sin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le había
dado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras frías
y sin alegría no podían interesar a nadie. Vivía fuera de su casa y la
solicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones.
Trataba de distraerse, según decía, de los disgustos domésticos. El oro
de su hija resbalaba entre sus dedos y Dios sabe a qué manos iba a
parar. Había perdido, en ocho años de miseria, aquella elegancia que
ennoblece hasta las tonterías de los hombres bien nacidos. Todos los
placeres le eran permitidos y llegó hasta llevar a la cabecera de
Germana el olor nauseabundo de la taberna. La duquesa temblaba ante la
idea de dejar a aquel niño viejo en París, con más dinero del que se
necesitaba para matar a diez hombres. En cuanto a llevarlo a Italia, ni
soñarlo. París era el único lugar donde había conocido la vida y su
corazón estaba encadenado al asfaltado de las calles. La pobre mujer se
sentía atraída por dos deberes contrarios. Hubiera querido dividirse en
dos para endulzar los últimos momentos de su hija y para conducir la
vejez alocada de su incorregible marido. Germana asistía desde su cama a
los combates interiores que sostenía la duquesa. A fuerza de sufrir
juntas, la madre y la hija habían llegado a entenderse sin decir nada y
a no tener más que un alma para las dos. Un día, la enferma declaró
rotundamente que no abandonaría Francia.
--¿Es que no estoy bien aquí?--decía--. ¿Qué necesidad hay de agitar al
viento una antorcha que se extingue?
En aquel momento entró la señora de Villanera con el conde y el señor Le
Bris.
--Querida condesa--dijo Germana--, ¿es absolutamente necesario que me
enviéis a Italia? Para lo que he de hacer, mejor estoy aquí, y además no
quisiera que mi madre dejase París.
--¡Pues que se quede!--respondió la condesa con su vivacidad española--.
No tenemos necesidad de ella y yo la cuidaré a usted mejor que nadie.
Usted es mi hija, ¿lo oye usted?, y tendremos ocasión de probárselo.
El conde insistió sobre la necesidad del viaje y el doctor hizo coro con
él.
--Además--añadió el señor Le Bris--, la duquesa no nos sería
precisamente útil. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten
adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sería
perjudicial para la señora duquesa.
En el fondo de su corazón, el honrado joven quería ahorrar a la duquesa
el espectáculo de la agonía de su hija. Quedó, pues, convenido, que la
señora de La Tour de Embleuse permanecería en París: Germana partiría
con su marido, su suegra, el pequeño Gómez y el doctor.
El señor Le Bris se había comprometido un poco irreflexivamente a
abandonar su clientela. El viaje le podía costar caro si duraba mucho
tiempo. Lo difícil no era encontrar un colega que se encargase de la
duquesa y de los demás enfermos; pero París es una ciudad donde los
ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los días es
pronto olvidado. El joven doctor sentía por Germana una amistad sólida,
pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: éste es
uno de los privilegios del amor.
Por su parte, don Diego se había impuesto el cumplimiento de su deber y
quería que Germana fuese acompañada de su médico de cabecera. Preguntó
al señor Le Bris cuánto ganaba cada año.
--Veinte mil francos--contestó el doctor--. De esos cobro cinco o seis
mil.
--¿Y el resto?
--Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los
juzgados.
--¿Haría usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?
--Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debe
contarse por meses, quizás por semanas.
--¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!
El señor Le Bris estrechó la mano del conde. El interés se mezcla en
todas las pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el drama
y en la comedia. El amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y la
muerte, no se cruzan jamás sin codearse con un personaje brillante y
sonoro que se llama el dinero.
Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. El
conde no se hubiera atrevido jamás a dar un millón a un gentilhombre. El
señor Le Bris, que conocía al duque, cumplió su comisión fácilmente. Le
llevó una inscripción de cincuenta mil francos de renta y le dijo:
--Señor duque, he aquí la salvación de la señora duquesa.
