la subsistencia, vivimos tranquilos, unos reposando en la fortuna
heredada, otros en el empleo infalible, los más en los recursos de la
política. Nos apoyamos unos a otros, vamos rodando en común y muchas
veces una fuerza individual que estalla en plena juventud con carácter
de _alguien_, se desilusiona en el primer esfuerzo ante la necesidad de
ceder a la apatía general para no marchar solo e impotente.
Tal era el corte moral de Carlos; la atmósfera inglesa pesó sobre él
como una pesada máquina de nivelación. Los fuertes ejercicios físicos
desenvolvieron y dieron fuerza a su cuerpo, más aún, si se quiere,
acentuaron sus necesidades animales, en saludable detrimento de sus
crisis morales perpetuas. El limitado trabajo intelectual de la
educación inglesa permitió a su espíritu el lento y progresivo
desarrollo, tan raro entre nosotros, donde la inteligencia marcha a
saltos y procede por aglomeraciones de difícil digestión que
congestionan el órgano. Luego, en aquella vida libre del estudiante
inglés, confiado a sus fuerzas, a sus recursos, aprendió el valor de su
propia individualidad, adquirió el aspecto serio que oculta la prudente
reserva y se hizo un hombre de reflexión y de voluntad. Al mismo tiempo,
recuperó la pureza moral de la adolescencia y cuando llegó la edad de
los cariños, se encontró con el alma preparada para querer y querer
profundamente.
No es cierto que la juventud sea idéntica en todas partes, como la
mañana no es igual en todo el orbe. Hay en los jóvenes ingleses un
reposo que nos es desconocido, un residuo de infancia que a los veinte
años ha ido a reunirse, entre nosotros, con los cuentos de la nodriza y
los juegos de la gallina ciega. La precocidad con que se obtienen los
honores viriles, la falta de un aprendizaje en todo, la improvisación de
competencias que acaba por comunicar al que las alcanza una alta opinión
de sí mismo, son elementos desconocidos en Inglaterra, donde la vida se
desenvuelve lenta y regular.
Llegado a los 17 años a Oxford, Carlos se encontró con un mundo nuevo
que le sorprendió sin atraerle. Sus placeres no eran los mismos a que
veía entregarse a sus compañeros. Su ingénita aristocracia latina
repugnaba al ejercicio muscular constante y violento que era el fondo de
la ocupación de sus _fellows_. Pero bien pronto la emulación, cierto
prurito patriótico (¿dónde no va a meterse?) le determinaron a
esforzarse, a trabajar, a querer y tras largas y terribles horas pasadas
al sol, inclinado sobre el remo o jadeante en el campo del _cricket_,
fué un día admitido a ocupar un puesto en la canoa de honor.
Pronto tomó gusto a la vida independiente del estudiante inglés, tuvo su
apartamento, su servicio, su caballo, el _valet de chambre_ hábil y
correcto, invitó a _lunchs_, entró por las formidables _wines partys_, y
como era generoso y sus medios le permitían ser espléndido, conquistó su
carta de ciudadanía en el difícil mundo estudiantil en el que se
requiere un tino exquisito para no ser demasiado obsequioso con un hijo
de Lord o seco en demasía con el triste vástago de un cura de campaña.
Introducido por sus compañeros o por medio de cartas venidas de
Londres, en el seno de algunas familias, sus ideas artificiales sobre la
mujer, formadas en los bailes de suburbio en Buenos Aires o en sitios
más característicos aún, empezaron a transformarse en un respeto
instintivo. La atmósfera de pureza moral que respira un hogar inglés le
penetró por completo y pronto, al ser tratado como un hombre de honor
por un padre que le confiaba su hija, comprendió que no es necesaria una
lucha tenaz con el instinto bestial que inspira infamias, para vencerlo
con nobleza. Así, lentamente, sus facultades de raza, aquellas que no
debemos envidiar a pueblo alguno de la tierra, se elevaron por la
conciencia de sí mismas y acercaron a Carlos al ideal de un hombre, esto
es, el hombre sereno, correcto, leal y reservado, cómodo en la vida,
preparado por la reflexión para el porvenir, como la fortaleza prepara
para la desgracia. El rasgo fundamental de su carácter fué la
profundidad inalterable de sus afecciones. Quería a pocos, pero quería
bien. Era un amigo de novela latente; más de una tarde, solo, pensando
en la patria lejana, sonreía al ver pasar por su espíritu la imagen
seductora del sacrificio en obsequio de un amigo. Todo habría hecho en
caso necesario. Con una concepción semejante de la amistad, los pequeños
rasguños duelen como heridas profundas.
¿Amores? El ligero _flirtation_ del estudiante, la cinta recibida en una
suave presión de mano para adornar su pecho en la regata, dos ojos
azules palpitantes de júbilo el día de triunfo en el cricket, los paseos
por la tarde o la lectura romántica de Tennyson. Pero ninguna impresión
honda ni duradera.
A los veinte años, el primer rayo de la tormenta cayó sobre su alma
serena. Un telegrama lo llamó a Buenos Aires, al lado de su madre
gravemente enferma. Era su única familia, su mundo, su idolatría. Buena
y dulce, no pudiendo habituarse a la separación, pero con esa fuerza de
sacrificio en la que las madres concentran toda su energía, su cuerpo se
fué debilitando hasta que el primer accidente la encontró sin vigor para
la lucha.
Carlos llegó a tiempo para pasar dos días al pie de su lecho y recostar
en su seno la cabeza querida en el último momento.
Una desesperación honda y callada se apoderó de él. En esos instantes,
los amigos no bastan. El alma aspira al dolor con una voluntad
persistente e invencible. La vida de la ciudad se le hizo insoportable y
fué a pasar sus horas de amargura en uno de los establecimientos de
campo que formaban su patrimonio.
Su vida de dos años, con raras apariciones en la ciudad, pasada en la
atmósfera serena y monótona de los campos, borró la impresión aguda,
dejando sólo la melancolía del recuerdo que jamás se olvida, pegado al
corazón hasta la tumba. Ese aislamiento voluntario tiene el peligro del
embrutecimiento, si no hay voluntad para resistir la inerte tendencia
animal que empuja a la vegetación, al acuerdo inconsciente con todo lo
que vive y muere alrededor. La música, la lectura, las visitas de sus
amigos, la larga correspondencia subjetiva, salvaron a Carlos. Un
incidente le determinó venir a Buenos Aires. En una campaña electoral
uno de sus amigos fué candidato a la diputación nacional. El comité,
conociendo las relaciones de éste con Carlos y deseando atraer un hombre
que en tres partidos de campaña podría presentar quinientos electores
perfectamente alineados, a caballo y con facón, sin más voluntad que la
de _Don Carlitos_, nombró secretario a Narbal. Este, a pesar de no
tener gran afición a la política, aceptó en el acto, en obsequio de su
amigo. Además, la _plataforma_ de la lucha del momento era la cuestión
clerical. En ese terreno Carlos, hombre de ideas liberales y tolerantes
hasta el extremo, opinaba, como toda la gente razonable, que lo mejor es
_no meneallo_. Pero como cuando hay dos que pueden menear algo, no basta
que uno solo no quiera hacerlo, resultó que los clericales menearon de
tal manera que fué necesario salirles al encuentro. Como siempre, el
público, el pueblo, quedó indiferente. Pero la emulación intelectual,
los pinchazos por la prensa, la polémica que arrebata, acabaron por
comunicar a los combatientes la falsa convicción de que se encontraban
en presencia de uno de los más graves problemas que se hubiera
presentado desde el "día de la organización". Un artículo cualquiera fué
atribuído a Carlos por una hoja clerical. Como el artículo no era bueno,
la réplica fué sabrosa, sin que faltara la alusión "a la gente que mide
su competencia por el número de vacas que posee" o que cree "que basta
saber inglés para entender de todo". En seguida, toda la guerrilla
guaranga de los sueltistas que, a pesar de tener una idea muy vaga y
difusa de lo que significa _patronato_ y que a veces dicen _cañones_ por
_cánones_, se tratan unos a otros de _gran batata_, _monigote_ y demás
gentilezas de un gusto perfecto.
Carlos se irritó. En su vida había publicado nada, pero tenía los
cajones de su escritorio repletos de todas esas cosas que se escriben en
la juventud. "Sueños", más o menos fantásticos, "Recuerdos", conatos de
novela, biografías de próceres, versos, etc. La pluma no le era un
instrumento desconocido ni la cuestión tampoco, a cuyo estudio había
dedicado el último año de su vida de campo. Replicó, la polémica se
hizo más extensa y levantada, creyó tener por adversarios, bajo el
anónimo de la prensa, a hombres del valor de Goyena y Estrada y con el
respeto de sí mismo que jamás le abandonaba, resolvió suspender la
improvisación del momento que a veces desvirtúa la idea, esparciendo los
argumentos, y después de un mes de laborioso esfuerzo publicó un nutrido
folleto titulado "La Iglesia ante la sociedad política".
El libro hizo efecto; escrito en un estilo simple y elevado, con una
cultura no desmentida y un verdadero respeto a la religión, quitó en la
réplica a sus adversarios el derecho a la invectiva, sin la cual un
escritor clerical de la buena escuela no hace nunca nada que valga la
pena. El nombre de Carlos, hasta entonces desconocido o poco menos, tomó
cierta celebridad. En la memoria del pueblo se reavivó el recuerdo de su
padre y de su abuelo, hombres dignos y que habían servido bien a su país
y pronto sintió Carlos que se abría ante él un porvenir que no había
sospechado.
A los veintitrés años se encontró en una de las posiciones más
envidiables que es posible alcanzar en nuestra tierra y en muchas otras;
un nombre respetado, una fortuna sólida que crecía todos los días en el
movimiento progresivo del país, con la estimación general y el cariño
profundo de sus amigos, inteligente e ilustrado y todo esto acompañado
de una figura elegante.
Alto, delgado, grandes ojos pensativos y de mirar abierto y franco,
culto y correcto, sin aquella afectación inglesa que es la caricatura
del género, un tanto callado, haciendo poco o nada por divertir la
rueda, pero apreciando como el que más los buenos rasgos de espíritu,
con buenas costumbres por exceso de lujo, su entrada en nuestra sociedad
porteña fué sembrada de flores.
Hay hombres que apenas llegan a la plenitud de su fuerza moral, no
tienen más pensamiento fijo que el de encontrar una compañera para la
gran ruta de la vida. Carlos era uno de ellos; allá en el fondo, había
resuelto casarse, sin comunicar su proyecto ni aun a sus más íntimos
amigos, por temor, no sólo del combate diario contra las presuntas
suegras, sino sobre todo de perder, en la caza implacable de que sería
víctima, todas sus ilusiones y esperanzas.
Naturaleza seria y reposada, sentía una repugnancia instintiva por todas
esas pueriles escaramuzas del amor, tan comunes en nuestra tierra.
--¿Pero qué tiene eso de particular, Carlos?--le decía una noche uno de
sus amigos, joven elegante, sin más pensamiento que la mujer, de eterna
buena fe en sus entusiasmos, creyéndose sinceramente enamorado de la
última con quien hablaba, escéptico contra el matrimonio, predestinado
por lo tanto a casarse con una contralto cualquiera.--¿Qué tiene de
particular que en vez de hablar de nimiedades en un salón, se cante a
una mujer joven y linda la canción soñada cuya música adivina sin que la
letra haya llegado a su oído? Hay una especie de convención social que
sonríe ante esos amores primaverales y no les da importancia alguna. A
más, la pureza sale sin mancha de esa esgrima del sentimiento que sirve
para conocerse a sí mismo y no tomar por un afecto profundo la veleidad
de un atractivo pasajero.
--Te equivocas, replicaba Carlos tristemente. Esa convención social en
cuya protección buscas la impunidad, no existe ni puede existir. Por lo
que a la mujer toca, ¿no comprendes que en eso que has llamado la
esgrima del sentimiento pierde toda la inmaculada inocencia que hacía su
encanto? ¿No has oído mil veces a tus mismos amigos, en esas largas
charlas del club, fijar su ideal de esposa en una criatura que hubiera
abierto para él solo y único la virginidad del alma? ¿Quieres un
ejemplo? Hace un año, en un gran baile sumamente fastidioso, te dió a tí
mismo que me hablas, por enamorar a esa hermosa y buena criatura que se
llama Julia X... Como de costumbre, esa noche te enamoraste
perdidamente, lo que no impidió que a la mañana siguiente te hubieras
olvidado por completo de tu campaña.--Tres meses después, Jorge tuvo la
inspiración de proceder a la misma esgrima en circunstancias análogas.
¿Cuántas veces les he oído entregarse a la eterna broma de las
reconvenciones recíprocas y tacharse, riendo, de deslealtad? ¿No crees
que ese incidente bastaría para detener a un hombre caviloso que hubiera
pensado seriamente en hacer de Julia la compañera de su vida? No es por
cierto porque la pobre criatura haya desmerecido ni que su pureza sea
sospechada; pero la fuerza de las cosas es así. El escepticismo
fundamental de ustedes en materia de mujeres, sólo puede ser vencido por
la fuerza de la inocencia absoluta, indiscutible. Una mujer que ha
tenido amores con un hombre, por más ideales y castos que hayan sido,
parece conservar sobre sus labios, a los ojos extraños, el rastro de un
beso furtivo. Me dirás que un beso es nada; a veces es un abismo.
--Pero no se llega siempre al beso, Carlos.
--¿Quién lo sabe? ¿Quién va a preguntarlo? ¿Quién te creerá si niegas,
como es tu deber? La duda basta. ¿Además, por ustedes mismos, qué
necesidad tienen de ir a buscar en el mundo donde se reclutan nuestras
madres, que será el de nuestras hijas, esas vanas satisfacciones del
amor propio que con un poco de dinero y audacia, se obtienen tan
fácilmente en otra parte?
--¿Quieres hacer entonces de nuestra sociedad un convento?
--No; quiero sólo una concepción vasta y completa del honor: he ahí
todo. Para ustedes, la altura desinteresada en materia de dinero y la
suceptibilidad exquisita que pone la espada en la mano por una nimiedad,
constituyen el código completo. El engaño de una mujer joven y
candorosa, que cree cuanto le dices, porque no tiene razones para dudar,
el desgarramiento moral que sucede a la desilusión, el compromiso de la
felicidad de su vida entera, ¿no te parece un acto tan reprochable como
el de dejar de pagar tres o cuatro mil pesos a uno de esos barbones del
Club, que apoyándose en su experiencia y sangre fría, te ganan todas las
noches al _bésigue_?
--¿Es decir, que no debemos ni aún ser sociables?
--¡Es curioso! ¡Parece que pretendieran ustedes serlo! ¡Sociables! ¡Pero
si ni idea tienen de lo que es la sociedad! Pasan ustedes la vida en el
Club; jamás una visita, jamás esas atenciones cordiales que son el
encanto de la vida. En el teatro, o metidos en el fondo de la
_avant-scéne_, fumando como en un café, o paseándose en el vestíbulo en
los entreactos. Viene un baile; a amar con la primera que cae, cuestión
de tener a quien clavar los anteojos en Colón.--Por el contrario, les
pediría más sociabilidad, más solidaridad en el restringido mundo a que
pertenecen, más respeto a las mujeres que son su ornamento, más reserva
al hablar de ellas, para evitar que el primer guarango democrático
enriquecido en el comercio de suelas se crea a su vez con derecho a
echar su manito de tenorio en un salón al que entra tropezando con los
muebles. No tienes idea de la irritación sorda que me invade cuando veo
a una criatura delicada, fina, de casta, cuya madre fué amiga de la mía,
atacada por un grosero ingénito, cepillado por un sastre, cuando observo
sus ojos clavarse bestialmente en el cuerpo virginal que se entrega en
su inocencia... Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos,
es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo
heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que es hoy la base de nuestro país.
¿Quieren placeres fáciles, cómodos o peligrosos? Nuestra sociedad
múltiple, confusa, ofrece campo vasto e inagotable. Pero honor y respeto
a los restos puros de nuestro grupo patrio; cada día, los argentinos
disminuímos. Salvemos nuestro predominio legítimo, no sólo
desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuanto es posible, sino
colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no
llegan las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos
nuestras compañeras, entre ellas las encontrarán nuestros hijos.
Cerremos el círculo y velemos sobre él.
--¡El cuadro de la aristocracia austriaca!
--No la critiques, que tiene su razón de ser. Es la defensa de la
naturaleza. Tú conoces mis ideas y sabes que sólo acepto las
aristocracias sociales. En las instituciones, en los atrios, en la
prensa, ante la ley, la igualdad más absoluta es de derecho. Pero es de
derecho natural también el perfeccionamiento de la especie, el culto de
las leyes morales que levantan la dignidad humana, el amor a las cosas
bellas, la protección inteligente del arte y de toda manifestación
intelectual. Eso se obtiene por una larga herencia de educación, por la
conciencia de una misión, casi diría providencial, en ese sentido. Tal
es la razón de ser de la aristocracia en todos los países de la tierra,
tenga o no títulos y preocupaciones más o menos estrechas. Entre
nosotros existe y es bueno que exista. No lo constituye por cierto la
herencia, sino la concepción de la vida...
Con semejantes ideas no era extraña por cierto la reputación de
aristócrata que Carlos adquirió. Sonreía y dejaba decir, observándose
con una rigidez implacable para poner de acuerdo sus actos con sus
principios.
1884.
A las cuchillas
_A Eugenio Garzón._
I.
La idea de volver a la patria se había presentado al espíritu de Narbal
inseparable de la de no vivir en Buenos Aires. ¿Por qué? No lo discutía,
no lo analizaba. Era una aprensión nerviosa y tenaz, que le hacía
considerar el retorno a la existencia de otro tiempo, como una fuente de
amarguras insoportables. Además, el grupo simpático se había disuelto
por los azares de la vida y era muy tarde ya para pensar en crearse
nuevos cariños. Lorenzo se había casado hacía cinco años y los tres
hijos deliciosos que encantaban su hogar, le habían convertido en el
burgués pacífico, trabajador y tranquilo, que era a sus ojos, en épocas
pasadas, el tipo perfecto del embrutecimiento humano. Muchos, la mayor
parte de sus antiguos camaradas, habían seguido el mismo camino, aunque
algunos sin transformarse, continuando bajo la cadena conyugal, bien
ligera para ellos, sus viejos hábitos de club, de sport, de juego y todo
lo que acompaña la vida fácil. A veces, Carlos, solo, por las mañanas,
mecido por el paso lento e igual de su caballo, evocaba el recuerdo de
los compañeros de juventud y comparaba su vida actual a la que se
presentaba ante él. Uno había abrazado con pasión la carrera militar y
acallando sus gustos sociales, su amor a los placeres, vivía perdido,
pero no olvidado, allá en la remota frontera, batallando obscuramente
con los indios, conquistando palmo a palmo comarcas enteras para
entregar a la civilización, soldado y explorador, desenvolviéndose en la
vida militar moderna, concebida con inteligencia. ¡Feliz él, que veía la
ruta recta y luminosa abrirse ante sus pasos! Otro, en un acto de
energía, se había arrancado a la patria y la servía con toda la fuerza
de su espíritu y el amor de su alma, allá en lejanas tierras americanas,
donde el nombre argentino estaba olvidado y que él hacía sonar
perseverante y respetuoso. Aquel, joven, brillante, por quien Narbal
había sentido siempre una vivísima simpatía, dejaba correr la vida
insensiblemente, como algo que le fuera extraño, después de haber bebido
también su cáliz y buscado la muerte honrosa del combate... Perdía,
recorriendo así el pasado, la noción del tiempo; las figuras se borraban
en una penumbra indecisa y le parecía que esos hombres habían vivido
largos años atrás y que él mismo sobrevivía a un viejo mundo
desvanecido. A veces, una figura delicada, esbelta, cruzaba su memoria
e, involuntariamente, detenía su montura y entrecerraba los ojos
buscando el nombre de la visión fugaz... ya había pasado y otra la
reemplazaba. La asociación de recuerdos bajo la actividad del espíritu
le hacía por momentos recorrer su vida entera en un relámpago. Empezaba
la evocación sonriendo y concluía en un quejido.
Narbal había buscado la existencia vegetativa y la sentía a cada
instante alejarse de él. Los trabajos del campo a que se entregó con
vehemencia, le fatigaron al cabo de un mes. Muerta la curiosidad
intelectual, los libros no le decían nada, la pluma le inspiraba
repulsión, un cansancio mortal le oprimía. Vencido a medio día por el
sueño, se preparaba largas noches de insomnio, de las que salía
profundamente quebrantado. A la verdad, el corte definitivo estaba ya
adquirido, hasta el punto que, si un milagro hubiera hecho desaparecer
el pasado, el estado moral de ese hombre no se habría modificado. Más
que insoportable, la vida se había hecho indiferente para Narbal: todo
le era igual, nada le atraía. No hablaba, cesó de montar a caballo y los
interminables días de la campaña corrían lentos sin que se moviera de su
cama, en la que, tendido, fumando, dormitando, pasaba las horas muertas.
Quince días después de su llegada había recibido una larga y afectuosa
carta de Lorenzo, en la que éste se quejaba con cariño de la conducta de
Carlos a su respecto. Narbal contestó, sin disculparse. Una
correspondencia seguida se estableció. Lorenzo, que al principio no
había querido hablar de su mujer, de sus hijos, por un sentimiento de
exquisita delicadeza, abordó el tema con franqueza un día. "Ven, le
decía, mi hogar será el tuyo; estoy seguro de que las caricias de mis
hijos te calentarán el corazón. Hay entre ellos un personaje de tres
años, rubio, alegre, preguntón, con unos ojos llenos de malicia que, si
recuerdo bien tu amor a las criaturas, te va a conquistar. Figúrate que
te apasiones por ese muchacho; la salud moral no está lejos." Era tarde
ya.
Hacía tres meses que Narbal se encontraba en la Quebrada, cuando recibió
una carta de Lorenzo que produjo en él la primera impresión violenta
desde largo tiempo atrás. ¿La había escrito el amigo en un momento de
sincera indignación o ensayaba, bajo esa forma, estremecer las fibras
anestesiadas del corazón de Carlos? Tal vez ambas cosas. La carta decía
así:
"Mi querido Carlos: Te escribo en un momento, de profunda agitación
para todos nosotros. Los diarios adjuntos te impondrán de lo que
acaba de pasar en Montevideo. Las instituciones han sido
pisoteadas, los poderes constituídos derribados por un motín de
cuartel, el degüello, el viejo degüello salvaje, reaparecido en las
calles, y, como siempre en ese desgraciado pedazo de tierra, la
barbarie ha triunfado de la civilización. Los hombres de
pensamiento y de honor, viejos y jóvenes, que no han sido
asesinados o metidos en un calabozo, han tomado el camino del
destierro. La mayor parte han conseguido pasar a Buenos Aires y se
encuentran aquí sin recursos de ningún género y, por todo bagaje,
con aquella enorme altivez que les conoces y que les impide aceptar
el menor auxilio. Nuestra prensa, felizmente, ha condenado unánime
el atentado. Nadie lo dice, porque sería absurdo, pero está en
todos los corazones el deseo de que el gobierno, por los mil medios
indirectos que tiene a su alcance, intervenga de una manera
favorable a la causa de la justicia. No se trata aquí de blancos ni
de colorados. La cuestión es entre los herederos de las hordas
semibárbaras de un López o un Carrera y los hijos de aquellos que
combatieron contra Rosas al lado de nuestros padres. O el año 20 o
la marcha adelante!...