--¡Dios mío! señora, es mi costumbre, y ya soy demasiado viejo para

corregirme. Nosotros los médicos cuidamos a nuestros enfermos como los

perros de Terranova salvan a los que se están ahogando. Cuestión de

instinto. Un perro salva ciegamente al enemigo de su dueño. Yo cuidaré a

esa pobre criatura como si todos tuviésemos interés en que se curase.

Después de la partida del doctor, la señora Chermidy pasó a su tocador y

se entregó en manos de su doncella. Por la primera vez en mucho tiempo

se dejó vestir sin fijarse: ¡tenía otras preocupaciones más

importantes! Aquel matrimonio que había preparado, aquella combinación

inteligente que ella misma se aplaudía como un rasgo de genio, podía

convertirse en su confusión y en su ruina. No hacía falta para ello más

que un capricho de la Naturaleza o la estúpida honradez de un médico

para que quedasen fallidos los cálculos más sabios y defraudadas sus más

queridas esperanzas. Comenzaba a dudar de su amante, de su buena

estrella, de todo, en fin.

Hacia las tres de la tarde comenzaron a desfilar las visitas. Hubo de

sonreír a todos los pares de patillas que se acercaron a ella,

extasiarse ante cuarenta cajas de bombones salidas todas de la misma

tienda. Maldijo con todo su corazón las amables importunidades de año

nuevo, pero no dejó traslucir nada de la inquietud que le roía el alma.

Todos los que salían de su casa se hacían lenguas de su amabilidad.

Y es que tenía un talento bien precioso para una dueña de casa; sabía

hacer hablar a todo el mundo. Hablaba a cada uno de lo que más le

interesaba; conducía a cada uno al terreno en que se encontraba más

firme. Aquella mujer sin educación, demasiado perezosa y demasiado

orgullosa para tener un libro en la mano, sabía fabricarse un fondo de

conocimientos útiles leyendo a sus amigos. Y ellos le servían con la

mejor voluntad. En el mundo somos así; agradecemos interiormente a todo

aquel que nos obliga a hablar de lo que sabemos o a contar la historia

que decimos bien. El que nos hace mostrar nuestro talento no es nunca

un tonto, y cuando se está contento de sí mismo, no se está descontento

de los demás. Los hombres más inteligentes trabajaban en la reputación

de la señora Chermidy, tan pronto proporcionándole ideas, tan pronto

diciendo con una secreta complacencia: «Es una mujer superior, me ha

comprendido.»

En el curso de aquella reunión se encaró con un homeópata de renombre,

que cuidaba a las personas más ilustres de París. Encontró medio de

interrogarle delante de siete u ocho personas sobre el punto que la

preocupaba.

--Doctor--le dijo--, usted que todo lo sabe, ¿quiere decirme si los

tísicos pueden curar?

El homeópata le respondió galantemente que ella no tendría nunca nada

que temer de tal enfermedad.

--No se trata de mí--repuso--. Es que me intereso vivamente por una

pobre niña que tiene los pulmones destrozados.

--Envíeme usted a su casa, señora. No hay curación imposible para la

homeopatía.

--Es usted muy bueno, doctor. Pero su médico, un simple alópata, asegura

que ya no le queda más que un pulmón, y aun estropeado.

--Se le puede curar.

--El pulmón, tal vez. ¿Pero y la enferma?

--Puede vivir con un solo pulmón. Se ha visto muchas veces. Yo no le

aseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero sí vivir

tranquilamente por espacio de muchos años, a fuerza de cuidados y de

glóbulos.

--¡No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese creído que se pudiese vivir

con un solo pulmón.

--Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...

--¡La autopsia! ¡pero la autopsia no se hace más que a los muertos!

--Tiene usted razón, señora, y mis palabras se asemejan a una tontería.

No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los árabes es

generalmente tísico. Los rebaños están mal cuidados, pasan las noches al

relente y enferman del pecho. Nuestros súbditos musulmanes no se sirven

para nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a sus

vacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de esta

negligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez,

sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que la

enfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que presta

servicio en el ejército del Africa, ha visto sacrificar en los mataderos

vacas curadas de la tisis y que habían vivido muchos años con un solo

pulmón en muy mal estado. A esta autopsia quería referirme yo.

--Ahora comprendo--contestó la señora Chermidy--. ¿Entonces, si se

matase a todas las personas que viven en nuestra sociedad se encontraría

algunas que no tienen los pulmones como es debido?

--Y que no parecen darse cuenta. Precisamente, señora.

