de los disgustos que le dan; esto no lo sabía por experiencia. Todos los
Villanera, de padre a hijo, son como los árboles que se plantan en el
campo y crecen. Pero desde que usted me confió el pobre cuerpo de esa
hermosa alma, desde que hago centinela alrededor de nuestra niña para
impedir que la muerte se aproxime, desde que he aprendido a sufrir, a
respirar y hasta a ahogarme con ella, siento latir mi corazón con una
fuerza inusitada. Yo no era madre más que a medias, puesto que no había
tenido ocasión de participar de los dolores de los otros. Ahora valgo
más que antes, soy mejor, me encuentro en un plano superior. Es el dolor
el que nos hace semejantes a la madre de Dios, ese modelo de todas las
madres. _¡Ave María, mater dolorosa!_
»No tema usted, mi pobre duquesa; Germana vivirá. Dios no me hubiera
dado este profundo amor por ella, si hubiese resuelto arrancarla de este
mundo. Aquel que gobierna los corazones mide la violencia de nuestros
sentimientos con arreglo a la duración de lo que amamos, y yo amo a
Germana como si hubiese de estar eternamente entre nosotros. La
Providencia se burla de la ambición, de la avaricia y de todas las
pasiones humanas, pero respeta los afectos legítimos y no separa nunca a
los que se aman piadosamente en el seno de la familia. ¿Por qué me
hubiera hecho conocer y amar a Germana si hubiese tenido el designio de
arrebatármela de entre los brazos? Sería un juego cruel e indigno de la
bondad de Dios. Además, el interés de nuestra raza está ligado a la vida
de esa niña. Si tuviésemos la desgracia de perderla, un día u otro
volvería a casarse don Diego. San Jaime, al que hemos dedicado dos
iglesias, no permitirá que un nombre como el nuestro sea llevado por la
señora Chermidy.
»No crea usted que espere nada del doctor Le Bris; los sabios no
entienden de esas cosas. El verdadero médico, es Dios en el cielo y el
amor en la tierra. Las consultas, los medicamentos y todo lo que
compramos con dinero, no aumentan la suma de nuestros días. Ya verá
usted lo que hemos imaginado para que viva. Todas las mañanas, mi hijo,
mi nieto y yo, rogamos a Dios que tome algo de nuestras vidas para
añadir a la de Germana. El pequeño une sus manos como nosotros; yo
pronuncio la oración y ha de ser el Cielo muy sordo si no nos oye.
»Don Diego ama a su mujer; ya se lo había dicho a usted. La ama con un
amor puro, desprovisto de todas las impurezas terrestres. Si la amase de
otro modo, en el estado en que ella se encuentra, me produciría horror.
Tiene por ella la adoración religiosa que un buen cristiano dedica a la
santa de su iglesia, a la Virgen de su capilla, a la imagen casta y
velada que resplandece en el fondo del santuario. Los españoles somos
así. Sabemos amar simplemente, heroicamente, sin ninguna esperanza
mundana, sin otra recompensa que el placer de caer de rodillas ante una
imagen venerada. Para nosotros, Germana no es otra cosa: la perfecta
imagen de las santas del Paraíso. Cuando San Ignacio y sus gloriosos
compañeros se alistaron bajo el estandarte de María, dieron a todos los
hombres el ejemplo caballeresco del amor puro.
»Cuando esté curada, ¡ah! entonces ya veremos. Espere usted solamente a
que la pobre virgencita pálida haya recobrado los colores de la
juventud. Su cuerpo, hoy, no es más que una urna de cristal transparente
con un alma en el fondo. Pero cuando la sangre regenerada circule por
sus venas, cuando el aire del cielo ensanche su pecho, cuando los
perfumes generosos de la campiña hablen a su corazón y hagan latir sus
sienes, cuando el pan y el vino, esos presentes de Dios, hayan reparado
sus fuerzas, cuando un ardor impaciente la haga correr desalentada bajo
los grandes naranjos del jardín, entonces entrará en una nueva
belleza... y don Diego tiene ojos. Sabrá establecer una diferencia entre
sus antiguos amores y su dicha presente. Seguramente no tendré que
mostrarle en qué grado una belleza noble y casta, realzada por todo el
brillo de la sangre y por todo el esplendor de la virtud, es superior a
los halagos impúdicos de una bribona. Mientras tanto, ya está en buen
camino. En casi cuatro meses que hemos abandonado París, no ha escrito
ni recibido una carta; el olvido se hace en su corazón lejos de la
indigna que le perdía. La ausencia que fortifica las pasiones honradas,
mata en muy poco tiempo aquellas que sólo subsisten por el hábito del
placer.