--¡Y la mía!--añadió el viejo--. Usted nos ha prestado un gran servicio,
doctor, y desde este momento queda al servicio de mi casa.
El joven respondió cortésmente:
--Es cosa hecha, señor duque.
Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitaba
gratuitamente.
El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana para
probarle el traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquella
triste chanza. La costurera advirtió que un punto del cuerpo se había
descosido y se dispuso a reparar el desperfecto.
--¿Para qué?--dijo la enferma--. No he de usarlo más.
Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar.
--Está bien; temí que no se hubiesen fijado.
Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre.
--Mamá--dijo Germana--, ¿se acuerda usted de los versos del poeta
Jasmin, cuya traducción me leyó usted en la _Revista de Ambos Mundos_?
«Todos los caminos debían florecer,
Porque la hermosa novia iba a salir;
Debían florecer, florecer y granar,
Porque la hermosa novia iba a pasar.»
¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí!
«Todos los caminos debían gemir,
Porque la hermosa muerta iba a salir;
Debían gemir, debían llorar.
Porque la hermosa muerta iba a pasar.»
La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por su
cobardía.
--Espere usted--dijo--, ya me verá ante el enemigo. Debo llevar
dignamente el nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los La
Tour de Embleuse?
Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario de
la legación de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié y
el doctor Le Bris. Todo el _faubourg_ fue invitado a la misa. El señor
de Villanera conocía a lo mejor de París y al viejo duque no le
molestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres cuartas
partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la
discreción de los invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. En
todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda.
Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venían
del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de
Santo Tomás de Aquino.
La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se la
encontró menos pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado a
su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella
comedia.
Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado.
Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda,
mirando con el monóculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo
retener una exclamación al advertir medio oculta entre la multitud una
encantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se hallase en el
bulevar.
Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si la
novia aun estaba viva.
Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó a
los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allí
retrocedió al bulevar exterior y regresó al palacio Villanera. Era
necesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana algunas horas de
reposo.
IV
VIAJE A ITALIA
Germana durmió poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa cama
de pabellón, en el centro de una habitación desconocida. Un globo de
porcelana mal iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecían
salirse de la pared y bailar alrededor de la cama. Por primera vez,
durante veinte años, se veía separada de su madre. Había sido
reemplazada por la señora de Villanera, atenta a sus menores deseos y
movimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan poco
tranquilizador, la pobre niña no se atrevía ni a dormir ni a estar
despierta. Cerraba los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba en
volverlos a abrir, porque entonces se le presentaban otras imágenes más
espantosas. Creía ver a la muerte en persona, tal como los imagineros de
la Edad Media la habían representado en los misales.
--Si me duermo--pensaba--, nadie vendrá a despertarme; me han dejado
aquí para que me muera.
Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpes
secos del péndulo, la regularidad inflexible del movimiento, le
crispaban los nervios: rogó a la condesa que parase el reloj. Pero bien
pronto el silencio le pareció más temible que el ruido e hizo devolver
la vida a la inocente máquina.
Hacia la mañana, la fatiga fue más fuerte que todas las preocupaciones.
Germana dejó caer sus pesados párpados, pero se despertó casi en el acto
al ver que tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Ella sabía que en
esta postura se enterraba a los muertos. Sacó fuera de los cobertores
sus bracitos descarnados y se cogió fuertemente a la madera de la cama.
La condesa se apoderó de su mano, la besó dulcemente y la retuvo sobre
sus rodillas. Solamente entonces se tranquilizó la enferma y durmió
hasta entrado el día. Soñó que la condesa estaba de pie a su derecha,
que tenía la figura de un ángel y que le habían salido unas alas
blancas. A su izquierda veía otra mujer, pero no pudo reconocerla. Lo
único que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes alas de
cachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con paso
agitado: iba de una a otra mujer y les hablaba al oído. Finalmente, el
techo se abrió, descendiendo un hermoso niño mofletudo, parecido a esos
querubines que guardan los tabernáculos de las iglesias. El ángel voló
sonriendo hacia la enferma, ella abrió los brazos para recibirlo y el
movimiento que hizo la despertó.
Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y al
joven Gómez trotando a su lado. El niño sonrió instintivamente a aquella
linda muñeca blanca con cabellos de oro, e hizo ademán de querer trepar
a la cama. Germana intentó ayudarle, pero no era bastante fuerte. La
condesa de la Villanera le levantó como una pluma y lo arrojó suavemente
sobre los almohadones.
--Hija mía--le dijo con emoción mal contenida--, te presento al marqués
de los Montes de Hierro.
Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. El
pequeño Gómez recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que le
devolvió un beso. La joven le miró largo rato y sintió el corazón
emocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el fondo de su
pensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a media
voz:
--¡Hijo mío!
La viuda la abrazó agradecida.
--Marqués, ahí tienes a tu mamaíta.
--¡Mamá!--repitió el niño sonriendo.
--¿Quieres que sea tu mamá?--preguntó Germana.
--Sí--respondió.
--Pobre pequeño, no será por mucho tiempo, ¡no!
--¡No!--repitió el niño sin comprender lo que decía.
Desde aquel momento el hijo y la madre fueron amigos. El pequeño Gómez
no quiso salir ya de la habitación y asistió al tocado de Germana. Esta
le tenía sobre sus rodillas cuando entró el conde de Villanera a saludar
a su esposa y a besarle la mano. La joven experimentó una especie de
vergüenza al verse así sorprendida y dejó resbalar al niño sobre la
alfombra.
Germana no había amado aún más que a su madre y a su padre. No había
estado en el colegio, no había tenido amigas y no conocía a ningún
hombre. El derroche de amor y de amistad que se hace en los pensionados,
y que gasta el corazón de las jóvenes antes de tiempo, no había mermado
las riquezas de su alma. Amó, pues, a su suegra y a su hijo adoptivo
como un pródigo que no teme arruinarse; dedicó al doctor Le Bris una
ternura fraternal, pero le pareció imposible amar a su marido: esto era
superior a sus fuerzas; más valía, pues, renunciar. Y no es que el conde
fuese un hombre desagradable; otra mujer le hubiera encontrado perfecto.
De todos sus compañeros de viaje, fue seguramente el más paciente, el
más atento, el más delicado; un caballero de honor encargado de escoltar
a una reina joven, no hubiera cumplido mejor su deber. Era él quien lo
disponía todo para la marcha y para el reposo, arreglaba el paso de los
caballos, elegía las comidas y preparaba los alojamientos. Las jornadas
que hacían eran cortas, de modo que en dos etapas adelantaban diez
leguas.
Esta manera de viajar hubiera agotado la paciencia de un hombre joven y
robusto: don Diego no temía más que Germana pudiera fatigarse. Era
fumador, como creo ya haberos dicho. Desde el primer día del viaje se
redujo a fumar dos cigarros por día; uno por la mañana, antes de partir,
y el otro por la noche, antes de acostarse. Pero una mañana la enferma
le dijo:
--¿No ha fumado usted? Me parece sentir el olor del tabaco.
Don Diego dejó sus cigarros en la primera posada y no volvió a fumar.
La enferma lo aceptaba todo de su marido sin perdonarle ningún
sacrificio. ¿No le había dado ella más de lo que podía darle? Ella se
repetía continuamente que don Diego la cuidaba por deber o, mejor dicho,
para descargo de su conciencia, que la amistad no entraba para nada en
todas aquellas atenciones; que él desempeñaba fríamente el papel de buen
marido; que amaba a otra mujer; que no se pertenecía y que había dejado
su corazón en Francia. Pensaba, en fin, que aquel hombre que parecía tan
cuidadoso de su vida, se había casado con ella con la esperanza de que
moriría bien pronto, y se indignaba de ver retrasar con todos sus
esfuerzos el acontecimiento que tanto deseaba.
