Carlos había bajado sencillamente en el vapor de la agencia, seguido de

Pedro, silencioso siempre y grave en su levita abotonada hasta el

cuello. Cumplidas las formalidades de aduana, Carlos hizo avanzar un

carruaje y media hora después se encontraba alojado en un cuarto del

hotel de Provence. A su llegada se le habían entregado cinco o seis

cartas, que en ese momento leía con atención. Una de ellas, tres

renglones escritos con una letra de una pulgada y con una ortografía

capaz de hacer rugir de espanto a un académico español, parecía haberle

causado viva satisfacción. Traducida, decía así:

"Desde el martes estoy con los caballos en el Azul, esperándole."

_Tobías_.

Las otras cartas eran puramente de intereses, cuentas, etc.

Carlos comió solo en su cuarto y al caer la noche encendió un cigarro y

salió, después de indicar a un sirviente hiciera acompañar a Pedro al

teatro Variedades.

Carlos tomó la calle de Reconquista, llegó a la plaza, la cruzó

diagonalmente, entró por Victoria hasta Perú, dió algunos pasos a la

derecha, pero, retrocediendo, tomó resueltamente hacia la izquierda. A

cada instante, a pesar de la confianza que tenía en no ser conocido, por

el cambio completo operado en su fisonomía en los últimos cinco años,

ocultaba el rostro al pasar junto a alguna de sus antiguas relaciones.

Iba agitado por el tumulto interior de sus sensaciones; echó una mirada

vaga a los balcones iluminados del Club del Progreso, sus ojos se

llenaron de sombras, inclinó la cabeza y siguió marchando lentamente.

Así vagó cuatro horas, deteniéndose en un punto, mirando con atención

una casa, impregnando la mirada con el espectáculo de la ciudad que

tanto había querido y en la que marchaba hoy como un desconocido. A las

11 de la noche se encontraba en el Retiro, frente al río sereno y

resplandeciendo bajo la luna. Uno que otro carruaje volvía de Palermo o

tomaba la calle de Charcas; a veces una explosión de alegría llegaba a

oídos del solitario.

Bien solo, por cierto. Esa alma debía estar enferma, rendida por una

lucha sostenida tal vez sin energía, pero no por eso menos agobiadora. Y

así, marchando en los sueños íntimos, llegó tristemente a su hotel, se

tendió en un sofá, tomó un libro que pronto cayó de sus manos y quedó

inmóvil, con la mirada fija en el techo. Su cara fué perdiendo la

expresión adusta, sus ojos se llenaron de lágrimas y un sollozo ahogado

pasó por su garganta. La reacción fué violenta, se puso de pie, enjugó

el rostro, sonrió con desprecio de sí mismo, se paseó largo rato por la

pieza y luego llamó a Pedro.

--El tren sale a las 7, Pedro. Que todo esté pronto.

Luego se acostó y empezó para él el infierno cotidiano de los que han

perdido el dulce sueño reparador de la vida...

Corría el tren por los campos iguales y monótonos. En el vagón que

ocupaba Carlos iban dos o tres personas desconocidas entre sí, lo que no

impidió que a partir del almuerzo trabaran una larga conversación sobre

los temas eternos de la vida de campo, la lluvia que hacía falta, porque

los pastos estaban flojos, el cardo que tardaba, las barbaridades de los

jueces de paz de los partidos respectivos a que pertenecían los

viajeros, y por fin, la política, vista al microscopio, las profesiones

de fe grotescas, una estrechez de espíritu inconcebible. Carlos oía con

cierta atención la insípida charla; como los campos que atravesaba le

traían la perdida nota impresional de la patria, así el palabreo que

llegaba a sus oídos hacía revivir en su memoria el mundo normal en cuyo

seno pasó su juventud. Luego sus ojos se perdían en la dilatada llanura,

extensa como el mar y como él generadora de tristezas.

Pedro, solo y grave en un vagón de 2ª., miraba con asombro nuestros

campos, buscando en ellos el cultivo, la subdivisión, el canal de riego,

el bosque, el aspecto europeo, en una palabra. Una sensación indefinible

le oprimía y a veces sacaba la cabeza por la portezuela, ansioso, en la

expectativa de un cambio que no se producía.

Por fin, a la caída del día, el tren llegó al Azul; Carlos se dirigió a

la posada. En la puerta del gran patio donde llegan las diligencias,

carruajes y gente de a caballo, se encontraba un hombre recostado en un

poste. Tendría de cuarenta a cincuenta años; alto, delgado, barba

canosa, ojos negros serenos. Su traje era el de nuestros gauchos,

chiripá, poncho, un modesto tirador viejo ya, un sombrero de felpa

entrado en años y unas fuertes botas de baqueta, nuevas, compra sin duda

de la víspera. A pesar de haber visto a Carlos, no hizo un movimiento.

Este avanzó sonriendo hacia él y le puso la mano en el hombro.

--¿No me reconoces, Tobías?

--Niño Carlos...

No pudo decir más; se sacó el sombrero, empezó a darlo vuelta entre las

manos y se quedó mirando a Carlos con tamaños ojos de asombro.

--Sí, mi buen Tobías, estoy muy cambiado. Además, hace como diez años

que no nos vemos. ¿Y cómo va la salud? ¿Y los hijos?

--Buenos todos, señor; los muchachos andan en tropa. Anselmo salió

anteayer con una punta y Gregorio debe llegar mañana o pasado.

--¿Y quiénes hay en la Quebrada?

--Manuel Tabares, cuatro peones y la vieja Nicasia.

--¿Aún vive Nicasia?

--Cuando ha sabido que el niño iba a venir se ha puesto como loca.

--Bueno; tenemos tiempo de hablar. ¿Cuántos caballos has traído?

--Cuatro, por si acaso, aunque ninguno hemos de tener que cambiar.

--¿Y el carro?

--Llegará mañana a la tarde. ¿Cuándo nos vamos, señor?

--Mañana bien temprano, para llegar con día.

--Saliendo a las seis estamos a las cinco en la Quebrada.

--Tobías, este hombre (y señalaba a Pedro, que, con un saco de noche en

la mano, correcto e inmóvil, había presenciado el diálogo sin entender

una palabra), este hombre es mi sirviente, pero no habla español. Dice

que aunque no es muy de a caballo, quiere ir montado, en vez de esperar

el carro. Dale uno de buen andar y manso.

--El moro, señor.

--Vaya por el moro. A las 5 me recuerdas con todo listo.

Desfiló el clásico _menú_ de los hoteles de campaña en nuestra tierra.

¿Un buen puchero? ¿Un buen asado? ¡Jamás! Frituras, guisos

pseudo-franceses, combinaciones de un _chef_ que, para elevarse al arte

cree deber salir de la naturaleza. Carlos recorrió la lista, recordó su

experiencia pasada y pidió un ingenuo bife con _dos de a caballo_, una

botella de cerveza inglesa y queso. ¡Ay de aquel que sale de ese régimen

higiénico!

El cansancio del ferrocarril le dió algunas horas de sueño. Pero cuando

a las 5 de la mañana Tobías vino a golpear su puerta, le encontró

vestido y pronto a montar.

Así que dejaron el pueblo y que el espacio abierto se presentó, Carlos

sintió esa sensación deliciosa que sólo los argentinos sabemos apreciar,

cuando, sobre un buen caballo, se galopa por los campos en la mañana.

Una leve brisa, fresca, con un olor sano e intenso, venía de oriente,

donde el sol se elevaba ya, pugnando por abrir camino a sus rayos al

través de un grupo de nubes. Las estancias esparcidas en la extensión de

la llanura, como islas en un mar inmenso, manchaban con sus tonos

obscuros la sábana de verde pálido en la que la vista se perdía hasta el

confín del horizonte. Los caballos, contentos y briosos, resoplaban con

energía, levantando sobre el camino resecado una nube de polvo, que iba

a disolverse a la espalda en fugitivos remolinos. Un grupo de ovejas que

comía al borde de la ruta se precipitaba al lado opuesto y detrás iba

toda la majada, desatentada, como si corriera un peligro inmenso. Cuatro

o cinco corderos quedaban rezagados, con la colita entre las piernas,

enclenques, temblorosos bajo su cuero desnudo y arrugado, balando con un

quejido lastimoso. Diez o doce madres habían dado vuelta cara y

respondían al llamado sin cesar, como sacando la voz de las entrañas

para que sus hijos las reconocieran. Un perro, girando a la carrera

alrededor del rebaño, ladraba furioso al pasar junto al grupo de

jinetes, cuyos caballos agachaban las orejas e hinchaban ligeramente el

lomo. Luego, una manada de yeguas que sale a escape, se detiene a

cincuenta varas y queda inmóvil, las orejas rectas, los ojos grandes e

ingenuos. El sultán está a la cabeza, soberbio con su larga crin y

opulenta cola. Brilla su pelo inmaculado como un tejido de acero. Un

potrillo más audaz se acerca, hace una cabriola, rompe a la carrera, se

detiene al pie de la madre y se pone tranquilamente a mamar. Las vacas

son más reposadas; algunas levantan la cabeza, pero pronto la inclinan

sobre la tierra y continúan rumiando. Uno que otro toro espléndido se

cuadra noblemente, escarba el suelo y mira con arrogancia.

Los _teros_ atronan el aire; parecen la bocina del derecho indio,

clamando eternamente sobre la pampa contra la conquista europea. Avanzan

audaces, cruzan a dos varas de los jinetes como una saeta y se pierden a

lo lejos, dando la voz de alarma que hace poner en fuga a los patos que

reposan en la próxima laguna, rica en juncos y pobre en agua. La

lechuza, inmóvil sobre una viscachera o en la punta de un palo de

alambrado, abre el pico como un resorte mecánico, lanza su grito

gutural, que en la noche inquieta los espíritus más serenos, deja caer

sus párpados amarillentos, que tienen más expresión que sus ojos mismos

y queda en su postura egipcia. Multitud de pequeñas aves saltan a cada

instante de entre el pasto; por momentos, una perdiz hiende el aire con

su silbido característico y el ruido estridente de sus alas al batir

precipitadas; otras se agachan, se disuelven entre los tonos grises de

la tierra y quedan inmóviles. De tiempo en tiempo Tobías les lanza su

rebenque, no siempre sin resultado, ante el asombro de Pedro, que

contempla atónito el nuevo sistema cinegético.

Y así avanzan en silencio, Carlos perdido en sus reflexiones, el

sirviente un tanto dolorido ya, Tobías con la indiferencia suprema del

gaucho por todas las cosas de la vida. Cada media hora, Tobías da la

señal de reposo deteniendo su caballo y poniéndolo a un trote suave,

pero que rinde camino. Según él, el secreto para llegar pronto no está

en andar ligero, sino en andar seguido. Tobías nombra las estancias que

aparecen a lo lejos, a medida que se avanza y que las copas de álamos

que se veían suspendidas en el aire se unen a sus troncos al cesar el

miraje. A las doce se hace alto junto a un jagüel rodeado de algunos

sauces y paraísos que ofrecen una sombra suficiente. Carlos no ha

querido ir a una pulpería que está a diez cuadras, en una estancia donde

indudablemente habría sido muy bien recibido, pero en lo que habrían

tardado tres horas en matar algunos pollos y donde habría tenido que

hablar sobre cuanto Dios crió. Tobías, que se ha avanzado, después de

manear cuidadosamente los dos caballos de repuesto, vuelve a la media

hora con un carnero muerto y degollado, pan, vino y sal, hace fuego,

fabrica un asador con una rama de sauce y a los veinte minutos se

presenta con un asado color de oro, chisporroteando aún y chorreando de

jugo.

Diez, veinte años de París, comiendo en Bignon, cenando en el café

Anglais, no alcanzan jamás a borrar en nosotros el tinte criollo, la

tendencia indígena, el amor a las cosas patrias... y el gusto por el

cordero al asador. Se quema uno los dedos, es cierto, queda en la boca

cierto sabor _empaté_, pero es esa una sensación posterior, altamente

compensada por las delicias del primer momento.

La charla de sobremesa animó a Tobías, que aprovechó una buena ocasión

para echar fuera lo que sin duda le estaba trabajando hacía tiempo.

--Dígame, señor, ¿viene por mucho tiempo a la Quebrada?

--Por mucho tiempo, Tobías; no pienso moverme de allí hasta que vuelva a

Europa.

--¡Pero cómo va a vivir en esos ranchos, señor! ¿Cómo no se ha ido más

bien a las Tunas?

--¿Te incomoda mi visita, mi buen Tobías?

--¡Por dónde, señor!

--Entonces, no hay que hablar.

Tobías se rascó la nuca, ensilló de nuevo los caballos y pronto la

partida estaba en marcha. Fué ese el momento duro para Pedro. Al

principio, el buen galope del moro recomendado por Tobías le había

seducido; pero pronto le dolió la cintura, las rodillas le empezaron a

arder en la parte que frotaban la silla y cuando después del reposo del

almuerzo volvió a su postura de centauro, todo el cuerpo protestó en un

estremecimiento. Se dominó, sin embargo, sonrió a Carlos y partió

heroicamente al galope.

A las tres de la tarde, poco después de atravesar el arroyo de

Chapaleofú, algunas gotas de agua empezaron a caer. El cielo se había

cubierto por completo y pronto un aguacero tremendo cayó sobre los

viajeros. La tierra parecía revivir bajo la onda; un olor de humedad se

desprendía del suelo. El horizonte se había estrechado y los montes de

las estancias más próximas se iban disolviendo entre la bruma. La lluvia

redoblaba de violencia a cada instante y los viajeros estaban empapados

hasta la carne.

Así marcharon dos horas, lentamente, al paso, porque el suelo se había

hecho resbaladizo. Carlos, rebelde a la fatiga física, había recibido

con placer la lluvia. En cuanto a Pedro, sólo Dios y él saben lo que

pasó en esos momentos por su alma y la opinión que formó de nuestra

tierra argentina y de sus modos de vialidad.

A las 7 de la noche, profundamente obscura, bajo la lluvia, un violento

aullar de perros se hizo oir y una luz mortecina apareció a unos cien

pasos.

--Llegamos, señor, dijo Tobías.

El viejo capataz se avanzó, gritó a los perros, que callaron al

reconocer su voz y dió los caballos a dos o tres hombres que habían

salido de la cocina. Una viejecita, con la cabeza descubierta bajo la

lluvia, se avanzó mirando a uno y otro lado y cuando hubo reconocido a

Carlos, lo ayudó a bajar, repitiendo sin cesar: "Niño Carlitos! Dios se

lo pague!"

Carlos cortó el torrente de las expansiones y ganó rápidamente la casa,

seguido de Pedro, rígido como un autómata. Cambió de ropa, comió y con

inmensa delicia se tendió en una cama.

A la mañana siguiente se levantó temprano, tuvo su conferencia con

Nicasia, a quien pronto despachó a la cocina y dió un vistazo sobre su

morada. He aquí lo que vió.

Una pequeña casa de material, con techo de hierro de media agua, ocupaba

el fondo de un cuadrado. A la derecha un rancho, cocina y cuarto de

peones. A la izquierda la habitación de Nicasia, sin duda, un pequeño

rancho de paja. Al frente un palenque para atar caballos y en el centro

del patio un ombú raquítico que se había ido en raíces. Las tres piezas

de su apartamento consistían en un dormitorio casi desnudo de muebles,

un comedor por el estilo y un gran cuarto donde había algunas viejas

sillas de montar, bolsas, una romana, una pila de cueros secos en un

rincón, diarios viejos, un tercio de yerba, una damajuana de

aguardiente, barricas de azúcar, una bolsa de sal y en una pared un

retrato del general Mitre en 1860. Allí había dormido Pedro.

Carlos sacó una silla al corredor, puso sobre otra las piernas y cayó en

profunda meditación. El día estaba espesamente nublado y la lluvia caía

por momentos. Un silencio de muerte reinaba sobre los campos y el

horizonte concluía a cien varas. A lo lejos, el eco amortiguado de un

cencerro o el apagado ladrido de un perro. Contra un pilar del corredor,

el criado fiel, perdido en ese mundo nuevo para él, dejaba vagar su

mirada por el cielo gris. Carlos sintió que el corazón se le oprimía;

temió que la paz tan buscada no estuviera allí, comprendió que mientras

durase la tormenta intensa era inútil buscar la tranquilidad de las

cosas para darla a su espíritu conturbado y pasó la mano por su frente.

De nuevo miró a su alrededor; un recuerdo pasó por su memoria, una

amarga noche en que inclinaba ya su cuerpo sobre el Sena, en París, para

buscar la calma en la muerte. La lluvia caía, monótona, triste,

sepulcral; la llanura parecía envuelta en una mortaja. Carlos inclinó la

cabeza llena de sombras, murmurando:

--Heme en el fondo del río, con una piedra al cuello.

1884.

De cepa criolla

Carlos Narbal pertenecía a una familia de larga data en tierra argentina

y a la que no habían faltado las ilustraciones patrióticas de la

independencia ni los mártires de las luchas civiles. Su abuelo, el

primer Narbal criollo, fué sorprendido a los veinticinco años por la

tormenta de 1810. De la tranquila vida colonial, un momento interrumpida

por el rechazo de las invasiones inglesas, en el que había tomado una

parte honorable como oficial subalterno, se vió de pronto envuelto en el

torbellino de la revolución, al que le empujaban más sus amistades y

vinculaciones con las cabezas calientes de la juventud patricia, que sus

inspiraciones propias. Rico, relativamente a la época, hacendado y por

lo tanto fanático por D. Mariano Moreno, bastó la presencia de su ídolo

en la primera junta para determinar el partido a que había de afiliarse.

Gritó: ¡abajo Cisneros! el 25 de Mayo, sin ponerse ronco, formó parte de

un grupo que arrancaba carteles, aplaudió a Passo, hizo una crítica

razonable contra el discurso de recepción de Saavedra y luego, entrada

la noche, como hacía frío y lloviznaba, abrió su paragua y se fué

tranquilamente a su casa, donde contó la jornada a su vieja madre con la

misma sencillez con que hubiera narrado una corrida de sortijas. No se

daba cuenta de la importancia del movimiento, no tenía ambiciones ni

imaginación. Era, pues, un hombre feliz de la colonia, el tipo más

completo de la especie que haya vivido sobre la tierra. Una noche, en

una sobremesa del café de Mallcos en que se había apurado más de lo

habitual el Valdepeñas y el Jerez, varios de sus amigos declararon su

intención de ir a reunirse al ejército del coronel Balcarce que operaba

en el alto Perú, aprovechando la partida de Castelli, el fugaz

Saint-Just de nuestra revolución. No sé cómo vendría la cosa, pero

nuestro hombre juró, se arrepintió un poco a la mañana siguiente, se

consoló al mediodía, arregló su equipo a la noche, partió con los

compañeros, se unió a Balcarce la víspera de Suipacha, se batió

dignamente y se disgustó por completo del oficio el día de la ejecución

de Córdoba, Nieto y Paula Sanz. En la primera ocasión regresó a Buenos

Aires, habiendo pagado su deuda a la patria, se casó y pronto dos hijos

le dieron el corte definitivo del hombre de hogar. El primogénito creció

en aquella atmósfera ruidosa y vehemente de la revolución, tan lejos hoy

de nosotros, que cada año transcurrido parece un siglo. Los cuentos de

los viejos sirvientes de la casa, que todos habían servido, respiraban

olor a combates. La nota tosca del heroísmo, la habitud de la idea de

lucha se hundía en el cerebro del niño. Luego las guerras civiles, los

amargos momentos del año veinte, el hogar inquieto, el padre

meditabundo, la madre llorosa. Tenía catorce años el día de Ituzaingó y

era ya un pequeño patricio, exaltado, entusiasta, sediento de acción, la

antítesis del padre, a quien sólo debía la vida, pues su alma era hija

directa de la revolución. Cuando abrió los ojos a la luz y con la

virilidad llegó la dignidad, vió a su padre consumirse lentamente en la

agonía moral de la dictadura, bajo el peso del oprobio y la vergüenza.

Rosas imperaba y la juventud se estremecía. Muerto su padre, casada su

hermana con un hombre de la situación que protegería a la madre, logró

una noche embarcarse y pasó a Montevideo. La revolución del Sud le contó

entre sus soldados; batidos, deshechos, pocos lograron salvar del

desastre. Narbal escapó, se unió a Lavalle, luego a Paz y de nuevo se

encerró en Montevideo con la ilusión perdida y el alma resuelta. ¡Cuán

largos han sido para nuestros padres esos días, esos años de eterna

expectativa, en que cada nueva luna traía la noticia de un nuevo

desastre, fijos los ojos en la dictadura granítica que del otro lado del

Plata se levantaba sombría, desafiando el tiempo y el esfuerzo humano!

En el día la batalla estéril en la que se pierde la vida sin esperanza

de que el tiempo fugitivo traiga la libertad; en la noche, el insomnio

que causa la conciencia del porvenir perdido y la amargura infinita de

la patria deshonrada!

Tarde ya, pasados los treinta años, Narbal unió su suerte a la de la

hija de un proscripto como él, dulce criatura que había crecido atónita

dentro de un infierno de odios y de sangre. Carlos nació en 1850 y desde

ese día la fisonomía de su padre se hizo más obscura aun. El porvenir de

su hijo, sin patria desde la cuna, sin fortuna (sus bienes habían sido

confiscados por Rosas) le aterraba. Por fin brilló el bendecido momento

de Caseros. Los que en ese instante grabaron el nombre del Libertador en

el alma, no lo olvidaron jamás. Caseros lava la vida entera de Urquiza,

como Ituzaingó la de Alvear. No se da la libertad a un pueblo ni se

salva la independencia de la patria, sin que la historia olvide las

debilidades humanas y consagre el tipo de los hombres en el momento

trágico de su vida.

Narbal volvió a su patria y al ensanchar sus pulmones, al empezar la

vida a los cuarenta años, como si su organismo moral se hubiera

renovado, de nuevo al destierro, empujado por muchos de los que había

combatido cuando doblaban la cabeza servil bajo Rosas y por la agitación

insensata de una juventud ávida de ruido, sin conciencia del pasado y

sin visión del porvenir. El golpe fué rudo y la tierra extraña más sola

que en los amargos días de la lucha. Una melancolía profunda se apoderó

de él, perdió la esperanza que un momento había brillado ante sus ojos y

se extinguió en silencio en brazos de su fiel compañera, oprimiendo la

mano de su hijo.

Carlos volvió a la patria; los bienes de su familia le habían sido

restituídos. Su primera educación fué la de todos nosotros, superficial,

arrancada a trozos a la debilidad de la madre, con sus largas estadías

en el campo predilecto, los numerosos años recomenzados en el curso

universitario y en la adolescencia, la vida vagabunda, un tanto

_compadre_, que hoy se ha perdido felizmente por completo. Las hazañas

de media noche, las asociaciones para el escándalo nocturno, el prurito

del valor en las luchas contra el infeliz _sereno_, el asalto a los

cafés, a los bailes de los suburbios, el contacto malsano de las bajas

clases sociales cuyos hábitos se toman, el lento desvanecimiento de las

lecciones puras del hogar. Los que han pasado en esa atmósfera su

primera juventud y han conseguido rehacerse una ilusión de la vida y una

concepción recta del honor, necesitan haber tenido de acero los resortes

fundamentales del alma. La guerra del Paraguay fué, en ese sentido, un

beneficio inmenso para nuestro país. Por afición a las armas, por

admiración a muchos oficiales de la época, pendencieros, decidores,

eternos arrastradores de poncho, tal vez un poco por el palpitar de la

_fibra salvaje_ que jamás se extingue por completo, muchos jóvenes de 18

a 25 años, de los que entonces hacían esa vida ignominiosa, partieron a

campaña y se rehabilitaron cayendo noblemente en los campos de batalla o

ilustrando su nombre por el valor y la buena conducta.

Carlos era muy joven aún. Por otra parte, su índole recta y generosa,

cierto amor _dilettante_ al estudio, sobre todo a la lectura, y por

último un largo viaje para terminar su educación en Europa, que su

madre, bien aconsejada, le hizo hacer, le salvaron del peligro de una

vida que habría destruído su porvenir. Pasó tres años en un colegio

inglés, anexo a la Universidad de Oxford y allí se operó la

transformación radical de su organismo moral.

Nada como la atmósfera inglesa para regularizar este conflicto eterno

que se llama el alma de un latino y más aún el alma de un sudamericano.

Sea tradición de raza, atavismo revolucionario o simple influencia

etnográfica, el tipo general de nuestros jóvenes se combina moralmente

de excesos y depresiones curiosas en sus diversos elementos. La

imaginación ocupa un espacio inmenso y su constante acción determina una

insoportable prisa de vivir, de llegar, de gozar de entrada la plenitud

del objetivo. Al mismo tiempo y por la misma influencia, el objetivo es

vago e indefinible para los mismos que lo persiguen. El valor nos sobra,

el valor instintivo, el valor de empuje momentáneo, pero la voluntad

persistente nos falta. Entre nosotros todo el que ha _querido_ ha

llegado. Además, la vida de "Gran Aldea", el círculo relativamente

circunscripto de nuestro mundo social, las amistades de la infancia, que

se perpetúan en el contacto tenaz y obligado de una vida en común, las

extensas vinculaciones de sangre que son apoyos inconscientes,

determinan en nuestra juventud la atrofia de la individualidad, la

pérdida de la iniciativa propia y de esa reserva legítima que aconseja

hacer un fondo inviolable, personal, de fuerzas morales, en vista de la

dura lucha que se prepara.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 12 / 20 段