»Quizá también nuestra buena Germana llegue a participar de ese amor.
Hasta el presente es sólo a mí, de toda la familia, a quien quiere.
Claro está que no hablo del pequeño marqués: ya sabe usted que lo quiso
desde el primer día. En cambio manifiesta a mi pobre hijo una
indiferencia que se parece mucho al odio. También es verdad que ya no le
maltrata como antes y soporta sus atenciones con una especie de
resignación. Tolera su presencia, no se extraña de verle a su lado y se
va acostumbrando a él. Mas no es necesario ser un lince para leer en su
rostro una sorda impaciencia, un odio domado que se subleva a cada
instante, quizás el desprecio de una muchacha honrada por un hombre que
ha cometido faltas. ¡Ay, pobre amiga mía! la indulgencia es una virtud
propia de nuestra edad; los jóvenes no la practican. No obstante, debo
reconocer que Germana disimula con cuidado sus pequeños resentimientos.
Su cortesía con don Diego es irreprochable. Conversa con él horas
enteras sin dar muestras de cansancio; le escucha hasta con gusto; le
responde algunas veces y acoge sus ternezas con una dulzura fría y
resignada. Un hombre menos delicado no advertiría que es aborrecido; mi
hijo lo sabe y la perdona. Ayer me decía: «Es imposible detestar a los
amigos con más encanto y bondad. Es el ángel de la ingratitud.»
»¿Cómo acabará todo esto? Bien, créame usted. Tengo confianza en Dios,
tengo fe en mi hijo y esperanza en Germana. Nosotros la curaremos,
incluso de su ingratitud, sobre todo si usted viene a ayudarnos. Ya
estoy enterada de que el duque camina como un buen muchacho por el
sendero de la virtud y de que los padres lo ponen como ejemplo a sus
hijos. Si usted pudiese dejarlo por uno o dos meses, sería recibida aquí
con los brazos abiertos. En el caso en que el encantador convertido
quisiera también tomar los aires del campo, le podríamos preparar un
buen alojamiento.
»Hasta muy pronto, pues, mi excelente amiga, querida hermana de mis
afectos y de mis dolores. La quiero cada vez más, a medida que su hija
me va siendo más querida. La distancia que nos separa no podrá enfriar
una tan buena amistad; nos hemos visto poco y no nos escribimos mucho,
pero nuestras oraciones se confunden todos los días al pie del trono de
Dios.
»CONDESA DE VILLANERA.
»P. S. No se olvide usted de mi criado y sobre todo que sea joven.
Nuestros matusalenes del hotel Villanera no se aclimatarían aquí.»
_Germana a su madre._
«Villa Dandolo, 7 mayo 1853.
»Mi querida mamá: El viejo Gil, que le entregará esta carta, le dirá lo
bien que se está aquí. No es en Corfú donde ha cogido las fiebres; fue
en la campiña de Roma; de modo que no tenga usted ningún cuidado.
»He estado bastante enferma después de mi última carta, pero mi segunda
madre ha debido decirle que ya estoy mucho mejor. El señor de Villanera
quizá también le ha escrito; no le pido cuenta de sus actos. En cuanto a
mí, estoy lo suficientemente fuerte desde hace algún tiempo para
emborronar cuatro carillas de papel; pero, ¿querrá usted creer que me
falta tiempo? Paso mi vida respirando; es una ocupación muy agradable en
la que empleo diez o doce horas diarias.
»Durante la crisis que he atravesado, he sufrido mucho. No recuerdo
haber estado tan mal en París. Puede usted creer que muchas personas en
mi lugar hubieran deseado la muerte. No obstante, yo me agarraba a la
vida con una obstinación increíble. ¡Cómo se cambia! ¿Y en qué consiste
que yo no vea las cosas con los mismos ojos?
»Indudablemente en que hubiera sido muy triste morir lejos de usted, sin
que sus queridas manos me pudiesen cerrar los ojos. Por lo demás, no son
cuidados los que me faltan. Si hubiese sucumbido, como el doctor casi
esperaba, podía usted haber tenido un consuelo. Lo más triste cuando
muere un ser querido lejos de nosotros debe ser el pensar que le habrán
faltado los cuidados que nosotros le hubiéramos prodigado. A mí, en
cambio, nada me falta y todos son muy buenos para mí, incluso el señor
de Villanera. Espero, querida mamá, que se repita usted esto muchas
veces si me ocurriese una desgracia.
»Quizá también la amistad y la compasión de los que me rodean han
contribuido un poco a hacerme amar la vida. El día en que me despedí de
usted y de mi padre, dije adiós a todo. Yo no sabía que los que me
acompañaban habían de ser para mí una verdadera familia. El doctor es
perfecto; me trata como si esperase curarme. La señora de Villanera (la
auténtica) es como usted misma. El marqués es un excelente hombrecito;
el viejo Gil me ha rodeado de atenciones. Yo no he querido entristecer a
todas esas gentes con el espectáculo de mi agonía y ya ve usted cómo he
salido del paso. Tanto peor para los que contaban con mi muerte; tendrán
que esperar bastante tiempo.
»Usted me había recomendado que le describiese nuestra casa para que su
pensamiento supiese dónde encontrarme cuando quisiera hacerme una
visita. El señor de Villanera, que dibuja bastante bien para ser un
gran señor, le enviará el plano del castillo y del jardín. Me he
atrevido a pedirle esta gracia; era preciso que fuese cosa de usted para
ello. Mientras tanto, conténtese usted con saber que habitamos unas
ruinas sumamente pintorescas. Desde lejos, la casa parece una vieja
iglesia demolida durante la Revolución. No hubiera podido creer nunca
que se pudiese vivir en su interior. Se llega al vestíbulo por cinco o
seis rampas practicables para los carruajes y con un piso desigual y
accidentado, que, si se sostiene, es por la fuerza de la costumbre,
porque el cemento hace mucho tiempo que falta. Los alelíes y las plantas
trepadoras se deslizan por todas las grietas y perfuman el camino como
un jardín. La casa está rodeada de árboles y a un cuarto de hora de la
población más próxima. No sé aún con exactitud de cuántos pisos se
compone; las habitaciones no están todas las unas encima de las otras;
se diría que el segundo piso ha bajado hasta el nivel del suelo a causa
de un temblor de tierra. Por un lado no hay que subir ni bajar
escaleras; por el otro hay que descender con peligro de la cabeza. Es en
este laberinto, querida mamá, donde tiene usted que buscar a su hija. Yo
misma me busco algunas veces y no me encuentro siempre.
»Tenemos por lo menos veinte habitaciones inútiles y una magnífica sala
de billar donde las golondrinas construyen sus nidos, pero no crea usted
que las haya arrojado de allí. ¿Qué soy aquí yo misma? Un pajarillo
lanzado de su nido por el frío. Mi habitación es la mejor acondicionada
de toda la casa. Es grande como la Cámara de los diputados y está
pintada al óleo de arriba abajo. Prefiero esto que el papel: es más
limpio y sobre todo más fresco. El señor de Villanera me ha hecho traer
de Corfú un mobiliario nuevo, de fabricación inglesa. Mi cama, mis
sillas y mis sillones se pasean a sus anchas en esta inmensidad. La
buena condesa duerme en una pieza inmediata, al lado del pequeño
marqués. Cuando digo que duerme, es para que no se enfade. La veo a mi
lado cuando me duermo, la encuentro en el mismo sitio al abrir los ojos,
pero me guardaré muy bien de decirle que ha pasado la noche fuera de su
cama. El doctor ocupa una habitación del mismo piso, pero más alejada.
Se le ha instalado lo más cómodamente que se ha podido. Los que cuidan a
los demás tienen la costumbre de cuidarse a sí mismos. El señor de
Villanera campa no sé dónde, bajo el tejado. ¿Es que la casa tiene
verdaderamente tejado? Nuestros criados griegos e italianos duermen al
aire libre: es la costumbre del país.
»Mis balcones, en número de cuatro, dan al Levante y al Mediodía. Desde
las nueve el aire y la luz inundan mi dormitorio. Me levantan, me visten
y abren los balcones uno a uno para que el aire del mar no me sorprenda
bruscamente. Hacia las diez, bajo a los jardines. Tengo dos a mi
disposición: el uno al norte de la casa, limitado por un muro más
complicado que la gran muralla de la China; el otro al Mediodía, bañado
por el mar. El jardín del norte está plantado de olivos, de azufaifos y
de nísperos del Japón. El otro es un enorme bosque de naranjos, de
higueras, de limoneros, de áloes, de chumberas y de parras gigantescas
que lo invaden todo, que trepan a todos los árboles y se encaraman en lo
más alto. El señor de Villanera decía ayer que la vid es la cabra del
reino vegetal. Es muy hermoso, mi pobre mamá, correr de un lado a otro,
ir a todas partes con completa libertad. Yo nunca había gozado de
semejante dicha. ¡Pero si viviese!...