Una hora más tarde se había renovado la tertulia alrededor de la

chimenea del salón. La señora Chermidy vio entrar un viejo alópata,

curtido en el ejercicio de la profesión, que no creía en los milagros,

que gustaba de colocar las cosas en lo peor y que se extrañaba de que un

animal tan frágil como el hombre pudiese llegar sin accidente a los

sesenta años.

--Doctor--le dijo--, tendría usted que haber llegado un momento antes;

se ha perdido usted un hermoso panegírico de la homeopatía. El señor

P..., que acaba de salir, se alababa de hacernos vivir a todos con un

solo pulmón. ¿Qué le parece a usted?

El anciano médico se encogió imperceptiblemente de hombros.

--Señora--respondió--, el pulmón es a la vez el más delicado y el más

indispensable de nuestros órganos; renueva la vida a cada segundo por un

prodigio de combustión que Spallanzani y los más grandes fisiólogos no

han explicado ni descrito. Su contextura es de una fragilidad que

espanta; su funcionamiento le expone a peligros continuamente renovados.

Es en el pulmón donde nuestra sangre se pone en contacto inmediato con

el aire exterior. Si se pensase que el aire es casi siempre demasiado

frío o demasiado caliente o bien está mezclado con gases deletéreos, no

se respiraría una sola vez sin hacer testamento. Un filósofo alemán que

prolongó su vida a fuerza de prudencia, el célebre Kant, cuando daba su

cotidiano paseo higiénico, tenía cuidado de cerrar la boca y de

respirar exclusivamente por la nariz ¡tanto temía al aire que le

rodeaba!

--Pero, entonces, querido doctor, ¿todos estamos condenados a morir del

pecho?

--Mueren muchos, señora, y los homeópatas no lo evitan.

--¡Pero también curan muchos! Veamos; quiero suponer que un hombre joven

y robusto se casa con una joven y bella tísica. El la lleva a Italia,

hace lo posible por curarla y le proporciona los cuidados de un hombre

como usted. ¿Es que no podría en dos o tres años...?

--¿Salvar al marido? Es posible; pero yo no me atrevería a responder.

--¡El marido! ¿Pero qué peligro puede haber?

--El peligro del contagio, señora. ¿Quién sabe si los tubérculos que

nacen en los pulmones del tísico no extienden a su alrededor el germen

de la muerte? Pero perdone usted, no es éste ni el lugar ni el momento

de desarrollar una nueva teoría, inventada por mí, y que pienso someter

uno de estos días al examen de la Academia de Medicina. Unicamente le

contaré un caso observado por mí.

--Hable usted, querido doctor; hay tanto placer como provecho en

escuchar a un hombre como usted.

--Hace cinco años, señora, visitaba yo a la mujer de un sastre de la

calle de Richelieu, una infeliz criatura abominablemente tísica. Su

marido era un robusto alemán, sólido y sano como una manzana. Los dos

se adoraban. En 1849 habían tenido un niño que no vivió. La mujer murió

en 1850; yo hice todo lo que pude por salvarla. El marido me pidió la

cuenta y yo pasé dos años sin ir por la casa. El año último el sastre me

envió a buscar; le encontré en la cama, de tal modo cambiado, que no

podía reconocerle. Estaba tísico en el último grado. Así lo dije a una

regordeta que lloraba a su cabecera. Era su segunda esposa; había

cometido la tontería de casarse de nuevo. El marido murió, conforme al

programa. La viuda ha heredado la enfermedad. Ayer la visité y aunque el

mal ha sido atacado desde el principio, no me atrevería a responder de

nada.

La señora Chermidy cerró sus puertas a las cinco de la tarde y se sumió

en una melancólica meditación.

Nunca había desesperado de ser condesa de la Villanera. Toda mujer que

engaña a su marido aspira necesariamente a ser viuda; con mayor motivo

cuando tiene un amante rico y soltero. No creía descabellado que

Chermidy faltase un día u otro. Un hombre que vive entre el cielo y el

agua es un enfermo en peligro de muerte.

Sus esperanzas habían tomado cuerpo desde el nacimiento del pequeño

Gómez. Tenía atado al conde con un lazo bien poderoso para las almas

honradas, el amor paternal. Al casar al señor de Villanera con una

moribunda, aseguraba el porvenir de su hijo y el suyo propio. Pero en la

víspera de realizarse aquel atrevido proyecto, descubría dos peligros

que no había previsto. Germana podía curar. Si sucumbía, podía arrastrar

al conde con ella y legarle un germen mortal. En el primer caso, la

señora Chermidy lo perdía todo, incluso su hijo. ¿Con qué derecho iría a

reclamar el hijo legítimo de don Diego y de la señorita de La Tour de

Embleuse? Por otra parte, si el conde debía morir después de su mujer,

ella no se casaría con él. Se sentía demasiado joven y era demasiado

hermosa para representar el papel de la segunda esposa del sastre.

Afortunadamente, pensaba, nada se ha hecho aún. Se puede buscar otro

expediente. El conde está enamorado y es padre; haré de él lo que

quiera. Si es absolutamente necesario que se case para que legitime a su

hijo, ya encontraremos otra enferma cuya muerte sea más segura y cuyo

mal no sea contagioso. Además, se decía para tranquilizarse, que el

viejo alópata era un original capaz de inventar las teorías más

absurdas. Había oído decir, es verdad, que la tuberculosis se transmitía

algunas veces de padre a hijo, pero encontraba muy natural que Germana

guardase para sí la enfermedad y la muerte, como bienes parafernales. Lo

que la inquietaba seriamente era la posibilidad de una de esas

curaciones maravillosas que echan por tierra todos los cálculos de la

prudencia humana. Comenzaba a odiar al doctor Le Bris, tanto por sus

escrúpulos como por su talento. Para acabarse de tranquilizar se

prometió cortar en flor las gestiones de don Diego, hasta que ella

hubiese tomado todas sus precauciones.

Pero los acontecimientos habían ido muy de prisa durante el día y el

conde llegó a las diez para decirle que sus planes se habían ido

cumpliendo al pie de la letra.

Don Diego, al levantarse de la mesa, había corrido a casa de su madre.

La vieja condesa era una mujer de la misma madera que su hijo, alta,

seca, huesuda, modelada como una tabla, plantada majestuosamente sobre

dos grandes pies, morena hasta dar miedo a los niños, con una mueca

aristocrática que parecía una sonrisa, y el pelo gris partido. Escuchó

el relató de don Diego con la condescendencia rígida y desdeñosa de

otras épocas para las pequeñeces de hoy. Por su parte, el conde no hizo

nada para atenuar lo que había de reprensible en los cálculos de su

matrimonio. Aquellas dos personas honradas, pero mezcladas por la fuerza

de las circunstancias en uno de esos asuntos escabrosos que algunas

veces se presentan en París, no se preocupaban más que de los medios de

hacer dignamente una cosa que sus antepasados no habían hecho. La viuda

no tuvo en la conversación un reproche, ni siquiera mudo; hubiera sido

tardío; únicamente se trataba de asegurar el porvenir de la casa

salvando el nombre de los Villanera.

Cuando todos los pormenores quedaron convenidos, la condesa subió a su

carroza y se hizo conducir al palacio Sanglié. Los lacayos del barón la

condujeron hasta el departamento de la duquesa. Semíramis le abrió la

puerta y la introdujo en el salón. El señor y la señora de La Tour de

Embleuse la recibieron al lado de la chimenea, en la que ardía todo lo

que se había podido encontrar en la casa: dos tablas de la cocina, una

silla de paja y otros objetos. La duquesa se había vestido como había

podido. Su traje de terciopelo negro azuleaba por los pliegues. El duque

llevaba la cinta de sus condecoraciones sobre un frac más raído que el

de un maestro de escuela.

La entrevista fue fría y solemne. La señora de La Tour de Embleuse no

podía hacer buena cara a los que especulaban sobre la próxima muerte de

su hija. El duque, más despreocupado, intentó aparecer como un hombre de

mundo, pero la rigidez de la viuda paralizó todas sus gracias y sintió

frío hasta en la espalda. La señora de Villanera, por un error que se

comete frecuentemente en los primeros encuentros, envolvió en un mismo

juicio despectivo al duque y a la duquesa. Los acusó de demasiado

apresuramiento y creyó leer en sus ojos una alegría sórdida. No

obstante, no olvidó los graves intereses que allí la llevaban y expuso

fríamente el motivo de su visita. Discutió, como si fuese un notario,

todas las condiciones del matrimonio, y cuando estuvieron de acuerdo

sobre todos los puntos, se levantó de su silla y dijo con una voz

metálica:

--Señor duque, señora duquesa, tengo el honor de pedirles la mano de la

señorita Germana de La Tour de Embleuse, su hija, para el conde Diego

Gómez de la Villanera, mi hijo.

El duque respondió que su hija se consideraba muy honrada por la

elección del señor de Villanera.

Se fijó de común acuerdo el día de la boda y la duquesa fue a buscar a

Germana para presentarla a la viuda. La pobre niña creyó morir de

espanto al compararse con aquel espectro de mujer. La condesa la

encontró de su agrado, le habló maternalmente, la besó en la frente y

pensó al despedirse: «¿Por qué ha de estar condenada a muerte? Tal vez

fuese la nuera que me convendría.»

