La duquesa fue primero a la sucursal del Monte de Piedad, si

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

EDMUNDO ABOUT

GERMANA

TRADUCCIÓN DE

T. ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1918

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires

INDICE

I.--El aguinaldo de la duquesa

II.--Petición de matrimonio

III.--La boda

IV.--Viaje a Italia

V.--El duque

VI.--Cartas de Corfú

VII.--El nuevo doméstico

VIII.--Los buenos tiempos

IX.--Cartas de China y de París

X.--La crisis

XI.--La viuda Chermidy

XII.--La guerra

XIII.--El puñal

XIV.--La justicia

XV.--Conclusión

I

EL AGUINALDO DE LA DUQUESA

Hacia la mitad de la calle de la Universidad, entre los números 51 y 57,

se ven cuatro hoteles que pueden citarse entre los más lindos de París.

El primero pertenece al señor Pozzo di Borgo, el segundo al conde

Mailly, el tercero al duque de Choiseul y el último, que hace esquina a

la calle Bellechasse, al barón de Sanglié.

El aspecto de este edificio es noble. La puerta cochera da entrada a un

patio de honor cuidadosamente enarenado y tapizado de parras

centenarias. El pabellón del portero está a la izquierda, envuelto entre

el follaje espeso de la hiedra, donde los gorriones y los huéspedes de

la garita parlotean al unísono. En el fondo del patio, a la derecha, una

amplia escalinata resguardada por una marquesina, conduce al vestíbulo y

a la gran escalera.

La planta baja y el primer piso están ocupados por el barón únicamente,

que disfruta sin compartirlo con nadie un vasto jardín, limitado por

otros jardines, y poblado de urracas, mirlos y ardillas que van y vienen

de ése a los otros en completa libertad, como si se tratara de

habitantes de un bosque y no de ciudadanos de París.

Las armas de los Sanglié, pintadas en negro, se descubren en todas las

paredes del vestíbulo. Son un jabalí de oro en un campo de gules. El

escudo tiene por soporte dos lebreles, y está rematado con el penacho de

barón con esta leyenda: _Sang lié au Roy_[A].

Como media docena de lebreles vivos, agrupados según su capricho, se

aburren al pie de la escalera, mordisquean las verónicas floridas en los

vasos del Japón o se tienden sobre la alfombra alargando la cabeza

serpentina. Los lacayos, sentados en banquetas de Beauvais, cruzan

solemnemente los brazos, como conviene a los criados de buena casa.

El día 1.º de enero de 1853, hacia las nueve de la mañana, toda la

servidumbre del hotel celebraba en el vestíbulo un congreso tumultuoso.

El administrador del barón, el señor Anatolio, acababa de distribuirles

el aguinaldo. El mayordomo había recibido quinientos francos, el ayuda

de cámara doscientos cincuenta. El menos favorecido de todos, el

marmitón, contemplaba con una ternura inefable dos hermosos luises de

oro completamente nuevos. Habría celosos en la asamblea, pero

descontentos ni uno solo, y cada uno a su manera decía que da gusto

servir a un amo rico y generoso.

Los tales individuos formaban un grupo bastante pintoresco alrededor de

una de las bocas del calorífero. Los más madrugadores llevaban ya la

gran librea; los otros vestían aún el chaleco con mangas que constituye

el uniforme de media gala de los criados.

El ayuda de cámara iba vestido de negro completamente, con zapatillas de

orillo; el jardinero parecía un aldeano endomingado; el cochero llevaba

chaqueta de tricot y sombrero galoneado; el portero un tahalí de oro y

zuecos. Aquí y acullá se distinguía a lo largo de las paredes, una

fusta, una almohaza, un encerador, escobas, plumeros y algo más cuyo

nombre ignoro.

El señor dormía hasta mediodía, como quien ha pasado la noche en el

club, y por lo tanto tenían tiempo para empezar sus faenas. Por lo

pronto se entretenían en darle empleo al dinero y las ilusiones les

ocupaban bastante. Los hombres todos son algo parientes de aquella

lechera de la fábula.

--Con esto, y lo que ya tengo ahorrado--decía el mayordomo--, puedo

redondear mi renta vitalicia. A Dios gracias no falta el pan, y los días

de la vejez los tendré asegurados.

--Como es usted soltero--replico el ayuda de cámara--, no tiene que

pensar en nadie. Pero yo tengo familia. Por eso pienso entregarle el

dinero a ese buen señor que va a la Bolsa, y algo me producirá.

--Es una buena idea, señor Fernando--dijo el marmitón--. Cuando vaya

usted, llévele mis cuarenta francos.

El ayuda de cámara se creyó obligado también a intervenir y exclamó en

tono de protección:

--¡Vaya con el joven! ¿Qué crees tú que se puede hacer con cuarenta

francos en la Bolsa?

--Bueno--respondió el joven ahogando un suspiro--, los llevaré a la Caja

de ahorros.

El cochero soltó una ruidosa carcajada y se dio unos puñetazos sobre el

estómago gritando:

--Esta es mi caja de ahorros. Aquí es donde he colocado siempre mis

fondos, y a fe que no me ha ido mal. ¿Verdad, padre Altorf?

El padre Altorf, suizo[B] de profesión, alsaciano de nacimiento, de

elevada estatura, vigoroso, huesudo, de desarrollado vientre, ancho de

hombros, de cabeza enorme y rubicundo como un hipopótamo, sonrió con el

rabillo del ojo y produjo con la lengua un pequeño chasquido que era

todo un poema.

El jardinero, delicada flor de la Normandía, hizo sonar el dinero en su

mano y respondió al honorable preopinante:

--¡Vamos, no diga usted tonterías! lo que se ha bebido ya no se vuelve a

tener. Lo mejor que hay es esconder el dinero en una pared vieja o en un

árbol hueco. ¡Los que así lo hagan no darán de comer al notario!

La asamblea en pleno protestó de la ingenuidad de aquel buen hombre que

enterraba en flor sus escudos, sin hacerlos producir. Quince o diez y

seis exclamaciones se elevaron al mismo tiempo. Cada uno expuso su

opinión, descubrió su secreto, cabalgó en su Clavileño. Cada uno hizo

saltar las monedas en su bolsillo y acarició ardientemente las

esperanzas ciertas, la dicha contante y sonante que habían embolsado. El

oro mezclaba su aguda vocecita con aquel concierto de pasiones vulgares;

y el choque de las piezas de veinte francos, más embriagador que los

vapores del vino o el olor de la pólvora, emborrachaba a aquellos pobres

cerebros y aceleraba los latidos de sus groseros corazones.

En lo más fuerte del tumulto, se abrió una pequeña puerta que daba a la

escalera, entre el piso bajo y el primero. Una mujer, con un harapiento

traje negro, descendió vivamente los peldaños, atravesó el vestíbulo,

abrió la puerta de vidrieras y desapareció en el patio.

Todo esto pasó en un minuto y, no obstante, la sombría aparición se

llevó el buen humor de todas aquellas gentes, que se levantaron a su

paso con el más profundo respeto. Los gritos se detuvieron en sus

gargantas y el oro ya no volvió a sonar en sus bolsillos. La pobre mujer

había dejado detrás de ella como una estela de silencio y de estupor.

El primero que se repuso fue el ayuda de cámara, que era lo que se llama

un espíritu fuerte.

--¡Voto a...!--exclamó--. He creído ver pasar a la miseria en persona.

Me ha estropeado el año. Ya veréis cómo no vuelve a salirme nada bien

hasta el día de San Silvestre. ¡Brrr! tengo frío en la espalda.

--¡Pobre mujer!--dijo el mayordomo--. Ha tenido cientos y miles y ya la

veis ahora... ¿Quién creería que es una duquesa?

--Es que el vagabundo de su marido se lo ha comido todo.

--¡Un jugador!

--¡Un hombre que no piensa más que en comer!

--Un andariego que trota de la mañana a la noche, con sus piernas de

rocín.

--No es él el que me interesa: tiene lo que se merece.

--¿Se sabe algo de la señorita Germana?

--Su negra me ha dicho que cada día está peor. A cada golpe de tos llena

un pañuelo.

--¡Y sin una alfombra en su habitación! Esa niña no se curaría más que

en un país templado, en Italia, por ejemplo.

--Será un ángel para Dios.

--Los que quedan son más dignos de compasión.

--¡No sé cómo se las arreglará la duquesa para salir de este atolladero.

¡A todos debe! Ultimamente el panadero se ha negado a fiarles más.

--¿Cuánto deben de alquiler?

--Ochocientos francos; pero lo que me extraña es que siquiera el señor

haya visto el color de su dinero.

--Si yo fuese él, preferiría tener desalquilado el piso antes que

permitir que viviesen en él personas que deshonran la casa.

--¡No seas bestia! ¿Para qué arrastrar por el arroyo al duque de La Tour

de Embleuse y a su familia? Esas miserias, para que lo sepas, son como

las llagas del barrio; todos nosotros tenemos interés en ocultarlas.

--¡Toma!--dijo el marmitón--, creo que tengo razón para burlarme. ¿Por

qué no trabajan? Los duques son hombres como los demás.

--¡Muchacho!--exclamó gravemente el mayordomo--, estás diciendo cosas

incoherentes. La prueba de que no son hombres como los demás, es que yo,

tu superior, no sería ni barón durante una hora de mi vida. Además, la

duquesa es una mujer sublime y hace cosas de las que ni tú ni yo

seríamos capaces. ¿Tomarías tú caldo durante todo un año y en todas las

comidas?

--¡Caramba! ¡No me parece eso muy divertido!

--¡Pues bien! la duquesa pone el puchero a la lumbre cada dos días,

porque a su marido no le gusta la sopa de vigilia. El señor se come su

tapioca de caldo graso y un bistec y un par de chuletas, y la pobre y

santa mujer se conforma con los desperdicios. Es hermoso, ¿verdad?

El marmitón pareció muy conmovido.

--Mi buen señor Tournoy--dijo al mayordomo--, me interesan mucho esas

pobres gentes. ¿No podríamos enviarles algo por medio de la negra?

--¡Sí, sí! ella es tan orgullosa como los otros; no querría nada de

nosotros. Y, no obstante, tengo la seguridad de que no se desayuna todos

los días.

Esta conversación se hubiera prolongado indefinidamente a no llegar

oportunamente el señor Anatolio para interrumpirla, en el preciso

momento en que el guarda, que aun no había abierto la boca, iba a tomar

la palabra. La asamblea se disolvió más que de prisa; cada uno de los

oradores llevó consigo sus instrumentos de trabajo y en la sala de

deliberaciones no quedó más que una de esas escobas gigantescas,

llamadas cabezas de lobo.

Mientras tanto, Margarita de Bisson, duquesa de la Tour de Embleuse,

caminaba apresuradamente en dirección a la calle Jacob. Los transeúntes

que la rozaban con el codo al correr para dar o recibir los aguinaldos,

la encontrarían seguramente parecida a una de esas irlandesas

desesperadas que patinan sobre el afirmado de las calles de Londres en

persecución del penique. Hija de los duques de Bretaña, casada con un

antiguo gobernador del Senegal, la duquesa llevaba un sombrero de paja

teñido de negro cuyas cintas se retorcían como bramantes. Un velillo de

imitación, agujereado por cinco o seis sitios distintos, mal ocultaba su

cara, dándole además un aspecto extraño. Aquel hermoso rostro, sembrado

de pequeñas manchas, producía el efecto de que estuviese desfigurada por

la viruela. Un viejo chal, ennegrecido por los cuidados del tintorero y

al que la intemperie había dado un color rojizo, dejaba caer tristemente

sus tres puntas cuyos flecos rozaban ligeramente la nieve de la acera.

La ropa que se ocultaba debajo del mantón estaba tan usada, que no se

hubiese podido decir de qué clase era a la simple vista. Unicamente

examinándola de cerca y con una lupa se hubiera podido reconocer un

_moaré_ desteñido, raído, con los pliegues cortados y las franjas

deshilachadas, devoradas por el lodo corrosivo de las calles de París.

Los zapatos que soportaban tan lamentable edificio habían perdido la

forma y el color. La ropa blanca, ese distintivo de la limpieza y del

bienestar, no asomaba ni por el cuello ni por las mangas. Algunas veces,

al pasar por un charco, el vestido se levantaba por un lado y dejaba ver

una media de lana gris y un sencillo refajo de algodón negro. Las manos

de la duquesa, enrojecidas por un frío muy vivo, se escondían bajo su

chal. Al andar, arrastraba los pies, no por indolencia, sino por el

miedo de perder los zapatos.