»Comienzo ya a pasear valientemente por las alamedas. Hasta hace ocho
días eran impracticables, porque el jardinero del conde Dandolo es un
romántico puro, enamorado del hermoso desorden y de las gracias
melenudas. Hemos cortado los árboles a hachazos, ni más ni menos que en
una selva virgen. He pedido clemencia para los naranjos, porque ya sabrá
usted que me he reconciliado con el olor de las flores. Sin embargo, no
me las ponen en la habitación; sólo las tolero al aire libre. El perfume
que las flores cortadas exhalan en un lugar cerrado me sube al cerebro
como un olor de muerte, y esto me entristece. Pero cuando las plantas
florecen al sol, bajo la brisa del mar, yo me regocijo con ellas, tomo
parte en su dicha y se me ensancha el corazón. ¡Qué hermosa es la
tierra! ¡Y qué feliz todo el que vive! ¡Sería muy triste abandonar este
mundo delicioso que Dios ha creado para el placer del hombre! Y, sin
embargo, hay gentes que se matan. ¡Qué locos!
»Decían en París que yo no vería brotar las hojas. No me hubiera
consolado de morir tan pronto, sin haber podido ver la primavera. Han
brotado esas queridas hojas de abril y yo estoy aquí para verlas. Las
toco, las huelo, las estrujo entre mis manos y las digo: «Aun estoy
entre vosotras. Quizá me será dado ver el estío bajo vuestra sombra. Si
hemos de caer juntas, ¡ah! permaneced largo tiempo sobre esos hermosos
árboles, asíos sólidamente a las ramas y vivid para que yo viva.»
»¿Habrá algo más alegre, más vivo, más variado que los brotes nuevos?
Son blancos en los álamos y en los sauces, rojos en los granados, rubios
como mis cabellos en la copa de las verdes encinas, de color violeta en
las ramas de los limoneros. ¿De qué color serán dentro de seis meses? No
pensemos en eso. Los pajarillos hacen sus nidos en los árboles; el mar
azul acaricia dulcemente la arena de la orilla; el sol generoso deposita
sus bienhechores rayos sobre mis pobres manos pálidas y enflaquecidas;
siento circular en mis pulmones un aire dulce y penetrante como su voz
de usted, mi buena mamá. Hay instantes en que me figuro que ese buen
sol, esos árboles en flor, esos pájaros que cantan, son otros tantos
amigos que piden gracia para mí y que no me dejarán morir. Quisiera
tener amigos en toda la tierra, interesar a la Naturaleza entera en mi
suerte, emocionar hasta a las mismas piedras y que de los cuatro puntos
del mundo se elevase al cielo una tal lamentación y una tal plegaria,
que Dios se conmoviese. El es bueno, es justo; yo no le he desobedecido
jamás, nunca he hecho mal a nadie. No le costaría gran trabajo dejarme
vivir con los demás, confundida entre la multitud de los seres que
respiran. ¡Ocupo tan poco sitio! Y además, no soy muy cara de mantener.
»Por desgracia, hay gentes que se pondrían luto si yo curase y que no se
consolarían jamás si me viesen viva. ¿Qué le vamos a hacer? Están en su
derecho. He contraído una deuda y tengo el deber de pagarla.
»Mi querida mamá, ¿qué piensa usted del señor de Villanera? ¿Qué
concepto tienen de él en París? ¿Es posible que un hombre tan sencillo,
tan paciente y tan dulce, sea un mal hombre? Me he fijado en sus ojos
por primera ver hace poco días; son unos hermosos ojos capaces de
engañar al más listo.
»Adiós, mi buena madre; rece por mí y vea si puede obtener de mi padre
que vaya un día a la iglesia con usted. Si él hiciera eso por su pequeña
Germana, la conversión sería completa y yo quizá me salvaría. Debe haber
una recompensa allá arriba para los que conducen un alma a Dios. ¿Pero
quién podrá tener crédito en el cielo si no es usted, querida santa?
