Hubiera deseado que el Sr. Abeille, con su segura información, nos

hubiera dicho algo sobre el delicioso _guarango_ de nuestro "idioma

nacional", que si viene realmente de dos palabras quichuas que

significan _varios colores_, es un hallazgo genial del pueblo--y del

odioso _macana_, que no se acierta a comprender como ha venido a

significar _disparate_, _despropósito_, de su acepción primitiva y

aceptada, aun en España, de "arma contundente usada por los indios". Y

llegando a las profundidades del "idioma nacional de los argentinos",

anda por ahí un famoso _titeo_, muy campante, que amenazando de desalojo

al castizo _bochinche_, ha invadido ya los dominios de la _burla_ y de

la _broma_, sin que sepamos aún qué derechos tiene, semánticamente

hablando, para conducirse así.

III

La circunstancia especial de ser este un país de inmigración, hace más

peligrosa la doctrina que informa el libro del Sr. Abeille y más

necesaria su categórica condenación. Sólo los países de buena habla

tienen buena literatura y buena literatura significa cultura, progreso,

civilización. Pretender que el idioma futuro de esta tierra, si

admitimos las teorías del Sr. Abeille y salimos de las rutas

gramaticales del castellano, idioma que se formará, sobre una base de

español, con mucho italiano, un poco de francés, una migaja de quichua,

una narigada de guaraní, amén de una sintaxis _toba_, tiene un gran

porvenir, es lo mismo que augurar los destinos del griego o del latín a

la jerga que hablan los chinos de la costa o la jerigonza de los

levantinos, verdadero volapuk sin reglas, creado por las necesidades del

comercio. Paréceme que si el Sr. Abeille, a más de tener todo el cariño

que muestra por esta tierra y que creemos sincero, fuera hijo de ella,

sentiría en el alma algo instintivo, que le enderezaría el razonamiento

en esta materia.

Y ahora me voy a releer la muerte de Marco Aurelio, de Renán, el

discurso sobre la nobleza de las armas, de Cervantes, la pintura de

Inglaterra al terminar el siglo XVII, de Macaulay o los coros del

Adelghi, de Manzoni, para en seguida pedir al cielo conserve en nuestro

suelo la pureza de la noble lengua que hablamos, a fin de que algún día,

si no nosotros, nuestros hijos, puedan leer, de autores nacionales,

páginas como aquéllas.

1900.

EN LA TIERRA

Tucumana

La hacienda del "Arrayán" dista de Tucumán poco más de doce leguas, esto

es, unas buenas diez horas de marcha. Al abandonar el valle es necesario

acudir a la mula o al caballo habituado a la montaña. Así se asciende

lentamente, se cruzan los cuadros más bellos que pueden contemplarse en

suelo argentino; cuadros cuyo aspecto va cambiando de carácter a medida

que los caprichos de la ruta conducen a una garganta de la que, más que

verse, se adivina el fondo, o llevan a una cúspide desde la cual se

abarca un paisaje dilatado. Jamás la nieve cubrió esos montes, vírgenes

del helado abrigo bajo el cual se cobija la tierra en los duros climas

del Norte. La Naturaleza desnuda, siempre alegre, viviendo sin cesar,

arroja en todas las formas su savia desbordante. A veces cuando el sol

vibra sobre ella con tal intensidad que el suelo se entreabre, la acción

generosa de los bosques que cubren los cerros como un manto real,

acumula las nubes y prepara la lluvia, que empieza en largas y anchas

gotas, se acelera, se enardece con el estruendo del trueno, se hace

frenética, cae a torrentes, amenaza, va a herir... y se disuelve en una

sonrisa de verano. El que no conoce esas fantasías del trópico no puede

darse cuenta de la vida intensa y expresiva de la naturaleza...

El "Arrayán", propiedad de don Juan Andrés Segovia, ocupaba un extenso y

lujoso valle completamente rodeado por colinas de poca elevación que lo

defendían como una cadena de baluartes. Bien patrimonial, había quedado

abandonado hasta 1860, a la merced de todo el que quería llevar allí su

rebaño vagabundo. Sólo cuando la nacionalidad se constituyó y que la paz

hizo nacer la esperanza, en ese momento digno de estudio en nuestro

país, cuando el pueblo argentino, como al despertar de un largo sueño,

empezó a palparse, a darse cuenta de las necesidades de la vida y a

estudiar los recursos de nuestro suelo admirable, sólo entonces Segovia,

uno de los precursores en su provincia de la implantación de la

industria que debía hacer su riqueza, comprendió el inmenso valor del

"Arrayán" y ensayó un pequeño plantío de caña de azúcar. Poco a poco el

campo del arado se extendió y la tierra, atónita de recibir semilla de

mano del hombre, gozosa de la aventura, rindió opulenta el préstamo

parsimonioso.

Al rancho de paja sucedió bien pronto una habitación _de material_, que

cinco años más tarde cedió el sitio no a un palacio, sino a uno de

aquellos vastos y cómodos edificios, sin arte ni belleza, pero que el

instinto del hombre más ignorante sabe construir, de acuerdo con las

exigencias del clima. Sobre una pequeña altura, una masa cuadrada,

flanqueada por anchos corredores y en el centro un patio enorme,

cubierto de naranjales, limoneros, palmeras, arrayanes y laureles rosa.

Del mismo modo, el viejo trapiche primitivo había desaparecido ante la

enorme maquinaria moderna, esa maravilla de mecánica que toma el verde

tronco de la caña y lanzando el jugo que le extrae a su peregrinación

fantástica, lo transforma en oro.

El ingenio propiamente dicho, se levantaba a trescientos metros de la

habitación--y a su pie, una pequeña aldea se había formado, con sus

casitas limpias, cuidadas, rodeadas de árboles y flores, morada de los

ingenieros y empleados extranjeros y sus ranchos casi abiertos, hogar

transitorio del criollo. En el centro, una pequeña iglesia levantaba su

campanario blanco, frente a la escuela modesta. Los dos edificios

parecían mirarse con cariño en su humildad recíproca; la una exigía una

fe serena y tranquila y la ciencia que en la otra se enseñaba era bien

tímida para levantar la cabeza. Los peones miraban con envidia a sus

hijos ir a la escuela y pasaban largas horas de la tarde, al concluir

las faenas, haciéndose enseñar los insondables misterios del alfabeto

por los niños encantados de lucir su ciencia ante sus padres.

Segovia tenía predilección por su hacienda del Arrayán; no sólo era la

base principal de su fortuna, sino que encontraba dulce la vida allí,

rodeado de su familia y entregada el alma a esa profunda satisfacción

moral que da la conciencia de ocupar útilmente el tiempo. Parecía que al

descender al valle, todas las contrariedades volaban de su espíritu para

dar lugar a un contento sereno e igual. El día de su llegada era caro;

todos los necesitados, todos los que se habían comido anticipadamente el

beneficio de la estación, todos los que se habían visto cortar el

crédito por el implacable pulpero, acudían a él y rara vez volvían

descontentos. Lo que le había costado más implantar, era el régimen

moral. A medida que su hija Clara crecía, Segovia comprendía los

inconvenientes de aquel estado social perfectamente primitivo, en el que

las teorías más avanzadas del _free love_ americano habían recibido una

vigorosa aplicación inconsciente. Rara era la pareja que había pasado

por otro altar que el de la naturaleza antes de consumar su unión.

Segovia constataba que los resultados podían luchar con éxito con los

productos más canónicos de las sociedades cultas y que esos muchachos

rollizos y vigorosos, concebidos al azar de una noche de verano, bajo un

cielo estrellado y la callada protección de un naranjo dormido, nada

tenían que envidiar al pillete lívido de las ciudades, venido al mundo

con un pertrecho completo de sacramentos y actos oficiales. En tanto que

Clara fué pequeña, Segovia sostuvo impávido su teoría contra los

enérgicos asaltos de su hermana, devota combatiente, y los más flojos de

su mujer; pero más tarde comprendió que debía ceder y cedió. Fué

entonces que se levantó la capilla y que la aldea del Arrayán presenció

respetuosa la entrada solemne del señor don Isidoro, nombrado capellán

del establecimiento y encargado de poner un poco de orden en aquel

pequeño mundo que hasta entonces había crecido bajo la mirada directa

del Señor, sin intervención de su santa iglesia.

Era don Isidoro un mocetón de veintiséis o veintiocho años, bien

plantado, alto, robusto y hecho a torno. Visto de espaldas, parecía un

granadero disfrazado, un hombre de acción y de pasiones. De frente, el

problema se resolvía: jamás una cara más plácida, dulce, naturalmente

tranquila y alegre, había reflejado un alma más alejada de las

concepciones turbadoras de la vida. Inocente a veces hasta el exceso, se

salvaba siempre no sólo de las dificultades, sino del ridículo mismo,

por su bondad profunda y sana. Era español; muy niño, vino con Su

humilde familia a Buenos Aires, se educó en el seminario y más tarde fué

familiar de un prelado que le tomó cariño, le dió las órdenes y trató de

ayudarle. Segovia le conoció en uno de sus viajes, rió un poco de su

inocencia, le intrigó ese rarísimo fenómeno de perfecta pureza y

concluyó por llevársele a Tucumán. Al mes de vida íntima le trataba con

afección paternal; pero jamás pudo privarse de la clásica broma que

hacía poner rojo a don Isidoro y que consistía invariablemente en

empezar por mirarle, analizar sus formas atléticas, suspirar y lanzar su

eterno "¡Qué lástima!" Don Isidoro se ruborizaba, murmuraba un "Señor

don Juan Andrés!..." y sonreía incómodo. Lo que daba lástima a Segovia,

era el desperdicio de un hombrón semejante, que habría hecho tan feliz a

una mujer y dado tan vigorosa prole.

Lo que don Isidoro casó y bautizó en los primeros tiempos, no está

escrito. Al principio quiso hacer una amonestación por separado a cada

pareja; pero eran tantas, que al fin resolvió casar de 10 a 12 a. m. y

luego proclamar por secciones de veinte. Aunque don Isidoro tenía su

casita junto a la capilla, comía siempre en la mesa de Segovia durante

la permanencia de éste en la hacienda. A más de él, había dos comensales

invariables: el ingeniero principal, Mr. Barclay, un americano que había

pasado casi toda su vida en la Habana y que un mal azar de fortuna

arrojó al Plata. Tenía 50 años sonados, era silencioso, trabajador y no

se le conocían sino dos pasiones: la música y Clara, o más bien sólo la

primera, que para él se encarnaba en la segunda. Luego don Benito

Morreón, español, maestro de primeras letras, soltero, de cuarenta años,

rubio, descolorido, con anteojos, apasionado por la filología, pero sin

hablar jota de francés, ni de alemán, ni de inglés, ni de nada, en una

palabra, aunque hacía diez años, según afirmaba, que se había entregado

al estudio de los idiomas eslavos, para empezar por lo más difícil. Su

sistema consistía en llevar un libro enorme en el que copiaba, junto a

la voz española, la correspondiente en bohemio, en croata, en serbio,

en rutheno, o en ruso, echando el alma en la transcripción de los

caracteres gráficos de cada idioma, sin avanzar jamás en su

conocimiento. El sueño de don Benito era llegar a tener discípulos

capaces de comprender el curso de _bello ideal_, como llamaba a la

literatura, curso que pretendía dar, así que su pan intelectual hubiera

fortificado el espíritu de sus educandos. Pero éstos, tan pronto como

sabían leer, escribir y contar, tomaban el machete y se iban a cortar

caña. Don Benito presentaba sus quejas a Segovia, quien le demostraba

pacientemente que un peón no debe jamás tener una educación superior a

su posición en el mundo. D. Benito no se desanimaba y esperaba con calma

la explosión de un genio entre los chinitos descalzos que poblaban su

escuela. Católico ferviente, ayudaba invariablemente la misa de don

Isidoro, con quien mantenía excelentes relaciones.

Luego venía Toribio, el hombre de confianza de Segovia, capataz del

establecimiento en su ausencia, pero sin jurisdicción sobre Barclay, rey

y señor allá en sus máquinas. Toribio no comía en la mesa; peón había

sido, peón había quedado. Decía a Clara "niña Clarita", amansaba él

mismo los caballos destinados a su silla, se sacaba el sombrero delante

de don Isidoro o don Benito y trataba a los peones como amigos, lo que

no impedía que de tiempo en tiempo demoliera uno o dos de un puñetazo.

La hacienda, durante las faenas, contaba más de doscientos hombres entre

los cortadores de caña y los adscriptos a las máquinas, con otras tantas

mujeres y un sinnúmero de chiquillos. Manejar todo ese mundo no era cosa

sencilla y se necesitaba, a más de los puños de Toribio, su aureola de

soldado valeroso, como lo atestiguaban las medallas que lucía su pecho,

en las grandes fiestas de iglesia.

Como Segovia, su mujer y Clara amaban la hacienda. No sólo encontraban

allí una vida de paz y tranquilidad, sino también aquel secreto halago

que tan profundamente han de haber sentido nuestros padres y que para

nosotros se ha desvanecido por completo, arrastrado por la ola del

cosmopolitismo democrático: la expresión de respeto constante, la

veneración de los subalternos como a seres superiores, colocados por una

ley divina e inmutable en una escala más elevada, algo como un vestigio

vago del viejo y manso feudalismo americano. ¿Dónde, dónde están los

criados viejos y fieles que entreví en los primeros años en la casa de

mis padres? ¿Dónde aquellos esclavos emancipados que nos trataban como a

pequeños príncipes, dónde sus hijos, nacidos hombres libres, criados a

nuestro lado, llevando nuestro nombre de familia, compañeros de juego en

la infancia, viendo la vida recta por delante, sin más preocupación que

servir bien y fielmente?... El movimiento de las ideas, la influencia de

las ciudades, la fluctuación de las fortunas y la desaparición de los

viejos y sólidos hogares, ha hecho cambiar todo eso. Hoy nos sirve un

sirviente europeo que nos roba, que se viste mejor que nosotros y que

recuerda su calidad de hombre libre apenas se le mira con rigor. Pero en

las provincias del interior, sobre todo en las campañas, quedan aún

rastros vigorosos de la vieja vida patriarcal de antaño, no tan mala

como se piensa...

De pie con el sol, Segovia recorría la hacienda a caballo, vigilaba el

corte, charlaba con Toribio; rara vez, al volver, dejaba de encontrar a

Clara, habituada también a esos paseos matinales deliciosos, en los que

el aire puro de los campos entra a raudales a vigorizar los pulmones.

Padre e hija se daban los buenos días, buscaban espacio para galopar un

momento y volvían contentos y pidiendo a voces el almuerzo. Durante el

día, Clara ponía un poco de orden a sus numerosas preocupaciones de

caridad, cosía ropa para los chiquillos, visitaba a los enfermos,

celebraba conferencias con D. Isidoro, instándole para que se armara de

los rayos de la iglesia contra el peón Silvano, que bebía, contra

Ruperto, que había estado tres días ausente sin decir nada a su mujer, o

contra Santiago, que no enviaba sus hijos a la escuela. El momento de la

comida era la hora grata por excelencia. Parecía increíble que la

monotonía de aquella vida suministrara tanto tema de conversación. Un

observador habría podido constatar que cada uno de los interlocutores

decía siempre la misma cosa; pero como todos se encontraban en igual

caso, nadie lo notaba. Cada uno, con la persistencia tenaz de la pasión,

pero sin salvar los límites de las conveniencias, procuraba llevar la

conversación al terreno grato a su alma. D. Isidoro hacía un viaje al

paraíso cada vez que Clara, por satisfacerle, recomenzaba la narración

de su recepción en Roma por el papa; Barclay daba giros de veinte leguas

para hacerle repetir sus impresiones en las óperas de Wagner y D. Benito

trabajaba como un benedictino por traer a colación el viaje a Rusia, en

el que encontraba conexiones con su estudio favorito. Clara le había

traído gramática y diccionarios de casi todas las lenguas eslavas; el

día que los recibió, don Benito sintió un nudo en la garganta, rompió a

llorar y estuvo a punto de caer a sus pies. Desde entonces miraba a

Clara con una veneración profunda.--Después de comer, Segovia hacía su

eterna partida de bésigue con su mujer, ésta asesorada por D. Isidoro y

su marido por el maestro de escuela. Barclay ocupaba su sillón no lejos

del piano e inmóvil, silencioso, oía con recogimiento a Clara, asombrado

de encontrar bello todo lo que tocaba, sin darse cuenta muchas veces de

que Clara tocaba precisamente lo que él encontraba bello.

