hija en la sacristía de Santo Tomás de Aquino. La duquesa lloró mucho;
el duque tomó más alegremente la separación, para tranquilizar a su
esposa y a su hija; quizá también porque no encontró lágrimas en sus
ojos. En su fuero interno, él no creía en la muerte de Germana. El solo,
con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la curación.
Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido de
que una dicha nunca llega sola. Todo le parecía posible desde que había
vuelto a salir a flote. Comenzó por predecir el restablecimiento de su
mujer y no se equivocó.
La duquesa era de una constitución robusta, como toda su familia. Las
fatigas, las noches sin dormir y las privaciones habían tomado una gran
parte en la enfermedad crítica que la edad le había aportado. Añadid a
esto las angustias continuas de una madre que espera el último suspiro
de su hija. La señora de La Tour de Embleuse sentía tanto o más los
dolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separó de su querida
enferma, se repuso poco a poco y compartió menos penosamente los males
que no veía tan de cerca. La imaginación nos hace sufrir tanto como los
sentidos, pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Si
vemos aplastar un hombre en la calle, experimentamos un dolor físico,
como si las ruedas hubiesen pasado por encima de nuestro cuerpo; el
relato de este suceso leído en un periódico no hace más que rozar
nuestra piel. La duquesa no podía estar tranquila ni ser feliz, pero por
lo menos escapó a la acción directa del peligro sobre su sistema
nervioso. No es que hubiese recobrado la calma, pero no vivía en la
terrible ansiedad del que espera un acontecimiento inevitable. No abría
jamás sin temblar una carta de Italia, pero en el intervalo de cada
correo tenía instantes de reposo. A las vivas angustias que la
torturaban, sucedió un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar.
Experimentaba el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasa
al estado crónico.
Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, pero
su verdadero médico continuaba siendo el señor Le Bris. Este le escribía
regularmente, así como a la señora Chermidy, y aunque siempre había
procurado no mentir, las dos correspondencias no se parecían mucho.
Repetía a la pobre madre que Germana vivía, que la enfermedad parecía
haberse detenido y que aquella dichosa suspensión de una marcha fatal
daba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y decía a la
señora Chermidy que sólo Dios podía aplazar indefinidamente la viudez de
don Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa de
Villanera. Vivía aún y la enfermedad parecía haber hecho un alto, lo
mismo que un viajero descansa en una posada para continuar con mayor
vigor al día siguiente. Germana estaba siempre débil durante el día,
febril y agitada al aproximarse la noche. El sueño le negaba sus
favores, su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgusto
desde el momento que los había probado. Su delgadez era espantosa y la
señora Chermidy hubiera tenido sumo placer en verla. Se podía decir que
debajo de la piel límpida y transparente no tenía más que huesos y
tendones; los pómulos parecían salírsele de la cara. ¡Verdaderamente era
preciso que la señora Chermidy fuese muy impaciente para pedir algo más!
El duque no sabía o no quería saber esto y ya había celebrado más de una
vez la curación de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyos
cabellos blancos hubieran inspirado respeto si no se los tiñese,
resistía mejor que un joven las fatigas del placer. Se adivinaba
fácilmente que agotaría más pronto sus escudos que sus necesidades y sus
fuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida encuentran
reservas extraordinarias para sus últimos años.
Disponía de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. El
primer semestre de sus rentas debía vencer el 22 de julio; mientras
tanto, era preciso vivir de los 20.000 francos de la canastilla. Esto
era bastante para los gastos de la casa y para las pequeñas deudas que
esperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a su
disposición esta suma habría puesto la casa sobre un pie decente; pero
el duque no soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiese
dinero. Pagó muy pocas deudas; se negó cortésmente a comprar muebles y
conservó, a pesar de la duquesa y del sentido común, un departamento de
12.000 francos, en el cual no se detenía un instante. De cuando en
cuando daba un luis a Semíramis para la cocina, pero nunca se preocupó
de preguntarle cuánto se le debía por sus servicios. Compró dos o tres
vestidos magníficos a la duquesa, que carecía de la ropa interior más
necesaria. Lo que empleaba cada día en sus gastos personales era un
secreto entre su cajón y él.
