Así, ¡cuánto se ha dicho de Mozart, de la profundidad de su concepción,

de lo intrincado de su manera y de la preparación especial que se

requiere para entenderlo! Y, sin embargo, es el mayor portento de

claridad, de nitidez cristalina que la historia del arte registra. Pero

a su maravillosa facilidad, al espontáneo torrente de melodía que brota

de su cerebro, se unen dos condiciones tan raras, que han hecho de él el

único y el inimitable: su instinto dramático, en primer lugar, que le

permite, con sin igual soltura, traducir la situación, y en segundo, la

elegancia, la distinción suprema de su melodía. Se le acusaba de haber

puesto la estatua en la orquesta y el pedestal en la escena. Es que fué

de los primeros en comprender que una batalla debe darse con todas las

fuerzas de que se dispone y utilizó los pocos instrumentos con que

contaba, fundiéndolos con las voces, abriendo así esa vía luminosa que

Wagner debía recorrer triunfalmente hasta agotarla.

Es esa la maravilla del _Don Juan_; el drama está en la música más que

en la palabra y pienso que hasta sin el juego escénico, se necesita ser

muy lego en la materia para no sentir y comprender la intención de la

frase musical y no adivinar, tras las melodías que Mozart hace cantar a

su héroe, el alma voluptuosa, ligera y escéptica del seductor...

¡Pobre _Don Juan_! No hay cuaderno de pequeñas melodías para el primer

año de piano, que no contenga, transcriptas con una ingenuidad de

deletreo, el "_la ci darem la mano_", el "_Deh! vieni a la finestra_",

el minuet "_signore maschere_" y el rondó de Zerlina. Lo mismo pasa con

Virgilio: nos lo hacen _annoner_ en la infancia, le tomamos horror y no

lo volvemos a abrir en la vida, sin darnos cuenta que el magnífico

poema, leído sin obligación, es una de las fuentes más puras en la que

el espíritu humano puede encontrar la belleza.

Y a propósito de _Don Juan_, se agolpan a mi memoria recuerdos lejanos

que me es grato saludar, como a una evocación de muchos seres queridos

que reposan para siempre.

Hace veinticinco años o más, Ferrari[11], esa columna lírico-argentina,

sin sospechar aún los altos destinos a que su estrella le llamaba, había

saltado, con más audacia que capital, del modesto salón de la Sociedad

Filarmónica que había fundado, al escenario del Colón. Lo que había

determinado de vocaciones musicales esa Sociedad Filarmónica, no es

decible. Como todas las coristas eran niñas de las principales familias

de Buenos Aires, los coristas, naturalmente, se reclutaban entre la flor

de la juventud porteña. Se cantaban, en los conciertos, piezas

concertadas o, como decían los pocos técnicos aficionados, _tuttis_.

[11] Aun vivía el buen maestro cuando fueron escritas estas líneas.

Pero había un antagonismo de criterio respecto a la colocación, entre

Ferrari y sus artistas. El maestro quería que los tenores se colocaran

detrás de las sopranos, los barítonos de las mezzo y los bajos de las

contraltos. Tenía, es cierto, la conciencia ancha y cuando se lo pedía

con buen modo, algún tenor enamorado, conseguía que declarara soprano, a

una modesta aficionada que trepaba a duras penas tres escalones. Así,

recuerdo que un día apareció en los salones del Coliseo, para un ensayo,

un ex alférez "largo, lampiño y un poco desgoznado"[12], me pidió que lo

presentara a Ferrari, porque quería tomar parte en el coro.--¿Qué voce

a?--No sé.--Allora, ¿come si fa?--Espérate. Consulté al amigo, quien,

después de averiguar que una morochita que le interesaba era soprano, se

declaró tenor. Ferrari, un poco desconfiado, debo declararlo, le colocó

detrás de la sopranito codiciada. El ensayo empezó; se trataba nada

menos que del final del tercer acto de la _Traviata_.

[12] Así se ha dibujado él mismo, "Treinta años después", en la

deliciosa página que lleva ese título y que publicó "La

Biblioteca".

Astengo, un corredor de seguros que le jugaba música para colocar

pólizas, hacía de Alfredo, mientras una niña rubia, simpática, con una

voz deliciosa y verdadero talento artístico[13], tenía el papel de

Violetta. Nosotros, el coro, los señores y damas sin importancia,

repetíamos hasta el cansancio una sola frase: _Quanta pena fa al cor!_

Pero había que colocarla a tiempo, por lo menos. Esa pena profunda que

sentíamos por la desgracia de la Traviata, debíamos expresarla

oportunamente. Pero apenas ésta había lanzado su _Alfredo, Alfredo!_, mi

amigo, aprovechando el momento en que Violetta tomaba aliento para

añadir: _di questo core_, etc., lanzó un _quanta pena fa al cor_, tan

extemporáneo, tan anacrónico, que Ferrari se sintió mal, dió un

batutazo formidable, y dirigiéndose a mí, que baritoneaba en un rincón,

rugió agitando los brazos: _ma fa tacere questo pero!_ En aquella época,

Ferrari no podía decir _perro_. La escena concluyó por una transacción:

mi amigo continuaría siendo tenor, pero sin cantar, _tenor seco_, como

le llamábamos.

[13] La señorita Genoveva Amadeo.

Cuando Ferrari tomó la dirección del Colón, no le dejábamos vivir,

pidiéndole que abandonara el viejo repertorio italiano y nos hiciera

conocer a Mozart, a Weber y Meyerbeer. Lo primero que conseguimos de

este último, fué _Roberto el Diablo_; la impresión fué colosal y el

éxito lucrativo para Ferrari. El oía un poco entonces esa nueva música

con un airecito escéptico y creo que aún hoy, en el fondo, sus gustos

son los de su juventud. Pero, en fin, nuestro consejo había sido bueno,

le ayudábamos cuanto nos era posible en la prensa, en la propaganda

social y en aquellas agarradas musicales del Club del Progreso, que

hacían poner furioso al pobre don Juan Carranza, en su eterno bezigue

con Adolfo Alsina, su víctima ordinaria.

Teníamos entrada franca entre telones y ayudábamos a bien morir a Lelmi,

en el _Ballo in maschera_, bajo el disfraz del último acto. Recuerdo que

Adrián Arana quería salir una noche, de casco y barba postiza, con una

escopeta de dos tiros, a cazar hugonotes en el último acto de la ópera

de Meyerbeer, que ahora se suprime siempre y que tiene un hermosísimo

terceto. Era íntimo amigo de un corista que se colocaba al lado de la

_avant-scéne_ en que estaba Adrián y cantaba sólo para éste, que le

aplaudía con frenesí, en la esperanza, según decía, de presenciar alguna

vez el estallido de la vena yugular que, allá por el _si_ bemol, tomaba

proporciones de cable en el pescuezo del corista... ¡Esa _avant-scéne_!

Eugenio Cambaceres, con el atractivo de su talento, de su gusto

artístico, de su exquisita cultura, de su fortuna, de su aspecto físico,

pues todo lo tenía ese hombre que parecía haber nacido bajo la

protección de un hada bienhechora, era el jefe incontestado. Luego venía

_Patroclo_, el insigne Patroclo, senador por Jujuy, _s'il vous plait_,

chiquito, tieso, duro, malísimo, que no podía vivir sino entre nosotros.

En seguida, Icaza, el _gallego_ Icaza, flaco, tenue, impalpable,

exuberante, lleno de grandes designios, siempre irrealizados, el músico

técnico de la compañía, anunciando eternamente un trabajo, alguna

crítica de arte, en la que pondría las peras a cuarto y cantaría las

verdades al hijo del sol, pero que nunca veíamos. De los vivos, ¿a qué

hablar? Viejos magistrados unos, _fruits ratés_ otros, buenos padres de

familia los más, todos vamos siguiendo, con semblanza de conciencia,

esta cómica ruta cuyo final no está lejos...

Pero vuelvo a mi _Don Juan_, y si en el camino me extravío por momentos,

mirad esos _zig-zags_ con indulgencia, porque me traen recuerdos de la

única época realmente feliz de la vida... Habíamos, por fin, resuelto a

Ferrari a poner en escena la anhelada ópera, aprovechando la contrata de

no sé qué barítono italiano que cantaba bien y traía trajes pasables.