* * * * *

Esa noche, la alegría general producida por los huéspedes queridos,

había determinado una fiesta magna.

Los dos amigos, de regreso de su largo paseo, encontraron en el corredor

sobre el que daban las ventanas del salón, tranquilamente sentado, al

capataz Toribio, en actitud de paciente espera.

--Hola, amigo, ¿qué hace por aquí? dijo Pepe.

--Nada, Doctor; la niña Clara me ha dicho que Don Benito va a tocar el

_paine_ y he venido a ver cómo es.

Todo estaba ya organizado en la sala cuando los dos amigos entraron.

Clara al piano, a su lado su prima María, llegada esa mañana con los

huéspedes; Barclay en posesión de su sillón, Segovia, la señora y el

cura al lado de la mesa de bésigue, pero sin jugar--y en la pieza

contigua, sin duda D. Benito, porque se oía a cada instante una voz que

decía "¿Ya?", como si se tratara de hacer partir a un tiempo diez

caballos o de disparar las armas en un duelo. En las ventanas que daban

al patio, una multitud de cabezas, cubiertas de pañuelos de colores,

dejando escapar trenzas de cabello negro como el ébano y cubriendo

fisonomías sonrientes e iluminadas por ojos llenos de vida. Eran las

_chinitas_ que se habían aglomerado para oir también a D. Benito _tocar

el paine_, invención de Clara, a falta de otro instrumento; todo aquel

pequeño mundo estaba alborotado por esa prodigiosa aplicación de tan

humilde utensilio.

--Es la primera vez que el público hace esperar a los artistas, dijo

Clara. Vamos, colóquense Vds. bien y prepárense a gozar. Atención D.

Benito!

--¡Ya! gritó el aludido desde la región ignota donde procuraba

convertirse en eco lastimero.

--¡No, hombre! Oiga bien el piano y entre en el acorde que le hemos

indicado.

--¡Perdón! dijo D. Benito asomando la cabeza por la puerta del cuarto y

teniendo en las manos el famoso peine envuelto en papel de seda.

¡Perdón! ¿Pero no sería posible hacerme saber por algún medio visible,

cuál es el acorde indicado? Hay muchos que se parecen y me puedo

confundir. Además, de donde me han puesto no alcanzo a verlas y...

--¿Pero no le queda el oído? Todos los eslavos son músicos de

nacimiento, señor Morreón, y usted, por simpatía, debe tener oído.

El argumento pareció convencer a D. Benito, que desapareció asegurando

que pescaría el acorde.

Clara dibujó la melodía en el piano y María empezó el triste recitativo

de la serenata de Braga con su vocecita débil pero afinada y simpática.

Todo el mundo había hecho silencio y el público menudo de la ventana

retenía el aliento para no perder una nota. En el momento oportuno,

justo después del acorde indicado, D. Benito, puntual bajo la excitación

hecha a su honor panslavista, rompió denodadamente el fuego con bastante

precisión.--La cosa no era muy fácil, porque la voz llevaba una melodía

y el piano acompañaba, mientras D. Benito debía esgrimirse por su

cuenta, concurriendo con el elemento principal al conjunto. Había

empezado bien; pero en el cambio de tono, le era necesario llegar a un

_si_ bemol que había sido uno de los primeros obstáculos en el ensayo,

hasta que María consiguió hacer apretar los dientes al pedagogo sobre la

parte unida del peine y llegar así, por un esfuerzo que las venas del

cuello revelaban, al _si_ bemol deseado. D. Benito, todo a su tarea,

apretó con tal frenesí, que la nota salió vibrante, no muy justa, pero

potente de sonoridad.

--_¡Mirá el paine!_--exclamó Toribio sin poderse contener, con medio

cuerpo dentro de la ventana.

Todos soltaron la carcajada, María la primera, que interrumpió el

canto--Toribio se puso como una flor de amapola, y no sabiendo qué

hacer, sonrió humildemente, mientras D. Benito asomaba la cabeza con

aire agitado, preguntando:

--¿Me he equivocado?

--Al contrario, señor Morreón, merece Vd. un bravo, dijo la señora. Ha

sido un acceso de entusiasmo en el público.

--_¡Da capo, da capo!_--gritó Pepe.

La serenata, por fin, se ejecutó a la satisfacción general, sobre todo

del maestro de escuela que, agobiado por las felicitaciones y

vislumbrando un porvenir de gloria, preguntó a María muy seriamente si

no había música escrita para el peine. La alegre criatura le aseguró que

sí, prometiéndole hacer venir la partitura de una ópera de Rubinstein,

transcripta para ese amable instrumento.

Luego vino el esperado duo de D. Juan, por María y Barclay. Barclay

conocía la música y allá en sus tiempos debía sin duda haber cantado. La

verdad es que, con su voz sin timbre, pero sumamente afinada, supo dar

al "la ci darem la mano" una expresión tan característica y personal,

que Carlos lo miró asombrado. Algo le revelaba que en aquel corazón

silencioso y solitario pasaban cosas que la calma aparente de la vida no

dejaba ver. La música es el lenguaje universal de todo lo que siente y

sufre; ella sola puede traducir con la vaguedad necesaria para no

profanarlos, los sentimientos más ocultos y profundos que se mueven en

el fondo del alma humana. Además, Mozart tiene este rasgo

característico, que la excelencia de su interpretación no depende

exclusivamente del arte, sino de la inteligencia. A un artista sin

talento se le puede enseñar bien una ópera cualquiera, siempre que tenga

voz y sepa usarla. Eso no basta para Mozart o mejor dicho, Mozart, el

único, puede pasarse de esos elementos. Fuera de Faure, a nadie he oído

la serenata de D. Juan como a un hombre de mundo, casi sin voz, que la

murmuraba de una manera exquisita para las ocho o diez personas que

rodeaban el piano...

Así corrían las noches en la alegría, como los días en la serenidad.

La primera de "Don Juan" en Buenos Aires

Después de un largo eclipse, nunca completo, pues tras la penumbra

brillaba siempre la tenue luz que muchos recordaban como una fuente

deliciosa de vida y armonía, reaparece en el cielo el astro soberano en

su calma serena y transparente.

¿De dónde viene el _engouement_ actual por Mozart? En primer lugar, de

la pobreza de la producción contemporánea y luego por su eterna belleza.

Mozart no será olvidado jamás, y mientras la raza humana persista,

continuará fascinándola. En resumidas cuentas, Mozart, Beethoven,

Wagner. Todo lo demás son _poetae minores_, muy apreciables, pero que al

lado del trío majestuoso, gravitan como partículas siderales

innominadas.

Pero a mis ojos, Mozart se mantiene, persiste y triunfa, precisamente

por la ausencia de algunos de los caracteres que le han sido

generalmente atribuídos por la mayor parte de los escritores--y son

legión--que de él se han ocupado. Todos sabéis que hasta hace diez o

doce años, para el vulgo, música alemana era sinónima de obscuridad, de

impenetrable profundidad, de ciencia abstrusa reservada únicamente a los

iniciados, destinada a no ser comprendida jamás por el buen grueso

público, a quien gusta salir del teatro tarareando los motivos de la

ópera que acaba de oir. Recuerdo que en uno de los novelones de Pérez

Escrich, ese ilustre predecesor de Onhet, que hizo la delicia de

nuestra infancia, dos personajes conversan al salir del Real de Madrid,

antes de ir al Café Fornos, que para Escrich era el _summum_ de la

elegancia. Han oído... el _Fausto_, de Gounod, y uno de ellos,

dilettante apasionado y con autoridad en la materia, declara que el arte

musical morirá a manos de esos armonistas maldecidos, que desprecian la

melodía y les da por hacer música _sabia_ e incomprensible. Y se trataba

del _Fausto_!

Juvenilla; Prosa ligera · 第 10 / 20 段