Al entrar en el hotel, la señora de Villanera encontró a don Diego que

jugaba con el niño. El padre y el hijo formaban un grupo bastante

original; quizás un extraño hubiese sonreído. El conde manejaba a la

débil criatura con una ternura temerosa; quizá tenía miedo de hacer

pedazos a su heredero con algún movimiento de sus robustos brazos. El

niño era bastante fuerte para su edad, pero feo, sin gracia y

excesivamente huraño. Desde que le habían separado de su nodriza, no

había visto más que dos seres humanos, su padre y su abuela, y vivía

entre aquellos dos colosos como Gulliver en la isla de los gigantes. La

viuda se había secuestrado voluntariamente para estar a su lado; hacía y

recibía muy pocas visitas por miedo que alguna palabra imprudente

traicionase su secreto. Los únicos cómplices de aquella educación

clandestina eran cinco o seis viejos domésticos encanecidos bajo la

librea, gentes de otra época y de otro país. Hubieseis dicho que se

trataba de los restos del ejército de Gonzalo de Córdoba o bien de

náufragos de la Armada Invencible. A la sombra de aquella extraña

familia, el niño crecía tristemente. Le faltaba la compañía de los de su

edad y era inútil que se le quisiera enseñar a jugar. Hay niños de dos

años que ya saben decirlo todo; él apenas si pronunciaba cinco o seis

palabras de dos sílabas. Don Diego lo adoraba tal como era: un padre es

siempre un padre; pero él tenía miedo a don Diego. Decía mamá a la vieja

condesa, pero no la besaba sin llorar muchas veces. En cuanto a su

madre, la conocía solamente de vista; la encontraba de cuando en cuando,

en una plazoleta apartada, lejos de las alamedas por donde pasea la

multitud. La señora Chermidy dejaba su coche a cierta distancia e iba a

pie hasta el del conde; besaba al niño a hurtadillas, le daba bombones y

le decía con una ternura sincera: «¡Mi pobre perrito, nunca serás mío!»

No hubiera sido prudente llevarlo a su casa aun cuando la condesa viuda

lo permitiese. La señora Chermidy sabía salvar las apariencias. Todo

París sospechaba su situación, pero el mundo establece una gran

diferencia entre una delincuente convencida o una mujer sospechosa. Así

podía encontrar aquí y acullá algunas almas tan ingenuas que

respondiesen de su virtud.

La señora de Villanera anunció a su hijo que la demanda estaba hecha y

aceptada. Hizo el elogio de Germana, sin decir nada de la familia, y

describió la miseria en que vivían los duques. Don Diego dijo que era

preciso enviarles un pronto socorro sin humillarles. La condesa propuso

sencillamente abrir su bolsillo al viejo duque en la seguridad de que

no dejaría de recurrir a él; pero el conde encontró más decente comprar

inmediatamente la canastilla y deslizar en ella mil luises. Esta limosna

oculta entre flores serviría para pagar las deudas más apremiantes y

para que la familia pudiese comer durante quince días. Y así se hizo. La

madre y el hijo quisieron encargarse personalmente de ello. Antes de

salir, la señora de Villanera besó las anaranjadas mejillas de su nieto

y le dijo: «Vaya, mi pobre bastardo, ¡tu aguinaldo consistirá en un

nombre!»

Nada es imposible en París: la canastilla fue improvisada en algunas

horas. Por la noche, todos los comerciantes enviaron sus telas, sus

encajes, sus cachemiras y sus joyas. La condesa no quiso confiar a nadie

el encargo de arreglarlo todo y de colocar los cartuchos del oro en el

cajón de los alfileres. A las diez, la canastilla salió en dirección al

palacio Sanglié, mientras que el conde se dirigía a casa de la señora

Chermidy.

Germana y la duquesa examinaron con fría curiosidad aquellos tesoros. La

señora de La Tour de Embleuse admiraba los aderezos de su hija como

Clitemnestra pudo admirar las bandas fúnebres destinadas a adornar la

frente de Ifigenia. Germana recordó a sus padres el capítulo de _Pablo y

Virginia_ en que ésta gasta el dinero de su tía en pequeños regalos para

su familia y sus amigos: ¿Qué haremos de todo esto, dijo, nosotros que

ya no tenemos amigos ni familia? ¡Qué lástima!» El duque abrió los

cajones con noble desdén, como hombre a quien todos los esplendores han

sido familiares; pero no conservó su indiferencia a la vista del oro.

Sus ojos se iluminaron. Aquellas manos aristocráticas que se habían

abierto tan a menudo para dar, se crisparon ávidamente como las garras

de un avaro. Rompió el papel de todos los cartuchos, hizo brillar el oro

amarillento a la luz de una lámpara humeante e hizo tintinear a sus

oídos aquellos discos trémulos, que tañían alegremente los funerales de

Germana.

La pasión es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El señor

duque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempeñar su parte a las

nueve de la mañana en el vestíbulo, en el concierto de los domésticos

del palacio Sanglié. No obstante, bien pronto apareció el hombre

educado. El duque metió el oro en el cajón y dijo con una frialdad

estudiada: «Esto es de Germana; guárdalo bien, hija mía. Ya nos

prestarás un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comido

bastante mediocremente. Si fuese rico, como lo seré dentro de un mes, os

llevaría a cenar al restaurant.» La enferma y la moribunda adivinaron

los secretos deseos del viejo. No os podéis imaginar con qué tierna

solicitud, con qué piedad respetuosa Germana le obligó a tomar algún

dinero y la duquesa le vistió y le peinó para que fuese a cenar fuera de

casa. Volvió a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unos

pasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca y

procuraron hacerse creer mutuamente que dormían.

Don Diego y la señora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bella

arlesiana comenzó por oponer a su amante diversas objeciones contra la

boda. El conde, que no discutía nunca, le contestó con dos observaciones

que no tenían réplica: «El asunto ya está concluido y usted es quien lo

ha querido.» Ella cambió de táctica y ensayó el efecto de las amenazas.

Le juró que rompería con él, que lo abandonaría, que le quitaría a su

hijo, que promovería un escándalo, que se mataría. La sugestiva dama

estaba muy hermosa en su furia; tenía el aire de un pajarito asustado,

ante el cual un enamorado no podía permanecer insensible. El conde pidió

gracia, pero firme en su resolución. Cedía como esos buenos resortes de

acero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con la

prontitud del relámpago. Entonces abrió la esclusa de sus lágrimas;

agotó el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la más

desgraciada y la más enamorada de las mujeres. Cualquiera, al oírla,

hubiera creído que ella era la víctima y Germana el verdugo. Don Diego

lloró con ella: las lágrimas se deslizaban por su rostro varonil como la

lluvia sobre una estatua de bronce. Cometió todas las cobardías que el

amor exige. Habló de la futura condesa con una frialdad rayana en el

desprecio; prometió por su honor que ella no viviría largo tiempo y

hasta ofreció a la señora Chermidy que le permitiría ver a Germana antes

de la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca se

vuelven atrás de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es que

él la iría a ver todos los días clandestinamente, hasta que se celebrase

la boda.

Al día siguiente la señora de Villanera le condujo al palacio Sanglié y

le presentó a su nueva familia. Visita de ceremonia que no duró más de

un cuarto de hora. Germana se desmayó en su presencia. Más tarde ha

confesado que aquella fisonomía dura la espantó y que había creído ver

entrar al hombre que debía enterrarla. En cuanto a él tampoco se sentía

muy a gusto. No obstante, encontró algunas frases de cortesía y de

reconocimiento que conmovieron a la duquesa.

Volvió todos los días, sin su madre, mientras se publicaban las

amonestaciones. Según la costumbre establecida, cada vez llevaba un

ramo. Germana le rogó que escogiese flores sin perfume. Soportaba

difícilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho y

fatigaban a Germana, pero había que conformarse con la rutina. El señor

Le Bris temió por un momento que la enferma sucumbiese antes del día

fijado y la señora Chermidy llegó a participar de los temores del

doctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvo

miedo de que muriese demasiado pronto y se interesó por su vida. Algunas

veces ella misma conducía al conde a la calle de Poitiers y le esperaba

en su coche.

La duquesa había comprendido que no podía casar a su hija en aquel

zaquizamí y alquiló por mil francos mensuales un bonito departamento

amueblado en una casa próxima. Germana fue trasladada sin accidente,

aprovechando un día de sol. Allí es a donde don Diego iba a hacerle la

corte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como él y permanecía

más tiempo. No tardó mucho en conocer a la señora de La Tour de Embleuse

y el hielo quedó roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujer

que durante ocho años había tenido que pasar por puertas bajas sin

inclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoció en

la señora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo no

aprecia en lo que valen porque sólo juzga por las apariencias. La cama

de Germana sirvió de lazo de unión a aquellas dos madres. La anciana

condesa disputó más de una vez a la señora de La Tour de Embleuse las

fatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellas

quería encargarse de los cuidados más penosos y de esos servicios en que

estalla la abnegación del sexo sublime.

Germana · 第 3 / 15 段