Varios enemigos de Jacques quisieron explotar mi expulsión violenta y

vieron a mi madre para intentar una acción criminal contra él. Mi madre,

sin más objetivo que mi porvenir, resistió con energía, vió a Jacques,

que ya había devuelto desgarrada una solicitud del Colegio entero por

nuestra readmisión (Calle había seguido mi suerte) y después de muchas

instancias, consiguió la promesa de admitirme externo, si en mis

exámenes salía _regular_. La suerte y mi esfuerzo me favorecieron y

habiendo obtenido ese año, que era el primero, el premio de honor, volví

a ingresar en los claustros del internado.

XI

Nada mortificaba más a Jacques que ver un alumno dormido durante sus

explicaciones; el desdichado tenía siempre un despertar violento. Los

cuchicheos, la novela debajo del banco, leída a hurtadillas, le ponían

fuera de sí. Entraba en la clase con su paso reposado y durante media

hora, con un enorme pedazo de tiza en la mano, que solía limpiar

negligentemente en la solapa de la levita, explicaba la materia con su

voz grave y sonora. A medida que se animaba, sacaba un cigarrillo de

papel, lo armaba y lo colocaba sobre la mesa. Pero mientras buscaba

fósforos se olvidaba del cigarro, sacaba otro y así sucesivamente, hasta

que, agotada su provisión, se dirigía a uno de nosotros y nos pedía uno,

que nos apresurábamos a darle, encendido el rostro, pero sin hacerle la

menor indicación hacia los que estaban enfilados sobre la mesa.

Luego nos dictaba nuestros cuadernos, pero con una rapidez tal de

palabra, que, siendo casi imposible seguirle, habíamos adoptado con mi

vecino del primer banco y amigo, Julián Aguirre, hijo de Jujuy y

actualmente magistrado distinguido, un sistema de signos abreviativos.

Así las voces largas, como _circunferencia_, _perpendicular_, etc., eran

reemplazadas por el signo del infinito, [símbolo de infinito], las

letras griegas alpha, pi, etc.--Un día, habiéndose interrumpido para

reñir a alguno, me tocó la mala suerte de que eligiera mi cuaderno para

reanudar el hilo de la exposición.--Aquel galimatías de signos le puso

furioso y me tiró con mi propio manuscrito.

XII

Otra vez, Corrales... No puedo resistir al deseo de presentar a mi

condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado que

todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un

colegio, reconocerá a primera vista.--Es el cabrión, el travieso, el mal

estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y

delitos.--De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante

una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna

satisfacción, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su

nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversación,

llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de

aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera.--Corrales

inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables

para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros,

las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa en el patio del

cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos

dormitorios, botellas que su dueño destinaba a festejar la fiesta del

patrono;--Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura

visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de

los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no

por la longitud de éstos.

Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él

abismos sin fondo en los que su cráneo de chorlo se mareaba. Era

feísimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante,

obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás

abiertos, eran los más sucios y deshechos del colegio. Algunas veces,

cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con

claridad, sin prisa y dándole el derecho de preguntar, sin límites. Era

inútil; no tenía la noción del ángulo recto.--En clase pasaba el tiempo

en tallar su banco, que se iba convirtiendo en un escaño digno del

Berruguete,--en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de

retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas,

cuerdas de goma de botín que, fijadas en el índice y el pulgar, lanzaban

al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por

un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos,

navíos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el

curso.--No había casi día, en la clase de Jacques, que Corrales escapara

a las vigorosas arremetidas del sabio.--Pero Corrales, familiarizado ya

con ese procedimiento, había resuelto emplear en su defensa una de sus

artes más estudiadas: Corrales _canchaba_ maravillosamente. Un pie

adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los _grandes_

conseguían tocarle el rostro; tenía la agilidad, la vista del compadrito

y sus mismos dichos especiales.--Así, cierto día que Jacques nos

explicaba que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos,

Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicación, desde los

últimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en

construir, en unión con su vecino el cojo Videla, que le ayudaba

eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se

detiene y con voz tonante exclama: "Corrales, tú eres un imbécil y tu

compadre Videla otro: ¿cuánto valen los dos juntos?"--"¡Dos

rectos!"--contestó Corrales, que tenía en el oído esas dos palabras tan

repetidas durante la explicación y sin darse cuenta, en su sorpresa, de

la pregunta de Jacques. Este se le fué encima y nos fué dado presenciar

uno de los combates más reñidos del año.

Corrales se echó para atrás, enroscó el cuerpo, hundió la cabeza entre

los hombros y mirando a su adversario con sus ojos chiquitos, llenos de

malicia, esperó el ataque con las manos en postura.--Jacques _debutó_

por un revés, que fué hábilmente parado; una finta en tercia, seguida de

un amago al pelo, no obtuvo mayor éxito. Entonces Jacques, despreciando

los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre

Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano,

de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la

lucha enardeció a Corrales; se multiplicaba, se retorcía y cada buena

parada decía con acento jadeante: "¡Diande!"--"¡Cuándo, mi vida!" y

otros gritos de guerra análogos. Jacques, más irritado aún, hizo avanzar

la artillería y una nube de puntapiés cayó sobre las extremidades del

intrépido agredido.--Corrales, que no sabía canchar con las piernas, se

puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolución hizo efímeros los

estragos del cañón y el combate al arma blanca continuó.--Pero Corrales

era un simple montonero, un Paez, un Güemes, un Artigas; no había leído

a César, ni al gran Federico, ni las memorias de Vauban, ni los apuntes

de Napoleón, ni los libros de Jomini.--Su arte era instintivo y Jacques

tenía la ciencia y el genio de la estrategia.

De idéntica manera los persas valerosos no supieron defender sus

empalizadas contra los atenienses de Platea.--El banco de la batalla

había sido abandonado por los vecinos de Corrales; Jacques vió la

ventaja de una mirada y amagando una carga violenta, mientras Corrales

en el movimiento defensivo perdía un tanto el equilibrio, su adversario,

de un golpe enérgico, dió en tierra con el banco y con Corrales.--Antes

de que éste pudiera levantarse, Jacques le asió del cuello de la camisa,

no saltando el botón correspondiente por la costumbre inveterada en

Corrales de no usarlo nunca.--No brilló en manos del vencedor la daga de

misericordia, pero sí sonó, uno solo, soberbio bofetón.

Así concluyó aquel memorable combate, que habíamos presenciado

silenciosos y absortos, a la manera de los indios de Manco Capac las

batallas de Almagro y de Pizarro, como luchas de seres superiores al

hombre!...

XIII

Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana;

averiguaba si había faltado algún profesor y en caso afirmativo, iba a

la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontrábamos, pasaba

la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria y en seguida,

sin vacilación, con un método admirable, nos daba una explicación de

química, de física, de matemáticas en todas sus divisiones, aritmética,

álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia,

literatura, hasta latín! El único curso, de todo aquel extenso programa,

que no le he visto dictar por accidente, era el de inglés, dado por mi

buen amigo David Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison

y a todos los buenos prosistas del "Spectator".

Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable

conferencia de M. Jacques sobre la composición del aire

atmosférico.--Hablaba hacía una hora, y ¡fenómeno inaudito en los fastos

del Colegio! al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se

dirigió, arrastrándose hasta la puerta, la cerró para que no entrara el

sonido y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupación de

Jacques, tuvimos media hora más de clase. Había venido de buen humor ese

día y su palabra salía fácil, elegante y luminosa.--En ciertos momentos

se olvidaba y nos hablaba en francés, que todos entendíamos entonces.

¡Qué pintura inimitable de ese maravilloso fenómeno de la vegetación, de

aquellas plantas con corazón de madre, absorbiendo el leal carbono de la

atmósfera y esparciendo a raudales el oxígeno, la esencia de la vida!

¡Cómo nos hablaba de la bajeza miserable del hombre que pisotea una

planta o abate un árbol para coger un fruto! Aún suena en mis oídos su

palabra, y al recordarla, aún se apodera de mi alma aquella emoción

nueva e inexplicable entonces para mí!

Cuando empezó a dictar el curso de filosofía, que debía concluir tan

brillantemente Pedro Goyena, dió como texto el manual en colaboración

con Simon y Saisset. En la primera conferencia dijo bien claro que

aquélla era la filosofía eléctica; más tarde añadió a algunos

compañeros: "el día que yo escriba mi filosofía, comenzaré por quemar

ese manual".

No ha dejado nada al respecto; pero si es posible rehacer sus ideas

personales con el estudio de su naturaleza intelectual y sus opiniones

científicas, no es arriesgado afirmar que, discípulo directo de Bacon,

pertenecía a la escuela positivista, que hasta entonces no había tenido

divulgadores como Littré, pero que, antes de haberla formulado Augusto

Comte, ha sido la filosofía de los hombres de ciencia, realmente

superiores, en todos los tiempos.

Adorábamos a Jacques a pesar de su carácter, jamás faltamos a sus

clases, y nuestro orgullo mayor, que ha persistido hasta hoy, es

llamarnos sus discípulos. A más, su historia, conocida por todos

nosotros y pintorescamente exagerada, nos hacía ver en él, no sólo un

mártir de la libertad, como lo fué en efecto, sino un hombre que había

luchado cuerpo a cuerpo con Napoleón, nombre simbólico de la tiranía.

XIV

Una mañana vagábamos en el claustro, asombrados que hubiese pasado un

cuarto de hora del momento infalible en que M. Jacques se presentaba. De

pronto un grito penetrante hirió nuestros oídos; conocí la voz de

Eduardo Fidanza, uno de los discípulos, más distinguidos del Colegio.

Corrí a la portería y encontré a Fidanza pálido, desencajado, repitiendo

como en un sueño: "¡M. Jacques ha muerto!" La impresión fué

indescriptible; se nos hizo un nudo en la garganta y nos miramos unos a

otros con los rostros blancos, lívidos, como en el momento de una

desventura terrible.

El portero había recibido orden de no dejarnos salir; le echamos

violentamente a un lado y muchos, sin sombrero, desolados, corrimos a

casa de M. Jacques.

Estaba tendido sobre su cama, rígido y con la soberbia cabeza impregnada

de una majestad indecible.--La muerte le había sorprendido al llegar a

su casa después de una noche agitada. El rayo de la apoplejía le derribó

vestido, sin darle tiempo para pedir ayuda.--Pendía su mano derecha

fuera de la cama; uno por uno, por un movimiento espontáneo, nos fuimos

arrodillando y posando en ella los labios, como un adiós supremo a aquel

a quien nunca debíamos olvidar. Su espíritu liberal, abierto a todas las

verdades de la ciencia, libre de preocupaciones raquíticas, ha ejercido

su influencia poderosa sobre el de todos sus discípulos.

Le llevamos a pulso hasta su tumba y levantamos en ella un modesto

monumento con nuestros pobres recursos de estudiantes. Duerme el sueño

eterno al abrigo de los árboles sombríos, no lejos del sitio donde

reposan mis muertos queridos. Jamás voy a la tumba de los míos sin pasar

por el sepulcro del maestro y saludarle con el respeto profundo de los

grandes cariños.

XV

El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del

Colegio.--Estaba reservada esa difícil tarea a D. José M. Torres, que,

con mano de hierro y cargando con la más franca y abierta odiosidad que

es posible dedicar a un hombre, nos metió en vereda, nos domó a fuerza

de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos

de nosotros, privándonos de salida, levantando en alto, en fin, el

principio de autoridad. De un carácter desgraciado, pues a la primera

contradicción se ponía fuera de sí, dudo que haya tenido apetito un solo

día durante su permanencia en el Colegio; oíamos a cada instante su voz

de trueno rebotar en el eco de los claustros, vibrante e inflamada. En

cuanto a mí, creo haber contribuído no poco a hacerle la vida amarga y

le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no

habría concluído mis estudios, y sabe Dios si el sér inútil que bajo mi

nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor.

Pero antes de su ingreso, el Colegio fué regido algún tiempo por un

sacerdote de quien tengo forzosamente que hablar tan mal, que me limito

a designarle sólo por iniciales. D. F. M. era extranjero e ignoro por

qué circunstancia un hombre como él, sin moralidad, sin inteligencia y

desprovisto de ilustración, había conseguido hacerse nombrar Vicerrector

del Colegio Nacional.

Antes de su entrada las pasiones políticas que habían agitado la

República desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los

estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos, cuyas

diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales.

Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el

internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último

tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándoles y

remedándoles a cada instante.--Habíamos pillado un trozo de diálogo

entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: "¡Agora

no más la vo a derramar!" y el otro que contestaba en voz de tiple: "¡No

la derramís!"--Lo convertimos en un estribillo que les ponía fuera de

sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don

Quijote.

Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros.--Con igualdad

de inteligencia y con menor esfuerzo por nuestra parte obteníamos

mejores clasificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía

simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y

facilidad de elocución.--Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven

correntino, Carlos Harvey, dotado de una inteligencia sólida y profunda,

de una laboriosidad incomparable, repetía las palabras de Sainte-Beuve,

aplicándoselas: "le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada

constituía nuestra superioridad.--Dábamos una conferencia de historia,

filosofía o retórica con sin igual botaratería, mientras ellos, en

general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban

a una exposición sucinta, pálida y difícil. Había, por ejemplo, otro

bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una

inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan,

hijo del mártir del Pocito; yo me había ligado a él porque nuestros

padres fueron amigos y le había aplicado el mismo apodo de "buey" que el

suyo había recibido en la Universidad. Goyena, que era nuestro profesor

de filosofía, se había empeñado en hacerle hablar, porque en dos o tres

contestaciones en clase le llamó la atención la claridad con que

comprendía ciertos puntos obscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido

por la apatía invariable de aquel carácter. El pobre Aberastain fué una

de las primeras víctimas del cólera de 1867.

He nombrado a uno; nombraré otro, el primero de todos, Patricio Sorondo,

arrebatado por la fiebre amarilla, cuando era ya conocido por su

inteligencia extraordinaria, unida, lo que no es común, a una

laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discípulo de su clase;

hablaba con maravillosa facilidad, era espiritual, chispeante, y como

estudiaba enormemente, sus exámenes fueron siempre aclamados.--Jacques

le tenía gran cariño, sentimiento que habíamos descubierto, no por

manifestaciones externas, sino por un fenómeno negativo: jamás le

reprendió.--Patricio se entretenía en decir negligentemente, delante de

mi amigo Valentín Balbín, hoy ingeniero distinguido, que la noche

anterior había estudiado hasta tal punto--y le señalaba medio tomo de un

enorme tratado de física o matemáticas.--Valentín, animado de una

emulación digna y de un gran orgullo, volvía al día siguiente pálido y

con los ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado,

tragándose un centenar de páginas que Patricio no había ni aun

recorrido.

La muerte de Sorondo fué una pérdida real para el país; habríamos tenido

en él un hombre de estado, liberal, lleno de ilustración y con un

carácter firme y recto.

XVI

Estudiábamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que

precedían los exámenes, en los que el gimnasio y los claustros perdían

su aspecto bullicioso, para no dejar ver sino pálidas caras hundidas en

el libro, pizarras llenas de fórmulas algebraicas, y en los rincones

pequeños Sócrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de

la Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exámenes eran duros y

sabíamos que serían tomados por profesores de la Universidad.

Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad existía el mismo

antagonismo, la misma lucha que entre los discípulos de Guillermo de

Champeaux y los de Abelardo, la misma emulación que entre Oxford y

Cambridge. Despreciábamos esos petimetres que iban paquetes al aula una

vez por mes, a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena y que no

leían sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos

de la médula de león del electicismo (!)--A más, ¿por dónde la

Universidad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras,

como las que ilustraban los anales del Colegio?--De tiempo en tiempo nos

llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo, ponía de punta

una aguja en las sillas de Larsen, Gigena o Ramsay, en el momento de

sentarse,--la transformación de una galera profesional en acordeón

silencioso, etc. Pero acogíamos esa materia parva con la benévola

sonrisa de los magos de Faraón ante los primeros milagros de

Moisés.--Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos perteneciera de una

manera completa y exclusiva. Habríamos dado algo por verle renunciar su

cátedra de física en la Universidad.

En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto contra ese espíritu,

y recordando que antes de entrar en el Colegio había pasado un año

en la Universidad, intenté iniciar, sin éxito, la política de

conciliación. Y, sin embargo, no eran de los más gratos mis

recuerdos universitarios. Para ingresar a la clase de primer año

de latín, debí rendir un impalpable examen de gramática castellana,

en el que fuí ignominiosamente reprobado por la mesa compuesta de

Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y el doctor

Tobal. Me dieron un trozo de la "Eneida", traducción Larsen, para

analizar gramaticalmente; era una invocación que empezaba por:

"¡Diosa!"--"Pronombre posesivo!" dije, y bastó; porque con voz de

trueno, Larsen me gritó: "¡Retírate, animal!"

Esto era en Diciembre; en Marzo arremetí de nuevo, pasé regular, con

recomendación de mayor estudio para el año venidero e ingresé en la

famosa clase de latín donde Pirovano hacía sus raras y memorables

apariciones. Nada más soberbio que los diálogos que se entablaban entre

él y Larsen.

Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI

libro de la "Eneida", sobre el "De Viris" o el "Epitome"; Pirovano sabía

un solo verso de memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasión y

que lanzaba con una voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su

erudición: _Amor insano Pasiphae!_

De ahí no salía, sino a la calle.--Es al doctor Larsen a quien el pueblo

de Buenos Aires debe el tener ese médico que le honra. Harto de Pirovano

y para verse libre de él, le hizo pasar contra viento y marea en el

examen de primer año, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su

afición al Nebrija.

XVII

Conocíamos también en el Colegio la existencia de un café clandestino,

donde se reunían a jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos,

Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini corría todas las noches hasta

su casa, sin faltar una sola a esta higiénica costumbre.--Los combates

homéricos del mercado no nos eran desconocidos, ni las pindáricas

escenas de la clase de griego, de Larsen, donde éste y su único

discípulo, el pobre correntino Fernández, muerto en plena juventud, se

disputaban la palma de los juegos Pythios, recitando con sin igual

entusiasmo los versos de la "Ilíada".--En la Universidad se sostenía

calumniosamente que el sueldo de la clase de griego se dividía entre

Larsen y Fernández, pero el hecho curioso es que Fernández, solo en

clase, conseguía armar unos barullos colosales, respondiendo

imperturbablemente a las imprecaciones de Larsen: "¡No soy

yo!"--Recuerdo que más tarde, cuando fuimos estudiantes de derecho,

Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en la clase de griego,

como oyentes. Cuando Larsen leía algún verso, Patricio sonreía con

lástima. Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciación

helénica era deplorable; que, a lo sumo, sólo podía compararse al

dialecto de los porteros de Atenas en tiempo de Pericles.--Fernández se

indignaba y encarándose con Patricio, le dirigía una alocución en griego

que ni él mismo, ni Larsen, ni nadie entendía.--La escena concluía

siempre poniéndonos Larsen a todos en la puerta y encerrándose de nuevo

con Fernández, que a todo trance quería saber el griego...

XVIII

La pluma ha corrido inconscientemente; quería hablar del antagonismo

entre porteños y provincianos, y heme aquí bien lejos de mi objeto!

El hecho es que el nuevo Vicerrector, por una u otra razón, decidió

gobernar con un partido, sistema como cualquier otro, aunque para él

tuvo consecuencias deplorables.

Creíamos entonces, exageradamente, que todos los castigos nos estaban

reservados, mientras los provincianos (nosotros éramos del _Estado_ de

Buenos Aires!) tenían asegurada la impunidad absoluta. Las

conspiraciones empezaron, los duelos parciales entre los dos bandos se

sucedían sin interrupción, hasta que la conducta misma de Don F. M.

justificó la explosión de la cólera porteña. Don F. M. nos organizaba

bailes en el dormitorio antiguamente destinado a capilla, en el que aun

existía el altar y en el que, en otro tiempo, bajo el doctor Agüero, se

hacían lecturas morales una vez por semana.--No fué por cierto el

sentimiento religioso el que nos sublevó ante aquella profanación; pero

como en esos bailes había cena y se bebía no poco vino seco, que por su

color reemplazaba el Jerez a la mirada, sucedía que muchos chicos se

embriagaban, lo que era no solamente un espectáculo repugnante, sino que

autorizaba ciertos rumores infames contra la conducta de Don F. M., que

hoy quiero creer calumniosos, pero sobre cuya exactitud no teníamos

entonces la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra

parte, en aquel hombre, una condescendencia criminal, tratándose de un

Colegio de jóvenes internos, régimen abominable por sí mismo y que sólo

puede persistir a favor de una vigilancia de todos los momentos y de una

disciplina militar.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 3 / 20 段