Al primero que ví fué a Horacio Varela, tranquilo, sonriendo y apoyado

en sus muletas. Así que me conoció, me pidió fuera inmediatamente a su

casa a avisar a la familia que no volvería hasta tarde, que no temieran,

etc.--"Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan". La verdad era que

había trabajado tanto por llegar a mi punto de observación y esperaba

que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese

pretexto, harto plausible, para quedarme allí.--"Un estudiante a quien

no dejan salir, pobrecito! ¿Entonces ustedes ya no saben escaparse?"--Yo

habría podido contestar que lo hacía con una frecuencia que ponía a

cubierto de semejante reproche; pero preferí la acción y desaparecí.--Me

escapé con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé la familia, volví

al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé nuevamente mi sitio de

observación, de donde dí cuenta a Horacio de mi comisión.--En ese

momento un gran número de diputados salieron al patio; muchos abrazaban

a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual,

después, supe había sido miembro informante, desplegando una serenidad

de ánimo admirable.--Era el Dr. D. Manuel Aráuz, a quien debíamos todos

tener más tarde tanto cariño bajo el apodo afectuoso de "viejo Laguna".

Cuando leo en la historia la narración del entusiasmo ardiente de los

estudiantes en la Politécnica y la Normal en 1815 y 1830, el arranque

impetuoso de los estudiantes españoles en la guerra de la Independencia,

abandonando Salamanca para unirse al Empecinado, a D. Juan Porlier, el

cura Merino, el heroísmo de los jóvenes alemanes en 1813 y 1814,

brotando de los subterráneos de la _Tugendbund_ para caer en los campos

de Leipzig, de la muerte gloriosa de Koerner, cuando leo esos rasgos, me

los explico perfectamente.--Hay en los claustros un ansia de acción

indescriptible; la savia hirviente de la juventud irrita la sangre,

empuja, excita, enloquece. Se sueña con grandes hechos; la lucha

enamora, porque implica la libertad.

También nosotros formamos parte de las gloriosas filas del batallón

Belgrano que fué a ofrecer su sangre y a pedir un puesto en la

vanguardia del General Mitre, al estallar la guerra del Paraguay. Yo fuí

soldado del Dr. D. Miguel Villegas; era cuanto podía exigirse de mi

patriotismo: servir a las órdenes de un profesor de la Universidad, que

enseñaba filosofía por Balmes y Gérusez!

XXX

Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente

algunas horas de esta vida triste y monótona que llevo.--Pero al

concluir me vienen al espíritu los últimos tiempos pasados en la prisión

claustral, cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se

abría para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido,

del que no nos dábamos cuenta exacta, pero que nos atraía secretamente.

No nos lo confesábamos al principio unos a otros; la vida de reclusión,

las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de

la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaba

a un escepticismo amargo y sarcástico, ante el cual no había nada

sagrado.--Eramos ateos en filosofía y muchos sosteníamos de buena fe las

ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecían

siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema

indiferencia.

En una confesión general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme.

Obligado a ir al confesionario, dije abiertamente al sacerdote que

estaba tras de la reja que no creía una palabra de esas cosas y que, por

lo tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor dió cuenta

inmediatamente; fuí llamado, insistí y recogí por premio de mi lealtad

de conciencia pasar en el encierro los tres días de comilonas y huelga

que sucedían a la comunión.

Al año siguiente mis ideas se habían hecho más prácticas; nos reunimos

unos cuantos y confeccionamos una lista de pecados abominables,

estupendos, en que figuraba todo el repertorio de un libro de examen de

conciencia que nos habían dado para prepararnos.--Nos dieron penitencias

atroces, como ser levantarnos a media noche en invierno y salir desnudos

al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora; esto

durante tres meses. A buen seguro que, en caso de obediencia, la

pulmonía habría dado bien pronto cuenta de nosotros.--Pero aquí quiero

hacer una declaración sincera que pinta bien esos escepticismos

primaverales. Llegado el día de la comunión, que se hacía con gran pompa

en el altar mayor, fuí obligado a ir a hincarme con tres o cuatro

compañeros y a esperar mi turno.

Un resto de altivez intelectual, una reacción violenta dentro de mí

mismo, me hizo considerar una repugnante apostasia de mis ideas y una

burla indigna de la religión, aceptar aquéllo.--Así, cuando el sacerdote

se inclinó sobre mí, le miré bien en los ojos y le dije quedo: "paso,

padre". Hizo un ligero movimiento de sorpresa; pero cuando se

reincorporó, yo ya me había dado vuelta y salido de la fila, llevando el

pañuelo en la boca, como si realmente hubiera recibido la hostia. No me

delató.

XXXI

Pero la juventud venía y con ella todas las aspiraciones

indefinibles.--La música me cautivaba profundamente.--Recuerdo las

largas tardes pasadas mirando tristemente las rejas de nuestras ventanas

que daban a la libertad, a lo desconocido, y oyendo a Alejandro Quiroga

tocar en la guitarra las vidalitas del interior, los tristes y monótonos

cantos de la campaña y las pocas piezas de música culta que conocía. Aun

hoy me pasa algo curioso que, en ciertos momentos, me lleva

irresistiblemente a aquellos tiempos. Una tarde, Alejandro se puso a

tocar, sentado en su cama, una marcha lenta y plañidera, pero de un

ritmo marcado y cariñoso al oído. Yo me había colocado en el borde de la

ventana, aprovechando la última luz del día, para continuar la lectura

de la "Conquista de Granada" de Florián, que me tenía encantado. Había

llegado en ese instante al momento en que Boabdil se despide con los

ojos arrasados en lágrimas, desde lo alto de una colina, de la dulcísima

ciudad de los mármoles y las fuentes, los amores y los perfumes. Me

pareció que la música que llegaba a mis oídos era la voz misma del

infortunado monarca y dí a aquella melodía sollozante el nombre de "el

adiós del rey moro", que Alejandro le conservó. Más tarde, hoy mismo,

cada vez que en un libro encuentro una referencia al mísero fin de la

dominación árabe en España, los acordes de la marcha pesarosa cantan en

mi memoria.--Así se explica esa preferencia llena de misterio que

algunos hombres sienten por ciertos trozos de música, indiferentes para

los demás. Los han oído por primera vez en un momento especial, la

impresión se ha confundido con todas las que entonces se grabaron en el

alma y por una afinidad íntima y secreta, una sola fibra que se

estremezca en un rincón de la memoria, despierta a todas aquellas con

que está ligada. Un hombre, sentado al piano, puede rehacer, para él

solo, toda la historia de su vida moral, haciendo brotar del teclado una

serie de melodías, escalonadas en sus recuerdos...

XXXII

Sentíamos también necesidad de cariño; las mujeres entrevistas el

domingo en la iglesia, los rostros bellos y fugitivos que alcanzábamos a

vislumbrar en la calle, desde nuestras altas ventanas, por medio de una

combinación de espejos, nos hacían soñar, nos hundían en una

preocupación vaga e incierta, que nos alejaba de los juegos infantiles

del gimnasio, de las viejas y pesadas bromas de costumbre. Las amistades

se habían estrechado y circunscripto; solíamos pasar las horas muertas,

haciéndonos confidencias ideales, fraguando planes para el porvenir,

estremeciéndonos a la idea de ser queridos como lo comprendíamos y por

una mujer como la que soñábamos.--Por primera vez en estas páginas,

nombro a César Paz, mi amigo querido, aquel que me confiaba sus

esperanzas y oía las mías, aquel hombre leal, fuerte y generoso, bravo

como el acero, elegante y distinguido, aquel que más tarde debía morir

en el vigor de la adolescencia por uno de esos caprichos absurdos del

destino, que arrancan del alma la blasfemia profunda!...

¡Qué vida de agitación! ¡Qué pesado era el libro en nuestras manos y qué

envidia se levantaba en el corazón por el estudiante libre de la

Universidad, tan despreciado antes y que hoy veíamos pasar, con el

corazón sombrío, radiante en su elegancia, en su traje, en la

incomparable soltura de sus maneras!

Porque empezábamos tristemente a conocernos. La mayor parte de nosotros

éramos pobres y nuestras madres hacían sacrificios de todo género por

darnos educación. Muchas veces nuestras ropas eran cosidas por sus

propias manos y por muchos años hemos ostentado sacos como bolsas y el

clásico jacquet _crecedero_, aquel que, despreciando el efímero

presente, sólo tiene en vista el porvenir.--Pero ¿qué nos importaba?

Eramos filósofos descreídos y un tanto cínicos, nos revolcábamos en el

gimnasio, y el eterno botín de doble suela, ancho y largo, nos permitía

correr como gamos en el rescate. Usábamos el pelo largo y descuidado,

teníamos, en fin, esa figura desgraciada del muchachón de quince años,

que empieza a salir de la infancia, sin llegar a la virilidad. Eramos,

con todo, felices y despreocupados.

XXXIII

Pero los diez y ocho años se acercaban. Los días de salida hacíamos

esfuerzos inauditos por arreglarnos lo mejor posible, abandonando muchas

veces la empresa con desaliento, vencidos por la exigüidad del

guardarropa.--¡Qué amarguras, qué sufrimientos, aquellos domingos a la

noche, cuando al volver al Colegio pasábamos frente a los teatros y

veíamos en el peristilo una multitud de jóvenes, algunos conocidos

nuestros, los externos felices, bien vestidos, con sus guantes

flamantes, y saludando con una gracia, para nosotros insuperable, a las

bellas damas que venían al espectáculo!

En cuanto a mí, recordaba bien que de los ocho a los doce años no había

faltado casi una noche a la Opera; mi padre me llevaba siempre consigo.

Era, pues, un _dilettante_ de raza y tradición; Tamberlik me había

acariciado y la incomparable Madame Lagrange, aquella artista con un

corazón a la Malibran, se había entretenido en hacerme charlar durante

los entreactos en su camarín, a donde solía llevarme mi hermano

Jacinto.--Y hoy, que era hombre, que podía apreciar todas aquellas

bellezas que habían encantado a mi padre y que flotaban en mi memoria

como una nube, tenía que volverme triste y solo al Colegio, dando la

espalda al mundo de la luz!

Una noche no puede resistir al pasar frente al Colón; ví entrar a un

pariente amigo con su familia; comprendí que tenía un palco donde

meterme medio escondido y tomando mi entrada penetré bravamente, un poco

pálido, por la convicción profunda de que todo el mundo me observaba.

El pariente tenía felizmente un palco bajo y obscuro de la ochava;

llamé, me resistí con energía a las sillas de adelante y acurrucándome

en el fondo, lancé una mirada investigadora a la platea. Yo sabía que el

Vicerrector era un melómano decidido; en efecto, a poco le descubrí en

las tertulias. De un lado cierta irritación por su presencia, mientras

nos confinaba en el claustro tan cruelmente y de otro el temor que me

descubriese, me agitaron un momento. Pero bien pronto todo eso

desapareció y la luz, la música, ese curioso y penetrante ambiente de

los teatros de buen tono, la proximidad de una criatura idealmente

bella, que estaba en el palco, sus ojos dulces como un pedazo de cielo,

su voz tímida y armoniosa, aquel color diáfano, transparente, sombreado

a cada instante por un tenue velo de púrpura, esa emanación exquisita de

la pureza, de la inocencia y de la gracia, que subyuga en todas las

edades, todo en un encanto misterioso se apoderó de mí por completo.

Quince años han pasado sobre mi cabeza desde aquella noche, quince años

bien llenos y agitados; pasarán veinte más y no perderé ese recuerdo

suave y melancólico, que trae a mi alma la impresión fresca de las

primeras emociones puras de mi juventud.--Sonrío a veces al recordar mi

idilio adolescente, los entusiasmos de mi espíritu, ese estado de

sensibilidad enfermiza, la necesidad imperiosa que sentía de hacer

versos, mi desesperación por no poder medir una cuarteta, las páginas

enteras desgarradas con desaliento, las cartas ideales, que jamás debían

llegar a su destino, en las que derramaba todos mis sueños y

esperanzas! La veía en todas partes, en todas la buscaba. Me parecía

inútil obtener su cariño; el mío me bastaba, me elevaba, me daba

intensidad al espíritu, fuerza a la voluntad, brillo a la imaginación,

nobleza al corazón. Cambié de carácter; fuí dulce, afable, perdí la

ironía amarga con compañeros, dejé en paz los ridículos ajenos; me

observaba, me corregía, me mejoraba...

De nuevo sonrío a través de los años; pero quisiera volver a esas horas

incomparables, a esa explosión de la savia, trepando al árbol al son de

los cantos primaverales y desenvolviéndose en hojas, en flores, en

perfumes! Quisiera volver a amar como amé entonces y como sólo entonces

se ama, puro el corazón, celeste el pensamiento!...

Todo pasó en el rápido correr del tiempo; pero la figura deliciosa, a la

que los años han circundado de esa atmósfera vaporosa que da Murillo a

sus vírgenes, queda fija allá en el pasado, cerniéndose al principio de

la ruta, como una luz ideal!...

XXXIV

Hay que caer a la tierra y recordar que, de una u otra manera, tenía que

entrar en el Colegio.--Poco antes del último acto salí, corrí a la

puerta que da sobre el atrio de San Ignacio, me saqué el paletot, golpeé

fuerte y cuando el viejo portero preguntó quién era, imité la voz del

Vicerrector y una vez la puerta abierta, abatí la vela que el cerbero

traía en la mano con un golpe de mi sobretodo, le eché una zancadilla

que dió con él en tierra, y antes que volviera de la sorpresa, ya corría

yo por esos claustros como una exhalación.

Pero la hora había sonado para mí. Los castigos me irritaban, los

consejos me ponían en un estado de nervios insoportable: no podía

continuar en el Colegio. Pasaba los días enteros ideando medios para

escaparme, a veces con riesgo de la vida, como cuando nos deslizábamos,

con un compañero fiel, por una cuerda flotante que los albañiles dejaban

durante la noche en el edificio que se construía entonces sobre la calle

Moreno.--Los exámenes estaban encima y no abría un libro. Había perdido

la emulación por completo; las glorias de clase me parecían ridículas y

no habría dado un paso por recuperar el puesto de honor al que estaba

habituado y que sentía escapárseme de entre las manos.--Al fin triunfé,

y una mañana radiante se me abrieron para siempre aquellas puertas, en

cuyos umbrales hubiera entonces sacudido mi planta como el numida.

Y, sin embargo, ¡cuántas cosas dejaba allí dentro! Dejaba mi infancia

entera, con las profundas ignorancias de la vida, con los exquisitos

entusiasmos de esa edad sin igual, en la que las alegrías explosivas, el

movimiento nervioso, los pequeños éxitos reemplazan la felicidad, que

más tarde se sueña en vano!

Abandonaba el Colegio para siempre y, abriendo valerosamente las alas,

me dejaba caer del nido, en medio de las tormentas de la vida.

XXXV

Muchos años más tarde, volví a entrar un día al Colegio; a mi turno, iba

a sentarme en la mesa temible de los examinadores. Al cruzar los

claustros, al ver mi nombre al pie de algunos dibujos que aun se

mantenían fijos en la pared, con sus modestos cuadros negros; al pasar

junto a mi antiguo dormitorio, teatro de tantas y tan renombradas

aventuras; al cruzar frente a la puerta sombría del encierro, que por

primera vez recibió una mirada cariñosa de mis ojos; al ver el grupo de

estudiantes tímidos, callados, que en un rincón procuraban penetrar mi

alma y leer en mi cara sus futuras clasificaciones; al estrechar la mano

de mis compañeros de hoy, mis maestros de otro tiempo; al respirar, en

una palabra, aquel ambiente que había sido mi atmósfera de cinco años,

sentí una impresión extraña, grata y dulce, y una vaga melancolía me

llevó por un momento a vivir la vida del pasado.

Me lancé a todos los viejos rincones conocidos y al pasar, bajo las

bóvedas del claustro, se levantaban mis recuerdos, obedientes a una

evocación simpática. Aquí, me decía, el buen Cosson, tan afectuoso, tan

justo, nos leía las elegías de Gilbert con un entusiasmo sincero o nos

recitaba la tirada de "Théramène" sin mirar el libro; aquí fué donde el

profesor Rossetti, encantado de mi exposición, me predijo que sería un

ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemáticas, para las que

había nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia

sobre el iodo, que destruyó todas sus esperanzas de verme convertido en

un Lavoisier; en este sitio memorable fuí sostenido por M. Jacques,

cuando, habiendo sido llamado a dar examen de francés ante el doctor

Costa, ministro de I. P., me tocó en suerte traducir a primera vista el

"Incendio de Moscou" de M. de Ségur y me trabé en descomunal batalla con

Larsen sobre la significación de la palabra "tôle"; aquí Jacques me dijo

que era un imbécil, pero que tenía razón, cuando sostuve ante él, en una

discusión con un compañero, que este título de un capítulo de La

Bruyére, "Les esprits forts", no debía traducirse por: "Los espíritus

fuertes"; en aquel rincón me batí una tarde con denuedo contra un

muchacho Arriaza, quien, si bien sacó del combate la nariz demolida y

con una forma pintoresca, me dejó ciego por una semana; en este escaño

se sentaba mi madre, me tomaba las manos, me acariciaba con sus ojos

llenos de lágrimas, me apretaba contra sí, y al fin, cuando la noche

caía y era necesario separarnos, me dejaba su alma en un beso... y diez

pesos en la mano, que yo corría a convertir en cigarros en la portería;

aquí fué donde el padre Agüero pilló al alba a Adolfo Saldías, que

volvía de una escapada y a la luz de la luna que entraba por los

cristales del gimnasio, lo hizo arrodillar en el claustro helado y pedir

perdón de su delito, mientras yo, con el mate en la mano y tras la

puerta entreabierta del dormitorio del anciano, contemplaba el cuadro,

poniendo la ausente barba en remojo; he aquí el cuarto famoso donde fué

introducida por engaño la sirviente que traía la ropa limpia al "mono"

Latorre, sufriendo las excesivas galanterías de los circunstantes,

mientras el referido "mono", amarrado al pie de un lecho, ofrecía el

espectáculo confuso de un sátiro enardecido llorando a lágrima viva...

--Los exámenes van a comenzar, doctor. Sólo a usted se espera.

--Voy al momento.

XXXVI

¡Ah! he aquí el cuarto de Eyzaguirre, aquel informe "maremagnum" del que

éramos pilotos expertos.

En esa ventana asamos una noche memorable las aves robadas en el corral

de la despensa, aves sagradas para nosotros y que jamás figuraron en la

mesa del refectorio; allí el salón de los exámenes escritos, donde

algunos jóvenes valerosos entraban llevando el enorme Ganot distribuído

por capítulos en todo el cuerpo y conociendo la topografía del terreno

como César los campos de Munda; la fuente me saluda, la fuente de pico

recto, la fuente que era necesario conquistar a puñetazos, porque el

compañero que esperaba, interrumpía a menudo la absorción haciéndola

intermitente, por medio de la broma llamada del "ternero mamón"; aquí un

condiscípulo querido de todos nosotros, que temíamos no pasara en el

examen escrito, nos dió una minuciosa explicación de cómo había

repartido sus fuerzas para el combate; en la nuca, entre camisa y

camiseta, los capítulos de "La Inteligencia", salvo "La Razón", que, muy

bien doblada, se ocultaba bajo el cuello, unida a la corbata por un

alfiler; entre el elástico del botín derecho, "La Sensibilidad",

formando "pendant" en el izquierdo "La teoría de las facultades del

alma"; en un falso bolsillo del pantalón, "La Voluntad", excepto el

"Libre Albedrío" que ocupaba un sitio indigno de su importancia

filosófica; y allí, sobre el estómago, a mano, como puñal de

misericordia, como recurso extremo, el "Discurso sobre el método", que,

bien manejado, es un proteo multiforme, apto para satisfacer el programa

entero...

--Señor doctor, le están esperando...

--Voy, voy al momento.

¡Cuánta sonrisa en aquellas caras juveniles, si hubieran leído las cosas

que llenaban mi alma y dádose cuenta de las impresiones bajo las cuales

ocupaba mi silla de examinador!

Decían las cosas que en otro tiempo yo había dicho; usaban las mismas

estratagemas que yo había empleado y se lanzaban a cuerpo perdido en las

partes de la bolilla que les eran conocidas, evitando con una habilidad

de pilotos consumados las arcanas secciones no holladas por sus ojos

infantiles. ¡Con qué elasticidad el compañero de atrás hacía de mimbre

su cuerpo, alargaba el pescuezo como una girafa y llamando en su auxilio

la voz más susurrante, "soplaba" con coraje! Yo nada veía, nada quería

ver. Mis preguntas envolvían clara y precisa la respuesta cuando el

discípulo era flojo, y con una sonrisa animadora, impulsaba a

desenvolver su charla graciosa y ligera al que, habiendo estudiado,

quería lucir su ciencia. Ciencia divina, superficial, epicúrea, ciencia

de un adolescente griego, explicando a su manera infantil los mitos

homéricos, ciencia deliciosa que flota como un sueño en la región de la

teoría, borrándose al mes siguiente, porque no tiene la mordiente áspera

de la experiencia propia!

Y así pasaba ante mis ojos la filosofía y la historia, serena, olímpica,

a la manera de Hesiodo, saliendo de aquellos labios puros, como el

reflejo de leyendas de otros tiempos, en mundos distintos del que nos

rodea. ¡Con qué placer, entre mis examinandos, encontraba un cartaginés

endurecido, ardiente admirador de Aníbal, que tal vez había llegado,

como yo en las horas pasadas, pesaroso y triste a las páginas de Zama!

¡Cómo sonaba en mi alma el entusiasmo por las cruzadas, y con qué viveza

venía a mi memoria el largo discurso de Pedro el Ermitaño, que yo había

compuesto en la clase de retórica!... Los muchachos sonreían y corría la

voz eléctrica de que yo era un examinador insuperable. No sabían que les

habría abrazado a todos y que al más imbécil hubiera dado el máximum con

el alma contenta y la conciencia tranquila!

Más tarde dictaba una cátedra de historia en la Universidad. Muchas

veces, al final de mi conferencia, notaba en las caras de mis

discípulos, siempre cultos y atentos conmigo, una ligera expresión de

cansancio que me contagiaba. Era una época en que vivía agobiado por el

trabajo; a más de mi cátedra, dirigía el Correo, pasaba un par de horas

diarias en el Consejo de Educación, y sobre todo, redactaba "El

Nacional", tarea ingrata, matadora si las hay. Así, solía llegar a clase

fatigado y cuando el tema no era interesante, mi palabra salía pálida y

difícil. Pero la campana del Colegio Nacional estaba allí! Desde el aula

la oía fácilmente y a sus primeros ecos recordaba mis horas de

estudiante, el ansioso anhelo por salir de la clase, miraba mis alumnos

fatigados y cortaba familiarmente la conferencia. En otras ocasiones el

eco de la campana me servía de excitante y si alguna vez salieron mis

discípulos contentos, ignoraban que lo debían al vago sonido que me

traía los más dulces recuerdos de mi infancia, mis ambiciones de

estudiante, mi esfuerzo por ocupar el primer puesto y la memoria del

gran maestro que nos hizo amar el estudio y la ciencia.

Sí, amar el estudio; a esa impresión primera debemos todos los que en el

Colegio Nacional nos hemos educado, la preparación que nos ha hecho

fácil el acceso a todas las sendas intelectuales. Se pueden emprender

los estudios superiores en cualquier edad; los preparatorios, no. Es

necesaria la disciplina que sólo se acepta en la infancia, la dedicación

absoluta del tiempo, el vigor de la memoria, nunca más poderoso que en

los primeros años, la emulación constante y la ingenua curiosidad. Mucho

se olvida más tarde, el tecnicismo, el detalle; pero a la menor

concentración intelectual los caracteres perdidos en el fondo de la

memoria reaparecen con la claridad de las líneas de un palimpsesto ante

un reactivo que borra el último trazado. En una semana, un hombre

regularmente dotado, puede estudiar a fondo una cuestión de derecho;

pero si no tiene una preparación sólida, si no ha ejercitado su espíritu

en los largos años de bachillerato, la expondrá como un notario, jamás

como un jurisconsulto. Falta de ideas generales, mis amigos.

Yo diría al joven que tal vez lea estas líneas paseándose en los mismos

claustros donde transcurrieron cinco años de mi vida, que los éxitos

todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los

primeros años. Que esa química y física, esas proyecciones de planos,

esos millares de fórmulas áridas, ese latín rebelde y esa filosofía

preñada de jaquecas, conducen a todo a los que se lanzan en su seno a

cuerpo perdido.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 6 / 20 段