Castellar, con quien, como sabes, me liga una vieja amistad. Llego
anteayer, herido. Parece que ha salvado la vida milagrosamente y
que el cónsul inglés le embarcó por la noche. No tiene más que un
pensamiento: organizar una expedición. Es un carácter entusiasta y
generoso, que vive en la obediencia de un espíritu soñador y
visionario. Cree y afirma con una convicción profunda que se
comunica, que bastará la presencia de 200 hombres bien armados, en
un punto cualquiera del litoral oriental, para determinar un
levantamiento del país entero. Todos ellos, es decir, unos
cincuenta jóvenes, están resueltos a tentar la aventura y Castellar
hablaba en su nombre anteanoche. Ellos, que por nada aceptarían una
invitación a comer, en la imposibilidad de devolverla, han jurado,
si es necesario, ir de puerta en puerta, por las calles de Buenos
Aires, para mendigar con el sombrero en la mano, pero la frente
levantada, un fusil para sus manos inermes. No tienes idea del
efecto que nos produjo la palabra inflamada de Castellar. Al
principio, esa declamación, natural a los orientales en el estilo y
en la oratoria, que nos parece una falta de gusto, trajo sonrisas
sobre muchos labios. Pero cuando se empezó a sentir el calor real
que los animaba, cuando Castellar habló de mujeres insultadas, de
ancianos asesinados, del porvenir de toda una generación, roto en
esa bacanal de sangre y robo; cuando dijo, sencillamente esta vez,
que todos ellos preferían morir a la vida con el cuadro constante
de esa depresión profunda de la patria; cuando se puso de pie,
pidiéndonos armas, a nosotros, los felices, que habíamos salido
para siempre del lodo, te aseguro que las sonrisas habían cesado y
fué con viril emoción que todos lo estrechamos entre nuestros
brazos, como si en ese instante representara su pobre tierra
escarnecida.
"Por lo pronto, tenemos por base los cincuenta rémington y que hace
tres años reunimos para defendernos del famoso golpe de mano
anunciado y que felizmente nunca tomó forma. Cada uno de nosotros
va a ponerse en campaña y no dudamos reunir en una semana dos o
trescientos fusiles. El embarque puede ofrecer dificultades; pero
Jaramillo, que acaba de ser gobernador de La Rioja, que ha llegado
hace un mes de senador al Congreso y que asistió a la reunión, nos
ha tranquilizado al respecto. Es amigo particular y político de los
ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina y no cree
difícil obtener de ellos, ayudado por otra parte por el sentimiento
público, que no se fijen mucho si los subalternos hacen la vista
gorda.
"Pero no es eso todo; hay gastos indispensables y no hay un peso.
Se trata de equipar unos cien hombres, y lo más serio, de fletar un
vapor por un precio que haga aceptar al armador todos los riesgos
de una empresa semejante. Hemos iniciado una lista de subscripción
y tenemos ya cerca de dos mil duros reunidos. No dudando que tú me
enviarías algo, pero deseando ponerte en guardia contra tí mismo,
te he apuntado por 200 duros, que te ruego des orden a tu apoderado
para que me los remita.
"No puedo ser más largo, porque tengo la casa llena. Mi mujer está
asustada y anoche me ha hecho jurar sobre la cabeza de mis hijos
que no pienso tomar parte en la expedición. Me eché a reir, pero la
verdad es que respiramos una atmósfera que predispone a todas las
locuras imaginables. Por lo pronto, dos o tres de los muchachos
(¡los muchachos! ¡si vieras qué mal empieza a sentarnos el nombre!)
irán en la expedición, unos por curiosidad, otros por hastío. Hubo
un momento en que Jaramillo, ¡un venerable padre de la patria!,
casi se compromete a acompañarlos. Me costó un triunfo disuadirlo;
quería a toda costa poner un reemplazante, pero Castellar ha
declarado que no quieren gente mercenaria y que, por otra parte, lo
que va a sobrar son hombres, así que pisen el suelo oriental."
"Excuso decirte que los huéspedes forzados son los leones del día;
la mecha de Eugenio está más irresistible que nunca, cubriendo la
frente sombría y fatal del proscripto. Ha hecho la conquista de
nuestro Vespasiano, a quien las graves ocupaciones curules no
impiden, por cierto, mariposear como en los tiempos en que se
levantaba una bailarina del Colón como un atleta cien kilos."
"Te escribo a la carrera y nervioso; la expectativa de la acción
nos electriza. ¡Puedes figurarte con qué ansiedad vamos a esperar
los sucesos!"
"Cariños de mi mujer y un beso de mis hijos."
_Lorenzo._
--"P. D. ¿Qué has hecho del Winchester de repetición que tenías
antes de tu partida a Europa? Si lo dejaste en Buenos Aires ordena
que me lo entreguen. Jamás la sangre que derrame correrá más
justamente."
_V._
La tarde empezaba a caer cuando Narbal concluyó de leer los diarios que
le había remitido Lorenzo. Nacido en Montevideo, conservaba por su cuna
casual ese afecto orgánico que liga al hombre como a la bestia al punto
en que viene a la vida--y sentía en su alma, ásperamente, la ignominia
de ese gentil pedazo de suelo, tan bello, tan atrayente, tan hecho por
la naturaleza para ser hogar de un pueblo libre y feliz... Pasó la mano
por su frente, hizo ensillar su caballo y se echó a vagar por la
llanura. El cielo, de una claridad admirable, empezaba a tachonarse de
chispas brillantes y una calma profunda reinaba sobre los campos que se
preparaban para el sueño. Y él, con la mirada perdida en ese portento de
paz, pensaba en las familias que, a la misma hora, en el duelo y el
llanto, temblaban por el hijo perseguido, por el viejo padre prisionero
o lloraban sin esperanza el hermano bárbaramente sacrificado. Levantó la
frente, una expresión viril se pintó en su rostro, que una ráfaga
interior iluminó, y a lento paso volvió a su triste rancho.
II
Lorenzo decía la verdad; los sucesos de Montevideo habían producido una
intensa agitación en Buenos Aires. Una fibra del corazón común había
sufrido y las otras se estremecían. La política, los partidos, los
antagonismos personales, todo había desaparecido ante la brutalidad de
los hechos, que hacían revivir, en la memoria de los viejos, los cuadros
sangrientos del pasado e inflamaban el espíritu de los jóvenes,
ardientes por probar, como los mayores, que también ellos amaban la
libertad y eran capaces de sacrificarse por ella.
No se hablaba de otra cosa; los diarios se habían pasado la voz, los
corrillos no salían del tema obligado y hasta la rueda de la Bolsa, en
los momentos de reposo, parecía moverse como un trípode espiritista, al
eco de palabras generosas y maldiciones elocuentes a las que por cierto
no estaba acostumbrada. El momento era propicio y convenía batir el
fierro mientras estaba caliente. Así lo comprendió Castellar.
Era el tipo completo del oriental, con todas sus aberraciones y sus
virtudes. Inteligencia clara, tal vez un poco superficial, pero
abarcando con el extraordinario aplomo que da la inmisión prematura en
la vida pública, todas las cuestiones susceptibles de determinar una
opinión; fogoso, paradojal, armado de juicios hechos, definitivos y casi
ásperos en su forma intransigente, bravo, lírico a fuerza de exaltado,
girondino en la palabra, digno del _cenáculo_ en el estilo, a tres mil
leguas de la evolución positivista del espíritu moderno, leyendo y
citando de buena fe los libros de Pelletan, encantado del "París en
América" de Laboulaye, que acababa de leer y que hoy huele a moho;
entusiasta por Artigas, sobre cuya acción real estaba muy vagamente
informado, pero que la tradición de su país le presentaba como la
encarnación de la nacionalidad; colorado fanático, pero orgulloso de la
noble defensa de Paysandú; adorando a Juan Carlos Gómez, pero
atribuyendo a una ofuscación del espíritu de su héroe la concepción de
la _patria grande_, tal era el corte intelectual del joven que probaba
por primera vez las amarguras de la proscripción. Entre sus compañeros
había, por cierto, hombres de autoridad considerable y de pensamiento
reposado; pero ellos mismos habían comprendido que lo que se necesitaba
en esos momentos no eran demostraciones lógicas de que asesinar la gente
y derrocar gobiernos a lanzadas es una barbaridad, sino corazones
calientes que, comunicando la indignación, supieran utilizarla. Por otra
parte, viejos aguerridos de la política, diez veces desterrados, diez
veces batidos en empresas de reivindicación armada, su preocupación
principal era ocultar a los jóvenes, llenos de entusiasmo, su invencible
y fundamental desesperanza.
Cómo y por qué la elección de jefe militar de la expedición cayó en el
Coronel Galindo, sería cuestión difícil de resolver. En esos momentos de
exaltación, el deseo ardiente de encontrar un caudillo favorable, hace
que cada uno por una complicidad inconsciente y generosa, adorne al
elegido con todas las virtudes ideales a que aspira. Galindo "era un
bravo, tenía una inmensa popularidad en los departamentos de la costa
del Uruguay, conocía palmo a palmo el terreno de las futuras
operaciones, era un hombre seguro, sobre el que nada podrían ni las
amenazas ni las promesas de los que mandaban en Montevideo, tenía
íntimas relaciones con muchos de los principales jefes del ejército
argentino, inspiraba confianza, etc., etc." Tal lo pintaban los diarios
que, con la indiscreción propia del oficio y yendo contra los intereses
de la causa por la que manifestaban tanta simpatía, daban cuenta
diariamente de todos los preparativos de la expedición, poniendo en
serios apuros al Ministerio de Relaciones Exteriores y sirviendo de
bomberos inconscientes a la gente que en Montevideo tenía la escoba por
el mango. Galindo mismo, que al principio leía con asombro todos esos
datos que refiriéndose a él, ignoraba por completo, acabó por
convencerse de su importancia. En realidad, su vida, si bien confusa,
era insignificante. Había servido en la guerra del Paraguay como
teniente, se había batido bien, luego, en la patria, en una y otra
revolución, había llegado a coronel, hasta que, después de la última,
salvado a uñas de buen caballo por la frontera del Brasil, cinco años
atrás, vino a caer a Buenos Aires. Naturalmente, al cabo de tres meses,
abrió su correspondiente escritorio de comisiones, gestión de asuntos
ante los dos gobiernos, despacho de aduana, órdenes de Bolsa, remates,
etc., pero cuyo resultado positivo fué embrutecer por completo al joven
dependiente que pasaba las horas muertas cebando mate y oyendo, dentro
de una intolerable atmósfera de tabaco negro, eternas discusiones
políticas en la que tomaban parte cuotidiana, a más del coronel y su
socio, un rematador de Buenos Aires fundido, todos los vagos de ambas
orillas del Plata que el azar empujaba hacia la calle San Martín,
ubicación del famoso escritorio de Galindo y Cía.
A los tres meses, Galindo, agobiado por el peso del alquiler, se vió
obligado a sacar las tablillas. Un cobro imposible al gobierno nacional
se arrastraba como antes de que la sociedad lo tomara en mano y el jefe
de una casa inglesa que, por una recomendación de Montevideo, había ido
al escritorio de Galindo a darle una comisión, regresó de la puerta
asustado por el tumulto. El bravo coronel fué a aumentar el número de
despojos que flotan en las aguas turbias de la Bolsa, pescando aquí y
allí, una pequeña comisión, dada por un especulador en ansia de
despistar al adversario, practicando la _multa_ con circunspección y
asiduidad, atando, en fin, los hilos de fin de mes con tanto esfuerzo
como necesitaba Fígaro para vivir. La palabra francesa _vivoter_ explica
muy bien ese vaivén instable de la fortuna, esa angustia perenne al
principio, pero que pronto degenera (las pacientes dicen _se regenera_)
en una indiferencia mezclada con la confianza indolente en una estrella,
de poco brillo, pero que no se extingue nunca. Así _vivoteó_ cinco años
el coronel Galindo y en esa situación le encontraron los sucesos de
Montevideo. Castellar, que le conocía de larga data, pero que sufría a
su respecto la aberración del momento, vió en él al hombre de las
circunstancias y le propuso ponerse al frente de la expedición. Galindo,
pronto a todas esas aventuras por naturaleza, educación e instintos,
aceptó en el acto, poniendo, por la forma, algunas condiciones
referentes a la disciplina, a la absoluta independencia en la dirección
de las operaciones militares, que acabaron por cimentar la confianza que
se había resuelto depositar en él. Originario de Fray Bentos, aprovechó
el azar para sostener sus _extensas_ relaciones en la costa. Pidió
doscientos hombres bien armados, un vapor a sus órdenes y completa
latitud de acción.
A pedido de Castellar, Lorenzo facilitó el salón de su casa, el mismo en
que había tenido lugar la reunión de que hablara a Narbal, para celebrar
todas las que fueran necesarias. Lo hacía con placer, porque en realidad
estaba profundamente indignado. Además, ese movimiento, esa actividad
ajena a sus monótonas ocupaciones diarias, le había galvanizado,
haciéndolo volver a los viejos tiempos en que andaba siempre por los
extremos, pensando en soluciones violentas a todas las cuestiones de la
vida. Su casa había tomado el aspecto de un cuartel electoral, para
desesperación de su mujer, que veía fusiles en todos los rincones, a los
chiquitos jugando con sables o arrastrando cartucheras, al par que la
descomponía el olor frío de tabaco, pegado a las cortinas y a los
muebles. No comprendía bien ese _patriotismo_ por asuntos de tierra
extraña, pero con una confianza absoluta en la nobleza de los
sentimientos de su marido, se resignaba poniendo al mal trance la mejor
cara posible. Jaramillo, que comía todos los domingos allí y quien tenía
la viva simpatía que el abierto riojano inspiraba generalmente, le
repetía que los orientales le deberían una buena parte de su libertad y
la exhortaba a bordar con sus propias manos la bandera del cuerpo
expedicionario. Herminia, desarmada, sonreía.
III
La reunión que se celebraba esa noche tenía una importancia capital,
porque, a más de recapitular los elementos de que se disponía, Castellar
pensaba proponer la realización inmediata de la empresa. Cada uno debía
dar cuenta de la comisión que le fuera encomendada y el coronel Galindo,
por primera vez, sometería su plan de campaña.
La reunión tenía lugar en el comedor, más vasto y sobre todo, por la
disposición de la casa, más aislado que el salón. Estaban reunidas unas
veinte personas, entre las que se encontraban cinco o seis personajes de
Montevideo, otros tantos jóvenes, algunos militares y sólo tres
argentinos, esto es, Lorenzo, Jaramillo y un amigo del primero, que
debía dar cuenta de su trabajo en el sentido de obtener un vapor. Todos
estaban más o menos exaltados, pero la expresión era diferente. Lorenzo
hablaba poco pero se movía mucho, Jaramillo se movía y hablaba con
abundancia, los jóvenes orientales dominaban mal su impaciencia, los
viejos procuraban poner cara de palo y Galindo, como los oficiales que
le acompañaban, se sentían incómodos.
Castellar habló primero.
--El caballero, dijo, que nos da la hospitalidad y cuyo nombre
recordaremos siempre los orientales como el de uno de los más generosos
y desinteresados entre los amigos de nuestro país, va a exponer a
ustedes el estado de las cosas. Debo declarar, porque así me lo ha
repetido con frecuencia, que en todos aquellos de sus compatriotas a
quienes ha acudido, ha encontrado una acogida simpática, que se ha
traducido en hechos. Eso nos prueba una vez más, añadió,--no sin echar
una rápida mirada a un hombre de hermosos cabellos plateados y fisonomía
abierta y expresiva, que lo miraba con sus ojos claros y dulces,--eso
nos prueba una vez más, que el destino ha hecho a nuestros dos países
para marchar y desenvolverse en armonía, cada uno según su índole y las
exigencias de su historia, pero unidos por los mil vínculos en que el
pasado nos liga y el porvenir estrechará. Como se verá dentro de un
momento, podemos pensar ya en la realización inmediata de nuestra
empresa. Cada día que pasa es una vergüenza más para nuestra patria y un
peligro, porque el tiempo sanciona lentamente los hechos consumados. Los
elementos necesarios están reunidos, tenemos confianza en el éxito y
estamos dispuestos a dar la vida con júbilo. Por mi parte, si en la
empresa la pierdo, estoy recompensado por la confianza que no sólo mis
amigos, sino también los hombres venerables que me escuchan, han
depositado en mí. Sólo me resta presentar a ustedes a nuestro futuro
jefe, el coronel Galindo, un patriota probado, cuyo valor y experiencia
son una garantía de éxito.
--A mi vez, agradezco a Castellar sus palabras de gratitud, dijo
Lorenzo. No las merecemos, porque es difícil obrar bajo la idea de que
los orientales nos son extranjeros. Por lo pronto, declaro que siento
los dolores de su patria de ustedes como los de la mía propia. Es un
deber recíproco de ayudarnos en las horas amargas, en nombre de la
solidaridad de la civilización. Tendámonos la mano, pues, guardemos en
el fondo del alma el sentimiento que nuestros actos nos inspiren y
obremos.
Luego tomó algunos papeles y continuó:
--He aquí lo que hemos podido reunir hasta este momento: 160 rémington,
cuarenta carabinas, éstas como los primeros con su correaje
correspondiente, ochenta sables y otras tantas lanzas. Se han adquirido
20.000 cartuchos. Todo está depositado en un corralón de mi propiedad.
La suscrición, contando con lo gastado en las municiones, ha producido,
por nuestra parte 7.500 pesos fuertes.
Agregue usted 5.000 más que he recibido de una suscrición privada, hecha
en Montevideo, dijo uno de los _venerables_, como les había llamado
Castellar.
Hubo un murmullo de satisfacción, Lorenzo iba a continuar, cuando
alguien golpeó la puerta del comedor. Lorenzo abrió y un criado le
entregó una tarjeta. Apenas echó los ojos sobre ella, sintió una emoción
violenta, se puso pálido y dió un paso hacia la puerta. Dos o tres
personas corrieron hacia él inquietas. Lorenzo se detuvo y, haciendo un
esfuerzo, se serenó rápidamente.
--Pido a Vds. disculpa, señores. Pero un amigo, el mejor de mis amigos,
el hombre que más estimo y quiero sobre la tierra y a quien no veía hace
cinco años, que para él han sido muy amargos, acaba de llegar y me envía
esta tarjeta de al lado de la cuna de uno de mis hijos: "Llego en este
momento y sé que tienes una reunión referente al noble propósito sobre
el que me escribes. Te ruego pidas en mi nombre a esos caballeros me
concedan el honor de combatir en sus filas por la dignidad del país en
cuyo suelo nací". ¿Quieren Vds. permitirme, señores, presentar a Carlos
Narbal?
Todos asintieron calurosamente y antes que Lorenzo hablara, Jaramillo,
que estaba fuera de sí, se precipitó hacia la puerta. El riojano había
conservado un culto por Carlos; el alejamiento silencioso de éste, sus
propias preocupaciones políticas, le habían impedido mantener
correspondencia con Narbal, como lo hubiera deseado. Pero jamás le
olvidó y quedó en su recuerdo como la personificación del hombre
elegante, generoso, aristocrático de gustos, robusto de ascendiente
moral, que era su tipo ideal, realzado aún por la circunstancia de haber
sido su introductor en el mundo porteño. Cuando guiado por el sirviente,
se halló de pronto frente a Carlos que hablaba con Herminia teniendo en
sus rodillas un delicioso muchacho de tres años que acababa de
despertarse y que le había tendido los brazos como a un viejo amigo,
Jaramillo tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la emoción que el
cambio de Carlos le producía. Se echó en sus brazos con un ímpetu de
cariño tan sincero, que Narbal lo estrechó con verdadera afección. Un
instante después entró Lorenzo. Largo tiempo, en silencio, sus corazones
latieron unidos; cuando Lorenzo apartó a Carlos para mirarle, teniéndole
de las manos, sus ojos estaban húmedos. Herminia lloraba sencillamente y
el niño, con los ojos muy abiertos, miraba la escena con asombro. Un
nuevo afecto que echa su noble raíz en el corazón o un viejo cariño que
se despierta con energía, aumentan la intensidad de todas nuestras
afecciones, como, en el suelo tropical, la soberbia robustez de un
árbol, aumenta la lozanía de las plantas que lo rodean, protegiéndolas
con su sombra y dando a la tierra un impulso de vida. Lorenzo oprimió
las manos de Herminia, besó a su hijo, dió un vigoroso shakehands a
Vespasiano, que lloraba como un becerro y tomando a Carlos del brazo, le
dijo:
--Vamos; nos esperan.
Narbal comprendió y siguió a su amigo en silencio.
Un momento antes de abrir la puerta del comedor, Lorenzo, casi
inconscientemente se detuvo.
--¿Es cosa resuelta? dijo.
Carlos sonrió tristemente. Lorenzo sintió la puerilidad de su pregunta y
abrió la puerta con resolución.
Narbal fué acogido con respetuosa simpatía. Los viejos habían conocido a
su padre y para los jóvenes tenía ese atractivo curioso que los
contrastes serios de la vida dan a los hombres. Respondió a las
manifestaciones cariñosas de que era objeto y fué a colocarse
silenciosamente en una silla al lado de Jaramillo, que hacía esfuerzos
enormes, pero fructuosos, para no hablar de cosas que tenían una
conexión sumamente remota con los sucesos orientales.
Lorenzo continuó:
--Reuniendo, pues, las sumas obtenidas hasta hoy, se puede disponer, a
más de lo gastado, de diez mil patacones. He declarado ya a mi amigo
Castellar que mi intervención no tenía más alcance que la reunión de
fondos y elementos y que esperaba que el sentimiento que me dictaba esa
línea de conducta fuera bien comprendido. Es necesario no dar a los
adversarios la enorme ventaja de acusar a Vds. de apelar al extranjero.
Sé que sería un absurdo; pero nada hay más terrible que el absurdo
cuando toma una forma definitiva y neta. Sólo me resta, rogar a nuestro
amigo Martínez quiera dar cuenta de la comisión que tuvo a bien aceptar.
--El vapor _Urano_, dijo el interpelado, está a nuestra disposición,
mediante cinco mil duros y los gastos de seguro. Es un buen buque, no
muy grande, pero que puede fácilmente transportar trescientos hombres.
Lo manda un italiano, el capitán Lamberti, que me parece un hombre digno
de confianza. Como el seguro ofrece muy serias dificultades, tal vez
insuperables, he propuesto, salva ratificación de parte de Vds., que los
propietarios mismos se encarguen de asegurarlo. Esto importará un gasto
considerable.
--¿Han aceptado?
--Sí, pero piden diez mil duros.
--No será difícil encontrarlos, dijo Lorenzo.
--Bien. Ahora, ocupémonos un poco del plan general, dijo Castellar. ¿Qué
piensa el coronel Galindo?
El bravo coronel era un hombre de fisonomía simpática y esencialmente
criolla. A primera vista, se notaba la ausencia del golpe de cepillo
social, pero en cambio se veía el valor. Algo bajo y grueso, el pelo
bastante largo, bigote y pera entrecana, brazos cortos y pies anchos. Se
levantó, pero, al hablar, juzgó sin duda que así era más difícil y se
volvió a sentar.
--Conozco dos o tres puntos en que el desembarque será fácil, dijo.
Escribiendo unos días antes a los amigos de la costa, estoy seguro que
nos esperan quinientos hombres con caballada suficiente. Luego se lanza
el manifiesto, entramos en campaña y...
--¿Qué manifiesto? dijo uno de los ancianos.
--¡Pues!... ¡el manifiesto... el manifiesto que se lanza siempre! dijo
Galindo mirando con asombro al que le interrumpía.
--Es necesario ponernos de acuerdo sobre ese documento, dijo el viejo
formulista.
--Cuatro líneas bastarán, señor, contestó Castellar. Una vez presentados
los hechos en toda su brutalidad, no creo necesario agregar una palabra
más.
--Sí, pero creo conveniente, creo indispensable determinar de una manera
fija el objetivo de la expedición y anunciar el uso que se piensa hacer
del triunfo.
--Es precisamente lo que pienso que debe evitarse, dijo Castellar con
cierta impaciencia. Mi pensamiento es éste: el manifiesto no debe ser ni
blanco ni colorado....
--Sin embargo, replicó el tenaz anciano, el atentado inicuo ha sido
hecho en nombre del partido colorado....
Castellar iba a replicar, tal vez sin suficiente calma, cuando Narbal le
previno.
--Puesto que se juzga necesario un manifiesto ¿no creen Vds., señores,
que el llamado a dirigirlo al pueblo oriental, sea el Presidente
constitucional de la República, que acaba de ser depuesto de una manera
violenta? Nadie puede tener mayor autoridad que él. Una palabra suya
pondrá las cosas en su lugar: ellos los revolucionarios, nosotros los
defensores del orden legal.
El silencio que siguió no era sólo consideración por Narbal. Dos o tres
personas sonrieron irónicamente y la fisonomía de Castellar se
obscureció.
--A mí me parece que el señor tiene razón, dijo Galindo con franqueza.