le
atraía hacia ella. Temía verse preso entre dos deberes contrarios; no se
podía ocultar que estaba ligado por toda la vida a la señora Chermidy.
La creía digna de su amor, la amaba a pesar de su falta, como se ama a
la mujer culpable o inocente por la que se es correspondido. Si hubieran
ido con pruebas en la mano a decirle que la señora Chermidy no era digna
de él, hubiera experimentado un sentimiento de angustia y no se hubiera
alegrado de recobrar su libertad. No se rompe fácilmente con tres años
de dicha: no se dice frotándose las manos: ¡Loado sea Dios! ¡mi hijo es
el hijo de una intrigante!
El conde experimentaba, pues, un malestar moral, una inquietud sorda que
contrariaba su pasión naciente. Temía confesarse a sí mismo; se detenía
ante su corazón como ante una carta que no nos atrevemos a abrir.
Mientras tanto, los jóvenes esposos se buscaban, se encontraban bien
cuando estaban juntos y daban las gracias desde el fondo de su corazón a
los que les impedían estar solos. El círculo de amigos que se sentaban
alrededor de ellos, abrigaba su amor, como los grandes obreros que
rodean los vergeles de Normandía protegen la floración de los manzanos.
El salón de recepciones era el centro del jardín, alfombrado de naranjas
que habían caído antes de sazonar. Germana, sentada en su sillón, fumaba
cigarrillos yodados; el conde la miraba vivir; la señora de Villanera
jugaba con el niño como una faunesa vieja y negra con su retoño
bronceado. Los amigos se balanceaban en las mecedoras que se habían
hecho traer de América. De cuando en cuando, Mantoux u otro criado de la
casa, servía café, helados o confituras, según los usos de la
hospitalidad oriental. Los huéspedes se extrañaban de que la dueña de la
casa fuese la única fumadora de toda la concurrencia. En Oriente se fuma
siempre. Vosotros arrojáis el cigarrillo a la puerta de una casa, pero
la dueña os ofrece otro en seguida. Germana, sea que fuese más
indulgente para el único vicio de su marido, sea que se apiadase de
aquellos pobres griegos que no podían vivir sin el tabaco, decretó un
día que el cigarrillo sería permitido en toda la extensión de su
imperio. Don Diego le recordó sonriendo sus antiguas repugnancias. La
joven se ruborizó ligeramente y replicó con viveza:
--He leído en _El Conde de Montecristo_ que el tabaco turco era un
perfume y yo sé que aquí, a la vista de las riberas de Turquía, no se
fuma de otro. No se trata de esos nauseabundos cigarros que usaba usted
y cuya sola vista me hace daño.
Bien pronto se vieron aparecer en el jardín y en la casa los grandes
_chibuks_ de hornillo rojo y boquilla de ámbar; los _narghilés_ de
cristal que cantan al hervir y que pasean sobre la hierba su largo tubo
flexible como una serpiente. A fines de julio los nauseabundos cigarros
se escaparon tímidamente de no sé qué receptáculo invisible y
encontraron gracia ante Germana, lo que dio a comprender que se
encontraba mucho mejor.
Fue por aquella época cuando el elegido por la señora Chermidy, Mantoux,
llamado _Poca Suerte_, tomó el partido de envenenar a su ama.
Hay siempre algo de bueno en el hombre más vicioso y yo debo confesar
que por espacio de dos meses fue un criado excelente. Cuando el duque,
que ignoraba su historia, le hizo dar un pasaporte a nombre de Mateo,
atravesó la frontera con alegría y reconocimiento. Quizá pensaba de
buena fe, como el criado de Tucaret, en ser el tronco de hombres
honrados. La dulzura de Germana, el encanto que ejercía sobre todos los
que la rodeaban, lo bien que pagaba a los que la servían y la poca
esperanza que se tenía de salvarla, inspiraron buenos sentimientos a
aquel criado de contrabando. Sabía mucho mejor descerrajar una puerta
que preparar un vaso de agua azucarada, pero se esforzó en no parecer un
novicio y lo consiguió. Pertenecía a una raza inteligente, apta para
todo, hábil en todos los oficios y en todas las artes. Se aplicó tan
bien, hizo tales progresos y aprendió tan pronto su obligación, que sus
amos estaban muy contentos de él.