Por un contraste que hemos podido observar más de una vez, la miseria no

había afeado a la duquesa, que no estaba pálida ni delgada. Había

recibido de sus antepasados una de esas bellezas rebeldes que lo

resisten todo, incluso el hambre. Se ha visto a presos que engordaban en

su calabozo hasta la hora de la muerte. A la edad de cuarenta y siete

años, la señora de la Tour de Embleuse conservaba aún, hermosos rasgos

de su juventud. Aun tenía el cabello negro y treinta y dos piezas en la

boca capaces de triturar el pan más duro. Su salud no respondía a su

aspecto, pero esto era un secreto que quedaba entre ella y su médico. La

duquesa estaba en los linderos de aquella hora peligrosa, y a veces

mortal, en que la madre desaparece para dejar lugar a la abuela. A

menudo soñaba que la sangre le llenaba la garganta como si quisiera

ahogarla. Oleadas de calor le subían hasta el cerebro y se despertaba

como si estuviese en un baño de vapor, del que se extrañaba salir con

vida. El doctor Le Bris, un médico joven y un antiguo amigo, le

recomendaba un régimen suave, sin fatigas y sobre todo sin emociones.

Pero, ¿qué alma, por estoica que fuese, hubiese atravesado sin

emocionarse por tan rudas pruebas?

El duque César de La Tour de Embleuse, hijo de uno de los emigrantes más

fieles al rey y de los más encarnizados contra el pueblo, fue

magníficamente recompensado por los servicios de su padre. En 1827,

Carlos X le nombró gobernador general de las posesiones francesas del

Africa occidental. Tenía apenas cuarenta años. Durante veintiocho meses

de permanencia en la colonia, se defendió valerosamente contra los moros

y contra la fiebre amarilla; después pidió un permiso para casarse en

París. Era rico, gracias a la indemnización que le habían dado, y dobló

su fortuna al casarse con la hermosa Margarita de Bisson que poseía

sesenta mil francos de renta. El rey firmó al mismo tiempo su contrato y

su cesantía, y el duque se encontró casado y destituido el mismo día. El

nuevo poder le hubiera acogido de muy buena gana entre la multitud de

los tránsfugas; incluso se llegó a decir que el ministerio Casimiro

Périer le había hecho algunas proposiciones. El duque rechazó todos los

empleos, primero por orgullo, pero también por una invencible pereza.

Sea que hubiese gastado en menos de tres años toda su energía, sea que

la vida fácil de París le retuviera con un atractivo irresistible, es lo

cierto que durante diez años su único trabajo fue pasear sus caballos

por el Bosque y exhibir sus guantes amarillos en el _foyer_ de la Opera.

París era completamente nuevo para él, porque había vivido en el campo

bajo la férula inflexible de su padre hasta el momento de partir para el

Senegal. Gustó tan tarde de los placeres, que no tuvo tiempo para

saciarse.

Todo le parecía hermoso, los goces de la mesa, las satisfacciones de la

vanidad, las emociones del juego y hasta las austeras alegrías de la

familia. Mostraba en casa la cariñosa diligencia de un buen esposo y en

el mundo la fogosidad de un hijo de familia emancipado. Su mujer era la

más dichosa de Francia, pero no la única de quien él hiciera la dicha.

Lloró de alegría al nacer su hija, allá por el verano de 1835. En el

exceso de su felicidad, compró una casa de campo a una bailarina por la

cual estaba loco. Las comidas que daba en su casa no tenían rival, como

no fuesen las cenas que daba en la de su querida. El mundo, que es

siempre indulgente para los hombres, le perdonaba aquel derroche de su

vida y de su fortuna. Además, hacía las cosas galantemente, porque sus

placeres mundanos no levantaban un eco doloroso en su casa. En justicia,

¿se le podía reprochar que hiciese partícipes a todos de la exuberancia

de su bolsillo y de su corazón? Ninguna mujer compadecía a la duquesa,

que, en efecto, no era digna de compasión. El duque evitaba

cuidadosamente comprometerse, no se exhibía en público más que con su

esposa, y antes hubiera preferido faltar a una partida que enviarla sola

al baile.

Aquella vida por partida doble y los manejos en que un hombre de mundo

sabe envolver sus placeres, hicieron pronto brecha en su capital. Nada

cuesta más caro en París que la sombra y la discreción. El duque era

demasiado gran señor para detenerse en su camino. Nunca supo negar nada

a su esposa ni a la de los otros. Y no es que ignorase el estado de su

fortuna, pero contaba con el juego para repararla. Los hombres a quienes

el bien ha venido durmiendo se habitúan a una confianza ilimitada en el

destino. El señor de La Tour de Embleuse era dichoso como el que toma

las cartas en sus manos por primera vez. Se estima que sus ganancias del

año 1841 doblaron sus rentas y aún más, pero nada dura en este mundo, ni

siquiera la suerte en el juego; bien pronto pudo saberlo por

experiencia. La liquidación de 1848, que dejó al descubierto tantas

miserias, le demostró que estaba arruinado sin remisión. Vio que a sus

pies se abría un abismo sin fondo. Otro hubiera perdido la cabeza; él ni

siquiera perdió la esperanza. Fuese directamente a su esposa y le dijo

con la alegría de siempre:

--Mi querida Margarita, esta maldita revolución nos lo ha quitado todo;

no nos quedan ni mil francos nuestros.

La duquesa no esperaba semejante noticia y, pensando en su hija, lloró

amargamente.

--No temas nada--le dijo--; es una tempestad pasajera. Cuenta conmigo;

yo cuento con el azar. Dicen que soy un hombre ligero; ¡tanto mejor! Así

volveré a flote.

La pobre mujer enjugó sus lágrimas y le dijo:

--¡Bien, amigo mío! ¿Es que quieres trabajar?

--¡Yo! ¡Ni por pienso! Esperaré la Fortuna; es una caprichosa y se ha

portado siempre muy bien conmigo para que se despida así en redondo y

para siempre.

El duque esperó ocho años en un pequeño departamento del palacio de

Sanglié, encima de las caballerizas. Sus antiguos amigos, desde que

conocieron su situación, le ayudaron con su bolsa y con su crédito. Tomó

prestado sin escrúpulo, como hombre que había hecho préstamos sin

recibo. Se le ofrecieron muchos empleos, todos decorosos. Una compañía

industrial quiso incluirle en su consejo de administración con una

gratificación que equivalía a un sueldo. Rehusó por miedo de rebajarse.

«No tengo inconveniente, dijo, en vender mi tiempo, pero a lo que no

estoy dispuesto es a prestar mi nombre.» Así fue descendiendo uno por

uno todos los peldaños de la miseria, desanimando a sus amigos, cansando

a sus acreedores, cerrándose todas las puertas, desprestigiando un

nombre que no quería comprometer, pero sin preocuparse del traje raído

que paseaba por las calles ni de su chimenea en la que no podía echar ni

un mal pedazo de leña.

