última palabra sea de gratitud para mis maestros y de cariño para los
compañeros que el azar de la vida ha dispersado a todos los rumbos.
1881.
PROSA LIGERA
_Gallicæ Constructiones_
ESPAÑA
Una visita de Núñez de Arce
Hace doce años, era yo ministro argentino en Madrid. Un día un criado me
anunció que el señor Presidente del Ateneo me hacía preguntar si podía
recibirle. En el acto dí orden de introducirle. Respetaba al Ateneo de
Madrid como se respetan las cosas que se temen y ese respeto de mi parte
justificaba el origen presunto de todas las religiones humanas. A pesar
de mis aficiones literarias, como suponía honestamente que el gobierno
argentino no me habría nombrado su representante para darme ocasión de
desplegar mis talentos estéticos o mis facultades de estilo, sino para
estudiar los problemas políticos o económicos de interés nacional, mis
esfuerzos habían tendido a tener una actuación eficaz y activa en el más
alto mundo social y en los círculos más influyentes de la política del
momento. Así es que conocía--o por lo menos trataba--a muy pocos de los
representantes del mundo de las letras. Fuera de Castelar, más político
que literato y dulcemente afectuoso siempre con todos nosotros los
americanos,--de don Juan Valera, a quien encontraba con frecuencia en el
mundo diplomático al que él también pertenecía,--de Menéndez Pelayo, con
quien comía a menudo en los clásicos jueves de nuestro buen amigo Bauer,
muchas veces, por feliz azar para mí, al lado uno del otro,--de Grilo, a
quien conocí en casa de Tamames y que nos encantaba en nuestras
deliciosas correrías por Sevilla,--no había hablado, repito, ni conocía,
tan sólo fuera de vista, a los demás altos representantes del
pensamiento español.
"¿Quién será, me decía, este señor Presidente del Ateneo de Madrid? Yo
debía saberlo y precisamente por eso no le hago preguntar por su nombre.
El Ateneo, por lo demás, es la primera institución literaria de España,
y sus altibajos coinciden con la exaltación o la depresión del espíritu
público de este país. No sé lo que este señor Presidente vendrá a
pedirme, pero hay que tratarle bien, porque..."
En esto estaba de mi soliloquio, cuando la puerta de mi escritorio se
abrió, dando paso a un hombre pequeño, delgado, tan distinguido en su
traje, en su fisonomía y en su expresión, que no pude, en el primer
momento, darme cuenta ni de cómo estaba vestido, ni de qué cara tenía,
ni de lo que era o podía ser.
--Señor, me dijo con una voz reposada y serena, a la que daba un valor
que me sorprendió, la manera de mirar de sus ojos grandes, claros y
tranquilos, soy Presidente del Ateneo y vengo a pedir. El Ateneo, entre
otros achaques, tiene aquel que más nos seduce a todos, el de acercar
hasta confundir el alma española con el alma hispanoamericana. Vamos en
breve a celebrar una fiesta precursora de la gran solemnidad del
centenario de Colón y vengo a pedir a Vd. (aquí un par de frases amables
y muy lisonjeras para mí) que quiera honrarnos encargándose de una de
las conferencias que se harán en el Ateneo con este motivo.
--Señor Presidente del Ateneo, antes de todo, ¿quiere Vd. tener la
bondad de decirme con quién tengo el honor de hablar?
--Gaspar Núñez de Arce, señor.
Me puse de pie como movido por un resorte y un poco confuso, me incliné
profundamente. A pesar de mi alejamiento voluntario de los centros
literarios de Madrid, había dos hombres que deseaba vivamente conocer:
Núñez de Arce y Pereda. Al primero por su inspiración gentil, vibrante y
generosa, por el ropaje suntuario de su lengua opulenta, lengua mía, de
mis padres y de mi raza, por la nobleza tradicional de su carácter, por
la pregonada sencillez de su vida armoniosa. A Pereda, porque un día,
allá por 1884, en la opaca tristeza germánica de Carlsbad, había
recibido un paquete de libros acompañados por una grata carta de Martín
García Mérou, que enviaba a su antiguo jefe y siempre amigo, algunos
libros españoles, entre otros la _Sotileza_ del escritor de la Montaña;
lo había empezado a leer, lo había devorado y había contestado al que
tal regalo me había hecho, una carta entusiasta y cariñosa que García
Mérou envió a Pereda, quien me hizo decir que tenía en España dos brazos
abiertos que me esperaban. Pero mi hombre estaba constantemente metido
en Santander (decir que en ese tiempo meditaba _Peñas arriba_, esa
maravilla, sin que yo lo supiera, para ir a rogarle me hiciera visitar
el teatro de ese drama admirable!) y cuando venía a Madrid, lo hacía tan
callandito, que los diarios anunciaban su llegada el día de su partida.
Y ahora, de pronto, sin sospecharlo, tenía en mi casa, a mi lado, _para
mí solo_, a Núñez de Arce! Le tomé la mano, le dije que hasta entonces,
al hablar conmigo, sólo había hablado con un particular, pero que ahora
me ponía el uniforme diplomático, le recordaba que estaba reconocido en
mi carácter de representante de mi país por Su Majestad (Q. D. G.), que
en mis credenciales mi gobierno pedía al de España--y por consiguiente
a todos los españoles--que prestaran fe a mis palabras--y que, por lo
tanto, le pedía la suya al manifestarle la gratitud profunda de todos
mis compatriotas que habían tenido la fortuna de leerle, por los puros y
levantados goces de orden intelectual y moral, encontrados en las
estrofas de sus cantos admirables, en los que, bajo formas nuevas e
impecables que hacían valer el viejo idioma, se levantaban, sobre el
chato horizonte moderno, todas las nobles ideas, todos los instintos
generosos, todas las actitudes valientes, hasta la duda misma, que
animan a pensar que el alma humana es algo más que una resultante
fisiológica. Le hablé de sus poemas, de sus dramas, de sus trabajos
anunciados--y el poeta, ante mi acento sincero, me escuchaba con placer,
entretenido, quizá, en oir el elogio de su obra, hecho en algo, para él,
como un idioma extraño, en el que la construcción de la frase, la
cadencia del período, hasta el valor de las consonantes, parecía dibujar
vagamente, no ya el español del pasado, petrificado allá en Levante en
labios de los descendientes de moros y judíos, sino un castellano del
porvenir, ágil, vivo, un español americano, en una palabra, listo
siempre a jinetear, sin estribos, la mismísima gramática.
Nos pusimos a charlar o, mejor dicho, le hice hablar larga, afectuosa y
abiertamente, suscitándole nuevos temas, así que veía que el anterior
iba a agotarse. Así hablamos mucho de arte, un poco de política, a
raudales del pasado español y del porvenir americano. Y a medida que los
juicios del poeta se condensaban en frases no cuidadas, pero claras y de
elegante movimiento, me abandonaba al placer de contemplar ese espíritu
ecuánime, cuyas raíces iban a beber la fresca savia que le animaba,
allá en las regiones donde el corazón encierra la bondad, la ternura, el
entusiasmo y la fe, sin que ninguna se extraviara para ir a aspirar la
ponzoña del odio o de la envidia.
Y el tiempo corría, la América y la España misma se habían agotado y,
desaparecidos los Pirineos, entrábamos como conquistadores, a través del
Rosellón, en vieja tierra de Francia. La pléyade, el cenáculo, los
Parnasianos, los estéticos, los naturalistas, los decadentes, a todos
los pasamos en revista, él, conteniendo con su sonrisa moderadora mis
juicios impetuosos, yo animando a veces, con un rasgo atrevido, la
armoniosa mesura de sus opiniones. Hace poco, leyendo, con el trabajo
que mis hermanos en análoga tarea habrán apreciado, un libro de
Nietzsche, me encontré con esta gráfica descripción del autor de _Naná_:
"Zola, o el placer de heder"[9]. El juicio de Núñez de Arce era casi
idéntico, pero la forma exquisita en que se enunciaba, le quitaba la
crudeza, sin disminuir la eficacia. En cambio, como me seguía contento
con su mirada animosa, al oirme decir que había más naturalismo de
verdad en _Fortunata y Jacinta_, de Pérez Galdós, que en la obra entera
de Zola, y más belleza en la descripción que el mismo hace de Toledo en
_Angel Guerra_, que en todos los celebrados cuadros descriptivos del
autor de _L'Assommoir_! Y luego, de un salto sobre la Mancha, a
Inglaterra y allí, arriba, alto, a la cumbre y al honor, Dickens, Elliot
y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen
entrañas, sangre y vísceras; y luego... Se puso de pie, sacó su reloj,
gentilmente me hizo ver el largo tiempo transcurrido y me repitió con
mucha insistencia su amable invitación para el Ateneo. Entonces le
hablé con toda franqueza.
[9] Nietzsche: "Le crépuscule des idoles", traducción de Albert,
pág. 172.
--Ahora que conoce Vd. un poco mi espíritu, señor, no le extrañará oirme
afirmar que sólo puedo hacer lo que hago con convicción y sinceridad.
Hacer un discurso o conferencia sobre Colón y las relaciones históricas,
hispano-americanas, de manera a que sea grato a mi auditorio (porque
nadie está obligado a escribir un poema épico ni a decir, en materia de
arte, cosas desagradables), será para mí algo muy difícil, porque
siempre he pensado que dos de los hombres más fatales que ha tenido
España (y cuidado que no se ha quedado atrás en la especie!) han sido
Colón y Felipe el Hermoso, que la trajeron dos de las calamidades
mayores que pueden caer sobre un pueblo, la riqueza fácil y la gloria
militar. El primero, con su América y su oro, su espíritu romántico,
aventurero, anti-industrial, con los sistemas absurdos que el galeón
esperado e indispensable impuso; el segundo metiendo a España, con sus
vinculaciones germánicas y su imperial vástago alemán, en todas las
complicaciones de la Europa de entonces y a la infeliz que salía de
guerrear siete siglos con árabes y moros, obligándola a desangrarse de
nuevo desde las costas de Argel hasta las dunas de Holanda, sin olvidar
los campos de Italia, de Nápoles a los Alpes, los llanos de Alemania y
las frescas colinas de Francia y Bélgica. ¿Qué quiere Vd. que vaya a
decir al Ateneo? ¿Que nosotros, los del Río de la Plata, no teníamos
derecho a enviar a España más que uno o dos barcos por año, con tantos
cueros consignados a tal casa de Cádiz? ¿Que se nos obligaba a ir a
comprar ropa, calzado y sombreros a Panamá o Portobelo, que estaban a
seis meses de distancia, ida y vuelta, con cuyo motivo comprábamos todo
lo que nos hacía falta, de contrabando, bien entendido, a los
portugueses de la Colonia? ¿Que todo eso, si bien nos dejó en un estado
de delicioso atraso, pues no creo que haya habido pueblo más feliz que
el colonial Buenos Aires, antes que los ingleses vinieran a hablarnos, a
balazos, de ideas nuevas y paparruchas liberales, que todo eso remató en
la triste España de Carlos II o en la dolorosa de Fernando VII?
¡Fernando VII! Figúrese Vd. que se me cruce ese nombre en mi trabajo
mental; ¿puede Vd. imaginarse todos los improperios que van a salir de
esta boca, por más mesura que le imponga? El tratamiento de Macaulay a
Barère será de malvavisco y altea al lado del que, sin poder resistirlo,
propinaré al hijo infame de Carlos IV. Y si, hablando de los autores
principales del hundimiento español, llegara a plantar, delante de
Cánovas del Castillo, que es Presidente del Consejo de Ministros y que
seguramente estará en el Ateneo, las cuatro frescas que se merece el
Conde-Duque de Olivares, que él pretende rehabilitar, ¿a dónde irá a
parar mi reputación diplomática?
Núñez de Arce me oía sonriendo, pero como sus ojos insistían, continué:
--Pero como Vd. me ha hecho un honor muy grande y con ser de los mayores
de mi vida, un placer que lo supera, viniendo a mi casa, quiero que
salga Vd. en su empresa mejor de lo que pensara. ¿Conoce Vd. al actual
ministro del Uruguay en Madrid? ¿No? Pues se llama Juan Zorrilla de San
Martín, vive aquí a la vuelta de mi casa y si Vd. le ve con sombrero no
da un real por él, ni mucho menos si le ve descubierto. Nadie le conoce
aún aquí, porque ha llegado hace poco; pero el día que caiga en un
cenáculo intelectual en el que haya algunos poetas, uno que otro hombre
de pensamiento, un colorista y algún oído habituado a oir sonar el
cristal y el templado bronce, le van a sacar en andas. Para que Vd. no
olvide esta visita, regalo a Vd. y al Ateneo, a mi amigo y compañero
Zorrilla de San Martín. Oiga Vd. un momento.
Tomé _Tabaré_ en el armario vecino y le leí algunas estrofas; cuando
interrumpí mi lectura para continuar, Núñez de Arce me tomó el libro de
las manos y continuó leyendo en silencio. Al fin me dijo:
--¡Pero éste es un maestro!
--¿Sabe Vd. lo que he dicho a Zorrilla de San Martín, sobre _Tabaré_, en
el álbum de su señora? Que versos como esos valen la buena prosa.
Volvió a sonreir Núñez de Arce con aire de dulce reproche por lo que
parecía considerar una mera paradoja.
Yo me defendí; le recordé que los primeros balbuceos de la humanidad
habían tomado la forma métrica y que sólo en un estado de civilización
relativamente avanzada había hecho la prosa su aparición. Que recordaba
también cuántos poetas consagrados enumeraba la historia literaria,
desde los griegos, para no ir más arriba, hasta nosotros y que al lado
de esa lista nutrida y numerosa, contara, con los dedos de la mano, que
le iban a sobrar, cuántos eran los prosistas de primera fila, aquellos
que nadie discute, como Platón entre los griegos, Tácito entre los
romanos, o, saltando al mundo moderno, del siglo XVI al presente,
Montaigne, Cervantes, Renán... Y para hacerme perdonar mi osadía, le
recité de memoria, que así las sabía entonces, dos o tres estrofas de la
_Lamentación de Lord Byron_.
Aceptó que yo hablara a Zorrilla antes de que él le invitara, y se
retiró, quedando amigos ya.
Vi y vió a Zorrilla, que, sumiso y contento, no sin temor, se encargó de
la conferencia en el Ateneo. Esa noche fuí allí por primera vez y con
encanto respiré la culta atmósfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado
el momento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo, subió
hasta la tribuna su pequeña envoltura mortal. El público miró con
sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde cabellera que,
al avanzar sobre la frente, parecía continuarla, para dar ancho hogar al
pensamiento. Cuando empezó a hablar, el acento, la armonía de la
palabra, la vibración de la idea, la lujosa forma en que salía envuelta
y la gracia con que se movía, conquistaron a poco andar al auditorio,
que rompió en aplausos calurosos. Por fin, cuando Zorrilla de San
Martín, de pie, en la cumbre que parte el istmo americano, como Balboa,
miró, no ya los dos océanos que tendieron su inmensa majestad a los ojos
atónitos del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal
América latina, que empieza, en el continente austral, por las regiones
que baña el Orinoco y concluye en la glacial soledad del último cabo del
mundo habitado; cuando, como Andrade en su canto, describió una a una
las naciones desprendidas del vigoroso cuerpo de España, sus luchas
feroces, herencia de su organismo pasional, sus esfuerzos por surgir a
la luz, sus riquezas, sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando ligó
todo ese pasado al pasado de la madre patria y confundió, en la imagen
esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los días venideros, a
la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lágrimas, los corazones
se agitaron a romperse y las manos se buscaron instintivamente. Núñez de
Arce, que estaba a mi lado, murmuraba a cada instante, a mi oído,
palabras de gratitud, y fué con un abrazo estrecho que recibió a
Zorrilla cuando éste descendió de la tribuna.
Pocas veces, más tarde, tuve ocasión de encontrarme con el ilustre poeta
español; hacía poca vida social y su delicada salud le imponía una vida
sedentaria. Pero mi admiración por su espíritu crecía a medida que
nuevas obras, cada vez más perfectas y acabadas, venían a enriquecer los
tesoros de nuestra lengua, como se aumentaba mi respeto y profunda
estimación por su carácter, a medida que rasgos incomparables de su
noble naturaleza moral me eran conocidos. Con ser tan admirado, no creo
que hubiera entonces, en España, nadie más estimado que Núñez de Arce.
Dos veces, desde entonces, la muerte, rugiendo como una furia, se ha
arrojado sobre él, y dos veces la naturaleza tan amada del poeta, ha
sostenido por él la lucha, animosa siempre, triunfante al fin. Hoy el
peligro se ha alejado y vuelve a su amplia y vigorosa plenitud el
espíritu admirable y delicado que envuelve, como finísimo encaje, una de
las almas más nobles y armoniosas venidas a la luz en suelo español.
1902.
Por montes y por valles
Los diarios ingleses han publicado una curiosa estadística de las
hazañas cinegéticas de lord Grey, que ha de haber sido reproducida por
la prensa universal. En todo caso, hela aquí. Lord de Grey, en 18 años,
de 1877 a 1895, ha muerto la siguiente cantidad de animales:
111.190 faisanes, 89.401 perdices, 47.468 _grouses_, 24.147 conejos,
26.417 liebres, 2.735 becasinas, 2.077 _coqs de bruyère_, 1.363 patos
silvestres, 381 ciervos rojos, 186 ciervos, 97 jabalíes, 94 aves negras,
45 paletos, 12 búfalos, 11 tigres, 2 rinocerontes y 8.450 piezas
diversas: lo que hace, en conjunto, 316.699 piezas, o sea un término
medio de diez mil piezas anuales.
Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me
extrañaría que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos
de caza, pensara, al día siguiente de su muerte, en levantarle un
monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un día
en compañía de lord de Grey: era en España y los azares de la colocación
hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estación
de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas españolas, difíciles
siempre, flaconas y vigorosas, hendían el aire, como saetas,
generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin
vanidad, hacía un fuego de todos los diablos, muchas veces con la
conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al
placer de apretar el gatillo cuando tenía el ave en línea. Lord de Grey
tiraba mucho menos; pero ese día no le ví desperdiciar un solo tiro.
Tenía dos hombres detrás de él, que le pasaban una escopeta cargada con
una rapidez extraordinaria; concluído el ojeo, los dos servidores no
perdían una sola pieza de las que había abatido su señor, merced a una
perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato.
Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no
pierden generalmente un solo tiro. El príncipe de Mónaco, el feliz
soberano de Monte Carlo, tiene esa reputación; pero parece que la cuida
de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un
disparo. No tira sino lo seguro.
Como nunca he podido comprender ningún aspecto de la vida a través de la
vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He
tenido gran afición por ella, afición que, con los años, ya pasando,
como tantas otras que son el glorioso séquito de la juventud. Por ese
motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi
tierra y España. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el
tapiz espeso y elástico, en la llana extensión que prolonga hasta donde
los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hábitos,
bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos
fugitivos fenómenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y
sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones más
gratas que pueden darse. En España la empresa es más ruda. En primer
lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila
y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y
de todas las precauciones necesarias, el cañón de la escopeta nos helaba
las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies.
Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuración del
terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de
acero que tenía nuestro inolvidable Lucio López, uno de los primeros
cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es
la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeñas mortificaciones,
que son recompensas. No olvidaré nunca nuestras largas excursiones, en
pleno invierno, en Extremadura, allá por las sierras de Guadalupe, a
caza de jabalíes, en tierras de mi amigo el marqués de la Romana.
Teníamos una noche de camino de hierro, luego un día de caballo y por
fin empezábamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente
por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace
quinientos años, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso
emprender cacerías en aquellas regiones desconocidas. Ya en América
había observado el mismo fenómeno, al subir los contrafuertes de los
Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo
de los conquistadores: una vez que el español, con su tesón y su ímpetu
inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse
infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que
subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas
gargantas, ásperas y sombrías como su carácter, subía, pues, don Pedro,
camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al
día siguiente. En el Hospicio dormimos también, vasto y tosco edificio
de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los
ojeadores, guías, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con
su colosal fogón en el centro, era la única pieza habitable de la casa,
porque en los cuartos destinados a los señores el frío nos penetraba
hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrática
promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para
ponernos en movimiento. Nos despertó un ruido infernal, una jauría de
perros que llegaba, nada menos que la _recova_ del marqués de la
Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por
un achaque de su edad, de tomar parte en la cacería, nos enviaba sus
afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalguía, en la
que nos pedía que no los economizáramos, porque, cuanto más numerosos
fueran los que quedaran en el campo, más se colmarían sus votos de un
éxito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate,
pequeños, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que
contábamos, nos formaban una jauría de excepcional importancia.
La del marqués de la Conquista la dirigía el perrero más afamado de
aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de
recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso,
conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazañas y
las costumbres del jabalí mejor que las de sus semejantes. Fué él quien
me inició en los hábitos, curiosos a veces, del animal que por primera
vez iba a combatir. Así, mientras defendía al jabalí de ciertas
imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del
_solitario_ que, llegado a la venerable edad de cuatro años, en el
momento en que los colmillos próximos a retorcerse y hacerse
inofensivos, son más temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como
su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como
en el reposo, por un _javacho_ de un año o diez y ocho meses, al que ha
aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su
seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las
consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la
conversación de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba,
que todos, amos y criados, estábamos suspensos de sus labios, al calor
del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer
de un día radiante de sol, aunque muy frío en la mañana, nos pusimos en
camino. Eramos ocho cazadores y seis _escopetas negras_. Se da este
nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan
los últimos puestos a ambos extremos de la línea para tirar sobre los
jabalíes que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una
reputación de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus
escopetas viejas y ordinarias, con el cañón reforzado por cuerdas,
composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto
errar con más frecuencia que nosotros mismos.