La señora Chermidy le había recomendado que ocultase su religión y aun
que renegase de ella si le interrogaban. Conocía la fama de intolerantes
que tienen los españoles para con los israelitas. Desgraciadamente aquel
honrado hombre forrado de nuevo no podía ocultar su cara. La señora de
Villanera sospechó que, por lo menos, era un hebreo convertido. Porque,
como buena española, hacía poca diferencia entre los convertidos y los
obstinados[F]. Era la mejor mujer del mundo, pero los hubiera enviado a
todos a la hoguera, segura de que los doce apóstoles hubieran hecho otro
tanto.
Mantoux, que había transigido más de una vez con su conciencia, no hizo
escrúpulos al acto de renegar de la religión de sus padres. Pero, por
una de esas contradicciones tan frecuentes en los hombres, no se decidió
nunca a comer los mismos alimentos que sus camaradas. Sin hacer alarde
de ello, se dedicó a las legumbres, a las frutas y a las herbáceas,
viviendo como un vegetariano, un pitagórico. Se consolaba de este
régimen cuando se le enviaba con alguna comisión a la ciudad. Entonces
corría en derechura al barrio judío, fraternizaba con sus compatriotas,
hablaba con ellos esa jerga semihebraica que sirve de lazo de unión a la
gran nación dispersa, y comía carne _kaucher_, es decir, matada por el
sacrificador, según los preceptos de la ley. Era un consuelo que
seguramente le habría faltado durante el tiempo que estuvo en presidio.
Hablando con sus correligionarios, se enteró de muchas cosas; supo que
Corfú era un excelente país, una verdadera tierra de promisión en la que
se vivía muy barato y en la que sería rico con 1.200 francos de renta.
Se enteró también de que la justicia inglesa era severa, pero que con
una buena lancha y dos remos se podía escapar a la persecución de la
ley. Bastaba poner el pie en Turquía; el continente estaba a algunas
millas de allí, ¡se le veía, se le tocaba casi! Supo, por fin, donde se
podía adquirir arsénico a un precio módico.
Hacia los últimos días de julio, oyó afirmar a muchas personas que la
joven condesa estaba en vías de curación. Se aseguró por sus propios
ojos y vio que, efectivamente, estaría restablecida de un día a otro.
Todas las noches al llevarle un vaso de agua azucarada podía observar,
junto con el señor Le Bris, cómo disminuían la tos y la fiebre. Un día
asistió al acto de desembalar una caja mucho mejor cerrada que la que él
había traído de París. De ella vio salir un lindo aparato de cobre y de
cristal, una pequeña máquina muy sencilla, y tan sugestiva, que al verla
sentía uno no ser tísico. El doctor se apresuró a montarla, y dijo,
mirándola con ternura: «¡He aquí, tal vez, la salvación de la condesa!»
Estas palabras fueron tanto más penosas para Mantoux, cuanto que acababa
de echar el ojo a una pequeña propiedad, con sus árboles y su casa para
el dueño, el nido que podía apetecer una familia honrada. Entonces se le
ocurrió la idea de hacer añicos aquel aparato de destrucción que
amenazaba su fortuna. Pero no tardó en comprender que le pondrían a la
puerta y que no sólo perdería su pensión, sino también su sueldo.
Resignose, pues, a ser un buen criado.
Por desgracia, sus camaradas hacían ya comentarios sobre el régimen
vegetariano a que se había sometido. La señora de Villanera entró en
alarma, se informó de todo y decidió que era un judío incorregible,
relapso y todo lo demás por añadidura. Le preguntó si le convenía buscar
una plaza en Corfú, o bien prefería regresar a Francia. El desgraciado
gimió, pidió gracia y recurrió a la intervención caritativa de la buena
Germana, pero la señora de Villanera se mostró inexorable. Todo lo que
pudo obtener es que continuaría allí hasta la llegada de su substituto.
Le quedaba un mes por delante: he aquí cómo lo aprovechó. Compró algunos
gramos de ácido arsenioso que guardó en su habitación. Cogió una pizca,
la cantidad necesaria para matar a dos hombres, y la disolvió en un vaso
de agua. Colocó el vaso en la alacena, sobre una tabla muy alta a la
cual no se podía llegar sino subiéndose a una silla; y, sin perder
tiempo, echó algunas gotas de aquel líquido envenenado en el agua de la
enferma, después de prometerse repetir las operación todos los días,
matar lentamente a su ama y merecer, a pesar del pequeño aparato, los
beneficios de la señora Chermidy.
IX
CARTAS DE CHINA Y DE PARÍS
_al señor Mateo Mantoux, en casa del señor conde de Villanera, Villa
Dandolo, en Corfú_
«Sin fecha.