El día 1.º de enero de 1853, la duquesa llevaba al Monte de Piedad su

anillo de boda.

Es preciso estar bien falto de todo socorro humano para empeñar un

objeto de tan escaso valor como un anillo de matrimonio. Pero la duquesa

no tenía ni un céntimo en casa y no se vive sin dinero, por más que el

crédito sea el gran resorte del comercio de París. Se compran muchas

cosas sin pagarlas cuando se puede echar sobre el mostrador una tarjeta

con un nombre conocido y una dirección elegante. Podéis amueblar vuestra

casa, llenar vuestra bodega y proveer vuestro ropero sin que tengáis

necesidad de enseñar el color de vuestros escudos. Pero hay mil gastos

cotidianos que no se hacen más que con el dinero en la mano. Un vestido

se toma a crédito, pero los remiendos se pagan al contado. Algunas veces

es más fácil comprar un reloj que una col. La duquesa disponía de un

resto de crédito que cultivaba con un cuidado religioso, pero, en cuanto

al dinero, no sabía cómo procurárselo. El duque de La Tour de Embleuse

ya no tenía amigos: los había gastado como el resto de su fortuna. Tal

compañero de colegio nos profesa cariño hasta mil francos; tal camarada

de placer llega a prestarnos cien luises; tal vecino compasivo

representa un valor de mil escudos. Pasada cierta cifra, se cree libre

de todos los deberes de la amistad; no tiene nada de qué reprocharse; ya

no os debe nada; tiene el derecho de desviar la vista cuando os

encuentra y de negaros la entrada cuando llamáis a su puerta. Las amigas

de la duquesa se habían ido apartando de ella una después de otra. La

amistad de las mujeres es seguramente más cordial que la de los hombres,

pero en uno y otro sexo no hay afecto duradero más que para sus iguales.

Se experimenta un placer delicado en subir dos o tres veces una escalera

estrecha y en sentarse cerca de un miserable camastro, pero hay muy

pocas almas tan heroicas que sean capaces de vivir familiarmente con la

desgracia de los demás. Las mejores amigas de la pobre mujer, aquellas

que la llamaban Margarita, habían sentido enfriarse su corazón en aquel

departamento sin alfombras y sin fuego, y ya habían dejado de ir. Cuando

se les hablaba de la duquesa, hacían su elogio, la compadecían

sinceramente y decían: «Nos queremos como siempre, pero no nos vemos

casi nunca. ¡Su marido tiene la culpa!»

En aquel abandono lamentable, la duquesa recurría al último amigo de los

desgraciados, un acreedor que presta a un interés muy elevado, es

verdad, pero sin objeciones ni reproches. El Monte de Piedad guardaba

sus alhajas, sus encajes, sus vestidos, lo mejor de su ropa blanca y el

penúltimo colchón de su cama. Lo había empeñado todo a la vista del

propio duque que veía marchar uno a uno todos los objetos de su

mobiliario, despidiéndose alegremente de ellos. Aquel incomprensible

viejo vivía en su casa como Luis XIV en su reino, sin preocuparse del

porvenir y diciendo: «¡Después de mí, el diluvio!» Se levantaba ya

tarde, almorzaba con excelente apetito, se pasaba una hora en el

tocador, se teñía el pelo, se ponía colorete, se pulía las uñas y

paseaba sus gracias por París hasta la hora de comer. No mostraba la

menor extrañeza cuando veía una buena comida sobre la mesa, y era

demasiado discreto para preguntar a su mujer cómo la había logrado. Si

la comida era magra, se condolía humorísticamente y sonreía a la mala

fortuna como otras veces a la buena. Cuando Germana empezó a toser,

bromeó alegremente sobre tan mala costumbre. Se pasó largo tiempo sin

ver que la pobre languidecía, y el día que lo advirtió experimentó una

viva contrariedad.

Cuando el doctor le anunció que sólo un milagro podía salvar a la

infeliz niña, le llamó médico _Tant-Pis_ (Tanto peor), y le dijo

frotándose las manos: «¡Vamos, vamos, eso no será nada!» El mismo

ignoraba si hablaba así para tranquilizar a la familia o es que

realmente su trivialidad natural le impedía sentir el dolor. Su mujer y

su hija le adoraban tal como era. Trataba a la duquesa con la misma

galantería que al día siguiente de la boda, y hacía saltar a Germana

sobre sus rodillas como cuando tenía tres años. La duquesa jamás le

acusó, ni en su fuero interno, de su ruina; veía en él, lo mismo que

veintitrés años antes, al hombre perfecto; tomaba su indiferencia por

valor y firmeza; esperaba en él, a pesar de todo, y le creía capaz de

levantar la casa por un golpe inesperado de fortuna.

A Germana, según el doctor Le Bris, no le quedaban más que cuatro meses

de vida. Debía caer en los primeros días de la primavera, a tiempo para

que las lilas blancas pudiesen florecer sobre su tumba. La pobre joven

presentía su destino y juzgaba sobre su estado con una clarividencia

bien rara en los tuberculosos. Quizás hasta tenía sospechas del mal que

minaba a su madre. Dormía al lado de la duquesa, y en sus largas noches

de insomnio se asustaba algunas veces del sueño anhelante de la querida

enfermera. «Cuando yo haya muerto, pensaba, mamá no tardará en seguirme.

No estaremos mucho tiempo separadas; pero, ¿qué será de mi padre?»

Todas las preocupaciones, todas las miserias, todos los dolores físicos

y morales tenían su asiento en aquel rincón del palacio Sanglié; y en

París, donde la miseria abunda, no había, quizás, una familia más

completamente miserable que la de La Tour de Embleuse que poseía por

todo recurso un anillo de boda.

La duquesa fue primero a la sucursal del Monte de Piedad, situada en la

calle de Bonaparte, cerca de la Escuela de Bellas Artes, pero encontró

la casa cerrada; había olvidado que era día de fiesta. Entonces se le

ocurrió la idea de que tal vez habría abierto el comisionista de la

calle de Condé, pero le ocurrió lo mismo. No sabía ya dónde dirigirse,

porque los establecimientos de este género no son muy frecuentes en el

barrio de San Germán; no obstante, como el duque no podía comenzar el

año ayunando, entró en un pequeño establecimiento de bisutería de la

encrucijada del Odeón donde vendió su anillo por once francos. El

mercader prometió conservarlo tres meses, por si quería ir a buscarlo.

Guardó el dinero en una punta de su pañuelo de bolsillo y, sin

detenerse, se encaminó hacia la calle de los Lombardos. Entró en una

farmacia, compró una botella de aceite de hígado de bacalao para

Germana, atravesó el arroyo, se detuvo en una tienda, eligió una

langosta y una perdiz, y volvió, enlodada hasta las rodillas, al palacio

Sanglié. No le quedaban más que cuarenta céntimos.

El departamento que ocupaba era una construcción ligera, añadida treinta

años antes al edificio. Las cuatro piezas de que se componía estaban

separadas por tabiques de madera. La antesala daba por un lado al salón

y por el otro a un largo corredor que conducía a la habitación del

duque. Desde el salón se pasaba a la habitación de la duquesa y desde

allí al comedor que unía la habitación del duque con la de la duquesa.

La señora de La Tour de Embleuse encontró en la antesala a su única

sirvienta, la vieja Semíramis, que lloraba silenciosamente con un papel

en la mano.

--¿Qué tienes?--preguntó.

--Señora, esto es todo lo que ha traído el panadero. Si no le pagamos,

no nos dará más pan.

La duquesa recordó que, efectivamente, se le debían más de 600 francos.

--No llores más--dijo--. Aquí tienes algún dinero; ve a la panadería de

la calle del Bac y compra un panecillo de Viena para el señor y para

nosotros lo traes del otro. Llévate eso a la cocina; es el almuerzo del

señor. Y Germana, ¿ya está levantada?

--Sí, señora; el médico la ha visto a las diez. Aun está en la

habitación del señor duque.

Semíramis salió y la señora de La Tour de Embleuse se dirigió a la

habitación de su marido. Cuando se disponía a abrir la puerta, oyó la

voz del duque, clara, alegre y vibrante como un clarín.

--¡Cincuenta mil francos de renta!--decía el viejo--. ¡Ya sabía yo que

volvería la fortuna!

II

PETICIÓN DE MATRIMONIO

El doctor Carlos Le Bris era uno de los hombres más apreciados de París.

La gran ciudad tiene sus niños mimados en todas las artes, pero no

conozco a ninguno que lo fuese tanto como él. Había nacido en una

miserable y pequeña ciudad de la Champaña, pero hizo sus estudios en el

colegio de Enrique IV. Un pariente suyo, que ejercía la medicina en el

país, le dedicó desde muy joven a la misma profesión. Carlos siguió sus

cursos, frecuentó los hospitales, hizo su internado, practicó a la vista

de sus maestros y ganó a pulso todos sus diplomas y algunas medallas

que hoy constituyen el adorno de su gabinete. Su única ambición era

suceder a su tío y acabar con los enfermos que el buen hombre le dejase.

Pero cuando le vieron aparecer, armado de sus éxitos y doctor hasta los

dientes, los curanderos del país, y su tío que, después de todo, no era

otra cosa, le preguntaron por qué no se había quedado en París. Unía a

su talento unos modales tan seductores y le sentaba tan bien su gran

paletó, que se adivinaba desde el primer día que todos los enfermos

serían para él. El venerable pariente se encontraba demasiado joven para

pensar en retirarse, y la rivalidad de su sobrino dio una agilidad a sus

piernas que nunca había tenido. En resumen, el pobre muchacho fue tan

mal recibido, se le pusieron tantos obstáculos en su camino, que, de

puro desesperado, se volvió a París. Sus antiguos maestros le acogieron

con los brazos abiertos y pronto tuvo una gran clientela. Los grandes

hombres tienen el medio de no ser envidiosos; gracias a su generosidad,

el doctor Le Bris hizo su reputación en cinco o seis años. Aquí se le

apreciaba como sabio, allá como bailarín, y en todas partes como hombre

simpático y bueno. Ignoraba los primeros elementos de la charlatanería,

hablaba muy poco de sus éxitos y abandonaba a sus enfermos el cuidado de

decir que los había curado. Su casa no era un templo, ni mucho menos.

Habitaba en un cuarto piso de un barrio extremo. ¿Por modestia? ¿Por

coquetería? No se sabe. Las pobres gentes de su barrio no se quejaban de

tal vecindad; él, por su parte, las cuidaba con tanta solicitud, que

algunas veces olvidaba el portamonedas a la cabecera de su cama.

El señor Le Bris era, desde hacía tres años, el médico de la señorita de

La Tour de Embleuse. Había seguido los progresos de la enfermedad sin

poder hacer nada para detenerlos. Y no es que Germana fuese una de esas

niñas condenadas desde su nacimiento, que llevan en sí el germen de una

muerte hereditaria. Su constitución era robusta y su pecho ancho;

además, su madre nunca había tosido. Un resfriado descuidado, una

habitación demasiado fría, la privación de cosas necesarias a la vida,

es lo que había producido todo su mal. Poco a poco, a pesar de los

cuidados del doctor, la pobre niña había palidecido coma una estatua de

cera y sus fuerzas la habían abandonado; el apetito, la alegría, el

aliento, la satisfacción de respirar el aire, todo le faltaba. Seis

meses antes del principio de esta historia, Le Bris había tenido

consulta con dos celebridades. Aun podía salvarse entonces; le quedaba

un pulmón, y la Naturaleza a veces se contenta con menos. Pero era

preciso llevarla sin demora a Egipto o a Italia.

--Sí--dijo el joven doctor--, ésa es la única prescripción racional; una

casa de campo a orillas del Arno, una vida tranquila y sin

preocupaciones pecuniarias... ¡Pero, ya veis!...

Y designó con el dedo los cortinajes destrozados, las sillas de paja y

el desnudo pavimento del salón.

--¡He aquí su sentencia de muerte!

En el mes de enero el último pulmón fue afectado; el sacrificio se

consumaba. El doctor casi se preocupaba ya más de la duquesa que de la

enferma. Su última esperanza era que la hija se extinguiese dulcemente y

que la madre se salvase.

Hizo su visita a Germana, le tomó el pulso por pura fórmula, le ofreció

una caja de bombones, la besó fraternalmente en la frente y pasó a la

habitación del señor de La Tour de Embleuse.

El duque aun estaba en la cama y, sin los artificios de tocador, nadie

le hubiera rebajado un mes de sus sesenta y tres años.

--Y bien, elegante doctor--dijo con su risa sonora--, ¿qué año nuevo nos

trae usted? ¿La Fortuna, al fin, querrá venir a verme? ¡Ah! ¡bribona, si

vuelvo a pillarte! Usted es testigo, doctor, de que la espero en la

cama.

--Señor duque--respondió el doctor--, puesto que estamos solos, podemos

hablar de cosas serias. Creo que no he ocultado a usted el estado de su

hija.

El duque hizo una pequeña mueca sentimental y dijo:

--Verdaderamente, doctor, ¿es que no se puede ya esperar nada? Yo creo,

falsa modestia aparte, que es usted capaz de un milagro.

Le Bris movió tristemente la cabeza.

--Todo lo más que yo puedo hacer--respondió--, es evitarle sufrimientos

en sus últimos días.

--¡Pobre pequeña! Figúrese usted, querido doctor, que tose todas las

noches hasta despertarme. Debe sufrir horriblemente, aunque trate de

ocultarlo. Si no hay ninguna esperanza, su última hora será la del

descanso.

--No es eso todo lo que tengo que decirle, y perdóneme usted si empiezo

el año con tristes noticias.

El duque se incorporó de un salto.

--¿Qué pasa, pues? ¡Me da usted miedo!

--La señora duquesa me inquieta desde hace algunos meses.

--¡Ah!... Efectivamente, doctor, usted abusa de los malos augurios. La

duquesa, gracias a Dios, está perfectamente. ¡Ya quisiera estar yo como

ella!...

El doctor entró en detalles que abatieron la indiferencia y la ligereza

del viejo. Se vio solo en el mundo y se estremeció de terror. Su voz

bajó de tono y se cogió a la mano del doctor como un náufrago al último

trozo de madera.

--Amigo mío--le dijo--, ¡sálveme! ¡Salve a la duquesa, quería decir! No

tengo más que a ella en el mundo. ¿Qué sería de mí? Es un ángel, mi

ángel guardián. ¿Qué es necesario hacer para curarla? Dígamelo y

obedeceré como un esclavo.

--Señor duque, lo que necesita la señora duquesa es una vida tranquila y

fácil, sin emociones, y, sobre todo, sin privaciones; un régimen suave,

alimentos escogidos y variados, una casa cómoda, un buen coche...

--Y la luna, ¿no es verdad?--exclamó el duque con impaciencia--. Le

creía a usted, doctor, hombre de más talento y de más vista. ¡Coche!

¡casa! ¡buena alimentación! ¡Vaya usted a buscarme todo eso y se lo

daré!

El doctor respondió sin inmutarse:

--Ya se lo traigo a usted, señor duque, y no tiene usted más que

tomarlo.

Los ojos del duque brillaron como los de un gato en la obscuridad.

--¡Hable usted, pues!--exclamó--. ¡Me tiene usted en ascuas!

--Antes de pasar adelante, señor duque, debo recordarle que desde hace

tres años soy el mejor amigo de la casa.

--Puede usted decir el único sin temor a ser desmentido.

--El honor de su nombre me es tan caro como a usted mismo, y si...

--¡Va bien! ¡va bien!

--No olvide usted que la vida de la señora duquesa está en peligro y que

yo respondo de salvarla, puesto que usted me proporciona los medios.

--¡Qué diablo! Es usted el que me los proporciona a mí. Hace una hora

que me está usted hablando como el peripatético del _Matrimonio

forzado_. ¡Al grano, doctor, al grano!

--A eso voy. ¿Ha visto usted nunca en París al conde de Villanera?

--¿Al de los caballos negros?

--Precisamente.

--¡El más hermoso tronco de París!

--Don Diego Gómez de Villanera es el último vástago de una ilustre

familia napolitana transplantada a España durante el reinado de Carlos

V. Su fortuna es la más grande de toda la península; si cultivase sus

tierras y explotase sus minas, sus rentas no bajarían de dos o tres

millones. Así y todo, tiene millón y medio de renta, un poco menos que

el príncipe de Isupoff, treinta y dos años, una figura agradable, una

educación exquisita, un carácter caballeroso...

--Y a la señora de Chermidy, puede usted añadir.

--Puesto que usted sabe eso, me abrevia el camino. El conde, por razones

que ahora sería muy largo exponer, desea abandonar a la señora de

Chermidy y unirse, con arreglo a su jerarquía, con una de las más

ilustres familias. Se preocupa tan poco de los bienes de su futura, que

asegurará a su suegro una renta de cincuenta mil francos. El suegro que

él desea es usted, y me ha encargado que explore sus disposiciones. Si

usted accede, él vendrá hoy mismo a pedirle la mano de la señorita

Germana y dentro de quince días se habrá celebrado la boda.

Por de pronto, el duque saltó al suelo y miró fijamente al doctor.

--¿No está usted loco?--dijo--, ¿no se está burlando de mí? Supongo que

no olvidará usted que soy el duque de La Tour de Embleuse y que puedo

doblarle en edad... ¿Es verdad todo eso que me ha dicho?

--Como el Evangelio.

--¿Pero él no sabe que Germana está enferma?

--Lo sabe.

--¿Que está moribunda?

--Lo sabe.

--¿Desahuciada?

--Lo sabe.

Una nube pasó por el rostro del viejo duque. Se sentó en un rincón de la

fría chimenea sin darse cuenta de que estaba casi desnudo y, apoyando

los codos sobre las rodillas, se apretó la cabeza con las manos.

--Eso no es natural--añadió--; usted no me lo ha dicho todo y el señor

de Villanera debe tener algún motivo secreto para querer casarse con una

muerta.

--En efecto--respondió el doctor--. Pero haga usted el favor de volverse

a la cama. Es una historia muy larga.

El duque volvió a arrebujarse debajo del cobertor. Sus dientes

castañeteaban a causa del frío y de la impaciencia y tenía sus ojillos

fijos en el doctor con la curiosidad inquieta de un niño ante el que se

abre una caja de bombones. El señor Le Bris no le hizo esperar.

--¿Usted sabe--dijo--cuál es la situación de la señora de Chermidy?

--Viuda consolable de un marido al que no ha visto nunca.

--Yo he visto al señor Chermidy hace tres años y le aseguro por lo tanto

que su esposa no es viuda.

--¡Tanto mejor para él! ¡Diablo! ¡Marido de la señora Chermidy! Es una

sinecura que le debe proporcionar muy bonitas rentas.

--¡Así es como se hacen juicios temerarios! El señor Chermidy es un

hombre honrado y hasta un oficial de algún mérito. No creo que

pertenezca a una familia aristocrática; a los treinta y cinco años era

capitán de la marina mercante y obtuvo embarque en un navío del Estado

como oficial auxiliar hasta que, al cabo de dos años de navegación, el

ministro le firmó su nombramiento de oficial. Fue en 1838 cuando puso su

corazón y sus charreteras a los pies de Honorina Lavenaze. Esta tenía

por toda fortuna sus diez y ocho años, unos grandes ojos que usted ya

conoce, un gorro de arlesiana y una ambición sin límites. No era, ni con

mucho, tan hermosa como hoy. Ella misma me ha dicho que era seca como un

palo y negra como un cuervo, pero tenía ciertos atractivos que la hacían

desear. Reinaba en el mostrador de un despacho de tabacos y, desde el

prefecto marítimo hasta los alumnos de segundo año, toda la aristocracia

náutica de Tolón iba a fumar y a suspirar a su alrededor. Pero nada

podía trastornar aquella firme cabeza, ni los vapores del incienso ni el

humo de los cigarros. Se había jurado ser juiciosa hasta que encontrase

un marido, y ninguna seducción fue bastante para desviar su decisión.

Los oficiales la llamaban _Croquet_ (rosquilla de almendra) a causa de

su dureza; los burgueses _Ulloa_, porque había sido sitiada por la

marina francesa.

»No faltaban hombres serios que quisieran casarse con ella; en los

puertos de mar se les encuentra en abundancia. Cuando regresa de largas

travesías, el oficial de marina tiene más ilusiones, más ingenuidad, más

juventud que el día de la partida; la primera mujer que aparece a sus

ojos se le presenta tan hermosa, tan santa, como la patria que se vuelve

a ver; ¡es la patria vestida de seda! La apetitosa Honorina, vista por

Chermidy, rudo lobo de mar, fue la preferida por su candor, y aquella

oveja recalcitrante pasó a su poder bajo las barbas de sus rivales.

»Su buena suerte, que hubiese podido darle muchos enemigos, no perjudicó

en lo más mínimo su porvenir. Aunque vivía apartado, solo con su mujer,

en una quinta aislada, obtuvo un bonito embarque, que no había pedido.

Desde entonces, no ha estado en Francia más que raras veces; siempre en

el mar, ha podido hacer economías para su esposa que, por su parte, las

ha hecho para él. Honorina, embellecida por el tocador, por el bienestar

y por el aumento de carnes, ha reinado diez años en el departamento del

Var. Los únicos acontecimientos que hayan señalado su reinado son la

quiebra de un almacenista de carbones y la destitución de dos oficiales

pagadores. Después de un proceso escandaloso, en el cual su nombre no

sonó para nada, creyó prudente exhibirse en un escenario más amplio y

tomó el piso que aun ocupa en la calle del Circo. Su marido navegaba

sobre los bancos de Terranova, mientras que ella rodaba por París.

¿Asistió usted a su presentación en esta ciudad, señor duque?

--¡Sí, pardiez! y me atrevo a decir que hay pocas mujeres que hayan

hecho mejor su camino. Ser bonita y tener talento, no es nada; lo

difícil es aparentar ser millonaria, la única manera de que se le

ofrezcan millones.

--Llegó aquí con doscientos o trescientos mil francos, rebañados

discretamente aquí y acullá. Así y todo, levantó en el Bosque tal

polvareda que se habría dicho que la reina de Saba acababa de llegar a

París. En menos de un año consiguió hacer hablar de sus caballos, de sus

vestidos, de su mobiliario, sin que nadie pudiese decir nada positivo

sobre su conducta. Yo mismo la he estado visitando año y medio sin

sospechar quién era. Y la hubiese creído otra cosa durante largo tiempo,

si la casualidad no me hubiera puesto en presencia de su marido. Era en

los primeros días de 1850, ahora hace tres años, poco más o menos. El

pobre diablo acababa de llegar de Terranova y a fin de mes partía para

los mares de la China, donde había de permanecer cinco años, y

encontraba muy natural abrazar a su mujer, entre dos viajes. La librea

de _sus_ criados le hizo guiñar los ojos, y los esplendores de _su_

mobiliario le acabaron de deslumbrar. Pero cuando vio a su querida

Honorina aparecer en un traje de mañana que representaba dos o tres años

de su sueldo, se olvidó de caer en sus brazos, viró en redondo sin decir

una palabra y se hizo llevar el equipaje a la estación de Lyón. Así es

cómo el señor Chermidy me hizo entrar en la intimidad de su mujer.

Otros pormenores los conozco por el conde de Villanera.

--¿Llegamos ya?--preguntó el duque.

--Un poco de paciencia. La señora Chermidy había distinguido a don Diego

algún tiempo antes de la llegada de su marido. Era su vecina en el

teatro de los Italianos y había sabido mirarle con tales ojos que se

hizo presentar a ella. Todos los hombres le dirán que sus salones son

los más agradables de París, aun cuando no se encuentre a otra mujer que

a la dueña de la casa. Pero Honorina se multiplica. El conde se apasionó

por ella, llevado del mismo espíritu de emulación que perdió al pobre

Chermidy. Y la amó tanto más ciegamente, por cuanto ella le otorgó todos

los honores de la guerra y pareció ceder a una inclinación irresistible

que la arrojaba en sus brazos. El hombre más inteligente se deja prender

en este lazo y todo el escepticismo se estrella contra la comedia del

amor verdadero. Don Diego no es un atolondrado sin experiencia. Si

hubiera adivinado el menor interés, sorprendido un movimiento calculado,

se habría puesto en guardia y todo estaba perdido, pero la ladina llevó

su habilidad hasta el heroísmo. Agotó todos los recursos de su

presupuesto, gastó hasta su último sueldo e hizo creer al conde que le

amaba por él. Llegó hasta exponer su reputación, que tanto había cuidado

hasta entonces, y se hubiera comprometido locamente a no impedírselo él.

La condesa viuda de Villanera, una santa mujer, un prodigio de vejez y

de rigidez, parecida a un retrato de Velázquez, escapado del lienzo,

tuvo conocimiento de los amores de su hijo y no encontró nada que decir.

Prefería verlo en relaciones con una mujer de mundo, que perdido entre

los placeres fáciles en los cuales se arruina el cuerpo y se envilece el

alma.

»La delicadeza de la señora Chermidy era de carácter tan quisquilloso,

que don Diego no pudo ofrecerle ni la menor bagatela. Lo primero que

aceptó de él, después de un año de intimidad, fue una inscripción de

cuarenta mil francos de renta. Estaba encinta de un hijo que nació en

noviembre de 1850. Ahora, señor duque, llegamos al fondo de la cuestión.

»La señora Chermidy dio a luz en Bretéche-Saint-Nom, detrás de San

Germán. Yo estaba allí. Don Diego, ignorando nuestras leyes y creyendo

que todo era permitido a las personas de su condición, quería reconocer

al niño. Los primogénitos de la familia Villanera son marqueses de los

Montes de Hierro. Yo le expliqué el axioma de derecho: _Is pater est_, y

le demostré que su hijo debía llamarse Chermidy o no llamarse de ningún

modo. Precisamente el marino había estado en París en enero último y

esto bastaba para salvar las apariencias. Después de deliberar un buen

rato cerca de la cama de la parturienta, ésta nos dijo que su marido la

mataría infaliblemente si ella intentaba imponerle esta paternidad

legal. El conde añadió que el marqués de los Montes de Hierro no

consentiría jamás en firmarse Chermidy. Resumiendo, inscribí al niño en

la alcaldía con el nombre de Gómez, hijo de padres desconocidos.

»El noble padre, dichoso y desgraciado a la vez, comunicó tan importante

acontecimiento a la venerable condesa. Esta ha querido ver al niño, y ha

hecho llevarlo a su lado, en su hotel del _faubourg_ Saint-Honoré, donde

aun está. Tiene dos años, goza de buena salud y se parece ya a las

veinticuatro generaciones de los Villanera. Don Diego adora a su hijo, y

no se consuela de ver en él a un niño sin nombre y, lo que es peor,

adulterino. La señora de Chermidy es una mujer capaz de remover las

montañas para asegurar a su heredero el nombre y la fortuna de los

Villanera. Pero la más digna de compasión es la pobre viuda. Ella prevé

que don Diego no se casará nunca ante el temor de desheredar a su hijo

amado; que desarraigará su fortuna para podérsela entregar, que venderá

las tierras de la familia y que de su ilustre nombre y grandes dominios

no quedará nada dentro de medio siglo.

»Ante este conflicto, la señora Chermidy ha tenido un rasgo de genio y

ha dicho a don Diego: «Cásese usted. Busque una esposa de la primera

nobleza de Francia y obtenga, por medio del acta de matrimonio, que ella

reconozca a nuestro hijo como suyo. Siendo así, el pequeño Gómez será su

hijo legítimo, noble por padre y madre, heredero de todos los bienes de

la familia. En cuanto a mí, no se preocupe usted, me sacrifico por los

dos.»

»El conde ha sometido el proyecto a su madre, que está dispuesta a

firmar a dos manos. La noble dama ha perdido ya sus ilusiones sobre la

señora Chermidy que cuesta más de cuatro millones a don Diego y que

habla de retirarse a una choza para llorar la dicha perdida pensando en

su hijo. El señor de Villanera cree cándidamente en su falsa resignación

y creería cometer un crimen abandonando a esta heroína del amor

maternal. Para terminar, y con objeto de acallar sus nobles escrúpulos,

la señora Chermidy ha susurrado al oído del conde: «Cásese usted por

poco tiempo. El doctor le buscará una esposa entre sus enfermas.» Yo he

pensado en la señorita de La Tour de Embleuse y he venido a confiarme

absolutamente en usted, señor duque. Este matrimonio, por extravagante

que parezca a primera vista, y aunque dé a usted un nieto que no es de

su sangre, asegura a la señorita Germana un fin dulce y tranquilo y una

prolongación de la existencia; salva la vida a la señora duquesa, y, en

fin...

--Me da a mí cincuenta mil libras de renta, ¿no es eso? Pues bien,

querido doctor, le doy a usted las gracias. Dígale al señor de Villanera

que soy su servidor. A mi hija podré enterrarla tal vez, pero no

venderla.

--Señor duque, realmente lo que propongo a usted es un negocio, pero si

yo lo creyese indigno de un caballero, no hubiera intervenido en él,

puede creerme.

--¡Pardiez! doctor, cada uno entiende el honor a su manera. Hay el honor

del soldado, el honor del tendero y el honor del noble que no me permite

ser el abuelo del pequeño Gómez. ¡Ah! ¡el señor de Villanera pretende

legitimar a sus bastardos! Eso es Luis XIV puro, pero nosotros no

estamos aliados a la familia Saint-Simon. ¡Cincuenta mil francos de

renta! Yo he tenido ciento veinte mil, señor, sin haber hecho nunca

nada, ni bueno ni malo. ¡Y no me apartaré de las tradiciones de mis

antepasados para obtener menos de la mitad!

--Me permito llamarle la atención, señor duque, sobre el hecho de que la

familia Villanera es digna de tal alianza. El mundo no encontraría nada

que decir.

--¡No faltaría más sino que se me ofreciese un yerno plebeyo! Confieso

que en cualquiera otra circunstancia me consideraría muy honrado. Don

Diego Gómez de Villanera es bien nacido, he oído elogiar a su familia y

a su persona. Pero, ¡qué diablo! ¡no quiero que se diga que la señorita

de La Tour de Embleuse tenía un hijo de dos años el día de su boda!

--No dirán nada, ni lo sabrá nadie. El reconocimiento será secreto, y

después, ¿quién se ocuparía de eso más tarde? Ni la ley ni la sociedad

establecen diferencia alguna entre un hijo legitimado y un hijo

legítimo.

--¿Pero cree usted que yo voy a poder ver a Germana en el altar mayor de

Santo Tomás de Aquino, con el señor de Villanera a su derecha, la señora

Chermidy a su izquierda con un niño de dos años en los brazos, y el

sepulturero cerrando la comitiva? Eso es sencillamente abominable, mi

pobre doctor. No hablemos más de ello... Diga usted... ¿Y es muy

complicada esa ceremonia del reconocimiento?

--No hay ceremonia alguna. Una frase en el acta de matrimonio y todo

queda en regla.

--Esa frase es la que sobra. No hablemos más de ello. Ni una palabra a

la duquesa, ¿me lo promete usted?

--Se lo prometo.

--¿Y usted cree que verdaderamente está tan mal la pobre duquesa? ¡Pero

si está tan ágil como cuando tenía quince años!

--El estado de la señora duquesa es bastante serio.

--¿Y cree usted, de buena fe, que con dinero la podríamos curar?

--Respondo de su vida si obtengo de usted...

Germana · 第 1 / 15 段