Ferrari se había defendido con energía. _Ma come si fa? Cinquanta mille

pezzi de decorazione!_ (de los chicos, de entonces, pero que se estaban

quietos, sin subir ni bajar). _Se é un fiasco, come si fa?_ Para

destruir esa poderosa argumentación empleamos todos los recursos

imaginables, y Ferrari, que al fin y al cabo, es el hombre que nos ha

hecho conocer el teatro lírico casi entero, cedió a nuestra instancia,

los ensayos comenzaron y nos pusimos en campaña. Se trataba, como era

natural, de hacer conocer la obra de Mozart, en un artículo magistral,

que arrebatara los sufragios del público y que llenara, desde la primera

noche, la vasta sala del Colón, tan llorada por todos los que a ella

teníamos vinculada nuestra juventud y nuestra alegría. ¿Quién había de

ser el designado para llevar a cabo la magna obra? Icaza, naturalmente,

como en el grupo de Pickwick, todo lo que se refería al amor tenía su

representante titular. Con tres meses de anticipación, Icaza acometió la

empresa. Pasaba tres o cuatro horas encerrado, producía uno o dos

párrafos, los cepillaba, los limaba, les metía unas puntitas, que él

llamaba horadadoras, y cuando le preguntábamos, con cierta reserva y

misterio: "Y aquéllo, ¿anda?", nos contestaba, más que con la palabra,

con la expresión, porque más que cara, tenía fisonomía: "Tente tieso y

ello será." Vivía en su artículo y hasta había cesado de hablar de una

morena, más fea que una crisis, que le tenía sorbido el seso. Por fin, a

los tres meses, llegó una noche al teatro, con aspecto fatigado, pero

radiante, colgó su sombrero, y en su lenguaje apocalíptico no dijo sino

estas palabras: "Abur y la de vámonos!" Eso significaba, claro como el

cristal de roca para nosotros, que había terminado su artículo sobre

_Don Juan_. No hubo medio de que nos lo leyera; ruegos, amenazas de

pisotón (lo que más temía físicamente en el mundo), todo fué inútil.

Sin vacilación, todos resolvimos que el artículo se publicaría en la

_Tribuna_. La _Tribuna_ era el diario a la moda, el único, el

indispensable. Cortado y dirigido, instintiva e inconscientemente, en el

sentido de las preocupaciones porteñas, tenía una autoridad absurda,

pero incontestable, y ha sido necesario todo el talento comercial de los

Varela, para haber dejado agotar esa fuente de fortuna. Lo dirigía

entonces, como un jinete, con espuelas y sin riendas, puede dirigir un

caballo, Héctor Varela, que acababa de llegar de Europa con la aureola

del discurso de Ginebra que no había pronunciado. Para él, artículos de

fondo, información política y financiera, todo eso era secundario; toda

su atención se concentraba en dos folletines que aparecían diariamente,

algo como unos _Misterios del Paraguay_, con Madama Lynch por

protagonista, y las _Cosas_, de Orión, que él redactaba bajo ese

pseudónimo. La novela ofrecía pocas dificultades; Héctor había escrito

los dos o tres primeros folletines y una buena mañana se había cansado;

como el regente (¡oh vasto, redondo y solemne don Saturnino Córdoba, te

saludo al pasar!) le pidiera materiales, tomó la primer novela que le

cayó a mano, la abrió al azar, encontró un diálogo, le metió tijera y lo

entregó a la composición. Los lectores (tenía y muchos) se agarraban la

cabeza, no entendían una palabra, pero esperaban pacientes que aquéllo

se aclararía más tarde. Esa publicación, en esa forma, duró meses

enteros, y lo que es más colosal, el primer tomo apareció, se vendió y

debe aún adornar alguna biblioteca.

En cuanto a las "Cosas", allí cabía cuanto Dios crió. _Virutinjis_,

felpas, reclamos, bombos, anuncios, sablazos, disimulados o no,

transcripciones, cuentos, anécdotas, versos, cuanto es posible imaginar,

todo bajo la firma de Orión.

Nuestro buen Icaza puso en limpio su artículo magistral, en buen papel,

tinta negra y letra clara y se lo llevó solemnemente a Héctor, que

entendía de música como de cualquier otra noción racional. Este se lo

recibió, agradeció al compadre Icaza (todo el mundo era compadre de

Héctor, no sé por qué) su valiosa colaboración y le pidió que esa misma

noche fuera a corregir las pruebas. Icaza no faltó por cierto, espulgó

su prosa, teniendo por oidor al ñato Montes de Oca, de todos los errores

de caja, y luego se nos presentó en el teatro, más misterioso que nunca.

