Emilio Mitre, en el "British Museum", dos figurinas de Tanagra
ejercitándose en él.
Se me dirá, tal vez, que con semejantes elementos era una verdadera
insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crítica
cesará cuando se sepa que los medios de locomoción de nuestros
adversarios, eran de una fuerza análoga a aquellos de que disponíamos.
Iniciada la persecución, oíamos un ruido confuso de latas y denuestos
tras de nosotros; silenciosos, como convenía a hombres que tenían en
juego, a más de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones,
aspirábamos a llegar a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del
Circo; en general, según cálculo hecho y resultado previsto, rodábamos
tres veces antes de llegar allí. Pero sabíamos también que el honorable
miembro de la partida a quien tal fracaso sucedía, no conseguía poner en
pie su cabalgadura, sino después de media hora de exhortaciones
expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y
alambrados, habíamos vencido; porque, echando pie a tierra,
abandonábamos la bestia que partía con increíble velocidad hacia la
Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás del cual, por
medio de cascotes, rechazábamos con pérdida las cargas efímeras de la
caballería enemiga. Cuando una hora más tarde el sargento de la partida
osaba llegar a nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades
del Colegio, ya éstas habían sido informadas por nosotros de los
desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habían permitido los
seides del juez de paz de Belgrano. El sargento salía corrido y las
hostilidades tomaban un carácter feroz.
XXV
Buena, sana, alegre, vibrante aquella vida de campo! Nos levantábamos al
alba; la mañana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones
balsámicas, los árboles, frescos y contentos, el espacio abierto a todos
rumbos, nos hacían recordar con horror las negras madrugadas del
Colegio, el frío mortal de los claustros sombríos, el invencible
fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudiábamos poco, como
era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir
en busca de "camuatís" y, sobre todo, organizar con una estrategia
científica, las expediciones contra los "vascos".
Los "vascos" eran nuestros vecinos hacia el Norte, precisamente en la
dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba
las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua y de
bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravía. Pasada la zanja, se
extendía un alfalfar de media cuadra de ancho, pintorescamente manchado
por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá, el jardín de las
Hespérides, los campos Elíseos, el Edén, la tierra prometida! Allí, en
pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas, enormes, cuyo solo
aspecto apartaba la idea de la "caladura" previsora; la sandía ajena,
vedada, de carne roja como el lacre, el "cucúrbita citrullus" famoso,
cuya reputación ha persistido en el tiempo y el espacio; allí doraba el
sol esos melones de origen exótico, redondos, incitantes en su forma
ingénita de tajadas, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada y
de exterior caprichoso, grabado como un papiro egipcio! No tenían
rivales en la comarca y es de esperar que nuestra autoridad sea
reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían
siempre producido desengaños; la nostalgia de la fruta de los vascos nos
perseguía a todo momento y jamás vibró en oído humano, en sentido menos
figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega.
Pero debo confesar que los "vascos" no eran lo que en el lenguaje del
mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, ágiles,
vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado,
eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando
una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos,
aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema;
amaban sus sandías, adoraban sus melones! Dos veces ya los hados
propicios nos habían permitido hacer con éxito una "razzia" en el
cercado ajeno, cuando un día...
Eran las tres de la tarde y el sol de enero partía la tierra sedienta e
inflamada, cuando, saltando subrepticiamente por una ventana del
dormitorio donde más tarde debía alojarse el 1°. de caballería de línea,
nos pusimos tres compañeros en marcha silenciosa hacia la región feliz
de las frescas sandías. Llegados al foso, lo costeamos hasta encontrar
el vado conocido, allí donde habíamos tendido una angosta tabla, puente
de campaña no descubierto aún por el enemigo. Lanzamos una mirada
investigadora: ni un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras
uno se dirigía a la izquierda, donde florecía el "cantaloup", dos nos
inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por entre el alfalfar
en flor. Llegamos, y rápidos buscamos dos enormes sandías que en la
pasada visita habíamos resuelto dejar madurar algunos días aún. La mía
era inmensa, pero su mismo peso me auguraba indecibles delicias.
Cargué con ella y cuando bajé los ojos para buscar otra pequeña con que
saciar la sed sobre el terreno... un grito, uno solo, intenso, terrible,
como el de Telémaco, que petrificó el ejército de Adrasto, rasgó mis
oídos. Tendí la mirada al campo de batalla; ya la izquierda,
representada por el compañero de los melones, batía presurosa retirada.
De pronto, detrás de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi
dirección, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos
del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresión
de encontrarse en los aires, sentado incómodamente sobre dos puntas
aceradas que penetran...
¡Cómo corría, abrazado tenazmente a mi sandía! ¡Qué indiferencia suprema
por la gorra ingrata que me abandonó en el momento terrible, quedando
como trofeo sobre el campo enemigo! Y, sobre todo, ¡cuán veloz me
parecía aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrería creía sentir
rozarme los cabellos! Volábamos sobre la alfalfa: ¡qué larga es media
cuadra!
Un momento cruzó mi espíritu la idea de abandonar mi presa a aquella
fiera para aplacarla. Los recuerdos clásicos me autorizaban; pensé en
Medea, en Atalanta, pensé en los jefes de caballería que regaban el
camino de la "retirada" con las prendas de su apero; pensé... ¡No! Era
una ignominia! Llegar al dormitorio y decir: "me ha corrido el vasco y
me ha quitado la sandía!" ¡Jamás! Era mi escudo lacedemonio: ¡vuelve con
él o sobre él!
Instintivamente había tomado la dirección del vado; pero el vasco de mi
compañero, por medio de una diagonal habría llegado antes que yo, y debo
declarar que, a pesar de la persecución personal del mío, los tres
vascos me eran igualmente antipáticos. Marché de cara al sol! como el
Byron de Núñez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada por las
fatigas diarias del rescate, había brillado en aquella ocasión; así,
cincuenta pasos antes de llegar al foso, mi partido estaba tomado. Puse
el corazón en Dios, redoblé la ligereza y salté... Una desagradable
impresión de espinas me reveló que había salvado el obstáculo: pero ¡oh
dolor! en el trayecto se me había caído la sandía, que yacía entre las
aguas cenagosas del foso!
Me detuve y observé a mi vasco: ¿daría el salto? Lo deseaba en la
seguridad que iría a hacer compañía a la sandía. Pero aquel hombre
terrible meditó, y plantándose del otro lado de la zanja, apoyado en su
tridente, empezó a injuriarme de una manera que revelaba su educación
sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en aquellas
circunstancias fué digna; sólo recuerdo que en el momento en que tomaba
un cascote, sin duda para darle un destino contrario a los intereses
positivos de mi vasco, ví a mis dos compañeros correr en dirección a
"las casas" y al vasco de los melones despuntar por el vado y dirigirse
a mí. De nuevo en marcha precipitada, pero seguro ya del triunfo!...
Eran las tres y media de la tarde y el sol de Enero partía la tierra
sedienta e inflamada, cuando con la cara incandescente, los ojos
saltados, sin gorra, las manos ensangrentadas por los zarzales
hostiles, saltamos por la ventana del dormitorio. Me tendí en la cama y,
mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexioné profundamente en la
velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a
retaguardia, armado de una horquilla.
XXVI
Viene a mi memoria, envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de
uno de mis condiscípulos, tipo curiosísimo que en aquellos tiempos
felices, ignorantes aún de los encuentros grotescos que nos
proporcionaría el mundo, clasificábamos alternativamente con los nombres
de "el loco Larrea" o "el loro Larrea". Queda entendido que he alterado
su verdadero apellido, pues ignoro si vive aún, en cuyo caso tal vez no
le sería grato figurar en estas páginas, a la manera de un coleóptero de
museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su cuerpo, sea por falta de
armonía ingénita, sea por el corte de sus jacquets amplios, sin la menor
curva en la espalda, presentando una línea recta geométrica desde el
cuello hasta el ribete del faldón, ofrecía un conjunto tan desgraciado
como insípido. La cara de Larrea era una obra maestra. En primer lugar,
aquel rostro sólo se conservaba a costa de incesante lucha contra la
cabellera, tupida y alborotada, pero eminentemente invasora. No puedo
recordar la fisonomía de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su
frente estrecha, precisamente en la línea divisoria del pelo y el cutis
libre. Era un depilatorio espeso, de insoportable olor, que Larrea se
aplicaba, con una constancia benedictina, todas las noches, a fin de
evitar los avances capilares de que he hecho mención. Pero Larrea
sostenía que esa pasta era completamente ineficaz, a lo que alguno de
los compañeros replicaba que era natural no ejerciera influencia sobre
sus pelos de calabrote, habiendo sido fabricada para hacer desaparecer
el ligerísimo "duvet" del brazo de las damas, según cantaba el
prospecto. ¿Se echa acaso abajo un bosque de ñandubays con la ligera hoz
que derriba los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma
arquitectónica que la envidia humana ha clasificado de "ñata"[8]; más
abajo, de Este a Oeste, abarcando los límites visibles, se desenvolvía
la boca de Larrea, siempre entreabierta, sin duda para dar ventilación a
sus dientes como teclas de piano viejo, en color y dimensión.
[8] Dickens
Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le
había valido el ya mencionado calificativo de "loro". Pero cuando llegó
a la Chacarita, notamos, alarmados, que aquella facundia inagotable
había cesado y que Larrea, hosco, huraño, evitaba los juegos, los
placeres comunes, no comía y pasaba todo el día tendido en su cama, en
la que nos parecía oir durante la noche suspiros enormes como resoplidos
de buey.
¡Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una
beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me
pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba
de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de
tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la
réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea
llegó hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasión era
una niña, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte cuadras
de la Chacarita. ¡Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de diez y ocho
años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo,
sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el
rasgo distintivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos y más de
uno hacía frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel
rancho, alentado por locas esperanzas.
Animé a Larrea cuanto pude, le dí mis consejos (porque los porteños
éramos "censés" ser tenorios consumados), y, por fin, me anunció un día
que había hecho relación con la familia y que habían organizado, de
acuerdo, un baile para el sábado próximo, baile al que debíamos
concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder
por algunas libras de yerba y azúcar, algunas botellas de cerveza y
ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los convidados y me
pedía los acompañara al sitio de la fiesta, donde él se encontraría
desde la primera hora.
Como se comprende, era necesario escaparse.
Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante,
avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y
traviesos que he conocido; y--como habíamos tenido tiempo de
prepararnos--el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la
cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un
muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a
través de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando
conquistas a millares.
XXVII
Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet
rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero
con toda gravedad. Fuímos introducidos, agasajados, y pronto, al compás
de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos
para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de
valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda
edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al
cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas y que después
supimos habían sido inspiradas por una representación de "Orfeo" con que
se había regalado en una noche de escapada.
Después de cada pieza, obsequiábamos naturalmente a las damas con un
vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el
porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos,
prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo
posible. Un gaucho viejo (le veo aún!), con una larga barba canosa, el
sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado
desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos
lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de
la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre
del viejo que repetía varias veces:
--¡Que se vea luz, caballeros!
La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando
profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de
ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente
a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música
interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo vimos
aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del
rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una
manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar.
--¡Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque y
que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va a dar cuenta
al vicerrector.
Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero
había robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio
se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los
últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y
era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su
caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas
por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la
partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero
que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera
una botella de cerveza íntegra--y los otros cuatros procuramos
arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance pedía luz, como
Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y
sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin
embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz.
Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y
allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano
inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo,
prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.
Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las
niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a
carcajadas. Contestamos alegremente y fué en este momento que hice dos
descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron; aquel caballo no
tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y
Larrea poseía una _mona_ gigantesca!
XXVIII
La noche era obscura y amenazaba llover; encandilados aún, no sabíamos
dónde estábamos, ni qué dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio
no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible
con que Larrea dirigía la bestia, nos habría estremecido.--Se me había
encargado castigar, pues según las tradiciones recibidas, el foguista
era siempre el del anca; hice presente que no había sujeto pasivo, por
cuanto mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos, en
las circunstancias, al sistema del talón.
Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me
sentía resbalar, resbalar sin descanso; aquel animal tenía en la punta
de la cola algo que me atraía. En mi desesperación me aferraba a
Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle
de la ropa, no encontrando plausible, como me lo declaró
terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de género, una sección
de la parte carnosa que la naturaleza había previsoramente superpuesto a
sus costillas.--El compañero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y
Larrea, y éste, sin cesar de hablar, protestando que nadie conocía el
camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la osteología de
aquel animal.
No veíamos a dos dedos de distancia y los compañeros del otro grupo
habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el
buen camino.--Habíamos conseguido--¡el cielo sabe a costa de qué
esfuerzos y sufrimientos!--hacer tomar el trote a nuestra montura,
cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre
encima. Un choque se había producido y jinete y caballos habían venido
por tierra.--"¡No es nada; es un alambrado!"
Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro
tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunció estar
_ahora_ seguro del camino, y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos
de nuevo la marcha.
No habíamos andado media cuadra, cuando un grito sofocado de Larrea me
hizo apercibir que me encontraba literalmente a _babuchas_ de
Eyzaguirre, quien, a su vez, aplastaba al gordo, que, entre gemidos,
estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debatía en el barro
y que un ligero examen posterior reveló ser el cuerpo de Larrea.
Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo el pie, se fué de
boca, Larrea salió por sobre las orejas como una flecha del canal de una
arbaleta, el gordo siguió la ley de la atracción y Eyzaguirre, no menos
rápido en el descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo menos
dos pies de barro; cuando salí y Eyzaguirre y el gordo se pusieron en
pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las
soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo
espeso y negro. Fué necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última
botella de cerveza que el gordo no había soltado en la catástrofe y
sacarle el jacquet rectilíneo que pesaba dos arrobas.
Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda
noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en la que las zanjas eran
endriagos, las tunas vestiglos y los ruidos de los insectos nocturnos
coros de Porríganos y Kobolds.--Puck andaba por allí; nos parecía oir su
risa silenciosa entre las brumas, confundiéndonos los rumbos y gozando a
cada traspiés de la errante caravana... El caballo había quedado en la
zanja para siempre. ¡Adiós las largas y melancólicas estadías en el
palenque de la pulpería! ¡Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando
su dueño oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera
perturbación en la línea del pescuezo le había hecho encontrar el reposo
eterno! ¡Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea!
Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos
matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la
pasión dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos
fraternalmente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de Eyzaguirre, con una
tenacidad irritante, se resistió al empuje colectivo y es fama que diez
horas más tarde solamente soltó su presa, vencida por la operación
cesárea.
XXIX
Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en
uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me
refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que _crudos y cocidos_ estuvieron
a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los
crudos hicieron triunfar en 1880 y recíprocamente. Yo era crudo y crudo
_enragé_. Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales,
Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía de
tiempo en tiempo, en la "Tribuna"--y en segundo lugar, porque la mayor
parte de los provincianos eran cocidos.--Queda entendido que yo me daba
una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que
sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había
concluído por arraigarse en mi espíritu.
El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de
muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos
instalamos en la calle Moreno. Fué allí donde presencié por primera vez
en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo
efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal
herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y
estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba
con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal
era el movimiento vertiginoso que le imprimía.--Mi primera intención fué
huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama
de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para
presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la
habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito
desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo.--El
heridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un
mes el grito del caído vibró en mi oído.
Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un pañuelo al cuello y
que habían desalojado a un pequeño grupo de cocidos que estaban cerca de
la confitería del "Gallo".--Pero el rumor de lo que pasaba dentro, nos
hacía arder por penetrar en el recinto de la Legislatura.--¡Imposible!
Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era allí donde se
desenvolvían las escenas más interesantes, resolvimos reingresar al
Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos así y a
favor del tumulto que entre los claustros se notaba, ganamos el techo y
como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura.