[7] Cuya antigüedad es bien respetable, pues hemos visto, con

Emilio Mitre, en el "British Museum", dos figurinas de Tanagra

ejercitándose en él.

Se me dirá, tal vez, que con semejantes elementos era una verdadera

insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crítica

cesará cuando se sepa que los medios de locomoción de nuestros

adversarios, eran de una fuerza análoga a aquellos de que disponíamos.

Iniciada la persecución, oíamos un ruido confuso de latas y denuestos

tras de nosotros; silenciosos, como convenía a hombres que tenían en

juego, a más de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones,

aspirábamos a llegar a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del

Circo; en general, según cálculo hecho y resultado previsto, rodábamos

tres veces antes de llegar allí. Pero sabíamos también que el honorable

miembro de la partida a quien tal fracaso sucedía, no conseguía poner en

pie su cabalgadura, sino después de media hora de exhortaciones

expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y

alambrados, habíamos vencido; porque, echando pie a tierra,

abandonábamos la bestia que partía con increíble velocidad hacia la

Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás del cual, por

medio de cascotes, rechazábamos con pérdida las cargas efímeras de la

caballería enemiga. Cuando una hora más tarde el sargento de la partida

osaba llegar a nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades

del Colegio, ya éstas habían sido informadas por nosotros de los

desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habían permitido los

seides del juez de paz de Belgrano. El sargento salía corrido y las

hostilidades tomaban un carácter feroz.

XXV

Buena, sana, alegre, vibrante aquella vida de campo! Nos levantábamos al

alba; la mañana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones

balsámicas, los árboles, frescos y contentos, el espacio abierto a todos

rumbos, nos hacían recordar con horror las negras madrugadas del

Colegio, el frío mortal de los claustros sombríos, el invencible

fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudiábamos poco, como

era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir

en busca de "camuatís" y, sobre todo, organizar con una estrategia

científica, las expediciones contra los "vascos".

Los "vascos" eran nuestros vecinos hacia el Norte, precisamente en la

dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba

las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua y de

bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravía. Pasada la zanja, se

extendía un alfalfar de media cuadra de ancho, pintorescamente manchado

por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá, el jardín de las

Hespérides, los campos Elíseos, el Edén, la tierra prometida! Allí, en

pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas, enormes, cuyo solo

aspecto apartaba la idea de la "caladura" previsora; la sandía ajena,

vedada, de carne roja como el lacre, el "cucúrbita citrullus" famoso,

cuya reputación ha persistido en el tiempo y el espacio; allí doraba el

sol esos melones de origen exótico, redondos, incitantes en su forma

ingénita de tajadas, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada y

de exterior caprichoso, grabado como un papiro egipcio! No tenían

rivales en la comarca y es de esperar que nuestra autoridad sea

reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían

siempre producido desengaños; la nostalgia de la fruta de los vascos nos

perseguía a todo momento y jamás vibró en oído humano, en sentido menos

figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega.

Pero debo confesar que los "vascos" no eran lo que en el lenguaje del

mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, ágiles,

vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado,

eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando

una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos,

aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema;

amaban sus sandías, adoraban sus melones! Dos veces ya los hados

propicios nos habían permitido hacer con éxito una "razzia" en el

cercado ajeno, cuando un día...

Eran las tres de la tarde y el sol de enero partía la tierra sedienta e

inflamada, cuando, saltando subrepticiamente por una ventana del

dormitorio donde más tarde debía alojarse el 1°. de caballería de línea,

nos pusimos tres compañeros en marcha silenciosa hacia la región feliz

de las frescas sandías. Llegados al foso, lo costeamos hasta encontrar

el vado conocido, allí donde habíamos tendido una angosta tabla, puente

de campaña no descubierto aún por el enemigo. Lanzamos una mirada

investigadora: ni un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras

uno se dirigía a la izquierda, donde florecía el "cantaloup", dos nos

inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por entre el alfalfar

en flor. Llegamos, y rápidos buscamos dos enormes sandías que en la

pasada visita habíamos resuelto dejar madurar algunos días aún. La mía

era inmensa, pero su mismo peso me auguraba indecibles delicias.

Cargué con ella y cuando bajé los ojos para buscar otra pequeña con que

saciar la sed sobre el terreno... un grito, uno solo, intenso, terrible,

como el de Telémaco, que petrificó el ejército de Adrasto, rasgó mis

oídos. Tendí la mirada al campo de batalla; ya la izquierda,

representada por el compañero de los melones, batía presurosa retirada.

De pronto, detrás de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi

dirección, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos

del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresión

de encontrarse en los aires, sentado incómodamente sobre dos puntas

aceradas que penetran...

¡Cómo corría, abrazado tenazmente a mi sandía! ¡Qué indiferencia suprema

por la gorra ingrata que me abandonó en el momento terrible, quedando

como trofeo sobre el campo enemigo! Y, sobre todo, ¡cuán veloz me

parecía aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrería creía sentir

rozarme los cabellos! Volábamos sobre la alfalfa: ¡qué larga es media

cuadra!

Un momento cruzó mi espíritu la idea de abandonar mi presa a aquella

fiera para aplacarla. Los recuerdos clásicos me autorizaban; pensé en

Medea, en Atalanta, pensé en los jefes de caballería que regaban el

camino de la "retirada" con las prendas de su apero; pensé... ¡No! Era

una ignominia! Llegar al dormitorio y decir: "me ha corrido el vasco y

me ha quitado la sandía!" ¡Jamás! Era mi escudo lacedemonio: ¡vuelve con

él o sobre él!

Instintivamente había tomado la dirección del vado; pero el vasco de mi

compañero, por medio de una diagonal habría llegado antes que yo, y debo

declarar que, a pesar de la persecución personal del mío, los tres

vascos me eran igualmente antipáticos. Marché de cara al sol! como el

Byron de Núñez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada por las

fatigas diarias del rescate, había brillado en aquella ocasión; así,

cincuenta pasos antes de llegar al foso, mi partido estaba tomado. Puse

el corazón en Dios, redoblé la ligereza y salté... Una desagradable

impresión de espinas me reveló que había salvado el obstáculo: pero ¡oh

dolor! en el trayecto se me había caído la sandía, que yacía entre las

aguas cenagosas del foso!

Me detuve y observé a mi vasco: ¿daría el salto? Lo deseaba en la

seguridad que iría a hacer compañía a la sandía. Pero aquel hombre

terrible meditó, y plantándose del otro lado de la zanja, apoyado en su

tridente, empezó a injuriarme de una manera que revelaba su educación

sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en aquellas

circunstancias fué digna; sólo recuerdo que en el momento en que tomaba

un cascote, sin duda para darle un destino contrario a los intereses

positivos de mi vasco, ví a mis dos compañeros correr en dirección a

"las casas" y al vasco de los melones despuntar por el vado y dirigirse

a mí. De nuevo en marcha precipitada, pero seguro ya del triunfo!...

Eran las tres y media de la tarde y el sol de Enero partía la tierra

sedienta e inflamada, cuando con la cara incandescente, los ojos

saltados, sin gorra, las manos ensangrentadas por los zarzales

hostiles, saltamos por la ventana del dormitorio. Me tendí en la cama y,

mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexioné profundamente en la

velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a

retaguardia, armado de una horquilla.

XXVI

Viene a mi memoria, envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de

uno de mis condiscípulos, tipo curiosísimo que en aquellos tiempos

felices, ignorantes aún de los encuentros grotescos que nos

proporcionaría el mundo, clasificábamos alternativamente con los nombres

de "el loco Larrea" o "el loro Larrea". Queda entendido que he alterado

su verdadero apellido, pues ignoro si vive aún, en cuyo caso tal vez no

le sería grato figurar en estas páginas, a la manera de un coleóptero de

museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su cuerpo, sea por falta de

armonía ingénita, sea por el corte de sus jacquets amplios, sin la menor

curva en la espalda, presentando una línea recta geométrica desde el

cuello hasta el ribete del faldón, ofrecía un conjunto tan desgraciado

como insípido. La cara de Larrea era una obra maestra. En primer lugar,

aquel rostro sólo se conservaba a costa de incesante lucha contra la

cabellera, tupida y alborotada, pero eminentemente invasora. No puedo

recordar la fisonomía de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su

frente estrecha, precisamente en la línea divisoria del pelo y el cutis

libre. Era un depilatorio espeso, de insoportable olor, que Larrea se

aplicaba, con una constancia benedictina, todas las noches, a fin de

evitar los avances capilares de que he hecho mención. Pero Larrea

sostenía que esa pasta era completamente ineficaz, a lo que alguno de

los compañeros replicaba que era natural no ejerciera influencia sobre

sus pelos de calabrote, habiendo sido fabricada para hacer desaparecer

el ligerísimo "duvet" del brazo de las damas, según cantaba el

prospecto. ¿Se echa acaso abajo un bosque de ñandubays con la ligera hoz

que derriba los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma

arquitectónica que la envidia humana ha clasificado de "ñata"[8]; más

abajo, de Este a Oeste, abarcando los límites visibles, se desenvolvía

la boca de Larrea, siempre entreabierta, sin duda para dar ventilación a

sus dientes como teclas de piano viejo, en color y dimensión.

[8] Dickens

Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le

había valido el ya mencionado calificativo de "loro". Pero cuando llegó

a la Chacarita, notamos, alarmados, que aquella facundia inagotable

había cesado y que Larrea, hosco, huraño, evitaba los juegos, los

placeres comunes, no comía y pasaba todo el día tendido en su cama, en

la que nos parecía oir durante la noche suspiros enormes como resoplidos

de buey.

¡Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una

beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me

pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba

de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de

tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la

réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea

llegó hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasión era

una niña, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte cuadras

de la Chacarita. ¡Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de diez y ocho

años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo,

sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el

rasgo distintivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos y más de

uno hacía frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel

rancho, alentado por locas esperanzas.

Animé a Larrea cuanto pude, le dí mis consejos (porque los porteños

éramos "censés" ser tenorios consumados), y, por fin, me anunció un día

que había hecho relación con la familia y que habían organizado, de

acuerdo, un baile para el sábado próximo, baile al que debíamos

concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder

por algunas libras de yerba y azúcar, algunas botellas de cerveza y

ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los convidados y me

pedía los acompañara al sitio de la fiesta, donde él se encontraría

desde la primera hora.

Como se comprende, era necesario escaparse.

Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante,

avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y

traviesos que he conocido; y--como habíamos tenido tiempo de

prepararnos--el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la

cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un

muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a

través de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando

conquistas a millares.

XXVII

Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet

rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero

con toda gravedad. Fuímos introducidos, agasajados, y pronto, al compás

de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos

para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de

valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda

edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al

cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas y que después

supimos habían sido inspiradas por una representación de "Orfeo" con que

se había regalado en una noche de escapada.

Después de cada pieza, obsequiábamos naturalmente a las damas con un

vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el

porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos,

prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo

posible. Un gaucho viejo (le veo aún!), con una larga barba canosa, el

sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado

desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos

lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de

la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre

del viejo que repetía varias veces:

--¡Que se vea luz, caballeros!

La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando

profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de

ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente

a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música

interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo vimos

aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del

rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una

manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar.

--¡Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque y

que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va a dar cuenta

al vicerrector.

Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero

había robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio

se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los

últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y

era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su

caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas

por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la

partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero

que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera

una botella de cerveza íntegra--y los otros cuatros procuramos

arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance pedía luz, como

Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y

sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin

embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz.

Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y

allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano

inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo,

prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.

Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las

niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a

carcajadas. Contestamos alegremente y fué en este momento que hice dos

descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron; aquel caballo no

tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y

Larrea poseía una _mona_ gigantesca!

XXVIII

La noche era obscura y amenazaba llover; encandilados aún, no sabíamos

dónde estábamos, ni qué dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio

no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible

con que Larrea dirigía la bestia, nos habría estremecido.--Se me había

encargado castigar, pues según las tradiciones recibidas, el foguista

era siempre el del anca; hice presente que no había sujeto pasivo, por

cuanto mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos, en

las circunstancias, al sistema del talón.

Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me

sentía resbalar, resbalar sin descanso; aquel animal tenía en la punta

de la cola algo que me atraía. En mi desesperación me aferraba a

Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle

de la ropa, no encontrando plausible, como me lo declaró

terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de género, una sección

de la parte carnosa que la naturaleza había previsoramente superpuesto a

sus costillas.--El compañero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y

Larrea, y éste, sin cesar de hablar, protestando que nadie conocía el

camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la osteología de

aquel animal.

No veíamos a dos dedos de distancia y los compañeros del otro grupo

habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el

buen camino.--Habíamos conseguido--¡el cielo sabe a costa de qué

esfuerzos y sufrimientos!--hacer tomar el trote a nuestra montura,

cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre

encima. Un choque se había producido y jinete y caballos habían venido

por tierra.--"¡No es nada; es un alambrado!"

Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro

tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunció estar

_ahora_ seguro del camino, y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos

de nuevo la marcha.

No habíamos andado media cuadra, cuando un grito sofocado de Larrea me

hizo apercibir que me encontraba literalmente a _babuchas_ de

Eyzaguirre, quien, a su vez, aplastaba al gordo, que, entre gemidos,

estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debatía en el barro

y que un ligero examen posterior reveló ser el cuerpo de Larrea.

Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo el pie, se fué de

boca, Larrea salió por sobre las orejas como una flecha del canal de una

arbaleta, el gordo siguió la ley de la atracción y Eyzaguirre, no menos

rápido en el descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo menos

dos pies de barro; cuando salí y Eyzaguirre y el gordo se pusieron en

pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las

soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo

espeso y negro. Fué necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última

botella de cerveza que el gordo no había soltado en la catástrofe y

sacarle el jacquet rectilíneo que pesaba dos arrobas.

Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda

noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en la que las zanjas eran

endriagos, las tunas vestiglos y los ruidos de los insectos nocturnos

coros de Porríganos y Kobolds.--Puck andaba por allí; nos parecía oir su

risa silenciosa entre las brumas, confundiéndonos los rumbos y gozando a

cada traspiés de la errante caravana... El caballo había quedado en la

zanja para siempre. ¡Adiós las largas y melancólicas estadías en el

palenque de la pulpería! ¡Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando

su dueño oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera

perturbación en la línea del pescuezo le había hecho encontrar el reposo

eterno! ¡Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea!

Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos

matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la

pasión dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos

fraternalmente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de Eyzaguirre, con una

tenacidad irritante, se resistió al empuje colectivo y es fama que diez

horas más tarde solamente soltó su presa, vencida por la operación

cesárea.

XXIX

Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en

uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me

refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que _crudos y cocidos_ estuvieron

a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los

crudos hicieron triunfar en 1880 y recíprocamente. Yo era crudo y crudo

_enragé_. Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales,

Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía de

tiempo en tiempo, en la "Tribuna"--y en segundo lugar, porque la mayor

parte de los provincianos eran cocidos.--Queda entendido que yo me daba

una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que

sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había

concluído por arraigarse en mi espíritu.

El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de

muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos

instalamos en la calle Moreno. Fué allí donde presencié por primera vez

en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo

efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal

herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y

estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba

con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal

era el movimiento vertiginoso que le imprimía.--Mi primera intención fué

huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama

de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para

presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la

habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito

desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo.--El

heridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un

mes el grito del caído vibró en mi oído.

Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un pañuelo al cuello y

que habían desalojado a un pequeño grupo de cocidos que estaban cerca de

la confitería del "Gallo".--Pero el rumor de lo que pasaba dentro, nos

hacía arder por penetrar en el recinto de la Legislatura.--¡Imposible!

Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era allí donde se

desenvolvían las escenas más interesantes, resolvimos reingresar al

Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos así y a

favor del tumulto que entre los claustros se notaba, ganamos el techo y

como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 5 / 20 段