A la conspiración vaga sucedió una organización de carbonarios. Yo no

tuve el honor de ser iniciado; era muy chico aún y pertenecía a los

_abajeños_; es decir, a los que vivíamos en el piso bajo del colegio,

mientras el alto era ocupado por los mayores, los _arribeños_.--Nuestros

prohombres lo habían organizado todo, sin dar cuenta a la gente menuda.

Pero yo tenía un buen amigo en Eyzaguirre, que tuvo la bondad de

ilustrarme ligeramente.

Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza especial; le

incomodaba a cada instante, le remedaba, le llamaba _Del País_, que era

su aborrecido apodo, zumbaba a su alrededor como un mosquito, le

desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sábanas, le mortificaba,

en fin, de cuantas maneras me sugería mi imaginación, tendida a ese solo

objeto. Eyzaguirre era un hombre robusto, fuerte y bravo; más de una vez

levantó el brazo sobre mí, pero vencía su generosidad ingénita y

comprendiendo que de un golpe me habría suprimido, lo dejaba caer

ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de Fifine. Sólo en una

ocasión la cólera le cegó; me dió a mano abierta un cogotazo que me

tendió a lo largo y antes que hubiere iniciado a patadas desde el suelo

un estéril sistema defensivo, ya Eyzaguirre me había levantado en sus

robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme agua en la

cabeza, preguntándome, con la voz trémula por la emoción, si me había

hecho daño.

Tanta generosidad me venció, y sea por ese motivo o porque el primer

cogotazo había roto el cómodo prisma de la impunidad, el hecho es que

nos hicimos amigos para siempre. Aun hoy es uno de los hombres cuya mano

estrecho con mayor placer.

XIX

Eyzaguirre me había dicho que si sentía algún gran ruido de noche, en

los claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano que

tuviera más próximo de mi cama y que lo pusiera fuera de combate. Que

éramos pocos y sólo podría salvarnos el valor y la rapidez en la acción.

En fin, después de algunos días de expectativa, una noche, de una a dos

de la mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso

de una detonación que conmovió las paredes del Colegio.

Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven

llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio, de Corrientes, dí y recibí

algunos moquetes; pero la curiosidad pudo más, y todos corrimos, casi

desnudos, a los claustros superiores.--Aun había mucho humo; las puertas

del cuarto del Vicerrector habían sido sacadas de quicio por la

explosión de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el

objeto no fué otro que dar un susto de dos yemas a Don F. M.--Este había

hecho una barricada en la puerta.

En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, ví a Eyzaguirre en

soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y

una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha.

De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos de ellos armados.

Aquél iba a ser un campo de Agramante; el Vicerrector, viéndose rodeado

de sus fieles, salvó la barricada y comenzó a vociferar, abriendo sus

vestidos, mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los

conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de valor había

sido un poco tardía.

Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetían

enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer

sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres

compañeros, cuando vimos aparecer al venerable Dr. Santillán, cura

párroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y

persuasiva, desarmaron los ánimos.--Cada uno se retiró a su cuarto y él

llevó consigo a Don F. M., que jamás volvió a pisar el suelo del

Colegio.

El sumario al día siguiente fué terrible; M. Jacques, pálido de cólera,

tomaba las declaraciones principales. El punto capital era éste: ¿quién

había prendido fuego a las bombas?--La respuesta fué unánime y sincera:

"no lo sé". Y era la verdad; por largos años ha permanecido oculto el

nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con más éxito

que aquél, llevó a cabo ese rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía ya

mucho tiempo que había salido del Colegio, uno de los _grandes_ de

entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que

callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo mínimo la

relación de esta aventura al que la dió acabado fin, sino por un

curiosísimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la

discreción y el secreto. Es pueril, pero lo siento así.

XX

Dos o tres expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos e

interminables horas de encierro a muchos de nosotros volvieron a poner

las cosas en su estado normal, afirmándose definitivamente la disciplina

con el ingreso de Don José M. Torres.

El encierro es un recuerdo punzante que no me abandona; eterno candidato

para ocuparlo, su huésped frecuente, conocía una por una sus

condiciones, sus escasos recursos, sus numerosas inscripciones y aquel

olor húmedo, acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompañaba una

semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera que se abría

frente al gimnasio.--Era una pieza baja, de bóveda: cuatro metros

cuadrados. Tenía un escaño de cal y canto, demasiado estrecho para

acostarse y que daba calambres en la espalda a la hora de estar sentado

en él. Una luz insignificante entraba por una claraboya lateral y muy

alta, por donde los compañeros solían tirar con maestría algunos

comestibles con que combatir el clásico régimen de pan y agua.

