Llegados al sitio del primer ojeo, nos numeramos y, según la suerte,

fuimos ocupando cada uno nuestro puesto, separado del vecino lo menos

por trescientos metros. Cerrábamos un valle que se extendía a lo lejos,

entre dos montañas. El suelo estaba cubierto de una _jara_ espesa y

bravía de más de dos metros de altura. El ojeo abarcaba cerca de una

legua de valle: los ojeadores con los perros habían partido en otra

dirección al iniciar nuestra marcha. Tardamos cerca de una hora en

ocupar nuestros puestos y cuando todos estuvimos colocados, el guarda

jefe, que nos mandaba a caballo, hizo un disparo de fusil. Un silencio

de muerte reinaba en ese instante en el sombrío valle; las cumbres de

los montes vecinos estaban ya bañadas por el sol, cuya luz dorada

empezaba a bajar por las laderas. A mí me había tocado una pequeña

hondonada; era un buen puesto, porque a mi frente, a cincuenta metros,

clareaba por momentos la _jara_, lo que indicaba que había un sendero

por allí, que probablemente tomaría el jabalí acosado. Pero entre ese

punto, que era mi campo de tiro probable y yo, corría un arroyo de agua

muy clara y muy fría, cuya profundidad ignoraba. Tenía a mi lado al

_secretario_, como llamábamos al peón encargado de llevar, en la marcha,

las armas, municiones y vituallas. A las ocho y media de la mañana tomé

posesión del puesto que debía ocupar hasta las cuatro de la tarde y los

compañeros siguieron adelante. Con gran rapidez y silencioso siempre,

según los cánones, mi secretario reunió leña para hacer fuego en el

momento necesario, para calentar agua. Me senté, preparé mis armas y

esperé. Tartarín se habría mostrado satisfecho de mi arsenal. Tenía una

carabina _express_, austriaca, de dos tiros, de la que el fabricante me

había dicho maravillas, mi vieja escopeta calibre 16, cargada a bala, mi

revólver, y al cinto, lo que me daba un aspecto feroz, un enorme

cuchillo de caza, de hoja ancha y filosa, que ya había hecho jugar en la

vaina, con cierto aire de d'Artagnan antes de un duelo.

Me había provisto de un libro, sabiendo de antemano las largas horas de

la espera, pero estaba tan nervioso y excitado, tan penetrado por

aquella naturaleza salvaje y tan _empoigné_ por la rudeza de la caza,

que no lo abrí un momento. Cuando sonó el tiro de señal, me puse de pie

precipitadamente y empuñé con decisión mi carabina. Al poco tiempo

empezamos a oir a lo lejos, como un eco, el ladrar de los perros, que se

fué acentuando, luego disminuyendo, hasta no oirse sino el aullar

penetrante, como quejumbroso, de un solo perro. "Es el _latido_ de

Juanicho, me dijo casi al oído el secretario. Ha olido algo". Juanicho

era la perla de la _recova_ del marqués de la Conquista. A los veinte

minutos, por entre la _jara_, a nuestro frente, silenciosos ahora, pero

husmeando con tesón, llegaron cuatro o cinco perros. Se cruzaban, se

detenían, levantaban la cabeza como para aspirar aire fresco y de nuevo

seguían rastreando. Llegaron hasta nosotros, los acariciamos un instante

en silencio y volvieron a desandar el camino hecho, jadeantes y tenaces;

