conquistador de Portugal, convirtió su casa de Alba de Tormes en un
verdadero museo de obras de arte, que más tarde completó su hijo,
ordenando a Granelo y Castello celebraran en lienzos las hazañas del
padre. El gran capitán pasó los últimos años de su vida en la Abadía,
antiguo castillo de Templarios, en Extremadura, creando sobre las
riberas del Ambroy jardines que fueron famosos y dando hospitalidad a
Lope de Vega, que escribió allí su _Arcadia_, en la que describía las
magnificencias de la morada de su huésped ilustre.
Por fin Sevilla, que fué el emporio de la riqueza y las artes españolas
en el siglo XVII, teniendo el monopolio de las comunicaciones con
América, por su Casa de Contratación, era el centro donde afluían
infinidad de extranjeros, deseosos de iniciar negocios y cambios con
aquellas fabulosas regiones americanas, de las que llegaba oro sin cesar
y que la imaginación popular se figuraba como el tradicional Eldorado.
Los italianos, holandeses y alemanes que llegaban a Sevilla, traían una
educación más avanzada que los españoles y un gusto formado ya por las
cosas del arte. Muchos de ellos, sea por el éxito de sus negocios, sea
por la razón eterna que persiste aún en el día a fijar en aquel suelo a
muchos de los que llegan con ánimo transitorio, la belleza de la tierra,
la pureza de la atmósfera y la suavidad del clima, concluían por formar
allí su hogar y adornarlo con los nacientes productos del arte español.
Su buen gusto contribuyó en mucho a modificar el carácter de la pintura
sevillana, grosera hasta entonces, sin más clientela que el populacho
ininteligente de las ferias. Sus relaciones de los grandes maestros
extranjeros, de la sabiduría de sus composiciones, de la corrección de
sus dibujos y de la armonía de su color, fueron modificando poco a poco
la tendencia dominante, cuyo último representante puede decirse que fué
Herrera el Viejo, pintando enormes lienzos con brocha gorda y a
distancia, verdadera escenografía, absurda fuera de su aplicación
natural. Las iglesias y catedrales de América, especialmente de Méjico y
el Perú, únicas regiones que atraían entonces la atención de España,
deben estar aún llenas de cuadros de esa época. Aun se han de encontrar
algunos retratos de Sánchez Coello y de Pantoja y no pocas escenas
religiosas de los Herreras, Pacheco, etc. Muchas de esas riquezas se
habrán perdido y entre ellas tal vez aquellos cuadros que pintó Murillo
a la carrera, dividiendo un gran lienzo en compartimentos iguales,
llenándolos con su furia vertiginosa y vendiéndolos a mercaderes
americanos, para con su importe trasladarse a la corte a perfeccionarse
en el arte del que más tarde fué una gloria.
Bajo el punto de vista artístico, a nadie debe la España más que a dos
hombres que para su felicidad y grandeza nunca debieron existir: Felipe
IV y su favorito el conde-duque de Olivares. Esos dos políticos ineptos,
negligente el primero hasta la culpa, ciego y soberbio el segundo hasta
el crimen, parecieron concentrar sus facultades todas de inteligencia y
de buen gusto en fomentar el desarrollo magnífico que el arte español
tomó bajo su impulso ilustrado, favorecido por una explosión de hombres
admirables, grupo estupendo que la Europa no había visto desde los días
del Renacimiento. Como en el reinado anterior las letras, bajo Felipe IV
brilló la pintura española de una manera incomparable. A Cervantes, Lope
de Vega, Góngora, etc., sucedieron en el cielo intelectual de España,
Velázquez, Murillo, Alonso Cano, Ribera y tantos otros que hicieron para
la fama artística de su patria lo que sus grandes capitanes habían hecho
para su gloria militar.
Son esos grandes artistas, son sus obras inimitables y, en los dos
primeros, la altura moral de su vida, los únicos motivos de consuelo que
encuentra el espíritu al recorrer la tristísima historia de España en
esa época, y al contemplar, con la melancolía que inspiran las grandes
desventuras, esa caída de un imperio colosal, levantado por el esfuerzo
de hombres cuya sangre fué la misma que corre en nuestras venas.
Entre todos los grandes artistas españoles, el más personal, aquel cuyo
genio propio brilla más vigoroso, fué Velázquez. Esa personalidad
poderosa, tan rara en la historia del arte que sólo pueden citarse dos o
tres ejemplos, no lo fué sólo en la manera o el estilo, sino en algo más
profundo y decisivo, en la concepción misma del arte y en la liberación
audaz de la tradición de la pintura española. Puede decirse que
Velázquez, el católico sincero, el pintor de cámara de Felipe IV y su
Aposentador Mayor, procede más de la Reforma que del Renacimiento. El
Renacimiento emancipó la imaginación, pero la Reforma emancipó el
pensamiento. Jamás ningún hombre que haya manejado un pincel ha pintado
con mayor libertad de espíritu que Velázquez. Uno de los primeros y con
una intuición genial, comprendió el límite que la esencia misma de las
bellas artes asignaba a cada una. En pintura fué un librepensador y si
la actividad de su espíritu le hubiera empujado por otra senda, mal se
habrían avenido sus doctrinas con las de la Santa Inquisición.
Su maestro primero, constante y único, no fué el brutal Herrera ni el
afectuoso Pacheco, no fué aun el divino Buonarotti, cuyos frescos
copiaba reverente un día en la capilla Sixtina: fué la naturaleza, a la
que pidió todos sus secretos, y que generosa le confió más que a ningún
otro mortal. No comprendió ni podía comprender a Rafael, que "se servía
de las ideas que pasaban por su mente". Para él la forma, el color y la
expresión no estaban en el mundo imaginario, sino en las cosas reales y
los organismos vivos. Las vírgenes convencionales, los querubes soñados,
revoloteando entre nubes tenues y transparentes, los éxtasis de
beatitud, el campo ideal de las deliciosas fantasías de su amigo el
poeta andaluz de las Concepciones, no le decían nada, porque no los veía
y la sinceridad de su arte le exigía la verdad. Velázquez llevó a cabo
en pintura la misma revolución que Kant hizo triunfar dos siglos más
tarde en filosofía. Como el solitario de Koenigsberg que cierra los
cielos a la fantasía humana y la invita a buscar el reposo, limitándose
a la ya vasta órbita de las cosas creadas, Velázquez cree que el mundo
visible contiene en su seno inagotable bellezas de forma y expresión
bastantes para nutrir y levantar el arte a su más alta manifestación. Es
el gran naturalista de la historia del arte, es el precursor y el
dechado de la escuela. Para reaccionar no necesitó las brutalidades de
Caravaggio ni los horrores a que llegó Ribera siguiendo su senda. Ha
concebido, extrayendo del más vulgar objeto que se ofrece a su vista, el
tesoro de expresión en él escondido, y pinta: la tela es un asombro, una
maravilla, Mengs se detiene y dice: "Esto no está hecho con el pincel,
sino con el pensamiento"; pero, con todo, no es más que el reflejo de la
verdad. Así debió ser Felipe IV, así el Bobo de Coria, y si alguna vez
hubo en el mundo un Aquiles, su retrato es ese soldadote vulgar.
Un día vagando como de costumbre en el Museo del Prado, me detuve largo
rato delante de la "Fragua de Vulcano", de Velázquez. Ninguna de sus
telas es, en mi opinión, más propia para estudiar el estilo del maestro
y revelar las debilidades de su pincel cuando salía de la esfera trazada
por su concepción general. ¿De dónde proviene que, al lado de aquellas
admirables figuras de sus herreros, maravillas eternas que el artista
estudiará mientras persista el color sobre el lienzo, desfallezca de tal
manera el Apolo que trae la ingrata nueva? ¿Cómo puede explicarse ese
_specimen_ de convencionalismo, esa insipidez de expresión en un cuadro
donde el vigor, la verdad y la fuerza han sido llevadas a donde sólo
alcanzó Miguel Angel con el cincel y Shakespeare con la pluma?
La vida de Velázquez y la histórica de esa tela me dieron la solución.
El cuadro fué pintado en Italia, durante el primer viaje del maestro, y
el Apolo fué una concesión a la escuela dominante, la única tal vez que
Velázquez hizo al convencionalismo, que debía producir el amaneramiento
mediocre de los Carlo Dolci, Guido Reni y tantos otros.
De ahí surgió en mi espíritu la idea de seguir a Velázquez en sus
viajes, de estudiar la influencia producida en él por la atmósfera
artística de Italia, acompañarle a Venecia, Boloña, Roma, Nápoles y
observar las impresiones de esa alma soberana ante las manifestaciones
del viejo arte clásico, cuyos restos veía por primera vez, y las del
Renacimiento, que tan poco le dirían.
Ese fué el origen de este libro[10].
1887.
[10] Ese libro, para el que había reunido abundantes elementos, no
ha sido escrito; cuando pienso en el placer que habría sentido en
vivir un año en compañía de Velázquez, en la Italia del siglo XVII,
siento un verdadero pesar por haber dejado de mano ese trabajo.
Otra pluma más autorizada que la mía lo ha llevado posteriormente a
cabo con brillo; me refiero a la obra del profesor Karl Justi, cuyo
libro "Velázquez y su tiempo" es lo mejor que se ha escrito sobre
el príncipe de los pintores.--=M. C.=
La cuestión del idioma
I
Las primeras impresiones positivamente desagradables que sentí respecto
a la manera con que hablamos y escribimos nuestra lengua, fué cuando las
exigencias de mi carrera me llevaron a habitar, en el extranjero, países
donde también impera el idioma castellano. Hasta entonces, como supongo
pasa hoy mismo a la mayoría de los argentinos, aun en su parte
ilustrada, sentía en mí, al par de la natural e instintiva simpatía por
la España (y al hablar así me refiero a los que tenemos sangre española
en las venas) cierta repulsión a acatar sumisamente las reglas y
prescripciones del buen decir, establecidas por autoridades
peninsulares. Era algo, también instintivo, como la defensa de la
libertad absoluta de nuestro pensamiento, como el complemento necesario
de nuestra independencia. Eso nos ha llevado hasta denominar, en
nuestros programas oficiales, "curso de idioma nacional" a aquel en que
se enseña la lengua castellana. Tanto valdría nacionalizar el
catolicismo, porque es la religión que sostiene el estado, o
argentinizar las matemáticas, porque ellas se enseñan en las facultades
nacionales.
A mi juicio el estado de ánimo, por lo menos de la generación a que
pertenezco, respecto a esa cuestión, provenía principalmente de la
educación intelectual, recibida casi exclusivamente en libros franceses
y en el gusto persistente y legítimo por la literatura de ese país, que
por su criterio, su novedad y la potencia de sus escritores, estaba
entonces muy arriba de la contemporánea española. Empleado el tiempo de
la lectura, bien corto en nuestra agitada vida política, en leer
novelas, versos y libros de historia en francés, alejados con horror de
las publicaciones hebdomadarias de la prensa española, raro era aquel de
entre nosotros que conociera pasablemente el siglo de oro de la
literatura española y que poseyera la colección de Rivadeneira más que
como un simple adorno de su biblioteca, a la manera con que figuran hoy
la "Historia Universal" de Cantú o la "Historia de la Humanidad" de
Laurent, venerables monumentos que dan lustre y peso a los estantes,
amén de la consideración, _bona fide_, que recae sobre sus propietarios.
Por mí sé decir que fué bien entradito en años que leí a Solís, a Melo,
a Quintana y a otros de los maestros que nos presentan el cuadro
incomparable de nuestra lengua, bien manejada, apta y flexible para
todo, a pesar de las deficiencias que le encontraba aquel buen señor de
Ochoa, que declaraba haber pasado días enteros para verter una página de
la _Mariana_ de Sandeau, tan sutil era el tejido de los análisis
psicológicos del escritor francés. Echar la culpa a la lengua en esos
casos, vale romper los pinceles con los que no se alcanza a producir una
obra maestra.
Era, pues, esa y lo es todavía, la causa principal de nuestro abandono.
Luego, las exigencias de la Academia Española, la pobreza de su
autoridad, la sonrisa universal que han suscitado algunas de sus
ingenuidades, el mandarinismo estrecho de sus preceptos, fueron y han
sido parte no exigua a mantener vivo el espíritu de oposición en las
comarcas americanas. Don Juan María Gutiérrez, mi maestro y amigo de
ilustre memoria, fué el representante más autorizado de ese espíritu, en
lo que a la Argentina toca. El planteó la cuestión en su verdadero
terreno: la lengua española, una e indivisible, bien común de todos los
que la hablan y no petrificada e inmóvil, patrimonio exclusivo, no ya de
una nación, sino de una autoridad. Nadie tal vez, en nuestro país, ha
escrito el castellano con mayor pureza como nadie ha defendido las
prerrogativas de una sociedad culta a mejorar, enriquecer el lenguaje,
adaptándolo a todas las necesidades del progreso científico y del
desenvolvimiento intelectual. Prefería don Juan María las formas
arcaicas conservadas por los levantinos de raza española, como un
piadoso recuerdo de sus mayores inicuamente expulsados por Felipe III, a
la jerigonza estrecha y purista que pretendía implantar la Academia, sin
dar oídas a las exigencias naturales de este inmenso depósito de sangre
española, que se llama la América, y que es la verdadera esperanza de
gloria en el porvenir de la raza.
La acción del Dr. Gutiérrez ha sido generalmente mal entendida; gentes
hay que piensan de buena fe que sus preceptos llegaban hasta sancionar
los barbarismos y galicismos de que nuestro lenguaje escrito y hablado
rebosa y que los argentinos debíamos regirnos por la gramática del
_vení, vos y tomá_. Nada más lejos de su pensamiento; pedía, sí, y en
eso aunaba su esfuerzo al de todos los americanos competentes que se han
ocupado de la cuestión, que la lengua que hablamos no considerara como
espurios aquellos aportes que los vigorosos rastros de los idiomas
indígenas y las necesidades o diversos aspectos de la vida esencialmente
americana, traían para bien y comodidad de todos. ¿Por qué el
castellano formado por las diversas capas del fenicio, el céltico, el
latino (con sos raíces indoeuropeas), el árabe, etc., habría de repudiar
voces guaraníes o quichuas, que simplificaban la dicción evitando
perífrasis y rodeos? ¡Cuántas veces, en España, ante esos letreros de
"casa de vacas" que se ven en todas partes, pensaba en nuestro _tambo_,
tan neto y expresivo! ¡Cuántas voces, por otra parte, florecientes y
usuales en el siglo XIV y precisamente de aquellas que más caracterizan
nuestra lengua, están hoy relegadas por la Academia en ese enorme
armatoste de "anticuadas" que revienta ya, mientras en los países
americanos conservan toda su eficacia y su verdad!
La cuestión no es, pues, hacer de la lengua un mar congelado; la
cuestión está en mantenerla pura en sus fundamentos y al enriquecerla
con elementos nuevos y vigorosos, fundir a éstos en la masa común y
someterlos a las buenas reglas, que no sólo son base de estabilidad,
sino condición esencial para hacer posible el progreso.
El Dr. Gutiérrez predicaba con el ejemplo; le reputo el más puro y
castizo de nuestros escritores de nota. Sarmiento era demasiado
impetuoso para mantener una corrección inalterable y si bien algunas de
sus páginas tienen el exquisito sabor del fuerte y viejo castellano, al
dar vuelta la hoja nos encontramos con verbos estrujados, sintaxis de
fantasía, construcciones propias, genuinas, como si la originalidad de
las ideas exigiera igual carácter a la manera de expresarlas. El general
Mitre ha leído mucho, en muchos idiomas, y la influencia de esas
lecturas se ve con frecuencia; en los últimos tiempos, apurado por un
trabajo de poderoso aliento, ha tenido que ensanchar su vocabulario,
buscando en la historia de nuestra lengua ricos elementos olvidados,
cuyo empleo le ha permitido, si bien a costa de cierta impresión de
extrañeza en el lector, traducir la Divina Comedia con una paciencia de
benedictino y una veneración de sectario...
II
Al recorrer el nuevo libro del Sr. Abeille, "El idioma nacional de los
argentinos", recordé que entre mis viejos papeles debía haber algunas
carillas sobre la materia, escritas hace ya varios años. Son las que
acaban de leerse y en las que, a la verdad, encuentro tan exactamente
reflejada mi opinión actual, que en nada las he modificado.
El Sr. Abeille es un filólogo distinguido, aunque hasta los profanos,
como yo, echan de ver, desde luego, que su erudición, si bien fresca y
moderna, no se ha formado en las fuentes originales y primitivas. Sabe
muy bien lo que hombres como Darmesteter, Bréal, Paris, Havet,
Schleiger, Weil y otros han escrito sobre la historia anatómica del
lenguaje; pero no he notado en su libro rasgos que revelen un
conocimiento directo de Bopp, Diez, Dozy, Engelmann, Pott, etc. No es
esta una crítica que, por cierto, poca autoridad tendría viniendo de
quien, mucho menos que el Sr. Abeille, ha llevado sus curioseos
lingüísticos a esas profundidades. Pero creo poder atribuir los extremos
a que llega el Sr. Abeille en el desenvolvimiento de su tesis, a las
audacias atrayentes y licencias extraordinarias que con la filología se
han permitido los modernos escritores franceses. Y para terminar con
este punto, señalo también el desconocimiento de un libro verdaderamente
admirable y que, para el completo esclarecimiento del tema abordado por
el señor Abeille, era fundamental; me refiero a las "Apuntaciones
críticas sobre el lenguaje bogotano" de Rufino José Cuervo, libro que,
en ocho años (1876-1884) tuvo cuatro ediciones y que mereció al autor,
de parte de los más eminentes filólogos de Europa, homenajes de real
admiración. Si el Sr. Abeille ha leído ya ese libro, necesita releerlo,
porque él le dará la nota exacta y prudente en la manera de tratar esta
cuestión.
Indudablemente, si las lenguas, sin abandonar el terruño, se transforman
hasta el punto de que tal vez Corbulón no habría entendido las voces de
mando de Escipión o Paulo Emilio, ¿cuánto mayor no será ese cambio si
ellas reviven en países lejanos al de su origen, bajo diverso ambiente,
sirviendo de vehículo a nuevas ideas, expuestas a todos los ataques de
los idiomas encontrados en el suelo conquistado, amén de los que de
afuera vienen, también ellos, en son de conquista? Pretender, pues,
fijar un idioma es tan absurdo, que cuando se consigue, no ya el hecho
en sí mismo, lo que es imposible, sino la admisión de la idea como un
postulado colectivo, se llega a una verdadera deformación por el
estancamiento del espíritu nacional. Es el caso de la China: la lengua
que hoy se habla en el imperio del Medio se parece tanto a la que allí
se hablaba cuando Fidias esculpía en Atenas, como la de Pericles a la
que hoy habla el rey Jorge de Grecia. La diferencia está en que mientras
el idioma de Pericles, nacido como todas las lenguas humanas del
monosilabismo, había llegado a su perfección, el chino, inmóvil en su
forma, si bien variable en su fonética, era tan monosilábico, tan
primitivo, tan "celular", como dice muy bien el Sr. Abeille, entonces
como hoy.
¿Puede nadie pretender que el castellano se petrifique de esa suerte?
¿Puede el purista más empecinado e inflexible pretender luchar contra
las mil influencias que han de determinar las modificaciones regionales
que la lengua española sufrirá en América, como las ha sufrido ya en las
mismas provincias peninsulares? ¿Es acaso sensato oponerse a los
neologismos necesitados por los progresos de las ciencias y las artes o
la adopción de nuevos usos, y si hoy, como dice Cuervo, "no hacemos
melindres a voces astrológicas como _sino_, _estrella_, _desastre_,
_desastrado_, _jovial_, _saturnino_, ¿por qué hemos de negar a nuestros
contemporáneos el empleo oportuno de términos o imágenes suministrados
por las ciencias modernas, cuando más si se considera su mayor
vulgarización con respecto a los siglos pasados?"
Lo que sí se puede y se debe sostener, es que todos los aportes, los
enriquecimientos, las adquisiciones por conquista, cambio, compra,
violencia y todo otro modo de adueñarse de lo ajeno, se sometan a las
reglas generales por las cuales se rige la comunidad. Si el quichua nos
trae _charqui_ y en el acto formamos el verbo _charquear_, conjuguémoslo
según lo enseña la gramática castellana y no otra. Si en virtud de esos
fenómenos de derivación que tan bien estudia el Sr. Abeille, de _cardo_
sacamos el lindo y expresivo _cardal_, de _bellaco_, _bellaquear_, o de
_baquía_, _baqueano_, añadamos sencillamente esas palabras a nuestro
léxico propio, como todos los otros países americanos añadirán a los
suyos las que formen por el mismo procedimiento--y hagámoslo con la
seguridad de que al hacerlo en nada adulteramos los principios
fundamentales de nuestra lengua que no es "el idioma de los argentinos",
ni el "idioma nacional", sino simplemente y puramente el castellano.
El Sr. Abeille, que es un entusiasta de nuestra tierra (uno no puede
menos que conmoverse al verle entonar el himno nacional a propósito de
lingüística) tiene tal debilidad complaciente con la que hablamos y que
él rotula "idioma nacional de los argentinos", que llega hasta
justificar los cambios sintácticos que hemos introducido en el español,
sosteniendo que "el uso de algunos de ellos es realmente criticable en
una lengua fijada", pero que ese uso "debe favorecerse en una lengua en
evolución como la nuestra".
Me parece ver ijadear al Sr. Abeille en su esfuerzo para defender
nuestro "_bajo_ el punto de vista", contra "_del_ punto de vista"
español. Trae un ejemplo y una explicación al respecto que entretienen
bastante. Nunca le hemos de aceptar al Sr. Abeille que se diga, cuando
se empleen palabras españolas, "me ha encargado _de_ decirle" en vez de
"me ha encargado decirle", porque, aunque un niño esté en formación, no
hay por que habituarle a andar con las rodillas y no con los pies, que
es lo natural, lo sano y lo útil, sin contar con que es esa la única
manera (como en el idioma) que permite al cuerpo desplegar su esbeltez y
su elegancia.
Entre las excursiones etimológicas que hace el Sr. Abeille--que son
frecuentes, agradables y generalmente fructuosas--hay algunas que me han
dejado pensativo, precisamente porque se refieren a voces que han echado
raíces en nuestro suelo, sin que se sepa de dónde vino la semilla
primitiva. Una de ellas es _atorrante_. Esta palabra, puedo asegurarle
al Sr. Abeille, es de introducción relativamente reciente en el "idioma
nacional de los argentinos". Después de haber vivido más de un cuarto de
siglo la oí por primera vez en mi tierra, allá por el año 1884, de
regreso de Europa, donde había pasado algunos años. Y no es que hubiera
vivido en mi país entre académicos y prosistas, pues hasta cronista de
policía substituto había sido en la vieja _Tribuna_.
Pregunté qué significaba _atorrante_ y de dónde venía. Se me hizo la
descripción del _gueux_, del vagabundo, del _chemineux_, y se me dijo
entonces (no hay lomo como el de la etimología para soportar carga) que
el vocablo tomaba origen en el hecho de que los individuos del noble
gremio así denominado dormían en los caños enormes que obstruían
entonces nuestras calles, llamados de _tormenta_. De ahí _atorrante_.
Aunque sin forma clásica, esa etimología me trajo a la memoria la que da
el maestro Alejo de Venegas, citado por Cuervo, de la voz _alquilar_.
"_Alquilar_ se compone de _alius qui illam habet_, que es _otro que la
habita_, conviene a saber, la casa ajena". (!)
El Sr. Abeille es más científico; pero lo que hay que admirar más, es la
agilidad maravillosa que despliega para extraer del verbo latino
_torrere_, que significa secar, tostar, quemar, incendiar, inflamar, el
vocablo _atorrante_, _el que se hiela_, según él, porque Varro emplea el
verbo citado en el sentido de quemar, hablando del frío. Yo consentiría
gustoso, porque estoy curado de espanto en esa materia; pero desearía
saber cómo--y poco más o menos cuándo--se ha colado ese _torrere_ en
nuestro país, y por qué causa ha hecho su evolución tan rápida, pues lo
repito, y apelo a la memoria de todos los hombres de mi edad, hace
veinte años, no era generalmente conocida la palabra "atorrante".