No creáis, sin embargo, que tenía el egoísmo odioso de ciertos maridos
que tiran el dinero a manos llenas y quieren conocer al céntimo los
desembolsos de su esposa. Concedía a la duquesa tanta libertad para lo
pequeño como se reservaba él para lo grande. Continuaba siendo aquel
hombre cortés, solícito y tierno que su pobre mujer adoraba hasta en sus
faltas. El se informaba de su salud con una atención casi filial. Le
repetía por lo menos una vez al día: «Eres mi ángel guardián.» Le daba
nombres tan dulces que, sin el testimonio de los espejos, hubiera creído
tener veinte años. Algo es algo; y el peor marido no es despreciable más
que a medias, cuando deja una dulce ilusión a su víctima. Un gran
artista que ha visto nuestra sociedad con los ojos de Balzac, y que la
ha pintado mejor, Gavarni, ha puesto este singular juicio en la boca de
una mujer del pueblo: «Mi marido, un perro acabado; ¡pero el rey de los
hombres!» Traducid la frase en estilo noble y comprenderéis el amor
obstinado de la duquesa por el duque.
No obstante, el viejo descendía rápidamente todos los escalones que un
hombre bien nacido puede descender. Cuando el ruido de su nueva fortuna
se hubo extendido por París, encontró en el Bosque un cierto número de
antiguos conocidos que habían tomado la costumbre de volver la cabeza
cuando le veían. Le invitaron a algunos salones de Montmartre donde los
hombres más elegantes y más respetables van algunas veces en buena
compañía a buscar la mala. Encontró aquí y acullá muebles que había
comprado con su dinero; miró la hora en relojes cuya factura había
pagado. La pasión del juego, que dormía en él desde muchos años, se
despertó más ardiente que nunca; pero jugó a lo pícaro, alrededor de
esos tapetes sospechosos que la policía barre de cuando en cuando. Aquel
mundo peligroso, que es maestro en adular todos los vicios de que vive,
hizo un recibimiento triunfal al duque de La Tour de Embleuse y le
aplaudió su juventud póstuma que salía de la miseria como Lázaro de su
tumba. Le probaron que tenía veinte años y él intentó probárselo a sí
mismo. Asistió a grandes comilonas, con detrimento de su estómago, bebió
_champagne_, fumó cigarros y rompió botellas. En aquellas reuniones la
dignidad quedaba en el guardarropa. No obstante, los recién llegados de
provincias, los extranjeros perdidos en París o los hijos de familia
escapados de la tutela paternal, admiraban los nobles modales y la
apostura aristocrática de aquel gentilhombre averiado. Los hombres le
respetaban más de lo que se respetaba él mismo; las mujeres contemplaban
en él una ruina a la que habían contribuido y que, no obstante, se
conservaba bien. En ciertos remansos de la sociedad se hace más caso de
un veterano que se ha comido ciento veinte mil francos de renta que de
un soldado que haya perdido los dos brazos en el campo de batalla.
El duque siguió a esta sociedad a todos los lugares donde ella iba. Así,
concurrió a las primeras representaciones de ciertos teatros y el
respeto de su nombre, que le había acompañado en la primera mitad de su
carrera, pareció abandonarle para siempre. En dos meses se convirtió en
el hombre más criticado de París. Tal vez hubiera tenido más recato en
su conducta si el conocimiento de sus actos hubiera podido llegar a su
familia. Pero Germana estaba en Italia y la duquesa se había encerrado
en su casa; no tenía, pues, nada que temer.