»Con una ternura infinita soy siempre su respetuosa hija
»GERMANA.
»P. S. Los besos para mi padre son los que hay a la derecha de la firma;
los de usted son los de la izquierda.»
VII
EL NUEVO DOMÉSTICO
El duque no enseñó a la señora Chermidy la carta de la condesa, pero le
hizo leer la de Germana.
--Ya ve usted--le dijo--; ha adelantado la mitad del camino en su
curación.
Ella se esforzó en sonreír y respondió:
--Usted es un hombre dichoso; todo le sale bien.
--Menos el amor.
--¡Paciencia!
--No se puede tener mucha a mi edad.
--¿Por qué?
--Porque no hay tiempo que perder.
--¿Quién es ese viejo Gil que le trae las cartas? ¿un correo?
--No; es un ayuda de cámara que pide un substituto. La señora de
Villanera encarga a la duquesa que le busque un buen criado.
--Eso no es fácil en París.
--Hablaré al mayordomo de mi amigo Sanglié.
--¿Quiere usted que yo, por mi parte, le ayude también? _Le Tas_[E]
tiene siempre media docena de criados en la manga; es una verdadera
agencia de colocaciones.
--Si _le Tas_ tiene algún protegido que establecer, le tomaré de muy
buena gana. Pero tenga usted en cuenta que lo que necesitamos es un
hombre de confianza, un enfermero.
--_Le Tas_ debe tener enfermeros; tiene de todo.
_Le Tas_ era la doncella de la señora Chermidy. No se la veía nunca en
el salón, ni siquiera por casualidad; pero los amigos íntimos de la casa
se sentían muy honrados de entablar conocimiento con ella. Era una
doméstica con sus 120 kilos de peso, compatriota y hasta algo pariente
de la dueña de la casa. Se llamaba Honorina Lavenaze, como su ama; pero
su deformidad hacía que todo el mundo la conociera por _le Tas_. Aquel
fenómeno viviente, aquel montón de grasa, aquel paquidermo femenino,
había seguido durante quince años a la señora Chermidy en la buena y en
la adversa fortuna. Había sido la cómplice de sus progresos, la
confidente de sus pecados, la encubridora de sus millones. Sentada en un
rincón del fuego, como un monstruo familiar, leía en las cartas el
porvenir de mamá; la prometía el reino de París, como una bruja de
Shakespeare; la animaba en sus desfallecimientos, consolaba sus
disgustos, arrancaba sus cabellos blancos y la servía con una devoción
canina. No había ganado nada a su servicio, ni rentas del Estado, ni
libreta en la Caja de ahorros, y no quería nada para sí. Tenía diez años
más que la señora Chermidy, y esto, así como su obesidad enfermiza, le
daba la seguridad de morir antes que ella y, desde luego, en su casa; no
se despide a un servidor que pueda llevarse nuestros secretos. Mientras
pudiese satisfacer sus necesidades, _le Tas_ no tenía ni ambición, ni
codicia, ni vanidad personal; se consideraba rica, brillante y
triunfante en la persona de su bella prima. Aquellas dos mujeres,
estrechamente unidas por una amistad de quince años, formaban un solo
individuo. Era una cabeza con dos caras, como la máscara de los cómicos
de la antigüedad. De un lado, sonreía al amor, del otro hacía muecas al
crimen. La una se mostraba porque era hermosa; la otra se ocultaba
porque hubiera causado horror.
La señora Chermidy prometió al duque ocuparse en su asunto. Aquel mismo
día, efectivamente, habló con _le Tas_ acerca del criado que se podría
enviar a Corfú.
La linda arlesiana estaba bien decidida a cortar en flor la curación de
Germana, pero era demasiado prudente para emprender nada por su cuenta y
riesgo. Sabía que un crimen es siempre una torpeza y su situación era
muy envidiable para que se expusiera a perderla en un mal negocio.
--Tienes razón--le dijo _le Tas_--, nada de sangre. Hay que dejar eso.
Un crimen nunca aprovecha a su autor; sólo resulta útil a los otros. Se
mata a un rico en la carretera y se le encuentran cien sueldos en el
bolsillo. Todo lo demás va a parar a los herederos.
--¡Pero aquí soy yo la que hereda!
--No heredarías si te sorprendiesen en un delito. Por de pronto, ella
puede morir de muerte natural. Y si esto no bastase, puede haber alguien
que la ayude, pero sin nuestra intervención.