Fue, pues, tan dura para él, como era amable para los demás. Ocupaba el
fondo del carruaje con la vieja condesa. Don Diego, el médico y el niño
estaban de espaldas a los caballos. Si alguna vez el niño trepaba sobre
sus rodillas, o si la viuda, dormida por la monotonía del movimiento,
dejaba caer la cabeza sobre su hombro escuálido, jugaba con el pequeño o
acariciaba los cabellos de la viuda. Pero no permitía que su marido le
preguntase siquiera por su estado, y un día le respondió con una
crueldad sangrienta:
--Esto va bien, sufro mucho.
Don Diego sacó la cabeza por la ventanilla y sus lágrimas cayeron sobre
las ruedas.
El viaje duró tres meses, sin cambiar ni el humor ni la salud de
Germana. No estaba mejor ni peor: arrastraba la vida. Tenía siempre la
misma aversión a su marido, pero se iba acostumbrando a él. Italia
entera pasó ante su vista sin que se interesase por nada, ni siquiera se
fijase en ningún sitio. Verdad es que en invierno Italia se parece mucho
a Francia. Nieva un poco menos, pero llueve más.
El clima de Niza la hubiera sentado muy bien. Pasando por el paseo de
los Ingleses, don Diego había hecho el elogio de una linda villa pintada
de color de rosa y rodeada de un jardín de naranjos. Pero Germana se
aburría de ver desfilar todo el día una interminable procesión de
tísicos. Los condenados que se destierran a Niza tienen miedo los unos
de los otros y cada uno de ellos lee su destino en la palidez del
vecino.
--¡Vamos a Florencia!--dijo ella.
Y don Diego hizo enganchar para Florencia.
Encontró en la ciudad un aspecto de fiesta que parecía exacerbar su
desgracia. El primer día que fue conducida al paseo, que oyó la música
de los regimientos austriacos y que las floristas mofletudas arrojaron
su mercancía en el coche, reprochó duramente a su marido el haberla
expuesto a un contraste tan cruel. Quedaba Pisa y allí fueron. Quiso ver
el Campo Santo y la terrorífica obra maestra de Orcagna. Aquellas
pinturas fúnebres, aquellos cuadros de la Muerte, dueña de la vida, la
impresionaron fuertemente y salió de allí más muerta que viva.
Entonces expresó el deseo de ir hasta Roma. El clima de la gran ciudad
no debía favorecerla precisamente, pero había llegado ya al punto en que
el médico no niega nada a su enfermo. Vio Roma y creyó entrar en una
vasta necrópolis. Aquellas casas desiertas, los palacios vacíos y las
grandes iglesias en las que se ve de espacio en espacio un fiel
arrodillado, tomaron a sus ojos una fisonomía sepulcral.
Partió para Nápoles y tampoco se encontró mejor. Se habían alojado en
Santa Lucía. El más hermoso golfo del universo ondulaba sus aguas azules
ante ella; el Vesubio humeaba bajo sus balcones; el sitio estaba bien
elegido para vivir y morir. Pero ella soportaba impacientemente los
ruidos de la calle, el grito agudo de los cocheros, el paso sonoro de
las patrullas suizas y el canto de los pescadores. Maldijo la ciudad
ruidosa y agitada donde ni siquiera era permitido sufrir en paz. La
ofrecieron hallar en las inmediaciones un retiro más tranquilo; quiso
buscar por sí misma e hizo un gasto de actividad que la agotó en pocos
días. El doctor estaba admirado de tanta resistencia. Era preciso que la
Naturaleza hubiera construido su cuerpo con bien sólidos materiales o
bien que un alma vigorosa retrasase la ruina de aquel edificio que se
desplomaba.