El contraste de su nombre y de su conducta le dio en poco tiempo una
popularidad entre la gente baja, que parecía ser muy de su gusto. Se le
vio, a la salida del teatro, en un café del bulevar del Temple, rodeado
de figurantes mal afeitados y de cómicos ínfimos que bebían un ponche en
su honor, le contemplaban con los ojos muy abiertos y se disputaban la
gloria de estrechar la mano de un duque que no era nada orgulloso. Pero
aun descendió más, si esto era posible. Los compañeros más abyectos
eran buenos para él y más de una vez se le vio en los arrabales sentado
ante un jarro de vino tinto, a la mesa de una taberna. Es muy difícil,
en el siglo XIX, encanallarse con elegancia. Unicamente la corte de Luis
XV intentó este esfuerzo con algún éxito. Dos o tres grandes señores
franceses y extranjeros quisieron revivir las tradiciones de los buenos
tiempos, pero con bastante menos dignidad. El alma más altanera se
desploma con una rapidez increíble en los placeres malsanos y en las
fiestas nauseabundas de los arrabales. Las únicas orgías a las que se
resiste algún tiempo son aquellas que cuestan muy caro. El contentarse
con poco, que es una virtud en los trabajadores, es el último grado de
la abyección en los hombres desocupados y ricos.
El pobre duque estaba en lo más bajo cuando dos personas le tendieron la
mano por motivos bien distintos. Sus salvadores fueron el barón de
Sanglié y la señora Chermidy.
El señor de Sanglié iba de cuando en cuando a llamar a la puerta de los
de La Tour de Embleuse. Era su antiguo propietario, el testigo de boda
de Germana y el amigo de la familia. A la duquesa la encontraba siempre,
al duque nunca; pero todo París le daba noticias de su deplorable amigo.
Resolvió, pues, salvarle, del mismo modo que antes le había dado
alojamiento, por el honor del linaje.
El barón era lo que se llama, aun hoy, un perfecto caballero. No era
guapo y aun tenía en su fisonomía algo de su nombre[C]. Su rostro
abultado y encarnado se escondía en un matorral de pelo rojizo. Robusto
como un cazador y ligeramente ventrudo, nadie le hubiera hecho más de
cuarenta años, aunque había cumplido ya los cincuenta. Los barones de
Sanglié datan de una época en que se construía sólidamente. Bastante
rico para vivir espléndidamente sin hacer nada, cuidaba de su persona y
vivía por vivir bien.
Su traje y su aspecto eran igualmente aristocráticos. Por la mañana se
le encontraba con vestidos amplios, sólidos, cómodos y de una elegancia
coquetonamente descuidada. Por la noche, su traje era irreprochable y
del mejor gusto, siendo uno de aquellos hombres cuya ropa no llamaba
nunca la atención, que es la elegancia más difícil. Tenía tanto cuidado
de su cuerpo como de sus vestidos. Montaba a caballo todos los días y
frecuentaba el juego de pelota; por la noche asistía a uno de los
teatros de ópera y luego hacía su partida de _whist_ en el club. Buen
jugador, buen comensal y magnífico bebedor; gran fumador, inteligente en
pintura y bastante buen jinete para ganar un _steeple chase_, pero
demasiado juicioso para arriesgar su fortuna en un caballo de carrera o
en una cuadra; indiferente a los libros nuevos, despreocupado en
política, prestamista fácil para los que le podían devolver el préstamo,
generoso a veces para los pobres, muy sociable, de una cortesía
caballeresca con las mujeres, era amable y bueno como todos los
egoístas inteligentes. Hacer el bien sin molestarse, es una de las
formas más simpáticas del egoísmo.
La salvación del duque no era, sin embargo, cosa fácil. El barón no la
habría logrado jamás sin un auxilio poderoso, la vanidad, que aun
sobrenadaba un poco en aquel triste naufragio de todas las virtudes
aristocráticas; el señor de Sanglié le asió por ella como se coge por
los cabellos al hombre que se ahoga.
Fue a buscarle hasta en los chiribitiles donde arrastraba su nombre y su
casta. Le golpeó rudamente en el hombro y le dijo con aquella franqueza
que oculta tan bien la adulación:
--¿Qué hace usted, mi querido duque? Este no es su sitio. Todo el mundo
le echa de menos en nuestro círculo, hombres y mujeres; ¿me ha oído
usted bien? Todos los La Tour de Embleuse han sostenido su jerarquía
desde Carlomagno; no concedo a usted el derecho de hacer quedar mal a
sus antepasados. Todos nosotros tenemos necesidad de usted. Ea,
¡pardiez! si usted se entierra aquí en la flor de la edad madura, ¿quién
nos dará lecciones de elegancia? ¿quién nos enseñará a vivir bien, a
comerse correctamente una fortuna? ¿quién nos enseñará el arte de gustar
a las mujeres, que se va perdiendo entre nosotros?
El duque respondió con un gruñido como el borracho a quien se despierta
bruscamente. Gozaba en paz de su nueva fortuna y no se preocupaba de
reanudar las costumbres incómodas que el mundo impone a sus esclavos;
una pereza invencible le encadenaba a los placeres fáciles que no exigen
ningún esfuerzo de decencia o de inteligencia. Pretendía, pues, que se
encontraba bien, que no deseaba nada mejor y que cada uno se proporciona
sus diversiones donde puede.
--Venga usted conmigo--continuó el barón--, y yo le juro que le haré
encontrar diversiones más dignas de usted. No tema usted perder en el
cambio; en nuestro mundo se vive bien, y usted lo sabe mejor que nadie.
Ya supondrá usted que no he venido aquí para conducirle a su casa; para
eso le hubiera enviado a un misionero. ¡Qué diablo! en parte yo también
soy de la escuela de usted. Yo no desprecio ni el vino, ni el juego, ni
el amor, pero yo mantendré contra todo el mundo, y contra usted mismo,
que un duque de La Tour de Embleuse no debe embriagarse, arruinarse o
condenarse más que con sus iguales.
Estos y otros argumentos por el estilo acabaron por convencer al duque
que volvió, no a la virtud, pues el camino era demasiado largo para sus
viejas piernas, pero sí al vicio elegante. El señor de Sanglié le llevó
a uno de los mejores sastres del bulevar, como se conduce un desertor al
vestuario del cuartel, que le obligó a endosarse la librea de las gentes
de mundo. Aquel singular enfermo era siempre idólatra de su persona,
pero hacía mucho tiempo que economizaba los gastos del culto. Había
conservado la costumbre de pintarse y acicalarse y no descuidaba ninguna
de las prácticas que podían darle una apariencia de juventud, pero no
le disgustaba parecer más nuevo que su traje. Le probaron que algunos
metros de tela fina rejuvenece el aspecto de la persona y acabó por
convenir en que los sastres no son gente despreciable. Este era un gran
paso; un hombre bien vestido, está medio salvado. Los padres de familia
ya lo saben y cuando vienen a París a arrancar del vicio a un hijo
pródigo, lo primero que hacen es llevarle a casa de un sastre.
El barón se encargó de lanzar a su discípulo; le hizo admitir en su
club. Allí se comía bien, y el señor de La Tour de Embleuse no perdió
nada en cambiar de cocinero. Antes de su conversión, la comida
excesivamente condimentada de los figones y el uso de los licores
falsificados irritaban su estómago, enrojecían su lengua y le condenaban
a una sed inextinguible. La engañaba bebiendo aún más y el pobre hombre
estaba en un círculo vicioso del cual no podía salir sino por la muerte.
La duquesa se asustaba alguna vez de su ardoroso aliento y no se atrevía
a manifestarle sus terrores, pero colocaba discretamente sobre su mesita
de noche alguna tisana refrescante y perfumada que él no tomaba. La mesa
del círculo le restableció insensiblemente, por más que no se privaba de
nada. El incentivo del juego le retenía bajo la férula de su protector.
Los abonados del club jugaban al _whist_ y al _écarté_ con un cierto
atrevimiento, pero sin intemperancia; rara vez se pasaba de un luis por
puesta; no era, pues, una distracción peligrosa para un millonario. Si
aventuraba una fuerte suma en una partida de _écarté_, nadie tenía el
derecho, es verdad, de llamarle a la razón, pero por lo menos había de
escuchar las advertencias de los compañeros. Todos le conocían y se
interesaban por él como por un convaleciente. Un jugador se conduce como
un hombre juicioso o como un loco, según que sea incitado o contenido
por los que le rodean. A él le refrenaban, y con una mano tan delicada,
que no sentía el tirón de la brida.
Los salones más distinguidos le abrieron sus puertas de par en par; toda
aristocracia es naturalmente francmasónica, y un duque, por tonterías
que haya cometido, tiene derechos imprescindibles a la indulgencia de
sus iguales. El _faubourg_ Saint-Germain, como el hijo respetuoso de
Noé, cubrió con su manto de púrpura los antiguos extravíos del anciano.
Los hombres le trataron con consideración; las mujeres con benevolencia.
¿En qué país y en qué época han dejado ellas de tener indulgencia para
las malas personas? Se le miraba como un viajero que había atravesado
comarcas desconocidas. No obstante, ninguna mujer se atrevió a
preguntarle sus impresiones de viaje. No tardó en ponerse a tono con tan
buena compañía, porque a todos los defectos de la juventud unía aquella
flexibilidad de espíritu que es uno de sus más hermosos privilegios. A
nadie extrañó que la elección del conde de Villanera, que le había
aceptado por suegro, recayese en un hombre tan digno de su nombre y de
su fortuna.
El barón le había prometido placeres más vivos, y no faltó a su
palabra. No le encerró en el _faubourg_ como en una fortaleza y le hizo
ver un mundo menos empingorotado. Siempre con la etiqueta de la alta
sociedad, le condujo a algunos de esos salones en los que la gente era
aceptada sin pruebas, pero no sin motivo. Le presentó a viudas cuyos
maridos nunca habían estado en París, a mujeres legítimamente casadas
pero indispuestas con su familia, a marquesas desterradas del _faubourg_
a consecuencia de un escándalo, a personas respetables que vivían
espléndidamente sin fortuna conocida. Aquella sociedad heterogénea
estaba relacionada de una parte con el gran mundo y de otra con las
gentes de conducta equívoca. Yo no aconsejaría a ninguna madre que
llevase allí a sus hijas, pero hay muchos hijos que van con sus padres y
salen igual que han entrado. No se encuentra allí la austeridad de
costumbres, la vida patriarcal, el buen gusto severo y el lenguaje digno
y grave que reina en los antiguos salones del _faubourg_, pero se baila
decentemente, se juega sin recurrir a las trampas y no son robados los
abrigos del recibimiento. En una de esas casas es donde se encontraron
el duque y la señora Chermidy.
Ella le reconoció a la primera ojeada, por haberle visto el día de la
boda. Sabía que era abuelo de su hijo, padre de Germana y millonario a
expensas de don Diego. Una mujer como la señora Chermidy no olvida nunca
la cara de un hombre a quien ha dado un millón. No le hubiera sabido mal
conocerle de cerca, pero nunca hubiera dado un paso por hacerlo. El
duque le ahorró el camino. Desde el momento en que supo que estaba allí
se presentó por sí mismo a ella, con una impertinencia cuyo espectáculo
hubiera regocijado a todas las mujeres honradas de París. Nada hay que
plazca más profundamente a las mujeres virtuosas que ver tratar
desvergonzadamente a las que no lo son.
El duque no tenía intención de ofender a aquella hermosa ni de renegar
en un solo día de la religión de toda su vida; pero hablaba a las gentes
en su lenguaje y creía no equivocarse con la señora Chermidy. Se sentó
familiarmente a su lado y le dijo:
--Señora, permítame usted que le presente a uno de sus antiguos
admiradores, el duque de La Tour de Embleuse. Ya había tenido el gusto
de verla en Santo Tomás de Aquino. Casi somos de la familia; aliados por
los hijos. Permítame usted, pues, que, como buen pariente, le dé la mano
izquierda.
La señora Chermidy, que razonaba con la rapidez del relámpago,
comprendió desde la primera palabra la posición en que estaba colocada.
Cualquiera que fuese su respuesta, siempre quedaría humillada ante el
duque. En lugar de aceptar la mano que le tendía, se levantó con un
gesto lleno de dignidad y de dolor, que puso además de relieve toda la
opulencia de su cuerpo, y se dirigió hacia la puerta sin volver la
cabeza, como una reina ultrajada por el último de sus súbditos.
El viejo cayó en el lazo. Corrió hacia ella y balbuceó algunas palabras
de excusa. La hermosa arlesiana le dirigió una mirada tan brillante,
que creyó ver a través de ella una lágrima y le dijo a media voz con una
emoción contenida o admirablemente fingida:
--Señor duque, usted no sabe y por tanto no puede comprender lo que me
pasa. Venga mañana a las dos; estaré sola y podremos hablar.
Después se alejó sin querer esperar la contestación, y cinco minutos más
tarde se oyó su coche rodar sobre la arena del patio.
El pobre duque había sido prevenido y creía conocer muy bien a la dama,
pues el doctor se la había pintado al vivo. Pero se reprochó lo que
había hecho y hasta el día siguiente estuvo en un estado de
intranquilidad no exento de remordimientos. Se dice, no obstante, que
hombre prevenido vale por dos.
Fue exacto a la cita y se encontró enfrente de una mujer que había
llorado.
--Señor duque--le dijo--, he hecho todo lo posible por olvidar las
palabras crueles con que usted me abordó anoche. No lo he conseguido del
todo, pero ya pasará, no hablemos más de eso.
El duque quiso reiterar sus excusas; estaba profundamente admirado. La
señora Chermidy había empleado la mañana en hacerse un tocado
irresistible. Seguramente estaba más hermosa aún que la noche anterior.
Una mujer está en su tocador como un cuadro en su marco. Aprovechó la
turbación en que sus gracias habían envuelto al señor de La Tour de
Embleuse para acabarle de arrollar en los pliegues de su oratoria
insidiosa. Empleó primero el respeto tímido que convenía a una mujer en
su posición. Hizo protestas de una veneración exagerada por la ilustre
familia en la que había introducido a su hijo; se atribuyó el honor de
haber elegido a los La Tour de Embleuse entre veinte casas linajudas del
_faubourg_ y de haber levantado por la fortuna uno de los más hermosos
nombres de Europa. Los ademanes muelles y la languidez melancólica con
que este exordio fue acompañado, persuadieron al viejo duque, mucho más
que las palabras, y casi no dudó de que había insultado a su
bienhechora.
--Yo comprendo--continuó--, que usted no puede tener mucha estimación
por mí. Usted me compadecería, no obstante, porque usted tiene un noble
corazón, si conociese la historia de mi vida.
Era maestra en aquella pantomima tan expresiva de los habitantes del
Mediodía, que da verosimilitud a las mayores mentiras. Sus ojos, sus
manos, sus piececitos, hablaban al mismo tiempo que sus labios y
parecían ser otros tantos testigos de su veracidad. Cuando se la había
oído una vez, se estaba tan firmemente convencido como si se hubiese
abierto una información con todas las formalidades del caso.
Contó su nacimiento en una rica propiedad de la Provenza. Sus padres,
que poseían una importante fábrica, destinaban a un industrial su hija y
su fortuna. Pero el amor, ese señor inflexible de la vida humana, le
había arrojado en los brazos de un simple oficial. Su familia se había
distanciado de ella hasta el momento en que las brutalidades del señor
Chermidy la habían hecho salir de la casa conyugal. ¡Pobre Chermidy!
¡una mujer siempre tiene razón contra un marido que está en China!
Una vez viuda, o poco menos, había venido a París donde vivió
modestamente hasta la muerte de su padre. Una herencia más considerable
de lo que ella esperaba la había permitido montar su casa con cierto
lujo. Algunas especulaciones afortunadas habían aumentado su capital;
era rica, pero se aburría. A los treinta años se soporta de mala gana la
soledad. Había amado al conde de Villanera sin conocerle, desde la
primera vez que le vio en los Italianos.
El duque no pudo menos de decirse a sí mismo que don Diego era un jayán
bien dichoso.
Después, y acompañándose de una mirada en la que brillaba el candor,
probó que el señor de Villanera no le había dado más que su amor. Y no
es que no fuese generoso; pero ella no era mujer capaz de mezclar los
asuntos de interés con los asuntos del corazón.
Había llevado su desinterés hasta el sacrificio; había cedido su hijo a
la condesa de Villanera y había acabado por abandonarlo a otra madre.
Había devuelto la libertad a su amante. ¡El conde estaba casado, viajaba
por restablecer la salud de su joven esposa y ni siquiera escribía a la
pobre abandonada para darle noticias del pequeño!
Acabó su discurso dejando caer sus dos brazos con un abandono lleno de
elegancia.