--¿Qué hacer, pues?
--Interesar a alguien en la muerte de Germana. Suponte un enfermo que
dijese a los que la asisten: muchachos, cuidadme bien; el día de mi
muerte tendréis todos mil francos de renta. ¿Crees tú que ese hombre
viviría mucho tiempo? Creo que sería fácil encontrar un mozo inteligente
que interpretase a su manera las órdenes del médico. Se le darían sus
mil francos de renta, y los herederos...
--Heredarían. Comprendo perfectamente. Pero, ¡es tan difícil la
elección! ¿Y si tropezásemos con un hombre honrado?
--¿Es que los hay?
--_Le Tas_, calumnias al género humano. No hay muchos hombres capaces de
jugarse la cabeza por mil francos de renta.
--Estoy segura de que si enviásemos allá abajo un hombrecillo que yo
conozco, un verdadero bribón de París, pálido como una manzana que no ha
madurado, mimado por los otros criados, celoso de aquellos a quienes
sirve, envidioso del lujo que le rodea, vicioso como un sumiller, al
cabo de quince días se habría hecho cargo del porvenir que se le
ofrecía.
--Tal vez. ¿Pero y si erraba el golpe?
--Entonces habría que echar mano de un hombre de experiencia; buscar un
práctico que tenga costumbre de esas cosas.
--Veo que te acuerdas de Tolón, hija mía.
--¡Toma! allí hay sujetos muy a propósito para eso.
--¿Es que quieres que vaya a buscar un criado al presidio?
--Los hay que ya han cumplido.
--¿Dónde encontrarlos?
--Búscalos. Creo que vale la pena dar con el que nos hace falta.
Algunas horas después de esta conversación, la señora Chermidy, bella
como la virtud, hacía los honores de su salón a personas de las más
respetables de París.
Entre los concurrentes de su casa había un viejo solterón de humor
alegre, de conversación espiritual, gran aficionado a los libros nuevos,
asiduo a las primeras representaciones y muy conocedor de historias
inéditas; tan irreprochable en la elección de sus palabras como en la de
sus trajes, y fiel a las tradiciones de la antigua galantería francesa.
Era jefe de negociado en la prefectura de policía.
La señora Chermidy le sirvió con sus propias manos una taza de te, al
mismo tiempo que le dirigía una sonrisa inefable. Conversó largo tiempo
con él, le obligó a agotar su repertorio y oyó con el mayor interés
cuanto le plugo contarle. Por la primera vez, después de muchos años,
cometió una injusticia con sus amigos y se apartó de su imparcialidad
habitual.
El excelente hombre se creía estar en el cielo y tamborileaba con sus
dedos sobre la pechera de su camisa con una satisfacción visible.
No obstante, como no hay compañía, por buena que sea, a la que no haya
que dejar, el señor Domet se dirigió discretamente hacia la puerta
cuando faltaban pocos minutos para media noche. Aun quedaban veinte
personas en el salón. La señora Chermidy lo llamó en voz alta con la
graciosa desenvoltura de un ama de casa que no perdona a los desertores.
--Querido señor Domet--le dijo--, es usted demasiado encantador para que
le devuelva tan pronto la libertad. Venga usted aquí, a mi lado, y
cuénteme otra de esas historias tan interesantes que sabe usted.
El excelente hombre obedeció con muy buena voluntad, aunque tenía por
principio acostarse pronto y levantarse temprano. Pero protestó diciendo
que había agotado toda su provisión y que, a menos de inventar, ya no
tenía nada que contar. Algunos amigos de la casa formaron un círculo a
su alrededor con objeto de importunarle. Se le hicieron mil preguntas
más indiscretas las unas que las otras; le preguntaron la verdad sobre
la _Máscara de hierro_, se le incitó a que dijese el verdadero nombre
del autor de las _Cartas de Junio_, se le pidieron detalles sobre el
anillo de Gyges, sobre la Conspiración de las pólvoras, sobre el Consejo
de los Diez y por si aun esto fuera poco se le invitó a que expusiera su
opinión sobre los resortes de gobierno. El señor Domet respondió a todo
alegremente, rápidamente, con ese buen humor de las personas de edad
que es el fruto de una vida tranquila. Pero no estaba completamente
tranquilo y se removía en su sillón como un pescado en la sartén. La
señora Chermidy, siempre bondadosa, acudió en su auxilio y le dijo: