"Anoche reuní algunos amigos en casa; no había sino un oriental,

Castellar, con quien, como sabes, me liga una vieja amistad. Llego

anteayer, herido. Parece que ha salvado la vida milagrosamente y

que el cónsul inglés le embarcó por la noche. No tiene más que un

pensamiento: organizar una expedición. Es un carácter entusiasta y

generoso, que vive en la obediencia de un espíritu soñador y

visionario. Cree y afirma con una convicción profunda que se

comunica, que bastará la presencia de 200 hombres bien armados, en

un punto cualquiera del litoral oriental, para determinar un

levantamiento del país entero. Todos ellos, es decir, unos

cincuenta jóvenes, están resueltos a tentar la aventura y Castellar

hablaba en su nombre anteanoche. Ellos, que por nada aceptarían una

invitación a comer, en la imposibilidad de devolverla, han jurado,

si es necesario, ir de puerta en puerta, por las calles de Buenos

Aires, para mendigar con el sombrero en la mano, pero la frente

levantada, un fusil para sus manos inermes. No tienes idea del

efecto que nos produjo la palabra inflamada de Castellar. Al

principio, esa declamación, natural a los orientales en el estilo y

en la oratoria, que nos parece una falta de gusto, trajo sonrisas

sobre muchos labios. Pero cuando se empezó a sentir el calor real

que los animaba, cuando Castellar habló de mujeres insultadas, de

ancianos asesinados, del porvenir de toda una generación, roto en

esa bacanal de sangre y robo; cuando dijo, sencillamente esta vez,

que todos ellos preferían morir a la vida con el cuadro constante

de esa depresión profunda de la patria; cuando se puso de pie,

pidiéndonos armas, a nosotros, los felices, que habíamos salido

para siempre del lodo, te aseguro que las sonrisas habían cesado y

fué con viril emoción que todos lo estrechamos entre nuestros

brazos, como si en ese instante representara su pobre tierra

escarnecida.

"Por lo pronto, tenemos por base los cincuenta rémington y que hace

tres años reunimos para defendernos del famoso golpe de mano

anunciado y que felizmente nunca tomó forma. Cada uno de nosotros

va a ponerse en campaña y no dudamos reunir en una semana dos o

trescientos fusiles. El embarque puede ofrecer dificultades; pero

Jaramillo, que acaba de ser gobernador de La Rioja, que ha llegado

hace un mes de senador al Congreso y que asistió a la reunión, nos

ha tranquilizado al respecto. Es amigo particular y político de los

ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina y no cree

difícil obtener de ellos, ayudado por otra parte por el sentimiento

público, que no se fijen mucho si los subalternos hacen la vista

gorda.

"Pero no es eso todo; hay gastos indispensables y no hay un peso.

Se trata de equipar unos cien hombres, y lo más serio, de fletar un

vapor por un precio que haga aceptar al armador todos los riesgos

de una empresa semejante. Hemos iniciado una lista de subscripción

y tenemos ya cerca de dos mil duros reunidos. No dudando que tú me

enviarías algo, pero deseando ponerte en guardia contra tí mismo,

te he apuntado por 200 duros, que te ruego des orden a tu apoderado

para que me los remita.

"No puedo ser más largo, porque tengo la casa llena. Mi mujer está

asustada y anoche me ha hecho jurar sobre la cabeza de mis hijos

que no pienso tomar parte en la expedición. Me eché a reir, pero la

verdad es que respiramos una atmósfera que predispone a todas las

locuras imaginables. Por lo pronto, dos o tres de los muchachos

(¡los muchachos! ¡si vieras qué mal empieza a sentarnos el nombre!)

irán en la expedición, unos por curiosidad, otros por hastío. Hubo

un momento en que Jaramillo, ¡un venerable padre de la patria!,

casi se compromete a acompañarlos. Me costó un triunfo disuadirlo;

quería a toda costa poner un reemplazante, pero Castellar ha

declarado que no quieren gente mercenaria y que, por otra parte, lo

que va a sobrar son hombres, así que pisen el suelo oriental."

"Excuso decirte que los huéspedes forzados son los leones del día;

la mecha de Eugenio está más irresistible que nunca, cubriendo la

frente sombría y fatal del proscripto. Ha hecho la conquista de

nuestro Vespasiano, a quien las graves ocupaciones curules no

impiden, por cierto, mariposear como en los tiempos en que se

levantaba una bailarina del Colón como un atleta cien kilos."

"Te escribo a la carrera y nervioso; la expectativa de la acción

nos electriza. ¡Puedes figurarte con qué ansiedad vamos a esperar

los sucesos!"

"Cariños de mi mujer y un beso de mis hijos."

_Lorenzo._

--"P. D. ¿Qué has hecho del Winchester de repetición que tenías

antes de tu partida a Europa? Si lo dejaste en Buenos Aires ordena

que me lo entreguen. Jamás la sangre que derrame correrá más

justamente."

_V._

La tarde empezaba a caer cuando Narbal concluyó de leer los diarios que

le había remitido Lorenzo. Nacido en Montevideo, conservaba por su cuna

casual ese afecto orgánico que liga al hombre como a la bestia al punto

en que viene a la vida--y sentía en su alma, ásperamente, la ignominia

de ese gentil pedazo de suelo, tan bello, tan atrayente, tan hecho por

la naturaleza para ser hogar de un pueblo libre y feliz... Pasó la mano

por su frente, hizo ensillar su caballo y se echó a vagar por la

llanura. El cielo, de una claridad admirable, empezaba a tachonarse de

chispas brillantes y una calma profunda reinaba sobre los campos que se

preparaban para el sueño. Y él, con la mirada perdida en ese portento de

paz, pensaba en las familias que, a la misma hora, en el duelo y el

llanto, temblaban por el hijo perseguido, por el viejo padre prisionero

o lloraban sin esperanza el hermano bárbaramente sacrificado. Levantó la

frente, una expresión viril se pintó en su rostro, que una ráfaga

interior iluminó, y a lento paso volvió a su triste rancho.

II

Lorenzo decía la verdad; los sucesos de Montevideo habían producido una

intensa agitación en Buenos Aires. Una fibra del corazón común había

sufrido y las otras se estremecían. La política, los partidos, los

antagonismos personales, todo había desaparecido ante la brutalidad de

los hechos, que hacían revivir, en la memoria de los viejos, los cuadros

sangrientos del pasado e inflamaban el espíritu de los jóvenes,

ardientes por probar, como los mayores, que también ellos amaban la

libertad y eran capaces de sacrificarse por ella.

No se hablaba de otra cosa; los diarios se habían pasado la voz, los

corrillos no salían del tema obligado y hasta la rueda de la Bolsa, en

los momentos de reposo, parecía moverse como un trípode espiritista, al

eco de palabras generosas y maldiciones elocuentes a las que por cierto

no estaba acostumbrada. El momento era propicio y convenía batir el

fierro mientras estaba caliente. Así lo comprendió Castellar.

Era el tipo completo del oriental, con todas sus aberraciones y sus

virtudes. Inteligencia clara, tal vez un poco superficial, pero

abarcando con el extraordinario aplomo que da la inmisión prematura en

la vida pública, todas las cuestiones susceptibles de determinar una

opinión; fogoso, paradojal, armado de juicios hechos, definitivos y casi

ásperos en su forma intransigente, bravo, lírico a fuerza de exaltado,

girondino en la palabra, digno del _cenáculo_ en el estilo, a tres mil

leguas de la evolución positivista del espíritu moderno, leyendo y

citando de buena fe los libros de Pelletan, encantado del "París en

América" de Laboulaye, que acababa de leer y que hoy huele a moho;

entusiasta por Artigas, sobre cuya acción real estaba muy vagamente

informado, pero que la tradición de su país le presentaba como la

encarnación de la nacionalidad; colorado fanático, pero orgulloso de la

noble defensa de Paysandú; adorando a Juan Carlos Gómez, pero

atribuyendo a una ofuscación del espíritu de su héroe la concepción de

la _patria grande_, tal era el corte intelectual del joven que probaba

por primera vez las amarguras de la proscripción. Entre sus compañeros

había, por cierto, hombres de autoridad considerable y de pensamiento

reposado; pero ellos mismos habían comprendido que lo que se necesitaba

en esos momentos no eran demostraciones lógicas de que asesinar la gente

y derrocar gobiernos a lanzadas es una barbaridad, sino corazones

calientes que, comunicando la indignación, supieran utilizarla. Por otra

parte, viejos aguerridos de la política, diez veces desterrados, diez

veces batidos en empresas de reivindicación armada, su preocupación

principal era ocultar a los jóvenes, llenos de entusiasmo, su invencible

y fundamental desesperanza.

Cómo y por qué la elección de jefe militar de la expedición cayó en el

Coronel Galindo, sería cuestión difícil de resolver. En esos momentos de

exaltación, el deseo ardiente de encontrar un caudillo favorable, hace

que cada uno por una complicidad inconsciente y generosa, adorne al

elegido con todas las virtudes ideales a que aspira. Galindo "era un

bravo, tenía una inmensa popularidad en los departamentos de la costa

del Uruguay, conocía palmo a palmo el terreno de las futuras

operaciones, era un hombre seguro, sobre el que nada podrían ni las

amenazas ni las promesas de los que mandaban en Montevideo, tenía

íntimas relaciones con muchos de los principales jefes del ejército

argentino, inspiraba confianza, etc., etc." Tal lo pintaban los diarios

que, con la indiscreción propia del oficio y yendo contra los intereses

de la causa por la que manifestaban tanta simpatía, daban cuenta

diariamente de todos los preparativos de la expedición, poniendo en

serios apuros al Ministerio de Relaciones Exteriores y sirviendo de

bomberos inconscientes a la gente que en Montevideo tenía la escoba por

el mango. Galindo mismo, que al principio leía con asombro todos esos

datos que refiriéndose a él, ignoraba por completo, acabó por

convencerse de su importancia. En realidad, su vida, si bien confusa,

era insignificante. Había servido en la guerra del Paraguay como

teniente, se había batido bien, luego, en la patria, en una y otra

revolución, había llegado a coronel, hasta que, después de la última,

salvado a uñas de buen caballo por la frontera del Brasil, cinco años

atrás, vino a caer a Buenos Aires. Naturalmente, al cabo de tres meses,

abrió su correspondiente escritorio de comisiones, gestión de asuntos

ante los dos gobiernos, despacho de aduana, órdenes de Bolsa, remates,

etc., pero cuyo resultado positivo fué embrutecer por completo al joven

dependiente que pasaba las horas muertas cebando mate y oyendo, dentro

de una intolerable atmósfera de tabaco negro, eternas discusiones

políticas en la que tomaban parte cuotidiana, a más del coronel y su

socio, un rematador de Buenos Aires fundido, todos los vagos de ambas

orillas del Plata que el azar empujaba hacia la calle San Martín,

ubicación del famoso escritorio de Galindo y Cía.

A los tres meses, Galindo, agobiado por el peso del alquiler, se vió

obligado a sacar las tablillas. Un cobro imposible al gobierno nacional

se arrastraba como antes de que la sociedad lo tomara en mano y el jefe

de una casa inglesa que, por una recomendación de Montevideo, había ido

al escritorio de Galindo a darle una comisión, regresó de la puerta

asustado por el tumulto. El bravo coronel fué a aumentar el número de

despojos que flotan en las aguas turbias de la Bolsa, pescando aquí y

allí, una pequeña comisión, dada por un especulador en ansia de

despistar al adversario, practicando la _multa_ con circunspección y

asiduidad, atando, en fin, los hilos de fin de mes con tanto esfuerzo

como necesitaba Fígaro para vivir. La palabra francesa _vivoter_ explica

muy bien ese vaivén instable de la fortuna, esa angustia perenne al

principio, pero que pronto degenera (las pacientes dicen _se regenera_)

en una indiferencia mezclada con la confianza indolente en una estrella,

de poco brillo, pero que no se extingue nunca. Así _vivoteó_ cinco años

el coronel Galindo y en esa situación le encontraron los sucesos de

Montevideo. Castellar, que le conocía de larga data, pero que sufría a

su respecto la aberración del momento, vió en él al hombre de las

circunstancias y le propuso ponerse al frente de la expedición. Galindo,

pronto a todas esas aventuras por naturaleza, educación e instintos,

aceptó en el acto, poniendo, por la forma, algunas condiciones

referentes a la disciplina, a la absoluta independencia en la dirección

de las operaciones militares, que acabaron por cimentar la confianza que

se había resuelto depositar en él. Originario de Fray Bentos, aprovechó

el azar para sostener sus _extensas_ relaciones en la costa. Pidió

doscientos hombres bien armados, un vapor a sus órdenes y completa

latitud de acción.

A pedido de Castellar, Lorenzo facilitó el salón de su casa, el mismo en

que había tenido lugar la reunión de que hablara a Narbal, para celebrar

todas las que fueran necesarias. Lo hacía con placer, porque en realidad

estaba profundamente indignado. Además, ese movimiento, esa actividad

ajena a sus monótonas ocupaciones diarias, le había galvanizado,

haciéndolo volver a los viejos tiempos en que andaba siempre por los

extremos, pensando en soluciones violentas a todas las cuestiones de la

vida. Su casa había tomado el aspecto de un cuartel electoral, para

desesperación de su mujer, que veía fusiles en todos los rincones, a los

chiquitos jugando con sables o arrastrando cartucheras, al par que la

descomponía el olor frío de tabaco, pegado a las cortinas y a los

muebles. No comprendía bien ese _patriotismo_ por asuntos de tierra

extraña, pero con una confianza absoluta en la nobleza de los

sentimientos de su marido, se resignaba poniendo al mal trance la mejor

cara posible. Jaramillo, que comía todos los domingos allí y quien tenía

la viva simpatía que el abierto riojano inspiraba generalmente, le

repetía que los orientales le deberían una buena parte de su libertad y

la exhortaba a bordar con sus propias manos la bandera del cuerpo

expedicionario. Herminia, desarmada, sonreía.

III

La reunión que se celebraba esa noche tenía una importancia capital,

porque, a más de recapitular los elementos de que se disponía, Castellar

pensaba proponer la realización inmediata de la empresa. Cada uno debía

dar cuenta de la comisión que le fuera encomendada y el coronel Galindo,

por primera vez, sometería su plan de campaña.

La reunión tenía lugar en el comedor, más vasto y sobre todo, por la

disposición de la casa, más aislado que el salón. Estaban reunidas unas

veinte personas, entre las que se encontraban cinco o seis personajes de

Montevideo, otros tantos jóvenes, algunos militares y sólo tres

argentinos, esto es, Lorenzo, Jaramillo y un amigo del primero, que

debía dar cuenta de su trabajo en el sentido de obtener un vapor. Todos

estaban más o menos exaltados, pero la expresión era diferente. Lorenzo

hablaba poco pero se movía mucho, Jaramillo se movía y hablaba con

abundancia, los jóvenes orientales dominaban mal su impaciencia, los

viejos procuraban poner cara de palo y Galindo, como los oficiales que

le acompañaban, se sentían incómodos.

Castellar habló primero.

--El caballero, dijo, que nos da la hospitalidad y cuyo nombre

recordaremos siempre los orientales como el de uno de los más generosos

y desinteresados entre los amigos de nuestro país, va a exponer a

ustedes el estado de las cosas. Debo declarar, porque así me lo ha

repetido con frecuencia, que en todos aquellos de sus compatriotas a

quienes ha acudido, ha encontrado una acogida simpática, que se ha

traducido en hechos. Eso nos prueba una vez más, añadió,--no sin echar

una rápida mirada a un hombre de hermosos cabellos plateados y fisonomía

abierta y expresiva, que lo miraba con sus ojos claros y dulces,--eso

nos prueba una vez más, que el destino ha hecho a nuestros dos países

para marchar y desenvolverse en armonía, cada uno según su índole y las

exigencias de su historia, pero unidos por los mil vínculos en que el

pasado nos liga y el porvenir estrechará. Como se verá dentro de un

momento, podemos pensar ya en la realización inmediata de nuestra

empresa. Cada día que pasa es una vergüenza más para nuestra patria y un

peligro, porque el tiempo sanciona lentamente los hechos consumados. Los

elementos necesarios están reunidos, tenemos confianza en el éxito y

estamos dispuestos a dar la vida con júbilo. Por mi parte, si en la

empresa la pierdo, estoy recompensado por la confianza que no sólo mis

amigos, sino también los hombres venerables que me escuchan, han

depositado en mí. Sólo me resta presentar a ustedes a nuestro futuro

jefe, el coronel Galindo, un patriota probado, cuyo valor y experiencia

son una garantía de éxito.

--A mi vez, agradezco a Castellar sus palabras de gratitud, dijo

Lorenzo. No las merecemos, porque es difícil obrar bajo la idea de que

los orientales nos son extranjeros. Por lo pronto, declaro que siento

los dolores de su patria de ustedes como los de la mía propia. Es un

deber recíproco de ayudarnos en las horas amargas, en nombre de la

solidaridad de la civilización. Tendámonos la mano, pues, guardemos en

el fondo del alma el sentimiento que nuestros actos nos inspiren y

obremos.

Luego tomó algunos papeles y continuó:

--He aquí lo que hemos podido reunir hasta este momento: 160 rémington,

cuarenta carabinas, éstas como los primeros con su correaje

correspondiente, ochenta sables y otras tantas lanzas. Se han adquirido

20.000 cartuchos. Todo está depositado en un corralón de mi propiedad.

La suscrición, contando con lo gastado en las municiones, ha producido,

por nuestra parte 7.500 pesos fuertes.

Agregue usted 5.000 más que he recibido de una suscrición privada, hecha

en Montevideo, dijo uno de los _venerables_, como les había llamado

Castellar.

Hubo un murmullo de satisfacción, Lorenzo iba a continuar, cuando

alguien golpeó la puerta del comedor. Lorenzo abrió y un criado le

entregó una tarjeta. Apenas echó los ojos sobre ella, sintió una emoción

violenta, se puso pálido y dió un paso hacia la puerta. Dos o tres

personas corrieron hacia él inquietas. Lorenzo se detuvo y, haciendo un

esfuerzo, se serenó rápidamente.

--Pido a Vds. disculpa, señores. Pero un amigo, el mejor de mis amigos,

el hombre que más estimo y quiero sobre la tierra y a quien no veía hace

cinco años, que para él han sido muy amargos, acaba de llegar y me envía

esta tarjeta de al lado de la cuna de uno de mis hijos: "Llego en este

momento y sé que tienes una reunión referente al noble propósito sobre

el que me escribes. Te ruego pidas en mi nombre a esos caballeros me

concedan el honor de combatir en sus filas por la dignidad del país en

cuyo suelo nací". ¿Quieren Vds. permitirme, señores, presentar a Carlos

Narbal?

Todos asintieron calurosamente y antes que Lorenzo hablara, Jaramillo,

que estaba fuera de sí, se precipitó hacia la puerta. El riojano había

conservado un culto por Carlos; el alejamiento silencioso de éste, sus

propias preocupaciones políticas, le habían impedido mantener

correspondencia con Narbal, como lo hubiera deseado. Pero jamás le

olvidó y quedó en su recuerdo como la personificación del hombre

elegante, generoso, aristocrático de gustos, robusto de ascendiente

moral, que era su tipo ideal, realzado aún por la circunstancia de haber

sido su introductor en el mundo porteño. Cuando guiado por el sirviente,

se halló de pronto frente a Carlos que hablaba con Herminia teniendo en

sus rodillas un delicioso muchacho de tres años que acababa de

despertarse y que le había tendido los brazos como a un viejo amigo,

Jaramillo tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la emoción que el

cambio de Carlos le producía. Se echó en sus brazos con un ímpetu de

cariño tan sincero, que Narbal lo estrechó con verdadera afección. Un

instante después entró Lorenzo. Largo tiempo, en silencio, sus corazones

latieron unidos; cuando Lorenzo apartó a Carlos para mirarle, teniéndole

de las manos, sus ojos estaban húmedos. Herminia lloraba sencillamente y

el niño, con los ojos muy abiertos, miraba la escena con asombro. Un

nuevo afecto que echa su noble raíz en el corazón o un viejo cariño que

se despierta con energía, aumentan la intensidad de todas nuestras

afecciones, como, en el suelo tropical, la soberbia robustez de un

árbol, aumenta la lozanía de las plantas que lo rodean, protegiéndolas

con su sombra y dando a la tierra un impulso de vida. Lorenzo oprimió

las manos de Herminia, besó a su hijo, dió un vigoroso shakehands a

Vespasiano, que lloraba como un becerro y tomando a Carlos del brazo, le

dijo:

--Vamos; nos esperan.

Narbal comprendió y siguió a su amigo en silencio.

Un momento antes de abrir la puerta del comedor, Lorenzo, casi

inconscientemente se detuvo.

--¿Es cosa resuelta? dijo.

Carlos sonrió tristemente. Lorenzo sintió la puerilidad de su pregunta y

abrió la puerta con resolución.

Narbal fué acogido con respetuosa simpatía. Los viejos habían conocido a

su padre y para los jóvenes tenía ese atractivo curioso que los

contrastes serios de la vida dan a los hombres. Respondió a las

manifestaciones cariñosas de que era objeto y fué a colocarse

silenciosamente en una silla al lado de Jaramillo, que hacía esfuerzos

enormes, pero fructuosos, para no hablar de cosas que tenían una

conexión sumamente remota con los sucesos orientales.

Lorenzo continuó:

--Reuniendo, pues, las sumas obtenidas hasta hoy, se puede disponer, a

más de lo gastado, de diez mil patacones. He declarado ya a mi amigo

Castellar que mi intervención no tenía más alcance que la reunión de

fondos y elementos y que esperaba que el sentimiento que me dictaba esa

línea de conducta fuera bien comprendido. Es necesario no dar a los

adversarios la enorme ventaja de acusar a Vds. de apelar al extranjero.

Sé que sería un absurdo; pero nada hay más terrible que el absurdo

cuando toma una forma definitiva y neta. Sólo me resta, rogar a nuestro

amigo Martínez quiera dar cuenta de la comisión que tuvo a bien aceptar.

--El vapor _Urano_, dijo el interpelado, está a nuestra disposición,

mediante cinco mil duros y los gastos de seguro. Es un buen buque, no

muy grande, pero que puede fácilmente transportar trescientos hombres.

Lo manda un italiano, el capitán Lamberti, que me parece un hombre digno

de confianza. Como el seguro ofrece muy serias dificultades, tal vez

insuperables, he propuesto, salva ratificación de parte de Vds., que los

propietarios mismos se encarguen de asegurarlo. Esto importará un gasto

considerable.

--¿Han aceptado?

--Sí, pero piden diez mil duros.

--No será difícil encontrarlos, dijo Lorenzo.

--Bien. Ahora, ocupémonos un poco del plan general, dijo Castellar. ¿Qué

piensa el coronel Galindo?

El bravo coronel era un hombre de fisonomía simpática y esencialmente

criolla. A primera vista, se notaba la ausencia del golpe de cepillo

social, pero en cambio se veía el valor. Algo bajo y grueso, el pelo

bastante largo, bigote y pera entrecana, brazos cortos y pies anchos. Se

levantó, pero, al hablar, juzgó sin duda que así era más difícil y se

volvió a sentar.

--Conozco dos o tres puntos en que el desembarque será fácil, dijo.

Escribiendo unos días antes a los amigos de la costa, estoy seguro que

nos esperan quinientos hombres con caballada suficiente. Luego se lanza

el manifiesto, entramos en campaña y...

--¿Qué manifiesto? dijo uno de los ancianos.

--¡Pues!... ¡el manifiesto... el manifiesto que se lanza siempre! dijo

Galindo mirando con asombro al que le interrumpía.

--Es necesario ponernos de acuerdo sobre ese documento, dijo el viejo

formulista.

--Cuatro líneas bastarán, señor, contestó Castellar. Una vez presentados

los hechos en toda su brutalidad, no creo necesario agregar una palabra

más.

--Sí, pero creo conveniente, creo indispensable determinar de una manera

fija el objetivo de la expedición y anunciar el uso que se piensa hacer

del triunfo.

--Es precisamente lo que pienso que debe evitarse, dijo Castellar con

cierta impaciencia. Mi pensamiento es éste: el manifiesto no debe ser ni

blanco ni colorado....

--Sin embargo, replicó el tenaz anciano, el atentado inicuo ha sido

hecho en nombre del partido colorado....

Castellar iba a replicar, tal vez sin suficiente calma, cuando Narbal le

previno.

--Puesto que se juzga necesario un manifiesto ¿no creen Vds., señores,

que el llamado a dirigirlo al pueblo oriental, sea el Presidente

constitucional de la República, que acaba de ser depuesto de una manera

violenta? Nadie puede tener mayor autoridad que él. Una palabra suya

pondrá las cosas en su lugar: ellos los revolucionarios, nosotros los

defensores del orden legal.

El silencio que siguió no era sólo consideración por Narbal. Dos o tres

personas sonrieron irónicamente y la fisonomía de Castellar se

obscureció.

--A mí me parece que el señor tiene razón, dijo Galindo con franqueza.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 14 / 20 段