de nuevo la calma silenciosa volvió a reinar; volví a sentarme, pero a

cada movimiento de un arbusto, a cada ondulación de la _jara_, saltaba

sobre mis pies. Mi secretario, más habituado que yo, sin embargo,

saltaba también, e instintivamente llevaba la mano a su cuchillo, su

única arma. Por fin, después de dos horas de espera, oímos una algarabía

muy lejos; pronto cesó, los perros estaban despistados. Pero a mi frente

la _jara_ se movía de un modo casi imperceptible. Mi secretario me tocó

suavemente el hombro y me alcanzó municiones, como si mis armas no

estuvieran cargadas. Tendiendo la vista anhelante, ví a unos cincuenta

metros y cruzando diagonalmente frente a mí, un jabalí que al trote se

deslizaba cauteloso entre la _jara_. Yo sabía que debía esperar a que

pasara por el punto más próximo. La ví bien; era una jabalina regordeta,

no muy grande. Por un esfuerzo de voluntad conseguí no hacer fuego,

siguiendo con el cañón de mi carabina la marcha del animal; pero en ese

momento sonaron varios tiros a mi derecha e izquierda. Sin duda la

banda de que formaba parte mi jabalina se habría dispersado y puesto a

tiro de mis compañeros. Mi animal se detuvo, agachó la cabeza y dió

vuelta como para alejarse; en ese momento tiré. La jabalina continuó su

trote, que no interrumpió el segundo tiro y se perdió entre la espesa

_jara_. Eché a un lado la carabina con cólera; yo no soy un gran

tirador, ni mucho menos; pero no dar en aquel blanco, a cincuenta

metros, era demasiado. Abandoné, pues, la carabina y todas sus

_faramallas_ y tomé mi vieja escopeta, compañera tranquila y segura de

cinco años de campaña.

Un momento después se dejó oir gran aullar de perros en la altura que

tenía frente a mí y antes de que nos diéramos cuenta, un jabalí enorme,

un solitario, bajó a escape la cuesta y se detuvo jadeante, prestando el

oído a los perros que se acercaban, a treinta o cuarenta metros de mí,

al otro lado del arroyo. Apunté con toda la calma posible e hice fuego;

el jabalí se levantó casi en sus dos patas traseras, se sacudió todo y

como los perros bajaban ya, frenéticos, dió dos pasos y se espaldó en el

tronco de un árbol para hacerles frente. Cuando los perros estaban ya

casi encima de él, le hice mi segundo tiro, que debió darle, porque de

nuevo se sacudió todo, pero no cayó. "Juanicho, señor, Juanicho a la

cabeza!" me decía entusiasmado el secretario, señalándome un perrillo

pequeño, ensangrentado, bravo como las armas, que del primer salto se

había prendido a la oreja del jabalí que lo sacudía en el aire, mientras

a colmillo limpio se defendía de los otros perros. Uno de éstos (eran

cinco o seis) yacía ya con el vientre abierto y otro malherido se

retiraba del combate gimiendo. Sin darme cuenta, sin atinar a cargar de

nuevo la escopeta, como si el jabalí se me fuera a volar, tiré el arma,

saqué el cuchillo y a escape llegué al arroyo, me metí dentro con el

agua a la cintura y fría como el demonio y llegué hasta el animal que se

defendía desesperadamente. "Por detrás, señorito, por detrás!", me

gritaba el secretario desde el medio del arroyo. Pero yo no le oía; a

gritos y puntapiés trataba de alejar los perros, que temía sucumbieran

todos, incluso Juanicho, si soltaba la oreja. Al verme, el jabalí

pretendió hacerme frente pero estaba muy malherido y los perros le

acosaban. Por fin, ganándole el lado, conseguí meterle hasta el cabo el

cuchillo en el codillo. Cayó como una masa; pero Juanicho no soltaba, a

pesar de los esfuerzos del secretario por arrancarlo. Me decidí entonces

a cortar la oreja del jabalí y sólo cuando se encontró con un pedazo de

cuero inerte entre los dientes, que no hacía resistencia, Juanicho soltó

la presa. Lo llevamos al arroyo y lo lavamos, así como a los otros

perros heridos, y echando una mirada de cariño a los dos muertos en la

lucha, arrastramos al jabalí hasta la orilla del curso de agua. A los

tiros, y gritos, llegó el capitán (guarda-jefe); el secretario le narró

el combate mientras echaba pie a tierra. Me saludó y diciéndome: "los

derechos del capitán!" convirtió al jabalí en émulo del más desgraciado

de los amantes de la Edad Media. No ví otro jabalí ese día; pero cuando

a la noche, en la gran cocina, llamamos al perrero del marqués de la

Conquista para charlar de la jornada, éste se avanzó con las manos y la

cara destrozadas por las espinas de la _jara_ y nos dijo que habíamos

perdido catorce perros, diez del marqués y cuatro nuestros. Luego se

adelantó hacia mí y sacándose el sombrero, me dijo con cierta alteración

en la voz: "Pero nada se ha perdido, porque el señorito ha salvado a

Juanicho. Dios se lo pagará!"

Nos apretamos la mano y desde ese día somos buenos amigos, aunque no nos

hemos vuelto a ver. Yo no tenía gran conciencia de ser el salvador de

Juanicho; pero sin duda mi secretario debió haber arreglado a su manera

la narración de la hazaña. Que no me disgustó la cosa, lo probó más

tarde la propina...

Se me ha ido la pluma contando ese recuerdo de mis gratas cacerías en

España, porque acabo de llegar de una partida de caza, aquí, a tres

cuartos de hora de París, en una gran propiedad, con un castillo enorme

y de un lujo extraordinario. Apenas bajamos del tren, subimos a un

ómnibus arrastrado por un _tractor_ automóvil, que nos llevó al

castillo. Almorzamos allí, en un comedor con tapicerías de cien mil

francos. Luego, en un carruaje cómodo, nos llevaron hasta el sito de la

caza y los faisanes enormes como pavos, engordados a grano, comenzaron a

volar pausadamente. Se tiró más o menos bien, pero el _tableau_ fué

soberbio. Nos vestimos de frac para comer, se hizo un poco de música, se

jugó al _whist_ y a las 12 de la noche estábamos de regreso en París.

¡Oh, mis ásperos cerros de Extremadura! Recordaba una vez más la linda

jornada, desde el Hospicio hasta el Monasterio de Guadalupe, aquella

inesperada catedral perdida entre las montañas, consagrada a la virgen

maravillosa, que, según la leyenda, talló el mismo San Marcos en un

tosco tronco y que por siglos ha sido venerada en toda España. A ella

enviaba reverente don Juan de Austria, al día siguiente de Lepanto, la

soberbia lámpara de la nave capitana, y Zurbarán cubría los muros y los

altares de la iglesia de telas admirables que el tiempo empieza a

destruir. Mientras mis compañeros, creyentes como buenos hidalgos, se

arrastraban de rodillas en el misterioso santuario que guarda a la

virgen, yo, de rodillas también, admiraba su magnífico manto cuajado de

pedrerías, las innumerables joyas que la cubrían y en la sombra, su

cara, su enigmática cara, casi negra, toscamente tallada. Y después de

nosotros los perreros, los peones, los criados, con el rostro

desencajado por la emoción, prosternándose para besar la orla del

vestido de la imagen y pedirle alivio en sus vidas miserables!

Allí la naturaleza, el hombre libre, creyente y fuerte; aquí la

convención y el hombre raquítico, escéptico y _snob_. ¡Buena y robusta

tierra de España, que guardas en tu seno los huesos de mis abuelos y en

medio de tus penas y dolores, en este mundo chato que la civilización

nivela y hace cada día más banal, conservas aún tu altiva fisonomía y

los rasgos soberanos de tu enérgica personalidad, yo te imploro, oh

buena tierra de España, resiste a la ola por largos años, para que

nuestros hijos trepen gozosos tus montes salvajes y en tus rincones

perdidos, que el riel de hierro no cruza, sueñen, esperen y crean!

París, Enero 1897.

El arte español

ORIGEN Y CARÁCTER

Al principiar el siglo XVII, la España, que en el siglo anterior había

alcanzado al apogeo de su grandeza, ejerciendo sobre la Europa entera,

bajo los dos primeros príncipes de la casa de Austria, una influencia

incontrastable, marchaba ya en la senda de su decadencia. Felipe III

había vivido con el reflejo de su predecesor y la falta colosal de su

reinado, aquella expulsión de judíos y moriscos, que dejó una cicatriz

jamás cerrada en el corazón de España, no había hecho sentir aún todas

sus consecuencias. Pero ya la dilatación de las fuerzas españolas que,

sin la organización de la Inglaterra actual, se extendían por toda la

Europa y el nuevo mundo en vías de colonización, empezaba a debilitar la

metrópoli, que poco o nada había aprovechado de su grandeza pasajera.

Casi todos los pueblos que han dejado una memoria gloriosa en la

historia humana, han aprovechado sus tiempos de esplendor y fuerza, para

darse una organización interna estable y vigorosa, merced a la que han

vivido independientes y respetados, cuando la época extraordinaria hubo

pasado. No así España. Carlos V encontró la nacionalidad española fresca

y flojamente constituída; el provincialismo inveterado, que era el modo

de ser histórico en la Península, persistía en los hábitos y leyes

locales, aun después del triunfo de unión obtenido por el enlace de los

Reyes Católicos. Cada región de la monarquía era tratada según su

derecho histórico; unas, como las tres provincias del Norte, que

pretendían haberse incorporado voluntariamente, tenían condiciones de

nobleza y privilegio. Las accedidas por aporte matrimonial, como

Castilla y León, Aragón y Cataluña, tenían fueros menos considerables, y

otras, como Valencia y Granada, sobre las que pesaba aún la conquista,

vivían literalmente en esclavitud. De ese desquicio orgánico, Carlos V y

Felipe II habían exigido esfuerzos que aun a una constitución nacional

vigorosa hubiera sido difícil alcanzar. Constantes y aventuradas

expediciones a América, la flor de la juventud española enrolada en los

ejércitos que consumían las guerras de Italia, de Flandes y de Francia;

todos los recursos del país agotados para atender a los vastos dominios

de la metrópoli, una política comercial estrecha e inconcebible, y en

fin, por meta suprema, un ideal teocrático, ¿cómo era posible que España

resistiera? El golpe de Felipe III la hirió de muerte y desde entonces

su historia es sólo la de una lenta agonía, en la que el enfermo se

debate desesperadamente por momentos, asombrando por energías pasajeras,

que recuerdan su viril constitución.

Jamás un hombre que medite sobre las causas generales de la decadencia

española, dejará de consignar en primera línea el fanatismo religioso

que circunscribió el horizonte moral de aquel pueblo, y según Buckle, le

hizo para siempre impenetrable a toda idea de progreso. Ese hombre

tendrá razón; pero no se puede, no se debe olvidar, que si bien la

decadencia española es una consecuencia del fanatismo religioso, éste

lo es y fatal, ineludible, de la historia de España. Una nación que se

rehace heroicamente, reconquistando palmo a palmo su territorio

invadido, durante una lucha de siete siglos, sostenida única y

exclusivamente por el espíritu religioso, modela su organismo moral bajo

un ideal concreto, inspirado por la inflamación de un sentimiento

especial, que la gloria y la gratitud han consagrado. Si la mayor parte

de las desventuras de España han venido de la exacerbación de ese

sentimiento, todas sus glorias lo reconocen por origen. Sí, él encendió

las hogueras de Felipe II, él inspiró los decretos de expulsión, él hizo

condenar a muerte en masa al pueblo flamenco, él ensangrentó las selvas

americanas con la hecatombe de indios, él clausuró el espíritu español a

toda idea de libertad intelectual; pero ¿quién sino él, alentó el alma

de aquel puñado de asturianos que principiaron con Pelayo la obra de la

Reconquista, qué otro guía llevaba San Fernando, y quién condujo a los

Reyes Católicos a las puertas de Granada? El espíritu religioso hizo la

España, la hizo tal como podía hacerla y no de otra manera. No se puede

hacer la crítica de la vida secular de un pueblo, sin tener

constantemente en vista las condiciones especiales de su organismo

propio. ¿Ha sido un bien o un mal para la humanidad la ingerencia de

España como factor activo en su historia? Hay hombres que contemplando

los restos soberbios que quedan de la dominación árabe, o estudiando el

estado de las monarquías incásica y azteca en el momento de la conquista

americana, ven en esas formas del progreso humano, verdaderas

civilizaciones avanzadas y deploran la intervención de España y la

imposición de su fórmula propia aniquilando aquéllas. Es una paradoja

que seduce al espíritu, sobre todo en una blanca noche de luna, en el

centro del patio de los Leones en la Alhambra o en el ambiente perfumado

de los jardines del Alcázar de Sevilla. La civilización musulmana hizo

su evolución completa, alcanzando el apogeo de su desenvolvimiento en el

sentido único que el ideal del pueblo árabe y su institución religiosa

permitían. Las maravillas arquitecturales que hoy contemplamos con

asombro, parecen revelar un estado de espíritu culto, pulido, lleno de

movimiento y luz, contrastando con la sombría órbita moral del caballero

cristiano que más tarde había de cubrir los mosaicos y arabescos de las

mezquitas con los símbolos de su culto ferviente. Es un error; fuera de

esa arquitectura característica de decadencia, los árabes no tenían una

sola idea que valiera el vigoroso y amplio ideal cristiano, susceptible

de obscuridades transitorias, pero fecundo en su germen, próximo a

renacer de su prolongado letargo de la Edad Media y a sacudir las

cadenas del misticismo, para estallar soberbio en el _cinquecento_.

Organizada para la más larga y dura guerra por la fe que registra la

historia, la España era una entidad moral lógica y entera, armónica en

todas sus manifestaciones. Todo en ella venía de Dios y todo volvía a

Dios, desde las manifestaciones poéticas de sus más preclaros ingenios,

hasta el brutal valor del soldado o el caballeresco arrojo del señor.

Concebida la vida nacional como un culto perenne, en su seno no tenían

cabida los que no participaban de ese ideal. En un estado análogo de

opinión, todas las conquistas morales de la Reforma y la filosofía del

siglo XVIII, habrían sido impotentes para evitar la expulsión de los

heréticos. Jamás hubo en el mundo fanatismo más sincero; no era más

ilustrada y consciente la fe de un fraile mendicante que la de Felipe

II o la de su hijo. Felipe IV ve al francés posesionarse de Barcelona,

el Portugal segregarse de su corona, los viejos tercios españoles

aniquilados en Rocroy; pero su preocupación principal es la resistencia

del papa en proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Abandona el gobierno en manos de Olivares o Haro, pero su Egeria

política, social, religiosa, íntima, es una obscura monja perdida en un

convento de Aragón, cuyo cuerpo macerado y espíritu exaltado le dan los

caracteres que la época atribuía a la beatitud. Como era natural en una

sociabilidad semejante, el arte nació bajo los auspicios de la religión.

El ideal primero no fué la tradición ni se ayudó de la fantasía terrena;

el arte bebió su inspiración en la fe, y si el campo fué restringido,

ahí están las viejas catedrales góticas para atestiguar de qué manera se

explotó. Como el sacerdote que cumple los ritos del culto, como el niño

que en el coro eleva su voz argentina cantando las alabanzas del Señor,

como el soldado que derriba moros en nombre de Dios, así el artista

poniendo piedra sobre piedra, esculpiendo las sillas del coral o

trazando en el lienzo las figuras de los bienaventurados, todo acto,

toda manifestación intelectual tendía al mismo objeto. La vida nacional

entera era una oración colosal.

Luego el artista, llamado a interpretar iconográficamente los misterios

del culto y los dogmas revelados, ¿no llenaba acaso una misión

sacerdotal, abriendo, por su arte, el espíritu de los miserables y

desheredados, a la comprensión de las cosas divinas? En esa aspiración

constante del alma española hacia el cielo, el artista que reflejaba en

sus telas las escenas de la vida futura o trazaba los cuadros más

intensos de la Pasión, era para el clero un colaborador precioso. Así,

desde que el duro batallar contra infieles termina con la conquista y

que las primeras tentativas artísticas empiezan a producirse, se observa

que nacen en el interior de los conventos, realizadas por obscuros

frailes cuyo nombre ni aun ha conservado la historia. Figuraos un monje

enterrado en un obscuro claustro americano, sin tradición, sin modelos,

sin nociones prácticas del arte, luchando con la impotencia de sus

medios para traducir las visiones de su alma. Tal debió ser la primitiva

pintura española, vigorosa de expresión como todo lo que es sincero,

pero de un tecnicismo infantil e ingenuo.

Puede contarse entre los sucesos que mayor trascendencia han tenido en

la historia de España, igual en consecuencias de importancia al

descubrimiento de América o a la conquista de Granada, el enlace de la

hija única de los Reyes Católicos, Doña Juana, a quien la historia

vacila hoy en calificar de loca, con el archiduque de Austria, Felipe,

llamado el Hermoso. El origen del príncipe y su aporte matrimonial,

aquellos Países Bajos que tanta sangre y dinero costaron a España,

arrancaron a ésta de su aislamiento secular. Impelida por el espíritu

guerrero y los hábitos de aventura contraídos en la larga lucha, volvió

su energía al exterior y es desde ese momento que vemos sus ejércitos

recorrer la Europa entera, fundar y conquistar reinos, sus naves surcar

los mares y sus famosos capitanes fijar nombres gloriosos en la memoria

humana.

Con Carlos V el espíritu europeo penetró en España, y el advenimiento

del Emperador puede considerarse como el punto de partida de una nueva

era. Hasta entonces España había sido un soldado, cuya vida recta y

monótona está trazada de antemano. Combatir al infiel era toda su

misión; de hoy en adelante, entra en la vida colectiva, necesita

formarse una escuela política y ensayar las artes del gobierno para

armonizarlas con sus dotes militares. Los grandes capitanes no le

faltan: Gonzalo de Córdoba, Alba, Farnesio, Spínola, Villafranca. Sus

políticos habrían estado a la altura de la situación, si la

concentración del poder y la omnipotencia de la voluntad real en unos

casos y en otros la privanza de favoritos ineptos, no hubiera ahogado su

iniciativa. Si el famoso presidente La Gasca, cuya acción, desenvuelta

en un mundo desconocido entonces, ha quedado en la historia borrada por

la distancia, sin que no obstante sea fácil encontrarle un rival en

habilidad, prudencia y perseverancia, si La Gasca, repito, hubiera

estado al alcance de su soberano y bajo su constante e inmediata

inspiración, la España habría perdido el Perú en el siglo XVI en vez del

XIX.

Pero todos los grandes señores que comandaban por el rey en el

extranjero ejércitos o provincias, se habían ido iniciando lentamente,

no sólo a los hábitos más cultos y costumbres más dulces que encontraban

en los enemigos que combatían o en los pueblos que gobernaban, sino

también tomando gusto por las cosas del arte. La imaginación meridional,

fácilmente accesible a la impresión de la belleza y la fastuosidad

tradicional del magnate español hicieron el resto. Carlos V, al recoger

el pincel del Ticiano, fijó el rumbo, dió el ejemplo y facilitó,

ennobleciéndolo, el movimiento artístico que alcanzó su apogeo en pleno

siglo XVII.

El momento no podía ser más propicio: los ejércitos españoles pasaban

largos años en Italia, convulsionada aún por el Renacimiento, o en los

Países Bajos, donde brillaba ya la vieja escuela flamenca, a la que,

renovada, tan grandes días estaban reservados. Los nobles españoles que

acompañaban a Carlos V formaban su gusto en las telas de Leonardo, que

había revolucionado el arte, abriéndole surcos nuevos y fecundos, o en

los mármoles del Buonarotti, y sea que entraran aclamados en la Ciudad

Eterna, o por la brecha con Borbón, se presentaban por primera vez ante

sus ojos las maravillas del arte antiguo. Existen rudas relaciones de

soldados de aquella época que atestiguan la impresión producida por esos

espectáculos inesperados. La inteligencia española no estaba aún

preparada para penetrarse del espíritu del Renacimiento y las letras

clásicas, puestas en boga por Petrarca y sus continuadores en el estudio

de lo antiguo, dejaban fríos a aquellos hombres, que no concebían otro

trabajo digno del espíritu que la teología. Pero las bellas artes tienen

la incomparable ventaja de impresionar a los hombres de más opuestas

tendencias morales, sin exigirles una preparación especial. No es

necesario conocer y sentir a los griegos para extasiarse ante el dibujo

de Miguel Angel o el color del Ticiano. La belleza habla por sí misma.

Así, el desenvolvimiento de las bellas artes en España fué debido al

impulso dado por la aristocracia. Los magnates más famosos por su cuna,

sus hechos o su hacienda, cifraron la gloria de sus casas en acumular en

ellas riquezas artísticas o tesoros de erudición, como el reunido en

Guadalajara por la ilustre casa de Mendoza.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 8 / 20 段