Le enseñaron Sorrento y Castellamare; la pasearon durante ocho días de
lugar en lugar sin que se decidiese a hacer una elección. Una noche,
tuvo el capricho de visitar Pompeya a la luz de la luna.
--Es una ciudad por mi estilo--dijo con una sonrisa amarga--; es justo
que los muertos se consuelen entre sí.
Fue preciso arrastrarla por espacio de dos horas sobre el empedrado
desigual de la ciudad muerta. Hubiera sido un paseo delicioso para un
corazón alegre. El día había sido hermoso; la noche era casi tibia. La
luna iluminaba los objetos como un sol de invierno. El silencio añadía
al espectáculo un encanto dulce y solemne. Las ruinas de Pompeya no
tienen la grandeza aplastante de esos monumentos romanos que inspiraron
tan largas frases a madama de Staël. Son los restos de una ciudad de
diez mil habitantes; los edificios privados y públicos tienen una
fisonomía provinciana. Al entrar en aquellas calles estrechas, al abrir
la puerta de sus casitas, se penetra en la vida íntima de la antigüedad
y se es recibido amistosamente en un pueblo que ya no existe.
Encontráis allí una singular mezcla del sentimiento artístico que
distinguía a los antiguos y del mal gusto que es patrimonio de los
pequeños burgueses de todas las épocas. Nada más divertido que descubrir
bajo el polvo de veinte siglos jardinillos semejantes a los de los
Inválidos, con su surtidor microscópico, los pequeños patos de mármol y
la estatuíta de Apolo en el centro. He ahí el dominio de un ciudadano
romano que vivía de sus rentas en el año 79 de la Era cristiana. La
alegría champañesa del doctor se recreaba dulcemente en medio de
aquellos curiosos restos. Don Diego traducía a su mujer los relatos
interminables del guarda, pero la impaciencia febril de la enferma
quitaba todo encanto a la excursión. La pobre niña no era dueña de sí
misma; pertenecía a la enfermedad y a la muerte próxima. No caminaba
nada más que por sentirse vivir, ni hablaba más que por oír su voz. Se
adelantaba a la comitiva, volvía sobre sus pasos, pedía que la dejasen
ver de nuevo lo que ya había visto, se detenía en el camino y se
ingeniaba en buscar caprichos que nadie podía satisfacer. Hacia las
nueve, el frío se apoderó de ella y propuso volver al hotel.
«Decididamente, dijo, quiero morir aquí; por lo menos estaré tranquila.»
Pero después pensó que el Vesubio no había dicho aún su última palabra y
que podría depositar una sábana de fuego sobre su tumba. Entonces habló
de volver a París y se acostó con unos escalofríos que no presagiaban
nada bueno.
La viuda cenó a su lado. El niño ya dormía desde hacía rato. El dueño de
la _Corona de hierro_ invitó a los caballeros a bajar al comedor;
estarían mejor que en la habitación de un enfermo y tendrían compañía.
El médico aceptó la proposición y don Diego le siguió.
La compañía se reducía a dos personas; un pintor francés, gordinflón y
de buen humor, y un joven inglés encarnado como un cangrejo. Los dos
habían visto entrar a Germana y habían adivinado sin esfuerzo el mal que
la mataba. El pintor profesaba una filosofía alegre, como todo el que
digiere bien.
--Yo, señor--decía a su vecino--, si nunca llegase a padecer del pecho,
lo que no es probable, no me apartaría en absoluto de mi régimen de
vida. En todas partes se cura y en todas partes se muere. El aire de
París es quizás el que mejor conviene a los tísicos. Hablan del Nilo:
los posaderos del Cairo son los que han hecho extender esa opinión. Sin
duda el vapor del río sirve para algo, pero, ¿y la arena del desierto no
es perjudicial? Se os entra en los pulmones, se aloja en ellos y ¡buenas
noches!... Usted me dirá que si de todos modos hay que morir, queda por
lo menos el derecho de elegir el sitio. Me hago cargo perfectamente de
ello. ¿Ha viajado usted por la regencia de Túnez?
--Sí.
--¿Ha visto usted cortar la cabeza a alguien?
--No.
--Pues bien, todo eso se ha perdido usted. Esos desgraciados tienen el
derecho de elegir el sitio. Cuando un tunecino es condenado a muerte, se
le da tiempo hasta la puesta del sol para buscar el lugar en que se le
haya de cortar la cabeza. Desde el amanecer, dos verdugos le cogen del
brazo y le conducen al campo. Cada vez que llegan a algún lindo rincón
de paisaje, un arroyuelo sombreado por dos palmeras, los ejecutores
dicen al paciente: «¿Cómo encuentras esto? Sería inútil buscar nada
mejor.» «Vamos más lejos, dice el otro, aquí hay moscas.» Le pasean así
hasta que ha encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente a
la puesta del sol. Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan sus
cuchillos y le cortan tranquilamente la cabeza. Pero tiene, por lo
menos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He conocido en
París a una bailarina que se le había metido la misma idea en la cabeza.
Se había comprado un terreno en el Père-Lachaise e iba a visitarlo de
cuando en cuando, cada vez con mayor placer. Los seis metros de su
propiedad estaban en uno de los más bellos rincones del cementerio,
rodeado de monumentos burgueses y con vistas al exterior. Pero sus
compatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias. Uno
que encontré una vez quería ser enterrado en Etretat porque allí el aire
es más puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido cólera. Me
contaron de otro que compraba terrenos en todas las ciudades por donde
pasaba. Desgraciadamente murió en la travesía de Liverpool a Nueva York
y el capitán le hizo arrojar al agua.
Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de oír semejante
discurso e iban a rogar a su vecino que cambiase de conversación,
cuando el joven inglés tomó la palabra.
--Pues yo, señor--dijo--, hace dos años estaba tan enfermo como esa
joven que hemos visto pasar. Los médicos de Londres y de París me habían
firmado mi pasaporte y yo buscaba también un sitio para morir. Lo elegí
en las islas Jónicas, en la parte meridional de Corfú. Me instalé allí
esperando mi hora y me encontré bien, tan bien, que la hora pasó.
El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas
redondas de Italia:
--¿Usted ha estado tísico, señor?
--En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí.
Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado.
Contó cómo había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, en
el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de
Corfú.
El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó él
con un terror cómico. Le habían contado la historia del médico que mató
a su enfermo para saber cómo se había curado.
Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La
enferma tenía el rostro encendido y la palabra jadeante.
--Venga usted--dijo a su marido--. Tengo que hablarle seriamente. ¿No se
fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías de
curación. Su porvenir de usted está comprometido. Le he hecho perder ya
tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha
vitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo sé;
para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es tan
hermosa la luz! Me parece que respiro mejor.
Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente.
--Germana--le dijo--, he comido con un joven inglés que ya le enseñaré
mañana. Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfú
le ha curado. ¿Quiere usted que nos marchemos a Corfú?
La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con una
emoción que rayaba en el delirio:
--¿Dices la verdad?... ¿Puedo vivir aún?... ¿Volveré a ver a mi madre?
¡Ah! si tú me salvases, toda mi vida sería poca para pagar tanto bien.
Te serviría como una esclava, educaría a tu hijo y haría un grande
hombre de él... ¡Desgraciada! no es para eso para lo que tú me has
elegido. Tú amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes, ansias el
momento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantos
robos que cometo...
Durante dos días, su mal pareció agravarse en aquella habitación del
hotel y todos creyeron que moriría sobre las ruinas de Pompeya. No
obstante, pudo levantarse en la primera semana de abril. Conducida a
Nápoles, embarcó en un paquebot que partía para Malta y desde allí un
vapor del Lloyd inglés la transportó hasta el puerto de Corfú.
V
EL DUQUE