¡Oh! las horas mortales pasadas allí dentro, tendido en el suelo, llena

de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido, los oídos tapados para no oir

el ruido embriagador de la partida de rescate, en la que yo era famoso

por mi ligereza, la vela de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la

pared, debajo de una caricatura de Paunero con tricornio y con una

cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas brotando de

labios de vírgenes y santos, en el arte cristiano primitivo, pero

cargada aquí con un dístico cojo y expresivo; la enorme hoja de la

puerta, tallada, quemada de arriba abajo, horadada y recompuesta, como

un pantalón de marinero; la cerradura claveteada y cosida, fiel e

incorruptible, virgen de todo atentado, desde la solemne declaración de

Corrales sobre la ineficacia de nuevas tentativas al respecto; el hambre

frecuente, los proyectos de venganza negra y sombría, lentamente

madurados en la obscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la

libertad entraba en los pulmones!...

He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisión; jamás he

visitado una penitenciaría sin un secreto deseo de encontrarme en la

calle. Aun hoy las evasiones célebres me llenan de encanto y tengo una

simpatía profunda por Latude, el barón de Trenck y Jacques Casanova. No

he podido comprender nunca el libro de Silvio Pellico, ni creo que el

sentimiento de conformidad religiosa, unido a un imperio absoluto de la

razón, basten para determinar esa placidez celeste, si no se tiene una

sangre tranquila y fría, un espíritu contemplativo y una atrofia

completa del sistema nervioso.

XXI

Las autoridades del Colegio habían comenzado a preocuparse seriamente en

dar mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermería, en vista

del número de estudiantes, siempre en aumento, que era necesario alojar

en ella. Una epidemia vaga, indefinida, había hecho su aparición en los

claustros. Los síntomas eran siempre un fuerte dolor de cabeza,

acompañado de terribles dolores de estómago. _¡Vas-y-voir!_

El hecho es que la enfermería era una morada deliciosa; se charlaba de

cama a cama; el caldo, sin elevarse a las alturas del _consommé_, tenía

un cierto gustito a carne, absolutamente ausente del líquido homónimo

que se nos servía en el refectorio; pescábamos de tiempo en tiempo un

ala de gallina, y sobre todo... no íbamos a clase!

La enfermería era, como es natural, económicamente regida por el

enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la

memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su

fisonomía, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Había sido primero

sirviente de la despensa, luego segundo portero, y, en fin, por una de

esas aberraciones que jamás alcanzaré a explicarme, enfermero. "Para esa

plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais: la obtuvo un

bailarín".

Era italiano y su aspecto hacía imposible un cálculo aproximativo de su

edad. Podía tener treinta años, pero nada impedía elevar la cifra a

veinte unidades más. Fué siempre para nosotros una grave cuestión decir

si era gordo o flaco.

Hay hombres que presentan ese fenómeno; recuerdo que en Arica, durante

el bloqueo, pasamos con Roque Sáenz Peña largas horas reuniendo

elementos, para basar una opinión racional al respecto, con motivo de la

configuración física del general Buendía.--Sáenz Peña se inclinaba a

creer que era muy gordo y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que

aquel hombre era flaco, extremadamente flaco.--Le veíamos todos los

días, le analizábamos sin ganar terreno. Yo ardía por conocer su opinión

propia; pero el viejo guerrero, lleno de vanidad, decía hoy, a propósito

de una marcha forzada que venía a su memoria, que había sufrido mucho a

causa de su corpulencia.--Sáenz Peña me miraba triunfante!--Pero al día

siguiente, con motivo de una carga famosa, que el general se atribuía,

hacía presente que su caballo, con tan _poco peso_ encima, le había

permitido preceder las primeras filas.--A mi vez, miraba a Sáenz Peña

como invitándole a que sostuviera su opinión ante aquel argumento

contundente. No sabíamos a quién acudir, ni qué procedimiento emplear.

¿Pesar a Buendía? ¿Medirle? No lo hubiera consentido. ¿Consultar a su

sastre? No le tenía en Arica.--Aquello se convertía en una pesadilla

constante; ambos veíamos en sueños al general.--Roque, que era

sonámbulo, se levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una

puerta por la que no podía penetrar Buendía.--Yo veía floretes pasearse

por el cuarto, en las horas calladas de la noche y observaba que sus

empuñaduras tenían la cara de Buendía.--No encontrábamos compromiso

plausible, ni _modus vivendi_ aceptable. Reconocer que aquel hombre era

_regular_, habría sido una cobardía moral, una débil manera de

cohonestar con las opiniones recíprocas. En cuanto a mí, la humillación

de mis pretensiones de hombre observador me hacía sufrir en

extremo.--¿Cómo podría escudriñar moralmente un individuo, si no era

capaz de clasificarle como volumen positivo?--Al fin, un rayo de luz

hirió mis ojos o la reminiscencia inconsciente del enfermero del Colegio

vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a Buendía y, ahogando

un grito, me despedí de prisa y corrí en busca de Sáenz Peña, a quien

encontré tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna,

en el insoluble problema.--Medio sofocado, grité desde la puerta:

"¡Roque!... ¡Encontré!--¿Qué?--Buendía...--¡Acaba!--¡Es flaco y

barrigón!"

No añadiré una palabra más; si alguno de los que estas líneas lean ha

observado un hombre de esas condiciones, habrá sin duda sentido las

mismas vacilaciones y dudas. Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado

la clave del secreto, que le abandono generosamente.

XXII

Nuestro enfermero tenía esa peculiarísima condición. Empezaba su

individuo por una mata de pelo formidable que nos traía a la idea la

confusa y entremezclada vegetación de los bosques primitivos del

Paraguay, de que habla Azara; veíamos su frente, estrecha y deprimida,

en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago

fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme

caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las cejas formaban un

cuerpo unido y compacto con las pestañas, ralas y gruesas, como si

hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un sér

de razón para el infeliz, que estoy seguro jamás conoció aquella sección

de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencias y frutos

nos traía a la memoria un ombú frondoso.--El cuerpo, como he dicho, era

enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasión hacia las débiles

piernas por las que se hacía conducir sin piedad. El equilibrio se

conservaba gracias a la previsión materna que le había dotado de dos

andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo,

consumía un cuero de baqueta entero. Un día nos confió, en un momento de

abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenía,

fabricadas a medida, excedían siempre los precios corrientes.

Debía haber servido en la legión italiana durante el sitio de Montevideo

o haber vivido en comunidad con algún soldado de Garibaldi en aquellos

tiempos, porque en la época en que fué portero, cuando le tocaba

despertar a domicilio, por algún corte inesperado de la cuerda de la

campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello,

con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la

memoria de una manera inseparable a su pronunciación especial:

Levántasi, muchachi,

que la cuatro sun

e lo federali

sun vení o Cordun.

Perdió el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres,

que, haciéndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de la

calle.--Sin embargo, en la enfermería, cuando entraba por la mañana o al

participar, en la comida, del vino que había comprado a hurtadillas para

nosotros, tarareaba siempre entre dientes: "Levántasi, muchachi", etc.

Cuando le retaban o el doctor Quinche, médico del Colegio, le decía que

era un animal, lo que ocurría con regularidad y justicia todos los días,

su único consuelo era, así que la borrasca se ausentaba bajo la forma

del Dr. Quinche, entonar su eterno e inocente estribillo.

Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un _specimen_ más

completo que nuestro enfermero.--Su escasa cantidad de sesos se

petrificaba con la presencia del doctor, a quien había tomado un miedo

feroz y de cuya ciencia médica hablaba pestes en sus ratos de

confidencia.--Cuando el médico le indicaba un tratamiento para un

enfermo, inclinaba la cabeza en silencio y se daba por enterado.--Un día

había caído en el gimnasio un joven correntino y recibido, a más de un

fuerte golpe en el pecho, una contusión en la rodilla.--El Dr. Quinche

recetó un jarabe que debía tomarse a cucharadas y un agua para frotar la

rodilla.--Una hora después de su partida, oímos un grito en la cama del

pobre correntino, a quien el enfermero había hecho tomar una cucharada

de un líquido atroz, después de haberle friccionado cuidadosamente la

rodilla con el jarabe de que tenía enmelada toda la mano. Fué su última

hazaña; el Dr. Quinche declaró al día siguiente que uno de los dos, el

enfermero o él, estaba de más en el mundo o por lo menos en la

enfermería, y como el hilo se _curta_ por lo más delgado, según tuvo la

bondad de comunicármelo confidencialmente, el pobre enfermero cambió de

destino, aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran

siempre a suministrar drogas; fué sirviente de comedor.

Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto una catástrofe mayor

nos hizo olvidar aquélla. El Vicerrector, alarmado de la manera cómo se

propagaba la epidemia vaga de que he hablado, celebró una consulta

médica con el doctor, y ambos de acuerdo, establecieron como sistema

curativo la dieta absoluta, acompañada de una vigilancia extrema para

evitar el contrabando. A las veinticuatro horas nos sentimos sumamente

aliviados y el germen de nuestro mal fué tan radicalmente extirpado, que

no volvimos a visitar la enfermería en mucho tiempo.

XXIII

Fué un día bullicioso aquel en que se nos anunció que en breve empezaría

a funcionar la clase de literatura regida por el señor Gigena. Teníamos

hambre de lanzarnos en esa vía del arte; las novelas nos habían

preparado el espíritu para esa tarea y nos parecía imposible que al año

de curso no nos encontráramos en estado de escribir a nuestra vez un

buen romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas, escenas

todas de descomunal efecto. Ya para aquel entonces había yo comenzado a

borronear papel y a más de dos cretinismos juveniles que mis parientes

de la "Tribuna" publicaron con sendas laudatorias, tenía casi concluída

una novela que pasaba en una estancia durante las vacaciones, y cuyo

héroe principal era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se publicó

después, bajo un pseudónimo, como si temiera comprometer mi gravedad en

tales ligerezas.

Mi compañero de trabajos literarios era Adolfo Lamarque, que me llevaba

dos ventajas insuperables: hacía versos y era externo. A pesar de estar

sentados juntos en clase, nos dirigíamos frecuentemente cartas, las mías

siempre en prosa, pero las suyas generalmente rimadas--Lamarque

versificaba con suma facilidad.--Recuerdo que una vez que debíamos hacer

una composición en clase sobre "El sueño de Aníbal", Lamarque, el

único, presentó la suya en verso. Para mí fué una obra maestra y aún

tengo en la memoria los primeros versos. Empezaba así:

Despierta, Aníbal, del letargo horrendo

que aquí te tiene encadenado y vuela

a vengar de Duilio.....

Lamarque me enloquecía, pintándome en verso, prosa y narraciones orales,

los primores maravillosos del "Orphée aux Enfers", que se daba entonces

por primera vez en el Teatro Argentino. La descripción del traje de la

"Opinión Publique" tomaba siete octavas partes de la narración,

destinadas a pintar precisamente lo que no cubría. Diana, Venus, la

opulenta Juno, completaban el cuadro. No tenía la menor noción de esas

grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo también de ese espectáculo

soberano me impedía estudiar, apartar un instante mi pensamiento de ese

Olimpo adorable. Así, un día que Gigena nos dió por tema de disertación

escrita este cuadro de Suetonio: "Nerón, desde lo alto del Capitolio,

rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceñida la frente de

guirnaldas, contempla el incendio de Roma", no sé qué pasó por mí. Me

olvidé que el objeto primordial, retórico, obligado, era vilipendiar a

Nerón, ponerle por el suelo en nombre de la moral más elemental y

concluir por una peroración vigorosa, en la que se ofreciera ese ejemplo

abominable a los reyes todos de la tierra. "Amor sonó la lira", como

habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la pintura de un incendio

durante la noche. En vez de hablar de las madres, niños y ancianos

víctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales

perdidos y las obras de arte destruídas, no veía sino las llamas

colosales jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado por

el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre humana en

convulsión. Y allá en la altura, Nerón, bello como un dios pagano,

desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras

mujeres de incomparable hermosura sostenían su cabeza con sus blancos

senos, le escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la

guirnalda siempre fresca!... Insensiblemente pasé por los límites

verdosos de la alusión discreta, llegué a las licencias de Petronius,

alcancé a Lucius, y al final, ciertas páginas de Gautier habrían sido

cartas de Chesterfield al lado de mi composición. Gigena se alarmó y me

hizo suspender la lectura a la mitad a pesar de las protestas de los

compañeros, que, viendo aquel "boccato", querían gozarlo íntegro.

Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura

tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya

"impresión" nos tomaba noches enteras, en los que yo escribía artículos

literarios donde hablaba del "festín de las brisas y los céfiros en el

palacio de las selvas", y en los que Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y

otros publicaban versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que

en los pueblos de campaña; turbaron la armonía y la paz, agitaron y

agriaron los ánimos y más de un ojo debió el obscuro ribete con que

apareció adornado a las polémicas vehementes sostenidas por la "prensa".

Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufrió;

pero sí recuerdo que, aunque el honor quedó en salvo, salí de la arena

mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un

dedo de la mano derecha fuera de su posición normal.

Un joven romano habría jurado no ocuparse más de prensa en su vida; pero

las preocupaciones se van y los instintos quedan. ¡Oh! ¡qué himnos

cantara hoy al periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera

costado!...

XXIV

Pasábamos las vacaciones en nuestra casa de campo, como considerábamos

legítimamente el punto que hasta hace poco tiempo fué conocido con el

nombre de "Chacarita de los Colegiales", y que más tarde, al perder el

último término de su denominación, debía adquirir tanta fama por los

acontecimientos de Junio de 1880.

Pocos puntos hay más agradables en los alrededores de Buenos Aires.

Situado sobre una altura, a igual distancia de Flores, Belgrano y la

capital, el viejo edificio de la Chacarita, monacal en su aspecto, pero

grande, cómodo, lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las

caprichosas ondulaciones del terreno dan un carácter no común en las

campiñas próximas a la ciudad. En aquel tiempo poseíamos como feudo

señorial no sólo los terrenos que aún hoy pertenecen a la Chacarita,

sino los que en 1871 fueron destinados al cementerio tan rápidamente

poblado. Así, nuestros límites eran extensos y no nos faltaba, por

cierto, espacio para llenar de aire puro los pulmones, organizar

carreras y dar rienda suelta a la actividad juvenil que nos castigaba la

sangre. A pesar de la inmensidad de nuestros dominios, teníamos pleitos

con todos los vecinos, sin contar el famoso proceso con la Municipalidad

de Belgrano, especie de "Jarndyce versus Jarndyce"[6], del que habíamos

oído hablar como de una tradición vetusta, cuyo origen se perdía en la

noche de los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorábamos en

absoluto, lo que no nos impedía declarar con toda tranquilidad que el

municipio de Belgrano era representado por una compañía de ladrones,

neta y claramente clasificados. Este viejo pleito tenía para nosotros,

sin embargo, algunas ventajas.

[6] Dickens, "Bleak-House".

Cuando cruzábamos frente al juzgado de paz de Belgrano, a galope

tendido, algunos honorables miembros de la partida de policía, viendo la

traza arcaica de nuestros corceles (fuera de funciones en esos momentos,

por cuanto su profesión habitual era arrastrar carradas de leña o sacar

agua), abandonaban el noble juego de la taba[7] en que estaban

absorbidos, y cabalgando a su vez, emprendían animosos nuestra

persecución. Generalmente íbamos dos en cada caballo, lo que, como se

supone, no aumentaba sus condiciones de velocidad. Pero compensábamos

este inconveniente por una metódica y razonada división del trabajo,

"avant-góut" de nuestros estudios económicos del futuro. La dirección

del cuadrúpedo estaba entera y absolutamente confiada al que iba

delante, tarea grave y trascendental, no sólo por las veleidades

fantásticas de la bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la

preocupación incesante del jinete para evitar la probable operación de

la talla, practicada inconscientemente por la cruz pelada y puntiaguda,

a favor del convulsivo movimiento de un manquera tradicional. El

ciudadano colegial que ocupaba el anca desempeñaba las funciones de

foguista; él debía suministrar, con medios a su arbitrio, los elementos

necesarios para producir el movimiento. Por lo demás, se procedía

siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la estadística

experimental; se sabía que el uso del rebenque firme, apoyado por el

talón incansable, producía el trote; si el compañero de delante podía

distraerse hasta el punto de menear talón a su vez, se obtenía un

simulacro de galopito expirante, y por fin el "máximum", esto es, un

galope normal, de tres cuadras exactas de duración, se alcanzaba por la

hábil combinación del rebenque, cuatro talones y una pequeña picana,

dirigida con frecuencia hacia aquellos puntos que el animal, en su

inocencia, había dado muestras de considerar como los más sensibles de

su individuo.

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