ociosidad del corazón que no es para mí. En cuanto a consuelos, no los
tengo; distracciones, las encontraría, pero mi corazón está demasiado
triste. Conozco a algunos caballeros que vienen aquí todos los martes
por la noche a charlar un rato. No me atrevo a invitar al señor duque de
La Tour de Embleuse a estas reuniones melancólicas; su negativa me
humillaría y me haría muy desgraciada.
Cierto que la campana de la señora Chermidy no sonaba igual que la del
señor Le Bris, pero el timbre era tan dulce, que el duque se dejó
engañar como un niño. Compadeció a la linda dama y le prometió que de
cuando en cuando iría a llevarle noticias de su hijo.
El salón de la señora Chermidy era, en efecto, el lugar de reunión de un
cierto número de hombres distinguidos. Ella sabía atraerles y retenerles
a su alrededor por un medio menos heroico que el de la señora de
Warrens; se hacía amar con menos exposición. Los unos conocían su
posición, los otros creían en su virtud; todos estaban persuadidos de
que su corazón estaba libre, y que el último poseedor, se llamase
Villanera o Chermidy, había dejado una sucesión abierta. Ella se valía
de su situación para explotar a todos sus admiradores en provecho de su
fortuna. Artistas, escritores, hombres de negocios, hombres de mundo, la
servían simultáneamente en la medida de sus medios. Eran otros tantos
empleados suyos a los que pagaba con esperanzas. Un agente de cambio de
sus amigos le hacía operaciones por 20.000 francos al mes; un pintor le
compraba cuadros, un especulador enriquecido adquiría terrenos para
ella. Servicios gratuitos, es verdad, pero ninguno dejaba de serle útil
porque todos aspiraban a ser amados. A los impacientes que estrechaban
demasiado el cerco, les enseñaba su casa: una casa de cristal. Hasta sus
menores acciones procuraba que fuesen conocidas, sin duda para
tranquilizar la susceptibilidad de don Diego; quizá también para oponer
una barrera entre ella y los que dudaban de su virtud.
La presencia del duque en los salones de la calle del Circo no fue
tampoco inútil a la reputación de la señora Chermidy. Así pudo detener
ciertos rumores que circulaban acerca del matrimonio del conde; probó a
algunas almas crédulas que no había habido nunca nada entre ella y el
conde de Villanera. ¿Cómo suponer que la señora Chermidy invitara al
suegro de su amante?
Explotó este nuevo conocimiento con igual habilidad que los antiguos. Le
importaba mucho conocer con exactitud el estado de Germana y llevar la
cuenta de los días que le quedaban de vida. El señor de La Tour de
Embleuse le confió un día todas las cartas del doctor Le Bris.
Su lectura produjo en ella tal impresión que hubiera caído enferma de no
ser más fuerte que todas las enfermedades. Se vio traicionada por el
médico, por el conde y por la Naturaleza. Se representó el porvenir más
odioso que una imaginación de mujer pudiese concebir. Una rival elegida
por ella le robaba su amante y su hijo, sin tener para ello que cometer
ningún crimen, sin intriga, sin cálculo de su parte, con el apoyo de
todas las leyes divinas y humanas.
No obstante, recobró algo de su valor al pensar que el doctor quería,
piadosamente, ocultar la verdad a la duquesa. Lo mejor era ver las
cartas de la propia Germana; el duque no dejaría de satisfacer su
siniestra curiosidad.
El señor de La Tour de Embleuse era presa de una de esas pasiones
finales que acaban con el cuerpo y el alma de los viejos. Todos los
vicios que le dominaban desde medio siglo antes, habían abdicado en
provecho de un solo amor. Cuando los ingenieros reúnen en un canal todos
los arroyuelos dispersos de la llanura, crean un río bastante capaz para
la navegación.
El barón de Sanglié, la duquesa y todos los que se interesaban por él,
estaban asombrados del cambio de sus costumbres. Vivía tan sobriamente
como el joven ambicioso que quiere triunfar por medio de las mujeres.
Iba muy raras veces por el club y ya no jugaba. El cuidado de su tocador
le ocupaba gran parte de la mañana. Había vuelto a dedicarse a la
equitación y paseaba todos los días por el Bosque de cuatro a seis.
Comía con su esposa siempre que no estaba invitado a la mesa de la
señora Chermidy. Iba todas las noches a las reuniones del gran mundo
para encontrarse con ella, y tan pronto como había abandonado el baile,
el duque volvía a su casa, daba las buenas noches a su mujer y se
acostaba. El miedo de comprometer a la que amaba le devolvió las
costumbres de discreción que habían velado los primeros desórdenes de su
vida, y la duquesa le creyó fuera de peligro, precisamente en el momento
en que estaba perdido sin remedio.
La señora Chermidy, maestra en las artes de la seducción, afectaba
tratarle con una ternura filial. Le recibía a todas horas, incluso
cuando estaba en su tocador. Nunca retiraba su mano o su frente a un
beso del duque; le reconvenía dulcemente, le escuchaba con complacencia,
aceptaba sus caricias como pruebas de generosidad, no aparentaba ningún
temor y no parecía sospechar el sentimiento brutal que ella misma
fomentaba todos los días. Para tenerle a distancia no empleaba más que
una sola arma: la humildad. Era implacablemente respetuosa. Se dejaba
dar todos los nombres que el amor puede inspirar a un hombre, pero no se
olvidaba ni una sola vez de llamarle señor duque. El viejo insensato
hubiese dado toda su fortuna por que la señora Chermidy le faltase al
respeto.
Por de pronto le sacrificó lo que un honrado anciano pueda tener en más
estima, la santidad del nombre de padre. Pidió a la duquesa las cartas
de Germana, con el pretexto de volverlas a leer, y la noble mujer lloró
de alegría al confiar tan preciado tesoro a su marido. Corrió sin
pérdida de tiempo a la calle del Circo y fue recibido con los brazos
abiertos. Aquellas cartas que la enferma había garrapateado con su mano
trémula, aquellas cartas en que a veces ponía besos para su madre en un
cuadro mal dibujado debajo de la firma, aquellas cartas que la duquesa
había regado con sus lágrimas, fueron registradas sobre una mesita del
salón, como un juego de naipes, por un viejo depravado y una mujer
perversa.
La señora Chermidy, disfrazando su odio bajo una máscara de compasión,
buscó ávidamente algunos síntomas de muerte entre las protestas de
ternura, y no quedó más que medianamente satisfecha. El olor que
exhalaba aquella correspondencia no era el que atrae los cuervos a los
campos de batalla. Era como el perfume de una florecilla enfermiza que
languidece al soplo del invierno, pero que se abriría al sol si la brisa
del mediodía viniese a barrer las nubes. La cruel arlesiana encontraba
demasiada firmeza en aquella mano, demasiada vida en aquel espíritu y
unos latidos inquietantes en aquel corazón. Mas no era esto todo; sintió
que se apoderaba de ella una sospecha desgarradora. La enferma contaba
con demasiada complacencia los cuidados de su marido. Se acusaba de
ingratitud, se reprochaba el corresponder mal a lo que por ella hacía.
La señora Chermidy rugió interiormente a la idea de que el marido y la
mujer acabasen quizá por sentirse atraídos el uno hacia el otro; temió
que la piedad, el reconocimiento, la costumbre, uniría a las dos almas
jóvenes y que un día vería sentarse entre don Diego y Germana a un
invitado con el que no había contado: el Amor.
La profanación de las cartas de Germana tuvo lugar algunos días después
de su llegada a Corfú. Si la señora Chermidy hubiese podido ver con sus
propios ojos a su inocente rival, es probable que su miedo se hubiese
trocado en piedad. Las fatigas del viaje habían dejado a la pobre niña
en un estado deplorable. Pero la amante de don Diego se forjaba a todas
horas unos monstruos que repartían la salud y se veía suplantada sin
remisión. El día en que sus sospechas se cambiasen en certidumbre, no
retrocedería ante ningún crimen. Mientras tanto, por espíritu de
prudencia y de venganza, por entretener su ocio de hermosa sin empleo,
por una especulación de interés y de perversidad, se divertía en
desplumar al señor de La Tour de Embleuse. Encontraba gracioso
despojarle del millón que le había dado, sin perjuicio de devolvérselo a
la muerte de su hija. Era una especie de desquite que se adjudicaba en
caso de desgracia.
No era difícil hacerle dar una inscripción de renta. El duque se ponía
todos los días a sus pies con cuanto poseía. Era de un carácter y de un
temperamento capaz de arruinarse sin publicarlo y de vencer sin
atribuirse la victoria. Un hombre de honor no compromete nunca a una
mujer, aunque se vea despojado por ella. Pero la señora Chermidy pensaba
que sería más digno de ella tomar un millón sin dar nada en cambio, y
guardando siempre la superioridad sobre el donante.
Un día que el viejo deliraba a sus pies y renovaba por centésima vez el
ofrecimiento de su fortuna, ella le dijo:
--Acepto, señor duque.
El señor de La Tour de Embleuse perdió la cabeza como un aeronauta
novicio al que se rompiese la cuerda del globo[D]. Creyó estar en el
séptimo cielo. La dama detuvo dulcemente sus transportes y le dijo:
--Cuando usted me hubiera dado un millón, ¿creería usted haberme pagado?
El duque protestó, pero sus ojos decían, y no sin razón, que desde el
momento en que la virtud se pone en venta, un millón no es un precio
despreciable.
Ella contestó al pensamiento de su adversario:
--Señor duque, las mujeres entre las cuales hace usted la injusticia de
colocarme, valen tanto más cuanto que son más ricas. Yo he heredado
cuatro millones; he ganado lo menos tres en los negocios y mi fortuna es
tan limpia que la podría realizar sin pérdida en un mes. Ya ve usted que
hay pocas mujeres en Francia que tengan derecho a ponerse un precio más
elevado. Esto le prueba a usted que también tengo el medio de darme por
nada. Si yo le llego a amar, lo que quizás ocurra, el dinero no será
nada entre nosotros. El hombre a quien yo dé mi corazón tendrá encima
todo lo demás.
El duque cayó desde lo más alto y dio rudamente contra el suelo. Era
tan desgraciado al guardar su millón como se había sentido feliz al
recibirlo. La señora Chermidy pareció tener piedad de él.
--Niño grande--le dijo--, no llore usted. He empezado por decirle que
aceptaba. Pero tenga usted cuidado; voy a hacerle mis condiciones.
El señor de La Tour de Embleuse sonrió como un moribundo que ve
entreabrirse el cielo.
--Soy yo quien ha enriquecido a usted--le dijo--. Le conocía de antiguo,
o por lo menos conocía su reputación. Usted se ha comido su fortuna con
una grandeza digna de los tiempos heroicos. Es usted el último
representante de la verdadera nobleza, en esta edad degenerada. También
es usted, sin saberlo, el único hombre de París capaz de interesar
seriamente el espíritu de las mujeres. Yo siempre he lamentado que usted
no tuviese una fortuna incalculable como la de don Diego: usted habría
sido más grande que Sardanápalo. A falta de otra cosa mejor, hice que le
diesen un millón; se hace lo que se puede. Pero he tomado mal mis
medidas y la cosa no ha respondido a mis esperanzas. Lo que tiene usted
en su cajón es un papelote que nunca le serviría para nada. El día 22 de
junio cobrará usted sus 25.000 francos; de aquí a entonces no hará más
que vegetar. Contraerá deudas y sus rentas no harían más que enriquecer
a los acreedores. Deme usted su inscripción de renta y yo haré que la
venda mi agente de cambio. Guardaré el capital, porque no me fío de
usted. En cambio es absolutamente preciso que acepte el producto. Y no
crea que éste será de cincuenta mil francos; serán ochenta mil o cien
mil, quizá más. Conozco la Bolsa a fondo, aunque nunca haya puesto los
pies allí; y sé que se gana todo lo que se quiere con algunos millones
en dinero contante y sonante. El papel del Estado es una admirable
invención para los burgueses que quieren vivir modestamente y sin
preocupaciones. Para las gentes de nuestra clase que no temen el peligro
ni el trabajo, ¡viva la especulación! Es lo mismo que el juego en gran
escala y usted es jugador, ¿no es cierto?
--Lo he sido.
--Y lo es aún. Correremos juntos el mismo albur; pondremos en común
nuestros intereses, nuestros placeres, nuestros temores, nuestras
esperanzas.
--Los dos formaremos como uno solo.
--En la Bolsa, al menos.
--¡Honorina!
Honorina pareció sumirse en una profunda reflexión y ocultó el rostro
entre sus manos. El duque se apoderó de ellas poniendo fin así a aquel
eclipse de belleza. La señora Chermidy le miró fijamente, sonrió con
melancolía y le dijo:
--Perdóneme usted, señor duque, y olvidemos nuestros castillos en el
aire. Nos extraviábamos en el porvenir como dos niños en el bosque. Era
un dulce sueño, pero no pensemos más en ello. No tengo el derecho de
despojarle, aunque sea para enriquecerle. ¿Qué dirían de mí? ¿Qué
pensarían de usted mismo? ¡Si la señora duquesa se enterase de lo que
habíamos hecho!
La señora Chermidy sabía perfectamente que para hacer odiosa a una mujer
ante su marido, es suficiente pronunciar su nombre en ciertos momentos.
El duque respondió altivamente que su mujer no se mezclaba nunca en sus
negocios y que además lo tenía prohibido.
--Pero--continuó la tentadora--usted tiene una hija; y todo lo que usted
posee debe volver a ella. No estaría bien.
--Pero--replicó el duque--mi hija tiene un hijo que es el de usted.
Nuestras fortunas irán juntas al pequeño marqués. ¿Acaso no somos de la
misma familia?
--Usted ya me dijo eso otra vez, señor duque; pero aquel día me causó
menos placer que hoy.
La señora Chermidy colocó la inscripción de renta en un cajón y se
guardó mucho de venderla. Aquella mujer tenía el instinto de lo sólido y
desconfiaba juiciosamente de la inestabilidad de las cosas humanas. El
duque fue, desde aquel momento, el asociado de su hermosa amiga. Le
quedaba el derecho de visitar su caja y encontró en ella, hasta nueva
orden, tanto dinero como quiso. Esto es todo lo que pudo obtener de
aquella generosa y sonriente virtud. Honorina se ocupaba del viejo con
una ternura minuciosa; le hizo abandonar el departamento que ocupaba; le
transportó a los Campos Elíseos con la duquesa y le compró muebles,
cuidando de que no faltase nada en la casa y preocupándose incluso de
los gastos de la cocina. Hecho esto, se frotó las manos y se dijo
riendo:
--Ya tengo al enemigo bloqueado, y si nunca llegara a declararse la
guerra, les mataría de hambre sin piedad.
VI
CARTAS DE CORFÚ
_El doctor Le Bris a la señora Chermidy._
«Corfú, 20 abril 1853.
»Apreciable señora: Yo no podía prever, el día que me despedí de usted,
que nuestra correspondencia sería tan larga. Don Diego tampoco lo
esperaba. Si yo hubiese podido prevenirlo, no creo que él tomase la
resolución heroica de privarse de sus cartas ni del placer de
escribirle. Pero todos los hombres están sujetos al error, sobre todo
los médicos. No enseñe usted esta frase a mis colegas.
»Hicimos un viaje bien tonto de Malta a Corfú, en un vapor muy sucio,
cuya chimenea humeaba horriblemente. Teníamos el viento de proa; la
lluvia nos privaba con frecuencia de subir al puente y la niebla invadía
hasta nuestros camarotes. El mareo no perdonó más que al niño y a la
enferma; y es que hay estados de gracia para los que entran en la vida
y para los que se disponen a abandonarla. Teníamos por toda sociedad una
familia inglesa que regresaba de las Indias: un coronel al servicio de
la compañía y sus dos hijas, amarillas como la piel de Rusia. Unicamente
el vino de Burdeos gana con un viaje tan largo. Esas señoritas no nos
honraron ni con una palabra; lo que las excusa un poco es que no sabían
el francés. A la menor claridad subían al puente con sus álbumes para
dibujar unos paisajes que parecían _plum-puddings_. Después de una
eterna travesía de cinco días, el vapor nos condujo por fin a buen
puerto; no habíamos tenido siquiera la distracción de un naufragio. El
camino de la vida está empedrado de decepciones.
»Mientras nos proporcionamos una casa en el campo, nos hemos alojado en
la capital de la isla, en el hotel Victoria. Esperamos salir de aquí a
fines de semana, pero no me atrevo a asegurar si lo haremos todos con
nuestras piernas. Mi pobre enferma está cada vez peor; el viaje la ha
fatigado más aún que si se hubiese mareado. La señora de Villanera no la
abandona ni un instante; don Diego se porta admirablemente; en cuanto a
mí, hago todo lo posible, es decir, muy poco. Es inútil ensayar un
tratamiento que añadiría sufrimientos sin aumentar las probabilidades de
curación. ¡Es usted muy dichosa, señora, de tener tanta belleza como
salud!
»Si esta crisis no es la última, intentaré el amoníaco o el yodo. El
yodo triunfa en algunos casos; los señores Piorry y Chartroule lo
emplean con éxito. ¿Usted será tan amable que nos envíe el aparato del
doctor Chartroule y una provisión de cigarrillos yodados? Todo lo
encontrará en la farmacia Dublanc, calle del Temple, al lado del
bulevar. El amoníaco también da buenos resultados; pero el único remedio
con el que se pueda contar seriamente, es un milagro. Así, pues, viva
usted en paz, ténganos un poco de cariño y ayúdenos a cumplir nuestro
deber hasta el fin. El viejo Gil, que la condesa había traído para que
le sirviese, ha caído enfermo de las fiebres de Italia, aunque ésta no
sea la estación de las fiebres. Es un enfermo más y un servidor menos.
»La alegría y la salud tienen una magnífica representación en la casa:
el pequeño Gómez. El día que lo vuelva usted a ver será bien dichosa. Se
lo ve crecer y hasta creo ¡Dios me perdone! que está embellecido. Será
menos Villanera de lo que me figuraba al principio. La verdad es que
parecería cosa del diablo si no tuviese algo de su madre. Es menos
huraño; se deja besar y besa; alarga los labios hacia todas las caras
con una impetuosidad que sería inquietante en una niña.
»Don Diego está en negociaciones con un descendiente de un dux para
alquilar una casa que le convendría mucho. La campiña está dividida en
una multitud de propiedades agradables, adornadas con castillos
ruinosos. Yo he visitado algunos jardines; son generalmente más
habitables que las casas a que pertenecen. Esos chiribitiles
aristocráticos que conservan un aire de grandeza en medio de su
desolación, participan de granja, de castillo y de choza. Si conseguimos
alquilar la villa Dandolo, quizá no estaremos del todo mal. Bastará con
poner algunos vidrios en los balcones. La exposición es admirable, al
Mediodía, sobre el mar. El jardín, muy hermoso. Los vecinos son nobles y
dicen que algunos hablan el francés. ¿Pero quién sabe si tendremos
tiempo de entablar conocimiento con ellos?
»No echaré de menos la estancia en la ciudad, aunque en ella se viva
bien. Es muy linda y en ciertos aspectos me recuerda Nápoles. La
explanada, el palacio del lord comisario y los alrededores forman una
ciudad inglesa. Los ingleses han construido a expensas de los griegos
fortificaciones gigantescas que hacen de la plaza un pequeño Gibraltar.
Yo asisto todas las mañanas a las evoluciones de un regimiento de
escoceses que me divierten mucho con sus cornamusas. La ciudad griega es
antigua y curiosamente construida: casas altas, pequeñas arcadas y una
linda cabeza en cada balcón. El barrio judío es repugnante, pero se
encuentran perlas en aquel estercolero dignas del lápiz de Gavarni. La
población se compone de griegos, italianos, judíos y malteses, pero
todos hacen lo posible por parecer ingleses. Tenemos también un teatro
en el que dan representaciones de _Juana de Arco_ del maestro Verdi. Yo
fui una noche, aprovechando que la enferma tenía menos de 120
pulsaciones por minuto. Al final del primer acto, toda la asamblea se
levantó respetuosamente, mientras que la orquesta tocaba el _God save
the Queen_. Es una costumbre establecida en todas las posesiones
inglesas. No le extrañe a usted que se represente la muerte de Juana de
Arco ante un público inglés; el autor del libreto ha tenido cuidado de
modificar la historia. Juana de Arco defiende a Francia contra un
enemigo cualquiera, los turcos, los abisinios o los chinos. Lleva una
coraza de papel de plata y agita una bandera del tamaño de un abanico
hasta el momento en que se presenta en escena un heraldo y dice al rey:
_Rotto e'l nemico, e Giovanna e stinta._
»Llega la heroína sobre almohadones; una banda manchada de rojo indica
que está mortalmente herida. Se incorpora con gran esfuerzo, canta una
romanza con su voz más fuerte y expira entre los aplausos de la sala.
Todos los habitantes de Corfú están convencidos de que Juana ha muerto a
consecuencia, no sólo de una herida, sino también de una serie de
gorgoritos.
»El conde me ha dejado ir solo al teatro; y no obstante, ya sabe usted
si es apasionado de Verdi. ¿No fue en una representación del _Hernani_
cuando su mirada se encontró por primera vez con la de usted? Pero el
pobre muchacho se inmola materialmente a su deber. ¡Qué marido, señora,
para aquella que sea su esposa definitiva!
»Los periódicos nos han traído noticias de la China que usted ha debido
leer con tanto interés como nosotros. Parece que esa nación ha tratado
ligeramente a dos misioneros franceses y que la _Náyade_ se ha puesto en
camino para castigar a los culpables. Si la _Náyade_ no ha cambiado de
comandante, esperaremos con impaciencia las noticias de la expedición.
Cada uno para sí y Dios para todos. Yo deseo todas las prosperidades
imaginables a mis amigos, sin desear, no obstante, la muerte de nadie.
Se dice que los chinos son pésimos artilleros, aunque se alaben de haber
inventado la pólvora. Sin embargo, no hace falta más que un obús
clarividente para hacer la felicidad de muchas personas.
»Adiós, señora. Si yo le escribiese tanto como la amo, mi carta no
tendría fin. Pero, después del placer de conversar con usted, es
necesario que acuda al cumplimiento de mi deber, que me llama desde la
habitación vecina. ¡Placer, deber! dos caballos muy difíciles de uncir
juntos. Yo intento hacerlo lo mejor que puedo, y si no llego a conciliar
todas las cosas, es porque un hombre no puede maniobrar libremente entre
el yunque y el martillo. Aprécieme si puede, compadézcame si quiere, no
me maldiga, ocurra lo que ocurra, y si en el próximo correo recibe un
sobre orlado de negro, hágame el honor de creer firmemente que no tengo
ningún derecho a su reconocimiento.
»Beso la mano más linda de París.
»CARLOS LE BRIS.»
_La condesa viuda de Villanera a la señora de La Tour de Embleuse._
«Villa Dandolo, 2 mayo 1853.
»Mi querida duquesa; No dudo ya de que Germana está mejor. Nos hemos
cambiado de casa esta mañana, o, mejor dicho, he sido yo quien lo he
tenido que hacer todo. Tenía que arreglar los baúles, envolver a la
enferma en algodón, vigilar al pequeño, buscar el coche y casi enganchar
los caballos. El conde no sirve para nada; es un talento de familia. En
España se dice torpe como un Villanera. El doctor revoloteaba a mi
alrededor como un moscardón; he tenido que hacerle sentar en un rincón.
Cuando tengo prisa, no puedo sufrir que la tengan los demás; el que me
ayuda me incomoda. ¡Y ese asno de Gil que se ha puesto enfermo en la
mejor ocasión! Voy a enviarle a París para que se cure, y le ruego que
me busque otro criado. Lo he hecho todo, prevenido todo y arreglado lo
mejor que he podido; he encontrado el medio de estar dentro y fuera, en
casa y en la calle. Afortunadamente las calles son magníficas; el
afirmado no tiene nada que envidiar al del bulevar. Hemos salido a las
diez, y ahora ya nos tiene usted instalados. He desembalado a mis
gentes, abierto mis paquetes, hecho mis camas, preparado la comida con
un cocinero indígena que quería echar pimienta en todo, incluso en las
sopas de leche. Han comido todos, paseado, vuelto a comer; ahora ya
duermen y yo le escribo sobre la almohada de Germana, como un soldado
sobre un tambor cuando ha terminado la batalla.
»La victoria es nuestra, a fe de viejo capitán. Nuestra hija se curará,
estoy segura. Me ha hecho pasar, no obstante, quince noches
desagradables en esta ciudad de Corfú. No se decidía a dormir y tenía
que mecerla como a un niño. Comía únicamente por darme gusto; nada le
apetecía, y cuando no se come, se acaban las fuerzas. No le quedaba más
que un soplo de vida presto a extinguirse a cada instante, pero yo no
desesperaba nunca. Tenga usted valor; esta noche ha cenado, ha bebido
dos dedos de vino de Chipre y ahora duerme.