Bendigo mis años de Colegio, y ya que he trazado estos recuerdos, que la

última palabra sea de gratitud para mis maestros y de cariño para los

compañeros que el azar de la vida ha dispersado a todos los rumbos.

1881.

PROSA LIGERA

_Gallicæ Constructiones_

ESPAÑA

Una visita de Núñez de Arce

Hace doce años, era yo ministro argentino en Madrid. Un día un criado me

anunció que el señor Presidente del Ateneo me hacía preguntar si podía

recibirle. En el acto dí orden de introducirle. Respetaba al Ateneo de

Madrid como se respetan las cosas que se temen y ese respeto de mi parte

justificaba el origen presunto de todas las religiones humanas. A pesar

de mis aficiones literarias, como suponía honestamente que el gobierno

argentino no me habría nombrado su representante para darme ocasión de

desplegar mis talentos estéticos o mis facultades de estilo, sino para

estudiar los problemas políticos o económicos de interés nacional, mis

esfuerzos habían tendido a tener una actuación eficaz y activa en el más

alto mundo social y en los círculos más influyentes de la política del

momento. Así es que conocía--o por lo menos trataba--a muy pocos de los

representantes del mundo de las letras. Fuera de Castelar, más político

que literato y dulcemente afectuoso siempre con todos nosotros los

americanos,--de don Juan Valera, a quien encontraba con frecuencia en el

mundo diplomático al que él también pertenecía,--de Menéndez Pelayo, con

quien comía a menudo en los clásicos jueves de nuestro buen amigo Bauer,

muchas veces, por feliz azar para mí, al lado uno del otro,--de Grilo, a

quien conocí en casa de Tamames y que nos encantaba en nuestras

deliciosas correrías por Sevilla,--no había hablado, repito, ni conocía,

tan sólo fuera de vista, a los demás altos representantes del

pensamiento español.

"¿Quién será, me decía, este señor Presidente del Ateneo de Madrid? Yo

debía saberlo y precisamente por eso no le hago preguntar por su nombre.

El Ateneo, por lo demás, es la primera institución literaria de España,

y sus altibajos coinciden con la exaltación o la depresión del espíritu

público de este país. No sé lo que este señor Presidente vendrá a

pedirme, pero hay que tratarle bien, porque..."

En esto estaba de mi soliloquio, cuando la puerta de mi escritorio se

abrió, dando paso a un hombre pequeño, delgado, tan distinguido en su

traje, en su fisonomía y en su expresión, que no pude, en el primer

momento, darme cuenta ni de cómo estaba vestido, ni de qué cara tenía,

ni de lo que era o podía ser.

--Señor, me dijo con una voz reposada y serena, a la que daba un valor

que me sorprendió, la manera de mirar de sus ojos grandes, claros y

tranquilos, soy Presidente del Ateneo y vengo a pedir. El Ateneo, entre

otros achaques, tiene aquel que más nos seduce a todos, el de acercar

hasta confundir el alma española con el alma hispanoamericana. Vamos en

breve a celebrar una fiesta precursora de la gran solemnidad del

centenario de Colón y vengo a pedir a Vd. (aquí un par de frases amables

y muy lisonjeras para mí) que quiera honrarnos encargándose de una de

las conferencias que se harán en el Ateneo con este motivo.

--Señor Presidente del Ateneo, antes de todo, ¿quiere Vd. tener la

bondad de decirme con quién tengo el honor de hablar?

--Gaspar Núñez de Arce, señor.

Me puse de pie como movido por un resorte y un poco confuso, me incliné

profundamente. A pesar de mi alejamiento voluntario de los centros

literarios de Madrid, había dos hombres que deseaba vivamente conocer:

Núñez de Arce y Pereda. Al primero por su inspiración gentil, vibrante y

generosa, por el ropaje suntuario de su lengua opulenta, lengua mía, de

mis padres y de mi raza, por la nobleza tradicional de su carácter, por

la pregonada sencillez de su vida armoniosa. A Pereda, porque un día,

allá por 1884, en la opaca tristeza germánica de Carlsbad, había

recibido un paquete de libros acompañados por una grata carta de Martín

García Mérou, que enviaba a su antiguo jefe y siempre amigo, algunos

libros españoles, entre otros la _Sotileza_ del escritor de la Montaña;

lo había empezado a leer, lo había devorado y había contestado al que

tal regalo me había hecho, una carta entusiasta y cariñosa que García

Mérou envió a Pereda, quien me hizo decir que tenía en España dos brazos

abiertos que me esperaban. Pero mi hombre estaba constantemente metido

en Santander (decir que en ese tiempo meditaba _Peñas arriba_, esa

maravilla, sin que yo lo supiera, para ir a rogarle me hiciera visitar

el teatro de ese drama admirable!) y cuando venía a Madrid, lo hacía tan

callandito, que los diarios anunciaban su llegada el día de su partida.

Y ahora, de pronto, sin sospecharlo, tenía en mi casa, a mi lado, _para

mí solo_, a Núñez de Arce! Le tomé la mano, le dije que hasta entonces,

al hablar conmigo, sólo había hablado con un particular, pero que ahora

me ponía el uniforme diplomático, le recordaba que estaba reconocido en

mi carácter de representante de mi país por Su Majestad (Q. D. G.), que

en mis credenciales mi gobierno pedía al de España--y por consiguiente

a todos los españoles--que prestaran fe a mis palabras--y que, por lo

tanto, le pedía la suya al manifestarle la gratitud profunda de todos

mis compatriotas que habían tenido la fortuna de leerle, por los puros y

levantados goces de orden intelectual y moral, encontrados en las

estrofas de sus cantos admirables, en los que, bajo formas nuevas e

impecables que hacían valer el viejo idioma, se levantaban, sobre el

chato horizonte moderno, todas las nobles ideas, todos los instintos

generosos, todas las actitudes valientes, hasta la duda misma, que

animan a pensar que el alma humana es algo más que una resultante

fisiológica. Le hablé de sus poemas, de sus dramas, de sus trabajos

anunciados--y el poeta, ante mi acento sincero, me escuchaba con placer,

entretenido, quizá, en oir el elogio de su obra, hecho en algo, para él,

como un idioma extraño, en el que la construcción de la frase, la

cadencia del período, hasta el valor de las consonantes, parecía dibujar

vagamente, no ya el español del pasado, petrificado allá en Levante en

labios de los descendientes de moros y judíos, sino un castellano del

porvenir, ágil, vivo, un español americano, en una palabra, listo

siempre a jinetear, sin estribos, la mismísima gramática.

Nos pusimos a charlar o, mejor dicho, le hice hablar larga, afectuosa y

abiertamente, suscitándole nuevos temas, así que veía que el anterior

iba a agotarse. Así hablamos mucho de arte, un poco de política, a

raudales del pasado español y del porvenir americano. Y a medida que los

juicios del poeta se condensaban en frases no cuidadas, pero claras y de

elegante movimiento, me abandonaba al placer de contemplar ese espíritu

ecuánime, cuyas raíces iban a beber la fresca savia que le animaba,

allá en las regiones donde el corazón encierra la bondad, la ternura, el

entusiasmo y la fe, sin que ninguna se extraviara para ir a aspirar la

ponzoña del odio o de la envidia.

Y el tiempo corría, la América y la España misma se habían agotado y,

desaparecidos los Pirineos, entrábamos como conquistadores, a través del

Rosellón, en vieja tierra de Francia. La pléyade, el cenáculo, los

Parnasianos, los estéticos, los naturalistas, los decadentes, a todos

los pasamos en revista, él, conteniendo con su sonrisa moderadora mis

juicios impetuosos, yo animando a veces, con un rasgo atrevido, la

armoniosa mesura de sus opiniones. Hace poco, leyendo, con el trabajo

que mis hermanos en análoga tarea habrán apreciado, un libro de

Nietzsche, me encontré con esta gráfica descripción del autor de _Naná_:

"Zola, o el placer de heder"[9]. El juicio de Núñez de Arce era casi

idéntico, pero la forma exquisita en que se enunciaba, le quitaba la

crudeza, sin disminuir la eficacia. En cambio, como me seguía contento

con su mirada animosa, al oirme decir que había más naturalismo de

verdad en _Fortunata y Jacinta_, de Pérez Galdós, que en la obra entera

de Zola, y más belleza en la descripción que el mismo hace de Toledo en

_Angel Guerra_, que en todos los celebrados cuadros descriptivos del

autor de _L'Assommoir_! Y luego, de un salto sobre la Mancha, a

Inglaterra y allí, arriba, alto, a la cumbre y al honor, Dickens, Elliot

y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen

entrañas, sangre y vísceras; y luego... Se puso de pie, sacó su reloj,

gentilmente me hizo ver el largo tiempo transcurrido y me repitió con

mucha insistencia su amable invitación para el Ateneo. Entonces le

hablé con toda franqueza.

[9] Nietzsche: "Le crépuscule des idoles", traducción de Albert,

pág. 172.

--Ahora que conoce Vd. un poco mi espíritu, señor, no le extrañará oirme

afirmar que sólo puedo hacer lo que hago con convicción y sinceridad.

Hacer un discurso o conferencia sobre Colón y las relaciones históricas,

hispano-americanas, de manera a que sea grato a mi auditorio (porque

nadie está obligado a escribir un poema épico ni a decir, en materia de

arte, cosas desagradables), será para mí algo muy difícil, porque

siempre he pensado que dos de los hombres más fatales que ha tenido

España (y cuidado que no se ha quedado atrás en la especie!) han sido

Colón y Felipe el Hermoso, que la trajeron dos de las calamidades

mayores que pueden caer sobre un pueblo, la riqueza fácil y la gloria

militar. El primero, con su América y su oro, su espíritu romántico,

aventurero, anti-industrial, con los sistemas absurdos que el galeón

esperado e indispensable impuso; el segundo metiendo a España, con sus

vinculaciones germánicas y su imperial vástago alemán, en todas las

complicaciones de la Europa de entonces y a la infeliz que salía de

guerrear siete siglos con árabes y moros, obligándola a desangrarse de

nuevo desde las costas de Argel hasta las dunas de Holanda, sin olvidar

los campos de Italia, de Nápoles a los Alpes, los llanos de Alemania y

las frescas colinas de Francia y Bélgica. ¿Qué quiere Vd. que vaya a

decir al Ateneo? ¿Que nosotros, los del Río de la Plata, no teníamos

derecho a enviar a España más que uno o dos barcos por año, con tantos

cueros consignados a tal casa de Cádiz? ¿Que se nos obligaba a ir a

comprar ropa, calzado y sombreros a Panamá o Portobelo, que estaban a

seis meses de distancia, ida y vuelta, con cuyo motivo comprábamos todo

lo que nos hacía falta, de contrabando, bien entendido, a los

portugueses de la Colonia? ¿Que todo eso, si bien nos dejó en un estado

de delicioso atraso, pues no creo que haya habido pueblo más feliz que

el colonial Buenos Aires, antes que los ingleses vinieran a hablarnos, a

balazos, de ideas nuevas y paparruchas liberales, que todo eso remató en

la triste España de Carlos II o en la dolorosa de Fernando VII?

¡Fernando VII! Figúrese Vd. que se me cruce ese nombre en mi trabajo

mental; ¿puede Vd. imaginarse todos los improperios que van a salir de

esta boca, por más mesura que le imponga? El tratamiento de Macaulay a

Barère será de malvavisco y altea al lado del que, sin poder resistirlo,

propinaré al hijo infame de Carlos IV. Y si, hablando de los autores

principales del hundimiento español, llegara a plantar, delante de

Cánovas del Castillo, que es Presidente del Consejo de Ministros y que

seguramente estará en el Ateneo, las cuatro frescas que se merece el

Conde-Duque de Olivares, que él pretende rehabilitar, ¿a dónde irá a

parar mi reputación diplomática?

Núñez de Arce me oía sonriendo, pero como sus ojos insistían, continué:

--Pero como Vd. me ha hecho un honor muy grande y con ser de los mayores

de mi vida, un placer que lo supera, viniendo a mi casa, quiero que

salga Vd. en su empresa mejor de lo que pensara. ¿Conoce Vd. al actual

ministro del Uruguay en Madrid? ¿No? Pues se llama Juan Zorrilla de San

Martín, vive aquí a la vuelta de mi casa y si Vd. le ve con sombrero no

da un real por él, ni mucho menos si le ve descubierto. Nadie le conoce

aún aquí, porque ha llegado hace poco; pero el día que caiga en un

cenáculo intelectual en el que haya algunos poetas, uno que otro hombre

de pensamiento, un colorista y algún oído habituado a oir sonar el

cristal y el templado bronce, le van a sacar en andas. Para que Vd. no

olvide esta visita, regalo a Vd. y al Ateneo, a mi amigo y compañero

Zorrilla de San Martín. Oiga Vd. un momento.

Tomé _Tabaré_ en el armario vecino y le leí algunas estrofas; cuando

interrumpí mi lectura para continuar, Núñez de Arce me tomó el libro de

las manos y continuó leyendo en silencio. Al fin me dijo:

--¡Pero éste es un maestro!

--¿Sabe Vd. lo que he dicho a Zorrilla de San Martín, sobre _Tabaré_, en

el álbum de su señora? Que versos como esos valen la buena prosa.

Volvió a sonreir Núñez de Arce con aire de dulce reproche por lo que

parecía considerar una mera paradoja.

Yo me defendí; le recordé que los primeros balbuceos de la humanidad

habían tomado la forma métrica y que sólo en un estado de civilización

relativamente avanzada había hecho la prosa su aparición. Que recordaba

también cuántos poetas consagrados enumeraba la historia literaria,

desde los griegos, para no ir más arriba, hasta nosotros y que al lado

de esa lista nutrida y numerosa, contara, con los dedos de la mano, que

le iban a sobrar, cuántos eran los prosistas de primera fila, aquellos

que nadie discute, como Platón entre los griegos, Tácito entre los

romanos, o, saltando al mundo moderno, del siglo XVI al presente,

Montaigne, Cervantes, Renán... Y para hacerme perdonar mi osadía, le

recité de memoria, que así las sabía entonces, dos o tres estrofas de la

_Lamentación de Lord Byron_.

Aceptó que yo hablara a Zorrilla antes de que él le invitara, y se

retiró, quedando amigos ya.

Vi y vió a Zorrilla, que, sumiso y contento, no sin temor, se encargó de

la conferencia en el Ateneo. Esa noche fuí allí por primera vez y con

encanto respiré la culta atmósfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado

el momento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo, subió

hasta la tribuna su pequeña envoltura mortal. El público miró con

sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde cabellera que,

al avanzar sobre la frente, parecía continuarla, para dar ancho hogar al

pensamiento. Cuando empezó a hablar, el acento, la armonía de la

palabra, la vibración de la idea, la lujosa forma en que salía envuelta

y la gracia con que se movía, conquistaron a poco andar al auditorio,

que rompió en aplausos calurosos. Por fin, cuando Zorrilla de San

Martín, de pie, en la cumbre que parte el istmo americano, como Balboa,

miró, no ya los dos océanos que tendieron su inmensa majestad a los ojos

atónitos del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal

América latina, que empieza, en el continente austral, por las regiones

que baña el Orinoco y concluye en la glacial soledad del último cabo del

mundo habitado; cuando, como Andrade en su canto, describió una a una

las naciones desprendidas del vigoroso cuerpo de España, sus luchas

feroces, herencia de su organismo pasional, sus esfuerzos por surgir a

la luz, sus riquezas, sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando ligó

todo ese pasado al pasado de la madre patria y confundió, en la imagen

esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los días venideros, a

la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lágrimas, los corazones

se agitaron a romperse y las manos se buscaron instintivamente. Núñez de

Arce, que estaba a mi lado, murmuraba a cada instante, a mi oído,

palabras de gratitud, y fué con un abrazo estrecho que recibió a

Zorrilla cuando éste descendió de la tribuna.

Pocas veces, más tarde, tuve ocasión de encontrarme con el ilustre poeta

español; hacía poca vida social y su delicada salud le imponía una vida

sedentaria. Pero mi admiración por su espíritu crecía a medida que

nuevas obras, cada vez más perfectas y acabadas, venían a enriquecer los

tesoros de nuestra lengua, como se aumentaba mi respeto y profunda

estimación por su carácter, a medida que rasgos incomparables de su

noble naturaleza moral me eran conocidos. Con ser tan admirado, no creo

que hubiera entonces, en España, nadie más estimado que Núñez de Arce.

Dos veces, desde entonces, la muerte, rugiendo como una furia, se ha

arrojado sobre él, y dos veces la naturaleza tan amada del poeta, ha

sostenido por él la lucha, animosa siempre, triunfante al fin. Hoy el

peligro se ha alejado y vuelve a su amplia y vigorosa plenitud el

espíritu admirable y delicado que envuelve, como finísimo encaje, una de

las almas más nobles y armoniosas venidas a la luz en suelo español.

1902.

Por montes y por valles

Los diarios ingleses han publicado una curiosa estadística de las

hazañas cinegéticas de lord Grey, que ha de haber sido reproducida por

la prensa universal. En todo caso, hela aquí. Lord de Grey, en 18 años,

de 1877 a 1895, ha muerto la siguiente cantidad de animales:

111.190 faisanes, 89.401 perdices, 47.468 _grouses_, 24.147 conejos,

26.417 liebres, 2.735 becasinas, 2.077 _coqs de bruyère_, 1.363 patos

silvestres, 381 ciervos rojos, 186 ciervos, 97 jabalíes, 94 aves negras,

45 paletos, 12 búfalos, 11 tigres, 2 rinocerontes y 8.450 piezas

diversas: lo que hace, en conjunto, 316.699 piezas, o sea un término

medio de diez mil piezas anuales.

Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me

extrañaría que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos

de caza, pensara, al día siguiente de su muerte, en levantarle un

monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un día

en compañía de lord de Grey: era en España y los azares de la colocación

hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estación

de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas españolas, difíciles

siempre, flaconas y vigorosas, hendían el aire, como saetas,

generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin

vanidad, hacía un fuego de todos los diablos, muchas veces con la

conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al

placer de apretar el gatillo cuando tenía el ave en línea. Lord de Grey

tiraba mucho menos; pero ese día no le ví desperdiciar un solo tiro.

Tenía dos hombres detrás de él, que le pasaban una escopeta cargada con

una rapidez extraordinaria; concluído el ojeo, los dos servidores no

perdían una sola pieza de las que había abatido su señor, merced a una

perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato.

Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no

pierden generalmente un solo tiro. El príncipe de Mónaco, el feliz

soberano de Monte Carlo, tiene esa reputación; pero parece que la cuida

de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un

disparo. No tira sino lo seguro.

Como nunca he podido comprender ningún aspecto de la vida a través de la

vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He

tenido gran afición por ella, afición que, con los años, ya pasando,

como tantas otras que son el glorioso séquito de la juventud. Por ese

motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi

tierra y España. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el

tapiz espeso y elástico, en la llana extensión que prolonga hasta donde

los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hábitos,

bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos

fugitivos fenómenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y

sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones más

gratas que pueden darse. En España la empresa es más ruda. En primer

lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila

y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y

de todas las precauciones necesarias, el cañón de la escopeta nos helaba

las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies.

Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuración del

terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de

acero que tenía nuestro inolvidable Lucio López, uno de los primeros

cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es

la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeñas mortificaciones,

que son recompensas. No olvidaré nunca nuestras largas excursiones, en

pleno invierno, en Extremadura, allá por las sierras de Guadalupe, a

caza de jabalíes, en tierras de mi amigo el marqués de la Romana.

Teníamos una noche de camino de hierro, luego un día de caballo y por

fin empezábamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente

por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace

quinientos años, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso

emprender cacerías en aquellas regiones desconocidas. Ya en América

había observado el mismo fenómeno, al subir los contrafuertes de los

Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo

de los conquistadores: una vez que el español, con su tesón y su ímpetu

inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse

infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que

subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas

gargantas, ásperas y sombrías como su carácter, subía, pues, don Pedro,

camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al

día siguiente. En el Hospicio dormimos también, vasto y tosco edificio

de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los

ojeadores, guías, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con

su colosal fogón en el centro, era la única pieza habitable de la casa,

porque en los cuartos destinados a los señores el frío nos penetraba

hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrática

promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para

ponernos en movimiento. Nos despertó un ruido infernal, una jauría de

perros que llegaba, nada menos que la _recova_ del marqués de la

Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por

un achaque de su edad, de tomar parte en la cacería, nos enviaba sus

afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalguía, en la

que nos pedía que no los economizáramos, porque, cuanto más numerosos

fueran los que quedaran en el campo, más se colmarían sus votos de un

éxito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate,

pequeños, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que

contábamos, nos formaban una jauría de excepcional importancia.

La del marqués de la Conquista la dirigía el perrero más afamado de

aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de

recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso,

conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazañas y

las costumbres del jabalí mejor que las de sus semejantes. Fué él quien

me inició en los hábitos, curiosos a veces, del animal que por primera

vez iba a combatir. Así, mientras defendía al jabalí de ciertas

imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del

_solitario_ que, llegado a la venerable edad de cuatro años, en el

momento en que los colmillos próximos a retorcerse y hacerse

inofensivos, son más temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como

su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como

en el reposo, por un _javacho_ de un año o diez y ocho meses, al que ha

aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su

seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las

consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la

conversación de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba,

que todos, amos y criados, estábamos suspensos de sus labios, al calor

del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer

de un día radiante de sol, aunque muy frío en la mañana, nos pusimos en

camino. Eramos ocho cazadores y seis _escopetas negras_. Se da este

nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan

los últimos puestos a ambos extremos de la línea para tirar sobre los

jabalíes que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una

reputación de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus

escopetas viejas y ordinarias, con el cañón reforzado por cuerdas,

composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto

errar con más frecuencia que nosotros mismos.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 7 / 20 段