"Mañana y a callar!", nos dijo. Preparamos el alma a las grandes

emociones, advertimos a Ferrari, nos fuimos al Club, en donde, de mesa

en mesa, propalamos la buena nueva y a la mañana siguiente, nos

despertamos al alba para pedir la _Tribuna_. En vano la recorríamos

desde la cruz a la fecha: ni sombra del artículo de Icaza! Por fin, se

me ocurre echar una mirada sobre las "Cosas" de Orión. Lo primero que

leo es lo siguiente: "El buen gringo, mi compadre Ferrari, va a dar el

Don Juan, de Mozart, ese alemán de rechupete, en el teatro Colón". En

seguida, sin título ninguno, como consecuencia de esa frase

trascendental, el artículo de Icaza, menos la firma. Al final, este

parrafito, dedicado a Ferrari o a Mozart, el texto es confuso: "Ah,

gringo lindo!" Luego la firma: Orión.

Me vestí de prisa y corrí a casa de Icaza; un sirviente gallego me

recibió, trastornado: "El señorito me pidió los diarios a las 7, en

seguida le dió un ataque y ahí está sin sentido; le han puesto

ventosas!"

1897.

En el fondo del río[14]

[14] Este fragmento, así como los dos titulados "De cepa criolla" y

"A las cuchillas", formaba parte de un estudio de nuestra

sociabilidad en aquel momento, que empecé a escribir en 1884. Ese

trabajo ha quedado definitivamente sin concluir porque esas cosas,

cuando no se publican de primera intención, dan más trabajo para

corregirlas, que para escribirlas de nuevo. Si publico aquí esos

fragmentos, es porque pueden leerse sin que choque su incoherencia,

refiriéndose cada uno a un cuadro o a un asunto particular.

El último día de cuarentena tocaba a su término. Había a bordo un

bullicio insólito. El piano, golpeado con más rigor que en las

melancólicas noches de la última semana, exhalaba sus quejidos ásperos

con tal buena voluntad, que se creía adivinara próximo el momento del

reposo. Se había instalado un _nueve_ animadísimo en una de las mesas

del comedor y los maltratados en la travesía trataban de rehacerse,

tentando la suerte del último día, postrera esperanza, engañosa como

todas. Un coro de señoras, un tanto enrojecidas por la labor interna de

la digestión, rodeaban el piano, donde una escuálida criatura de veinte

años batía las teclas sin piedad, mientras su hermana o algo así, soñaba

en voz alta, más o menos afinada, con bosques sombríos, claros de luna,

citas de amor y mal de ausencia. Los corchos de cerveza y limonada

gaseosa, con su falso ruido de champagne, saltaban a cada instante. Los

sirvientes, al pasar, solían poner la mano en el hombro a algunos

pasajeros y les deseaban, con un aire de superioridad incontestable,

buena suerte en el piquet.[15]

[15] Debe recordarse que en los vapores franceses ("Messageries

Maritimes"), los pasajeros de 1.ª y 2.ª clases, viajan

confundidos.

Arriba, sobre el puente, la luna, el espacio tranquilo, el Plata

dormido, meciendo sus olas pequeñas y numerosas, que se extinguían sin

rumor contra los flancos del navío. A lo lejos, al frente, en el confín

del horizonte, una faja rojiza tenue, como el resplandor lejano de un

incendio, visto a través de una atmósfera cargada de vapores leves. A la

derecha, también distantes, los faros de las costas y la imperceptible

raya negra que el espíritu adivinaba más de lo que los ojos veían. En

medio del río, vasto como un mar, multitud de luces que oscilaban

lentamente en lo alto de los mástiles. De tiempo en tiempo el eco triste

de una campana que daba las horas, como si recordaran al que soñaba

sobre el puente que aun en el seno de esa paz silenciosa, la vida corría

y las tristezas con ella.

Estaba solo en cubierta, tendido sobre un banco, el brazo apoyado sobre

la baranda y la cabeza sostenida en la mano. La luna bañaba de lleno su

rostro de facciones regulares, joven aun, pero fatigado. Miraba al astro

velado por la niebla ligera con la persistencia de los soñadores y la

vaga expresión de sus ojos anunciaba que su alma recorría el pasado.

Las horas corrían así, lentas e iguales. En el comedor se había hecho el

silencio; a popa, un grupo que hablaba en voz baja, sólo revelaba su

presencia por el intermitente resplandor de los cigarros.

Varias veces ya un hombre había aparecido en lo alto de la escalera que

daba al puente y luego de mirar con interés cariñoso al joven inmóvil

había descendido. Al fin, en una de sus últimas subidas, se acercó

suavemente con un plaid en el brazo y lo tendió al joven, diciéndole en

francés con respetuoso acento:

--La humedad de la noche puede hacerle mal, señor. He traído este

abrigo, por si el señor piensa no recogerse todavía.

--Gracias. No descenderé aún; no podría dormir. Tráigame un poco de

cognac con agua y cigarros.

El criado reapareció un momento después, el joven encendió un tabaco, se

envolvió en la manta y quedó mirando con una expresión de cariñosa

tristeza a su servidor.

--Mañana concluye la cuarentena, Pedro.

Pedro se inclinó.

--Y empiezan los días amargos de que le he hablado, añadió el joven

sonriendo.

--Yo estoy bien en todas partes donde el señor quiera tenerme consigo.

--Sí, pero usted no conoce la vida de nuestros campos, sobre todo a

donde vamos. Es el desierto, la soledad y el silencio constantes. Tendrá

Vd. poco o nada que hacer allí y el fastidio puede engendrar la

nostalgia. Le repito, pues, mis palabras de París: no hay compromiso

ninguno entre nosotros. En el momento en que lo desee, regresará Vd. a

Europa o se instalará en Buenos Aires, a su elección.

--El señor es siempre bondadoso conmigo; sólo le pido que me lleve

consigo donde vaya y que me acepte a su lado mientras mis servicios le

sean útiles.

--Bien, bien; tenemos tiempo de hablar. Prepare todo para descender

mañana temprano. ¿No ha habido nuevos curiosos?

--No, señor; desde Río me dejan tranquilo.

El joven hizo un gesto de fastidio mientras el criado se retiraba. El

hecho es que desde Burdeos había vivido a bordo en una acechanza

constante, en una insoportable persecución de la curiosidad ajena. Su

retraimiento sistemático, sus respuestas monosilábicas, dadas con

glacial corrección a los que intentaban abrir charla con él, su silencio

en la mesa, el imperioso deseo de soledad que revelaba su aspecto, le

habían señalado al mundo de a bordo como un personaje original,

orgulloso primero, enigmático después, sospechoso más tarde. Entre los

pasajeros había pocos argentinos; la mayor parte eran familias de

extranjeros radicados en el país y sin contacto con la alta sociedad

porteña. Así, había duda hasta sobre el nombre del joven, que figuraba

en sus maletas, en la lista de pasajeros, que no importaba misterio

alguno, pero que el deseo de crear historias rodeaba de sombras en el

ánimo de esa buena gente. No pudiendo sacar nada del amo se dió el

asalto contra el criado, llevando la voz los que hablaban francés,

porque Pedro no entendía una palabra de castellano. Pero o Pedro tenía

un natural poco comunicativo o cumplía instrucciones terminantes, el

hecho es que tres o cuatro respuestas secas, dadas con su aire de

ceremonia, pusieron en derrota a los más audaces.

Sólo se supo a punto fijo que el joven se llamaba Carlos Narbal, que

pertenecía a una distinguida familia de Buenos Aires, que tenía fortuna

y que había estado muchos años ausente. Y esto, gracias a tres o cuatro

_cocottes_ que venían a Río contratadas para el Alcázar, según decían,

que se daban suntuosos aires de artistas, pero que el comisario de a

bordo, que debía conocerlas a fondo, amenazaba con enviarlas a perorar

_sur le gaillard d'avant_ cada noche que el alboroto promovido por las

ninfas se hacía insoportable. Cuando se les pasó el mareo del golfo y

entrando a las aguas más tranquilas del Océano empezaron a recibir los

galanteos de la gente de a bordo, que en general ofrecía poco porvenir,

sus miradas no tardaron en dirigirse sobre Carlos, cuyo aspecto auguraba

un hombre de mundo. Si en alguna parte las mujeres tienen conciencia de

su fuerza es indudablemente sobre la cubierta de un buque. Caras que no

se han percibido en el momento del embarque, adquieren cierto atractivo

a los ocho días de navegación, y a los quince, a menos de ser unos

monstruos, pasan con facilidad por bellezas acabadas. El fenómeno se

produce a favor de un sinnúmero de circunstancias, de las que cuentan en

primera línea el aire vivificante del mar, la fuerte alimentación, la

inacción forzosa y la ausencia absoluta de puntos de comparación. Pero

todo eso parecía hacer poco efecto sobre el hombre único tal vez que no

hacía avances. El repertorio estaba agotado, las miradas tiernas, la

pantalla caída a propósito, el "_Mon Dieu, qu'il fait chaud!_" en los

trópicos, el insinuante y audaz "_est-ce que vous connaissez Rio,

monsieur?_", todo el arsenal de escaramuzas femeninas. Una de ellas, más

_crâne_ que las demás, había hecho jugar la gruesa artillería y una

noche, antes de llegar a Bahía, cuando ya hacía rato que habían sonado

las doce y que los corredores estaban desiertos, se entró sencillamente

al camarote que ocupaba Carlos, que a causa del calor había dejado sólo

la cortina corrida. Carlos, que no dormía, se sentó en la cama. Entonces

una voz queda, pero muy queda, cuya entonación procuraba infiltrar la

persuasión de que los vecinos no se despertarían, murmuró: "_Pardon,

monsieur, je me suis trompée de cabine_". Carlos refunfuñó algo, se dejó

caer sobre el lecho y la poco orientada artista declaró al día siguiente

que aquello, con el aspecto de un hombre, y _même pas mal_, no era tal.

Luego, el aislamiento, las largas horas pasadas con los libros amigos,

con el Dumas que no cansa y que se relee con el placer que da la

evocación de las impresiones de la primera lectura, los buenos y sanos

libros de historia, las revistas científicas, las narraciones de viaje

que llevan el espíritu a regiones remotas. Y por la noche el panorama de

los cielos llenos de estrellas, del mar que las refleja con cariño, de

la estela que se desvanece lentamente como un sueño, la blanca espuma

que se apaga murmurando, la caprichosa fosforescencia de las aguas que

se abrillantan por instantes como el espíritu del que sufre, con un

reflejo de esperanza, para caer en seguida en la sombra...

La última noche, pero frente a la patria, cuyo amor se levanta

espléndido sobre todas las ruinas morales. Ahí estaba; bajo el

crepúsculo incierto del horizonte, dormía la ciudad madre, cuna de su

cuerpo, nodriza de su alma, fuente también sin duda de todas las

amarguras de su vida. Miraba, miraba intensamente el reflejo lejano y a

medida que su espíritu leía el pasado en la memoria, sus ojos se

impregnaban de lágrimas o adquirían una dureza de acero. Luego pasaba la

mano por la frente y quedaba inmóvil.

Un dolor profundo o un error inmenso pesaba sobre el alma de ese hombre;

o se había estrellado contra una desventura sin remedio, de las que

rompen la armonía interna y velan el porvenir o bajo un fastidio

colosal, el origen de su mal se había desenvuelto e invadido todo el

ser moral.

¿Quién, quién sabe las ideas que pasan por el cerebro de un hombre joven

que sueña bajo los vientos dormidos, sin más horizonte a su mirada que

las aguas silenciosas y monótonas?...

La campana de proa daba las dos de la mañana, cuando el criado avanzó

resueltamente y con cierto aire de autoridad y un "_Je vous en prie,

monsieur_" insistente y suave, pidió a Carlos que se recogiera. El joven

descendió; la luna continuaba brillando a través de la niebla húmeda que

se aumentaba por momentos, el círculo amarillento que la rodeaba se

extendía y las aguas comenzaban a moverse con más rapidez en la

superficie del estuario inmenso.

A la mañana siguiente, al alba, la inquieta expectativa del desembarco

animaba todo el mundo. Parecía que la felicidad, abiertos sus cariñosos

brazos, esperara en tierra a los que tanto ansiaban pisarla. La mayor

parte, sin embargo, iban a cambiar la vida libre de a bordo con la

exigua existencia detrás de un mostrador o la ingrata tarea del

jornalero. Los trajes nuevos habían hecho su aparición; por todas partes

cajas de sombreros, jaulas con antipáticos loros dentro, maletas de

viaje, gorras, bultos.

Por fin llegaron los vapores de desembarco, se llenaron las formalidades

sanitarias y pronto el buque quedó sólo con su tripulación y allá en la

proa, los emigrantes apiñados, mirando con ojos de ingenua curiosidad

cuanto pasaba a su alrededor y sintiendo pesar sobre su alma esa

impresión de abandono que gravita sobre el extranjero al pisar por

primera vez las playas de una tierra desconocida. Pronto la atmósfera

fácil y cómoda de nuestra patria iba a borrar la nube de tristeza e

iluminar la vida de esos desgraciados con las perspectivas de un

porvenir seguro.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 11 / 20 段