querido amigo! Y ya ve usted si mi negativa tiene mérito, ¡tal vez no
hay diez luises en toda la casa! A fe de gentilhombre que si alguien
muriese aquí no se encontraría con qué enterrarle. ¡Tanto peor! ¡tanto
peor! ¡nobleza obliga! El duque de La Tour de Embleuse no es un ama
seca, ¡y sobre todo del hijo de la señora Chermidy! Antes me dejaría
morir en un jergón. Doctor, estoy muy contento de que me haya puesto a
prueba y no le guardo ningún resentimiento. Nunca se conoce bien uno a
sí mismo y no estaba muy seguro de la cara que pondría ante cincuenta
mil francos de renta. Usted ha pulsado mi honor que ¡gracias a Dios! ha
respondido bien... ¿El señor de Villanera ofrece el capital o sólo la
renta?
--A elección de usted, señor duque.
--Yo he elegido la miseria, ya lo ha visto usted. ¡Pero cuando yo le
decía que la Fortuna era una caprichosa! La conozco desde hace mucho
tiempo y unas veces hemos estado en buenas relaciones y otras reñidos.
Ahora quiere tentarme... ¡como si no! ¡Adiós, querido doctor!
El señor Le Bris se levantó de la silla. El duque le retuvo por la mano.
--Fíjese usted en que lo que hago es heroico. ¿Usted no ha sido jugador?
¿Conoce usted las cartas?
--Juego al _whist_.
--Entonces no es usted jugador. Sepa usted, pues, amigo mío, que cuando
una vez se ha dejado pasar una buena racha, ya no vuelve. Al rechazar
sus proposiciones, renuncio a toda esperanza en lo porvenir y me condeno
a perpetuidad.
--Acepte usted, pues, señor duque, y no desprecie a la fortuna. ¡Cómo!
yo le traigo a usted en mis manos la salud para la señora duquesa, el
bienestar para usted y un fin dulce y tranquilo para la pobre niña que
se extingue entre privaciones de todas clases; levanto su casa que se
derrumba entre el polvo; le doy un nieto ya criado, un niño magnífico
que podrá unir su nombre de usted al de su padre, y todo eso, ¿a qué
precio? Mediante una cláusula de dos líneas en el acta de matrimonio. ¿Y
usted prefiere mejor condenar a su hija, a su esposa y hasta condenarse
a sí mismo, antes que prestar su nombre a un niño extraño? ¿Cree usted
que con eso cometería un crimen de lesa nobleza? ¿Es que no sabe usted a
qué precio se ha conservado la nobleza en Francia y en todas partes
desde las Cruzadas? ¡Cuántos nombres salvados por milagro o por
habilidad! ¡Cuántos árboles genealógicos rejuvenecidos por un injerto
plebeyo!
--¡Casi todos, querido doctor! Le citaría más de veinte sin salir de
esta misma calle. Además, los Villanera pertenecen a la aristocracia más
pura; no veo inconveniente en una alianza con esos señores. Con una
condición, sin embargo: y es que el asunto se lleve en plena luz, sin
hipocresía. Mi hija puede reconocer un hijo extraño en el interés de dos
ilustres casas de España y de Francia. Si alguien pregunta por qué, se
le contestará que por razones de Estado. ¿Y usted salvará a la duquesa?
--Respondo de ella.
--¿Y a mi hija también?
El doctor movió lentamente la cabeza. El viejo continuó con tono de
resignación:
--¡Qué le vamos a hacer! no se puede tener todo a la vez. ¡Pobre niña!
¡Tanto que me hubiera gustado compartir con ella el bienestar!
¡Cincuenta mil francos de renta! ¡Ya sabía yo que volvería la fortuna!
En aquel momento entró la duquesa y su marido le hizo un resumen de los
ofrecimientos del doctor con transportes de una admiración infantil. El
señor Le Bris se había levantado para ofrecer su silla a la pobre mujer
que corría sin descanso desde por la mañana. Con los codos sobre la
cama, frente a frente del duque, escuchó con los ojos cerrados todo lo
que aquél quiso decirle. El viejo, inconstante como un hombre cuya razón
vacila, había olvidado sus propias objeciones. No veía más que una cosa
en el mundo: los cincuenta mil francos de renta. En su aturdimiento
llegó hasta a hablar a la duquesa de los peligros que corría y de su
vida amenazada. Pero esta revelación resbaló sobre su corazón sin
herirlo.
Abrió los ojos, y volviéndolos tristemente hacia el doctor, le dijo:
--Y bien, ¿Germana está condenada sin remisión, puesto que esa mujer no
tiene miedo de casarla con su amante?
El doctor intentó persuadirla de que no se había perdido toda esperanza,
pero ella le detuvo con el gesto.
--No mienta usted, pobre amigo mío. Esas gentes han puesto su confianza
en usted y le han pedido que buscase una mujer lo suficientemente
enferma para que no hubiese esperanza alguna de salvarla. Si por una
casualidad viviese, si un día llegase a colocarse entre los dos para
reclamar sus derechos y expulsar a la amante, el señor de Villanera
podría echar en cara a usted que le había engañado. Y usted no habrá
querido exponerse a eso.
El señor Le Bris enrojeció a su pesar, porque la duquesa decía la
verdad; pero salió de aquel mal paso haciendo el elogio de don Diego. Le
pintó como un noble corazón, un caballero de antaño perdido en nuestro
siglo.
--Puede usted creer, señora duquesa, que si nuestra querida enferma
llegase a salvarse, lo debería a su marido. El no la conoce, no la ha
visto nunca; ama a otra y abriga una esperanza bien triste para nosotros
al decidirse a colocar una esposa legítima entre su amante y él. Pero
cuanto mayor sea su interés en esperar el día de la viudez, más creerá
de su deber el retrasarlo. No sólo rodeará a su esposa de todos los
cuidados que su estado requiere, si no que es hombre para constituirse
en enfermero de ella y velarla noche y día. Le garantizo a usted que
tomará el matrimonio en serio, como todos los deberes de la vida. Es
español e incapaz de jugar con los Sacramentos; tiene un culto por su
madre y una ternura apasionada por su hijo. Esté usted segura de que el
día en que le conceda la mano de su hija, se habrá acabado todo entre él
y la señora Chermidy. Llevará a su mujer a Italia; yo les acompañaré y
usted también, y si Dios tiene a bien hacer un milagro, seremos tres
para ayudarle, señora duquesa.
--¡Diablo!--añadió el duque--. No hay nada imposible; todo puede ocurrir
en este mundo; ¿quién me hubiera dicho esta mañana que yo heredaría
cincuenta mil francos de renta?
Ante estas palabras la duquesa sintió que una oleada de lágrimas subía a
sus ojos.
--Amigo mío--dijo--, es muy triste el que los padres hereden a los
hijos. Si Dios tiene decidido llamar a su lado a mi pobre Germana, yo
bendeciré llorando su mano rigurosa y esperaré a tu lado el instante en
que debamos reunirnos. Pero yo quiero que la memoria de mi ángel amado
sea tan pura como su vida. Desde hace más de veinte años conservo un
ramo de flores de azahar, marchito lo mismo que mi felicidad y mi
juventud: cuando ella muera quiero ponerlo sobre su ataúd.
--¡Ta! ¡ta!--exclamó el duque--. ¡Así son las mujeres! Tú estás enferma,
querida, y no serán las flores de azahar las que te curen.
--¡En cuanto a mí...!
Su mirada acabó la frase de modo tan expresivo que hasta el mismo duque
la comprendió.
--¡Eso es!--dijo--; ¡a vuestra comodidad! ¡moríos las dos juntas! ¿Y
entonces qué será de mí?
--Usted será rico, padre mío--dijo Germana abriendo la puerta del
comedor.
La duquesa se levantó como movida por un resorte y corrió hacia su hija;
pero ésta no tenía necesidad de apoyo. Besó a su madre y con paso firme
y resuelto, el paso de los mártires, avanzó hasta la cama.
Iba vestida de blanco, como Paulina en el quinto acto de _Poliuto_. Un
pálido rayo del sol de enero caía sobre su frente, formando como una
aureola. Su rostro sin color parecía una página borrada en la que no se
veía brillar más que dos grandes ojos negros. Una masa de cabellos de
oro, finos y frondosos, se amontonaban sobre su cabeza. Una hermosa
cabellera es el último adorno de los tísicos; la conservan hasta el fin
y son enterrados con ella. Sus manos transparentes caían a lo largo del
cuerpo y se confundían con los pliegues del vestido. Era tal la delgadez
de su persona que se asemejaba a una de esas criaturas celestes que no
tienen ninguna de las bellezas ni de las imperfecciones de la mujer.
Se sentó familiarmente al borde de la cama, pasó el brazo derecho
alrededor del cuello de su padre y le atrajo dulcemente hacia sí.
Después designó la silla a Le Bris y le dijo:
--Haga el favor de sentarse, doctor, para que la familia esté completa.
No me arrepiento de haber escuchado detrás de las puertas. Yo me temía
que no hubiese servido para gran cosa; esta discusión me ha demostrado
que aún podría ser útil a los míos. Ustedes son testigos de que no tengo
ningún aprecio a la vida y que hace seis meses me he despedido de ella.
Así como así este mundo es una bien triste morada para los que no pueden
respirar sin sufrir. Mi único disgusto era el de legar a mis padres un
porvenir de dolores y de miserias; ahora ya estoy tranquila. Me casaré
con el conde de Villanera y adoptaré al hijo de esa señora. Gracias,
querido doctor; a usted debemos nuestra salvación. Gracias a usted, el
desarreglo de esas gentes devolverá el bienestar a mi excelente padre y
la vida a mi noble madre. Mi paso por el mundo no habrá sido inútil. Me
quedaba por todo bien el recuerdo de una vida pura y un pobre nombre
sin mancha, como el velo de la primera comunión de una niña. Se lo doy
todo a mis padres. Le ruego, mamá, que no proteste usted. No se
desobedece a los enfermos. ¿Verdad, doctor?
--Señorita--respondió tendiéndole la mano--, es usted una santa.
--Sí; me esperan allá arriba; mi urna está dispuesta para recibirme.
Rogaré a Dios por usted, mi digno amigo, ya que usted no lo hace.
Al hablar así su voz tenía algo de alado, de aéreo, de sobrenatural,
como la serenidad del cielo. La duquesa se estremecía al escucharla; le
parecía que el alma de su hija iba a escapar como un pájaro al que se ha
abierto la jaula. Estrechó a Germana entre sus brazos y le dijo:
--¡No, tú no nos dejarás! Iremos todos a Italia y el sol te curará. El
señor de Villanera es un hombre de corazón.
La enferma se encogió ligeramente de hombros y respondió:
--El hombre a quien se refiere usted hará mejor en quedarse en París,
puesto que aquí tiene sus afectos, y en dejarme que pague tranquilamente
mi deuda. Ya sé yo a lo que me comprometo aceptando su nombre. ¿Qué
diría, ¡Dios santo!, si le jugase la mala partida de curarme? La señora
Chermidy tendría el derecho de hacerme expulsar de este mundo por la
justicia. Y diga usted, doctor, ¿me veré obligada a presentarme al señor
de Villanera?
El señor Le Bris contestó con un imperceptible signo afirmativo.
--Bueno--dijo ella--, le haré buena cara. En cuanto al niño, le besaré
de muy buena gana. Siempre me han gustado los niños.
La duquesa miró al cielo como un náufrago mira la orilla.
--Si Dios es justo--murmuró--, no nos separará; nos llevará a todos
juntos.
--No, querida mamá; usted vivirá para mi padre. Usted, padre mío, vivirá
para sí mismo.
--Te lo prometo--respondió ingenuamente el viejo.
Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egoísmo monstruoso
que se encerraba detrás de aquellas palabras, al contrario, se
emocionaron hasta derramar lágrimas; solamente el doctor sonrió.
Semíramis entró, anunciando que el almuerzo del señor duque estaba en la
mesa.
--Adiós, señoras--dijo el doctor--; voy a llevar esas buenas noticias al
conde. Creo que ustedes recibirán hoy mismo su visita.
--¿Tan pronto?--preguntó la duquesa.
--No tenemos tiempo que perder--añadió Germana.
--Mientras tanto--dijo el duque--, almorcemos.
III
LA BODA
El señor Le Bris tenía el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosa
confitería del barrio, compró una cajita de madera de violeta, la hizo
llenar de bombones, volvió a subir al coche, que se detuvo bien pronto
delante de la casa de la señora Chermidy. La bella arlesiana era
propietaria del edificio, aunque no ocupaba más que el primer piso. El
conserje era uno de sus criados y sabía que dos golpes de timbre
significaban una visita para su señora.
Las puertas se abrieron por sí solas ante el joven doctor. Un lacayo le
cogió el gabán de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si lo
advirtió. Otro le introdujo, sin anunciarle, en el comedor. En aquel
momento el conde y la señora Chermidy se sentaban a la mesa. La dueña de
la casa le presentó sus mejillas y el conde le estrechó cordialmente la
mano.
Los cubiertos habían sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada de
encina tallada. La habitación estaba adornada con tallas antiguas y
cuadros modernos; un célebre banquero de la Calzada de Antin, que
manejaba el pincel en sus ratos de ocio, había ofrecido a la señora
Chermidy cuatro grandes panneaux representando escenas de naturaleza
muerta; el techo era una copia del _Banquete de los dioses_; la
alfombra había venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran araña
flamante, de vientre redondeado y delgadas patas, se agarraba
implacablemente al centro del techo sin respeto alguno para la asamblea
de los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht brillaban a la luz
con su profusión de cristal, loza y plata. El servicio de mesa
correspondía a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellas
de Bohemia y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos provenían
de un servicio encargado a Sajonia por Luis XV.
Si el señor Le Bris hubiese gustado de las antítesis, habría podido
hacer una comparación muy interesante entre el mobiliario de la señora
Chermidy y el de la duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los médicos de
París son filósofos imperturbables que viajan entre el lujo y la
miseria, sin extrañarse de nada, del mismo modo que pasan del calor al
frío sin resfriarse.
La señora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco.
Con aquel traje parecía una gata sobre un edredón, una joya en su
estuche. No habéis visto nunca nada más brillante que su persona, ni más
muelle que su envoltura. Tenía treinta y tres años, una hermosa edad
para las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el más
perecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administración
resulta más difícil. La Naturaleza la da; el arte añade muy poca cosa,
pero es necesario saberla conservar. Los pródigos que la derrochan y
los avaros que no hacen uso de ella, llegan en pocos años al mismo
resultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una sabia
economía. La señora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobria
en todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazón con las
apariencias de una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidado
su belleza como su fortuna. Cultivaba su frescura lo mismo que un tenor
cultiva su voz. Era de aquellas mujeres que dicen locuras a todas horas,
pero que no las hacen más que con su cuenta y razón; muy capaz de
arrojar un millón por el balcón para que le entrasen dos por la puerta,
pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Sus
antiguos admiradores de Tolón apenas si hubieran podido reconocerla:
tanto había cambiado, o, por mejor decir, ganado. Sin ser tan blanca
como una flamenca, había encontrado, no sé dónde, reflejos nacarados. La
salud subía hasta sus pupilas en suaves arreboles rosados; su boca
pequeña, redonda, carnosa, parecía una gruesa cereza que los gorriones
hubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus órbitas obscuras
como un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferencia
y la bondad formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, de
un negro azulado, se partían sobre una frente pura, como las alas de un
cuervo sobre la nieve de diciembre. Todo en ella era joven, fresco,
sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos para descubrir
en los ángulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles, finas
como el cabello rubio de un recién nacido, y que ocultaban una ambición
insaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y una
energía capaz de todos los crímenes.
Sus manos eran quizás un poco cortas, pero blancas como el marfil, con
los dedos redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, se
adivinaba la garra. Su pie era el pie corto de las andaluzas,
redondeado, lo mostraba tal como era y no cometía la tontería de usar
botas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que sus
pies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos,
las caderas un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, pero
la gordura graciosa de una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosa
fruta.
Don Diego se la comía con los ojos con una admiración infantil. ¿Es que
los enamorados de todas las clases no son niños? Según las teogonías
antiguas, el Amor es un niño de cinco años y medio, y no obstante
Hesiodo asegura que es más viejo que el Tiempo.
El conde de Villanera descendía en línea recta de esos españoles
caballerescos hasta lo ridículo, que el divino Cervantes ha
ridiculizado, no sin admirarlos. Nada había en él que descubriese su
origen napolitano, y se hubiera dicho que sus antepasados le habían
legado, con armas y bagajes, la vieja virtud de la España heroica. Era
un joven serio, rígido, frío, algo engreído, con un corazón de fuego y
un alma apasionada. Hablaba poco, siempre después de larga reflexión, y
nunca había mentido. No le gustaba discutir y reía rara vez, pero su
sonrisa estaba llena de una gracia afable que no carecía de grandeza. La
alegría, convengo en ello, le hubiera sentado mal. Intentad
representaros un don Quijote joven, vestido de frac. A primera vista no
se distinguía más que por sus negros bigotes, puntiagudos, lustrosos. Su
larga nariz se encorvaba vigorosamente como el pico de un águila; tenía
los ojos negros, las cejas negras, los cabellos negros y la tez del
color uniforme de una naranja de Portugal. Sus dientes podían haber
pasado por hermosos si no hubiesen sido tan largos y si su dueño no
hubiera sido fumador. Estaban revestidos de un esmalte un poco
amarillento, pero tan sólido que de él se hubieran podido construir
piedras de molino. El blanco de sus ojos era también algo amarillento;
no obstante, no se podía negar que tenía unos ojos muy hermosos. En
cuanto a su boca, no dejaba nada que desear, y debajo de sus mostachos
se advertían unos labios rosados como los de un niño. Sus brazos y sus
piernas, así como sus manos y sus pies, eran de una longitud
aristocrática. Finalmente, tenía la estatura de un granadero y la
apostura de un príncipe.
Si preguntáis por qué un hombre así había podido caer en las manos de la
señora Chermidy, os contestaré que la dama era más atractiva y más hábil
que Dulcinea del Toboso. Los hombres del temple de don Diego no son los
más difíciles de engañar, y el león se arroja con mayor aturdimiento
sobre la trampa que el zorro. La sencillez, la rectitud y todas las
cualidades generosas son otros tantos defectos para tratar con ciertas
gentes. Un corazón honrado no desconfía de los cálculos y bellaquerías
de que es incapaz, y cada cual se hace el mundo a su imagen. Si alguien
hubiera dicho al señor de Villanera que la señora Chermidy le amaba por
el interés, se habría encogido de hombros. Ella no le había pedido nada
y él se lo había ofrecido todo. Al aceptar cuatro millones, le hacía un
favor y él le estaba reconocido.
Por lo demás, al ver las miradas que le lanzaba a intervalos, era fácil
adivinar que la fortuna de los Villanera podía cambiar de manos en el
espacio de ocho días. Un perro echado a los pies de su dueño no era más
humilde ni más respetuoso que él. Se leía en sus grandes ojos negros el
reconocimiento apasionado que todo hombre galante debe a la mujer que ha
elegido; la admiración religiosa de un padre joven por la madre de su
hijo. Se veía, en fin, como un deseo no saciado, una sumisión de la
fuerza al capricho, el temor de la negativa, una solicitud inquieta que
probaba que la señora Chermidy era una mujer de talento.
El simpático doctor, sentado enfrente del conde, formaba con él un
contraste singular. El señor Le Bris era lo que se llama un muchacho
guapo. Quizá le faltaban un centímetro o dos para llegar a una estatura
regular, pero era bien proporcionado. No tenía cara de tonto ni mucho
menos, pero no sé si su nariz era del todo correcta. Su fisonomía decía
muchas cosas, pero su filiación no os hubiese dicho nada. Se vestía con
un aseo que se confundía con la elegancia; el corte de sus patillas
castañas era irreprochable y su raya se prolongaba casi hasta la nuca.
No era un hombre vulgar y, sin embargo, no se salía de lo vulgar.
Ninguna muchacha casadera le hubiese rechazado por su físico, pero me
habría extrañado mucho que se echase al agua por él. Además, se veía que
no llegaría a los cuarenta años sin tener vientre.
Difícilmente otro médico podía ser más a propósito que él para la
clientela. Sin parar mañana y tarde, afectuoso con lo más alto y lo más
bajo de la sociedad, no desentona nunca. Es un Alcibíades burgués que se
acomoda a todas las costumbres. Es apreciado en el _faubourg_
Saint-Germain por su reserva, en la Calzada de Antin por su ingenio y en
la calle Vivienne por su franqueza. Las mujeres, fuese cualquiera su
posición, trabajaban activamente por él; ¿y sabéis por qué? Porque al
lado de una enferma joven o vieja, fea o hermosa, demostraba una
solicitud amable, una especie de galantería intermedia entre el respeto
y el amor. El mismo no ha sabido explicarse jamás la naturaleza de este
sentimiento, pero todas las mujeres sienten por él una simpatía benévola
que puede llevarle muy lejos.
Sus antiguos camaradas del hospital le habían llamado, por este motivo,
_la llave de los corazones_. Yo sé de una casa donde se le llama, y no
sin motivo, _la tumba de los secretos_. Sus jóvenes clientes del
_faubourg_ Saint-Germain le reprochaban el que visitase todas las
noches el escenario de la Opera y le llamaban _mata ratas_. En cambio,
en el salón de baile su juiciosa conducta le había valido el apodo de
_Nuevo Continente_.
--Y bien, Tumba de los secretos--dijo la señora Chermidy con su ligero
acento provenzal--, ¿ha cumplido usted mi encargo?
--Sí, señora.
--¿Se trata de la tísica en cuestión?
--Sí, de la señorita de La Tour de Embleuse.
--¡Bravo! me parece que es una buena alianza... Yo siempre había sentido
interés por las tísicas... ¡Las mujeres que tosen...! Ya ve usted cómo
el Cielo recompensa mi compasión.
--Doctor--preguntó el conde--, ¿ha hablado usted de las condiciones?
--Sí, querido conde; las aceptan todas.
La señora Chermidy lanzó un grito de alegría.
--¡Negocio concluido! ¡Viva París, donde se compran las duquesas al
contado!
El conde frunció el entrecejo. El doctor dijo vivamente:
--Si usted hubiese podido venir conmigo, señora, tengo la seguridad de
que habría llorado.
--¿Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? ¡Un
episodio del mercado de esclavas!
--Yo diría mejor un episodio de la vida de los mártires.
--¡Galante está usted!
El doctor contó la escena en la que él había representado un papel. El
conde se emocionó. La señora Chermidy tomó su pañuelo e hizo ademán de
enjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.
--Me satisface mucho--dijo el conde--que sea ella quien haya adoptado
esta resolución. Si los padres hubiesen aceptado por sí mismos, tal vez
les habría juzgado mal.
--Perdón, pero antes de juzgarles faltaría saber si esta mañana tenían
pan en casa.
--¿Pan?
--Pan, sin metáfora.
--Adiós--dijo el conde--. Voy a saludar a mi madre. Dormía aún esta
mañana cuando he salido del hotel. Le contaré todo lo ocurrido y le
preguntaré qué es lo que debo hacer. ¿Es posible, doctor, que haya
gentes que carezcan de pan?
--He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente no
tenía un millón para ofrecerles como hoy.
El conde besó la mano a la señora Chermidy y corrió al hotel de su
madre. La linda mujer quedó con el doctor.
--Puesto que hay gentes que carecen de pan--dijo--, veamos, doctor, ¡una
taza de café!... ¿Cómo me las arreglaría yo para ver a esa mártir del
pecho? Porque es necesario que sepa yo a quién confío a mi hijo.
--Puede usted verla en la iglesia, el día de la boda.
--¿En la iglesia? ¿Pero es que puede salir?
--Sin duda... en coche.
--Creí que estaba más enferma.
--¿Usted por lo visto quería un casamiento _in articulo mortis_?
--No, pero quiero estar segura. ¡Bondad divina! ¡doctor, si llegase a
curar!
--La Facultad de Medicina se extrañaría mucho.
--¡Y don Diego quedaría casado para siempre! ¡Y yo mataría a usted,
Llave de los corazones!
--¡Ay! señora, no me siento en peligro.
--¡Cómo ay!
--Perdone usted, es el médico el que habla, no el amigo.
--Una vez casada, ¿usted continuará asistiéndola?
--¿Es que hay que dejarla morir sin socorro?
--¡Toma! ¿para qué la casamos, pues? No será para que sea eterna.
El doctor reprimió un movimiento de disgusto y respondió con el tono más
natural, como el de un hombre en el que la virtud no es pedantería: