tuve el honor de ser iniciado; era muy chico aún y pertenecía a los
_abajeños_; es decir, a los que vivíamos en el piso bajo del colegio,
mientras el alto era ocupado por los mayores, los _arribeños_.--Nuestros
prohombres lo habían organizado todo, sin dar cuenta a la gente menuda.
Pero yo tenía un buen amigo en Eyzaguirre, que tuvo la bondad de
ilustrarme ligeramente.
Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza especial; le
incomodaba a cada instante, le remedaba, le llamaba _Del País_, que era
su aborrecido apodo, zumbaba a su alrededor como un mosquito, le
desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sábanas, le mortificaba,
en fin, de cuantas maneras me sugería mi imaginación, tendida a ese solo
objeto. Eyzaguirre era un hombre robusto, fuerte y bravo; más de una vez
levantó el brazo sobre mí, pero vencía su generosidad ingénita y
comprendiendo que de un golpe me habría suprimido, lo dejaba caer
ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de Fifine. Sólo en una
ocasión la cólera le cegó; me dió a mano abierta un cogotazo que me
tendió a lo largo y antes que hubiere iniciado a patadas desde el suelo
un estéril sistema defensivo, ya Eyzaguirre me había levantado en sus
robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme agua en la
cabeza, preguntándome, con la voz trémula por la emoción, si me había
hecho daño.
Tanta generosidad me venció, y sea por ese motivo o porque el primer
cogotazo había roto el cómodo prisma de la impunidad, el hecho es que
nos hicimos amigos para siempre. Aun hoy es uno de los hombres cuya mano
estrecho con mayor placer.
XIX
Eyzaguirre me había dicho que si sentía algún gran ruido de noche, en
los claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano que
tuviera más próximo de mi cama y que lo pusiera fuera de combate. Que
éramos pocos y sólo podría salvarnos el valor y la rapidez en la acción.
En fin, después de algunos días de expectativa, una noche, de una a dos
de la mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso
de una detonación que conmovió las paredes del Colegio.
Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven
llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio, de Corrientes, dí y recibí
algunos moquetes; pero la curiosidad pudo más, y todos corrimos, casi
desnudos, a los claustros superiores.--Aun había mucho humo; las puertas
del cuarto del Vicerrector habían sido sacadas de quicio por la
explosión de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el
objeto no fué otro que dar un susto de dos yemas a Don F. M.--Este había
hecho una barricada en la puerta.
En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, ví a Eyzaguirre en
soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y
una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha.
De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos de ellos armados.
Aquél iba a ser un campo de Agramante; el Vicerrector, viéndose rodeado
de sus fieles, salvó la barricada y comenzó a vociferar, abriendo sus
vestidos, mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los
conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de valor había
sido un poco tardía.
Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetían
enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer
sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres
compañeros, cuando vimos aparecer al venerable Dr. Santillán, cura
párroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y
persuasiva, desarmaron los ánimos.--Cada uno se retiró a su cuarto y él
llevó consigo a Don F. M., que jamás volvió a pisar el suelo del
Colegio.
El sumario al día siguiente fué terrible; M. Jacques, pálido de cólera,
tomaba las declaraciones principales. El punto capital era éste: ¿quién
había prendido fuego a las bombas?--La respuesta fué unánime y sincera:
"no lo sé". Y era la verdad; por largos años ha permanecido oculto el
nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con más éxito
que aquél, llevó a cabo ese rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía ya
mucho tiempo que había salido del Colegio, uno de los _grandes_ de
entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que
callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo mínimo la
relación de esta aventura al que la dió acabado fin, sino por un
curiosísimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la
discreción y el secreto. Es pueril, pero lo siento así.
XX
Dos o tres expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos e
interminables horas de encierro a muchos de nosotros volvieron a poner
las cosas en su estado normal, afirmándose definitivamente la disciplina
con el ingreso de Don José M. Torres.
El encierro es un recuerdo punzante que no me abandona; eterno candidato
para ocuparlo, su huésped frecuente, conocía una por una sus
condiciones, sus escasos recursos, sus numerosas inscripciones y aquel
olor húmedo, acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompañaba una
semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera que se abría
frente al gimnasio.--Era una pieza baja, de bóveda: cuatro metros
cuadrados. Tenía un escaño de cal y canto, demasiado estrecho para
acostarse y que daba calambres en la espalda a la hora de estar sentado
en él. Una luz insignificante entraba por una claraboya lateral y muy
alta, por donde los compañeros solían tirar con maestría algunos
comestibles con que combatir el clásico régimen de pan y agua.
¡Oh! las horas mortales pasadas allí dentro, tendido en el suelo, llena
de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido, los oídos tapados para no oir
el ruido embriagador de la partida de rescate, en la que yo era famoso
por mi ligereza, la vela de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la
pared, debajo de una caricatura de Paunero con tricornio y con una
cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas brotando de
labios de vírgenes y santos, en el arte cristiano primitivo, pero
cargada aquí con un dístico cojo y expresivo; la enorme hoja de la
puerta, tallada, quemada de arriba abajo, horadada y recompuesta, como
un pantalón de marinero; la cerradura claveteada y cosida, fiel e
incorruptible, virgen de todo atentado, desde la solemne declaración de
Corrales sobre la ineficacia de nuevas tentativas al respecto; el hambre
frecuente, los proyectos de venganza negra y sombría, lentamente
madurados en la obscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la
libertad entraba en los pulmones!...
He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisión; jamás he
visitado una penitenciaría sin un secreto deseo de encontrarme en la
calle. Aun hoy las evasiones célebres me llenan de encanto y tengo una
simpatía profunda por Latude, el barón de Trenck y Jacques Casanova. No
he podido comprender nunca el libro de Silvio Pellico, ni creo que el
sentimiento de conformidad religiosa, unido a un imperio absoluto de la
razón, basten para determinar esa placidez celeste, si no se tiene una
sangre tranquila y fría, un espíritu contemplativo y una atrofia
completa del sistema nervioso.
XXI
Las autoridades del Colegio habían comenzado a preocuparse seriamente en
dar mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermería, en vista
del número de estudiantes, siempre en aumento, que era necesario alojar
en ella. Una epidemia vaga, indefinida, había hecho su aparición en los
claustros. Los síntomas eran siempre un fuerte dolor de cabeza,
acompañado de terribles dolores de estómago. _¡Vas-y-voir!_
El hecho es que la enfermería era una morada deliciosa; se charlaba de
cama a cama; el caldo, sin elevarse a las alturas del _consommé_, tenía
un cierto gustito a carne, absolutamente ausente del líquido homónimo
que se nos servía en el refectorio; pescábamos de tiempo en tiempo un
ala de gallina, y sobre todo... no íbamos a clase!
La enfermería era, como es natural, económicamente regida por el
enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la
memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su
fisonomía, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Había sido primero
sirviente de la despensa, luego segundo portero, y, en fin, por una de
esas aberraciones que jamás alcanzaré a explicarme, enfermero. "Para esa
plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais: la obtuvo un
bailarín".
Era italiano y su aspecto hacía imposible un cálculo aproximativo de su
edad. Podía tener treinta años, pero nada impedía elevar la cifra a
veinte unidades más. Fué siempre para nosotros una grave cuestión decir
si era gordo o flaco.
Hay hombres que presentan ese fenómeno; recuerdo que en Arica, durante
el bloqueo, pasamos con Roque Sáenz Peña largas horas reuniendo
elementos, para basar una opinión racional al respecto, con motivo de la
configuración física del general Buendía.--Sáenz Peña se inclinaba a
creer que era muy gordo y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que
aquel hombre era flaco, extremadamente flaco.--Le veíamos todos los
días, le analizábamos sin ganar terreno. Yo ardía por conocer su opinión
propia; pero el viejo guerrero, lleno de vanidad, decía hoy, a propósito
de una marcha forzada que venía a su memoria, que había sufrido mucho a
causa de su corpulencia.--Sáenz Peña me miraba triunfante!--Pero al día
siguiente, con motivo de una carga famosa, que el general se atribuía,
hacía presente que su caballo, con tan _poco peso_ encima, le había
permitido preceder las primeras filas.--A mi vez, miraba a Sáenz Peña
como invitándole a que sostuviera su opinión ante aquel argumento
contundente. No sabíamos a quién acudir, ni qué procedimiento emplear.
¿Pesar a Buendía? ¿Medirle? No lo hubiera consentido. ¿Consultar a su
sastre? No le tenía en Arica.--Aquello se convertía en una pesadilla
constante; ambos veíamos en sueños al general.--Roque, que era
sonámbulo, se levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una
puerta por la que no podía penetrar Buendía.--Yo veía floretes pasearse
por el cuarto, en las horas calladas de la noche y observaba que sus
empuñaduras tenían la cara de Buendía.--No encontrábamos compromiso
plausible, ni _modus vivendi_ aceptable. Reconocer que aquel hombre era
_regular_, habría sido una cobardía moral, una débil manera de
cohonestar con las opiniones recíprocas. En cuanto a mí, la humillación
de mis pretensiones de hombre observador me hacía sufrir en
extremo.--¿Cómo podría escudriñar moralmente un individuo, si no era
capaz de clasificarle como volumen positivo?--Al fin, un rayo de luz
hirió mis ojos o la reminiscencia inconsciente del enfermero del Colegio
vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a Buendía y, ahogando
un grito, me despedí de prisa y corrí en busca de Sáenz Peña, a quien
encontré tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna,
en el insoluble problema.--Medio sofocado, grité desde la puerta:
"¡Roque!... ¡Encontré!--¿Qué?--Buendía...--¡Acaba!--¡Es flaco y
barrigón!"
No añadiré una palabra más; si alguno de los que estas líneas lean ha
observado un hombre de esas condiciones, habrá sin duda sentido las
mismas vacilaciones y dudas. Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado
la clave del secreto, que le abandono generosamente.
XXII
Nuestro enfermero tenía esa peculiarísima condición. Empezaba su
individuo por una mata de pelo formidable que nos traía a la idea la
confusa y entremezclada vegetación de los bosques primitivos del
Paraguay, de que habla Azara; veíamos su frente, estrecha y deprimida,
en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago
fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme
caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las cejas formaban un
cuerpo unido y compacto con las pestañas, ralas y gruesas, como si
hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un sér
de razón para el infeliz, que estoy seguro jamás conoció aquella sección
de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencias y frutos
nos traía a la memoria un ombú frondoso.--El cuerpo, como he dicho, era
enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasión hacia las débiles
piernas por las que se hacía conducir sin piedad. El equilibrio se
conservaba gracias a la previsión materna que le había dotado de dos
andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo,
consumía un cuero de baqueta entero. Un día nos confió, en un momento de
abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenía,
fabricadas a medida, excedían siempre los precios corrientes.
Debía haber servido en la legión italiana durante el sitio de Montevideo
o haber vivido en comunidad con algún soldado de Garibaldi en aquellos
tiempos, porque en la época en que fué portero, cuando le tocaba
despertar a domicilio, por algún corte inesperado de la cuerda de la
campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello,
con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la
memoria de una manera inseparable a su pronunciación especial:
Levántasi, muchachi,
que la cuatro sun
e lo federali
sun vení o Cordun.
Perdió el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres,
que, haciéndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de la
calle.--Sin embargo, en la enfermería, cuando entraba por la mañana o al
participar, en la comida, del vino que había comprado a hurtadillas para
nosotros, tarareaba siempre entre dientes: "Levántasi, muchachi", etc.
Cuando le retaban o el doctor Quinche, médico del Colegio, le decía que
era un animal, lo que ocurría con regularidad y justicia todos los días,
su único consuelo era, así que la borrasca se ausentaba bajo la forma
del Dr. Quinche, entonar su eterno e inocente estribillo.
Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un _specimen_ más
completo que nuestro enfermero.--Su escasa cantidad de sesos se
petrificaba con la presencia del doctor, a quien había tomado un miedo
feroz y de cuya ciencia médica hablaba pestes en sus ratos de
confidencia.--Cuando el médico le indicaba un tratamiento para un
enfermo, inclinaba la cabeza en silencio y se daba por enterado.--Un día
había caído en el gimnasio un joven correntino y recibido, a más de un
fuerte golpe en el pecho, una contusión en la rodilla.--El Dr. Quinche
recetó un jarabe que debía tomarse a cucharadas y un agua para frotar la
rodilla.--Una hora después de su partida, oímos un grito en la cama del
pobre correntino, a quien el enfermero había hecho tomar una cucharada
de un líquido atroz, después de haberle friccionado cuidadosamente la
rodilla con el jarabe de que tenía enmelada toda la mano. Fué su última
hazaña; el Dr. Quinche declaró al día siguiente que uno de los dos, el
enfermero o él, estaba de más en el mundo o por lo menos en la
enfermería, y como el hilo se _curta_ por lo más delgado, según tuvo la
bondad de comunicármelo confidencialmente, el pobre enfermero cambió de
destino, aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran
siempre a suministrar drogas; fué sirviente de comedor.
Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto una catástrofe mayor
nos hizo olvidar aquélla. El Vicerrector, alarmado de la manera cómo se
propagaba la epidemia vaga de que he hablado, celebró una consulta
médica con el doctor, y ambos de acuerdo, establecieron como sistema
curativo la dieta absoluta, acompañada de una vigilancia extrema para
evitar el contrabando. A las veinticuatro horas nos sentimos sumamente
aliviados y el germen de nuestro mal fué tan radicalmente extirpado, que
no volvimos a visitar la enfermería en mucho tiempo.
XXIII
Fué un día bullicioso aquel en que se nos anunció que en breve empezaría
a funcionar la clase de literatura regida por el señor Gigena. Teníamos
hambre de lanzarnos en esa vía del arte; las novelas nos habían
preparado el espíritu para esa tarea y nos parecía imposible que al año
de curso no nos encontráramos en estado de escribir a nuestra vez un
buen romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas, escenas
todas de descomunal efecto. Ya para aquel entonces había yo comenzado a
borronear papel y a más de dos cretinismos juveniles que mis parientes
de la "Tribuna" publicaron con sendas laudatorias, tenía casi concluída
una novela que pasaba en una estancia durante las vacaciones, y cuyo
héroe principal era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se publicó
después, bajo un pseudónimo, como si temiera comprometer mi gravedad en
tales ligerezas.
Mi compañero de trabajos literarios era Adolfo Lamarque, que me llevaba
dos ventajas insuperables: hacía versos y era externo. A pesar de estar
sentados juntos en clase, nos dirigíamos frecuentemente cartas, las mías
siempre en prosa, pero las suyas generalmente rimadas--Lamarque
versificaba con suma facilidad.--Recuerdo que una vez que debíamos hacer
una composición en clase sobre "El sueño de Aníbal", Lamarque, el
único, presentó la suya en verso. Para mí fué una obra maestra y aún
tengo en la memoria los primeros versos. Empezaba así:
Despierta, Aníbal, del letargo horrendo
que aquí te tiene encadenado y vuela
a vengar de Duilio.....
Lamarque me enloquecía, pintándome en verso, prosa y narraciones orales,
los primores maravillosos del "Orphée aux Enfers", que se daba entonces
por primera vez en el Teatro Argentino. La descripción del traje de la
"Opinión Publique" tomaba siete octavas partes de la narración,
destinadas a pintar precisamente lo que no cubría. Diana, Venus, la
opulenta Juno, completaban el cuadro. No tenía la menor noción de esas
grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo también de ese espectáculo
soberano me impedía estudiar, apartar un instante mi pensamiento de ese
Olimpo adorable. Así, un día que Gigena nos dió por tema de disertación
escrita este cuadro de Suetonio: "Nerón, desde lo alto del Capitolio,
rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceñida la frente de
guirnaldas, contempla el incendio de Roma", no sé qué pasó por mí. Me
olvidé que el objeto primordial, retórico, obligado, era vilipendiar a
Nerón, ponerle por el suelo en nombre de la moral más elemental y
concluir por una peroración vigorosa, en la que se ofreciera ese ejemplo
abominable a los reyes todos de la tierra. "Amor sonó la lira", como
habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la pintura de un incendio
durante la noche. En vez de hablar de las madres, niños y ancianos
víctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales
perdidos y las obras de arte destruídas, no veía sino las llamas
colosales jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado por
el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre humana en
convulsión. Y allá en la altura, Nerón, bello como un dios pagano,
desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras
mujeres de incomparable hermosura sostenían su cabeza con sus blancos
senos, le escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la
guirnalda siempre fresca!... Insensiblemente pasé por los límites
verdosos de la alusión discreta, llegué a las licencias de Petronius,
alcancé a Lucius, y al final, ciertas páginas de Gautier habrían sido
cartas de Chesterfield al lado de mi composición. Gigena se alarmó y me
hizo suspender la lectura a la mitad a pesar de las protestas de los
compañeros, que, viendo aquel "boccato", querían gozarlo íntegro.
Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura
tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya
"impresión" nos tomaba noches enteras, en los que yo escribía artículos
literarios donde hablaba del "festín de las brisas y los céfiros en el
palacio de las selvas", y en los que Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y
otros publicaban versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que
en los pueblos de campaña; turbaron la armonía y la paz, agitaron y
agriaron los ánimos y más de un ojo debió el obscuro ribete con que
apareció adornado a las polémicas vehementes sostenidas por la "prensa".
Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufrió;
pero sí recuerdo que, aunque el honor quedó en salvo, salí de la arena
mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un
dedo de la mano derecha fuera de su posición normal.
Un joven romano habría jurado no ocuparse más de prensa en su vida; pero
las preocupaciones se van y los instintos quedan. ¡Oh! ¡qué himnos
cantara hoy al periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera
costado!...
XXIV
Pasábamos las vacaciones en nuestra casa de campo, como considerábamos
legítimamente el punto que hasta hace poco tiempo fué conocido con el
nombre de "Chacarita de los Colegiales", y que más tarde, al perder el
último término de su denominación, debía adquirir tanta fama por los
acontecimientos de Junio de 1880.
Pocos puntos hay más agradables en los alrededores de Buenos Aires.
Situado sobre una altura, a igual distancia de Flores, Belgrano y la
capital, el viejo edificio de la Chacarita, monacal en su aspecto, pero
grande, cómodo, lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las
caprichosas ondulaciones del terreno dan un carácter no común en las
campiñas próximas a la ciudad. En aquel tiempo poseíamos como feudo
señorial no sólo los terrenos que aún hoy pertenecen a la Chacarita,
sino los que en 1871 fueron destinados al cementerio tan rápidamente
poblado. Así, nuestros límites eran extensos y no nos faltaba, por
cierto, espacio para llenar de aire puro los pulmones, organizar
carreras y dar rienda suelta a la actividad juvenil que nos castigaba la
sangre. A pesar de la inmensidad de nuestros dominios, teníamos pleitos
con todos los vecinos, sin contar el famoso proceso con la Municipalidad
de Belgrano, especie de "Jarndyce versus Jarndyce"[6], del que habíamos
oído hablar como de una tradición vetusta, cuyo origen se perdía en la
noche de los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorábamos en
absoluto, lo que no nos impedía declarar con toda tranquilidad que el
municipio de Belgrano era representado por una compañía de ladrones,
neta y claramente clasificados. Este viejo pleito tenía para nosotros,
sin embargo, algunas ventajas.
[6] Dickens, "Bleak-House".
Cuando cruzábamos frente al juzgado de paz de Belgrano, a galope
tendido, algunos honorables miembros de la partida de policía, viendo la
traza arcaica de nuestros corceles (fuera de funciones en esos momentos,
por cuanto su profesión habitual era arrastrar carradas de leña o sacar
agua), abandonaban el noble juego de la taba[7] en que estaban
absorbidos, y cabalgando a su vez, emprendían animosos nuestra
persecución. Generalmente íbamos dos en cada caballo, lo que, como se
supone, no aumentaba sus condiciones de velocidad. Pero compensábamos
este inconveniente por una metódica y razonada división del trabajo,
"avant-góut" de nuestros estudios económicos del futuro. La dirección
del cuadrúpedo estaba entera y absolutamente confiada al que iba
delante, tarea grave y trascendental, no sólo por las veleidades
fantásticas de la bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la
preocupación incesante del jinete para evitar la probable operación de
la talla, practicada inconscientemente por la cruz pelada y puntiaguda,
a favor del convulsivo movimiento de un manquera tradicional. El
ciudadano colegial que ocupaba el anca desempeñaba las funciones de
foguista; él debía suministrar, con medios a su arbitrio, los elementos
necesarios para producir el movimiento. Por lo demás, se procedía
siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la estadística
experimental; se sabía que el uso del rebenque firme, apoyado por el
talón incansable, producía el trote; si el compañero de delante podía
distraerse hasta el punto de menear talón a su vez, se obtenía un
simulacro de galopito expirante, y por fin el "máximum", esto es, un
galope normal, de tres cuadras exactas de duración, se alcanzaba por la
hábil combinación del rebenque, cuatro talones y una pequeña picana,
dirigida con frecuencia hacia aquellos puntos que el animal, en su
inocencia, había dado muestras de considerar como los más sensibles de
su individuo.