vieron a mi madre para intentar una acción criminal contra él. Mi madre,
sin más objetivo que mi porvenir, resistió con energía, vió a Jacques,
que ya había devuelto desgarrada una solicitud del Colegio entero por
nuestra readmisión (Calle había seguido mi suerte) y después de muchas
instancias, consiguió la promesa de admitirme externo, si en mis
exámenes salía _regular_. La suerte y mi esfuerzo me favorecieron y
habiendo obtenido ese año, que era el primero, el premio de honor, volví
a ingresar en los claustros del internado.
XI
Nada mortificaba más a Jacques que ver un alumno dormido durante sus
explicaciones; el desdichado tenía siempre un despertar violento. Los
cuchicheos, la novela debajo del banco, leída a hurtadillas, le ponían
fuera de sí. Entraba en la clase con su paso reposado y durante media
hora, con un enorme pedazo de tiza en la mano, que solía limpiar
negligentemente en la solapa de la levita, explicaba la materia con su
voz grave y sonora. A medida que se animaba, sacaba un cigarrillo de
papel, lo armaba y lo colocaba sobre la mesa. Pero mientras buscaba
fósforos se olvidaba del cigarro, sacaba otro y así sucesivamente, hasta
que, agotada su provisión, se dirigía a uno de nosotros y nos pedía uno,
que nos apresurábamos a darle, encendido el rostro, pero sin hacerle la
menor indicación hacia los que estaban enfilados sobre la mesa.
Luego nos dictaba nuestros cuadernos, pero con una rapidez tal de
palabra, que, siendo casi imposible seguirle, habíamos adoptado con mi
vecino del primer banco y amigo, Julián Aguirre, hijo de Jujuy y
actualmente magistrado distinguido, un sistema de signos abreviativos.
Así las voces largas, como _circunferencia_, _perpendicular_, etc., eran
reemplazadas por el signo del infinito, [símbolo de infinito], las
letras griegas alpha, pi, etc.--Un día, habiéndose interrumpido para
reñir a alguno, me tocó la mala suerte de que eligiera mi cuaderno para
reanudar el hilo de la exposición.--Aquel galimatías de signos le puso
furioso y me tiró con mi propio manuscrito.
XII
Otra vez, Corrales... No puedo resistir al deseo de presentar a mi
condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado que
todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un
colegio, reconocerá a primera vista.--Es el cabrión, el travieso, el mal
estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y
delitos.--De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante
una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna
satisfacción, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su
nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversación,
llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de
aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera.--Corrales
inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables
para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros,
las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa en el patio del
cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos
dormitorios, botellas que su dueño destinaba a festejar la fiesta del
patrono;--Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura
visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de
los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no
por la longitud de éstos.
Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él
abismos sin fondo en los que su cráneo de chorlo se mareaba. Era
feísimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante,
obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás
abiertos, eran los más sucios y deshechos del colegio. Algunas veces,
cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con
claridad, sin prisa y dándole el derecho de preguntar, sin límites. Era
inútil; no tenía la noción del ángulo recto.--En clase pasaba el tiempo
en tallar su banco, que se iba convirtiendo en un escaño digno del
Berruguete,--en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de
retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas,
cuerdas de goma de botín que, fijadas en el índice y el pulgar, lanzaban
al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por
un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos,
navíos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el
curso.--No había casi día, en la clase de Jacques, que Corrales escapara
a las vigorosas arremetidas del sabio.--Pero Corrales, familiarizado ya
con ese procedimiento, había resuelto emplear en su defensa una de sus
artes más estudiadas: Corrales _canchaba_ maravillosamente. Un pie
adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los _grandes_
conseguían tocarle el rostro; tenía la agilidad, la vista del compadrito
y sus mismos dichos especiales.--Así, cierto día que Jacques nos
explicaba que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos,
Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicación, desde los
últimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en
construir, en unión con su vecino el cojo Videla, que le ayudaba
eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se
detiene y con voz tonante exclama: "Corrales, tú eres un imbécil y tu
compadre Videla otro: ¿cuánto valen los dos juntos?"--"¡Dos
rectos!"--contestó Corrales, que tenía en el oído esas dos palabras tan
repetidas durante la explicación y sin darse cuenta, en su sorpresa, de
la pregunta de Jacques. Este se le fué encima y nos fué dado presenciar
uno de los combates más reñidos del año.
Corrales se echó para atrás, enroscó el cuerpo, hundió la cabeza entre
los hombros y mirando a su adversario con sus ojos chiquitos, llenos de
malicia, esperó el ataque con las manos en postura.--Jacques _debutó_
por un revés, que fué hábilmente parado; una finta en tercia, seguida de
un amago al pelo, no obtuvo mayor éxito. Entonces Jacques, despreciando
los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre
Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano,
de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la
lucha enardeció a Corrales; se multiplicaba, se retorcía y cada buena
parada decía con acento jadeante: "¡Diande!"--"¡Cuándo, mi vida!" y
otros gritos de guerra análogos. Jacques, más irritado aún, hizo avanzar
la artillería y una nube de puntapiés cayó sobre las extremidades del
intrépido agredido.--Corrales, que no sabía canchar con las piernas, se
puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolución hizo efímeros los
estragos del cañón y el combate al arma blanca continuó.--Pero Corrales
era un simple montonero, un Paez, un Güemes, un Artigas; no había leído
a César, ni al gran Federico, ni las memorias de Vauban, ni los apuntes
de Napoleón, ni los libros de Jomini.--Su arte era instintivo y Jacques
tenía la ciencia y el genio de la estrategia.
De idéntica manera los persas valerosos no supieron defender sus
empalizadas contra los atenienses de Platea.--El banco de la batalla
había sido abandonado por los vecinos de Corrales; Jacques vió la
ventaja de una mirada y amagando una carga violenta, mientras Corrales
en el movimiento defensivo perdía un tanto el equilibrio, su adversario,
de un golpe enérgico, dió en tierra con el banco y con Corrales.--Antes
de que éste pudiera levantarse, Jacques le asió del cuello de la camisa,
no saltando el botón correspondiente por la costumbre inveterada en
Corrales de no usarlo nunca.--No brilló en manos del vencedor la daga de
misericordia, pero sí sonó, uno solo, soberbio bofetón.
Así concluyó aquel memorable combate, que habíamos presenciado
silenciosos y absortos, a la manera de los indios de Manco Capac las
batallas de Almagro y de Pizarro, como luchas de seres superiores al
hombre!...
XIII
Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana;
averiguaba si había faltado algún profesor y en caso afirmativo, iba a
la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontrábamos, pasaba
la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria y en seguida,
sin vacilación, con un método admirable, nos daba una explicación de
química, de física, de matemáticas en todas sus divisiones, aritmética,
álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia,
literatura, hasta latín! El único curso, de todo aquel extenso programa,
que no le he visto dictar por accidente, era el de inglés, dado por mi
buen amigo David Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison
y a todos los buenos prosistas del "Spectator".
Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable
conferencia de M. Jacques sobre la composición del aire
atmosférico.--Hablaba hacía una hora, y ¡fenómeno inaudito en los fastos
del Colegio! al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se
dirigió, arrastrándose hasta la puerta, la cerró para que no entrara el
sonido y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupación de
Jacques, tuvimos media hora más de clase. Había venido de buen humor ese
día y su palabra salía fácil, elegante y luminosa.--En ciertos momentos
se olvidaba y nos hablaba en francés, que todos entendíamos entonces.
¡Qué pintura inimitable de ese maravilloso fenómeno de la vegetación, de
aquellas plantas con corazón de madre, absorbiendo el leal carbono de la
atmósfera y esparciendo a raudales el oxígeno, la esencia de la vida!
¡Cómo nos hablaba de la bajeza miserable del hombre que pisotea una
planta o abate un árbol para coger un fruto! Aún suena en mis oídos su
palabra, y al recordarla, aún se apodera de mi alma aquella emoción
nueva e inexplicable entonces para mí!
Cuando empezó a dictar el curso de filosofía, que debía concluir tan
brillantemente Pedro Goyena, dió como texto el manual en colaboración
con Simon y Saisset. En la primera conferencia dijo bien claro que
aquélla era la filosofía eléctica; más tarde añadió a algunos
compañeros: "el día que yo escriba mi filosofía, comenzaré por quemar
ese manual".
No ha dejado nada al respecto; pero si es posible rehacer sus ideas
personales con el estudio de su naturaleza intelectual y sus opiniones
científicas, no es arriesgado afirmar que, discípulo directo de Bacon,
pertenecía a la escuela positivista, que hasta entonces no había tenido
divulgadores como Littré, pero que, antes de haberla formulado Augusto
Comte, ha sido la filosofía de los hombres de ciencia, realmente
superiores, en todos los tiempos.
Adorábamos a Jacques a pesar de su carácter, jamás faltamos a sus
clases, y nuestro orgullo mayor, que ha persistido hasta hoy, es
llamarnos sus discípulos. A más, su historia, conocida por todos
nosotros y pintorescamente exagerada, nos hacía ver en él, no sólo un
mártir de la libertad, como lo fué en efecto, sino un hombre que había
luchado cuerpo a cuerpo con Napoleón, nombre simbólico de la tiranía.
XIV
Una mañana vagábamos en el claustro, asombrados que hubiese pasado un
cuarto de hora del momento infalible en que M. Jacques se presentaba. De
pronto un grito penetrante hirió nuestros oídos; conocí la voz de
Eduardo Fidanza, uno de los discípulos, más distinguidos del Colegio.
Corrí a la portería y encontré a Fidanza pálido, desencajado, repitiendo
como en un sueño: "¡M. Jacques ha muerto!" La impresión fué
indescriptible; se nos hizo un nudo en la garganta y nos miramos unos a
otros con los rostros blancos, lívidos, como en el momento de una
desventura terrible.
El portero había recibido orden de no dejarnos salir; le echamos
violentamente a un lado y muchos, sin sombrero, desolados, corrimos a
casa de M. Jacques.
Estaba tendido sobre su cama, rígido y con la soberbia cabeza impregnada
de una majestad indecible.--La muerte le había sorprendido al llegar a
su casa después de una noche agitada. El rayo de la apoplejía le derribó
vestido, sin darle tiempo para pedir ayuda.--Pendía su mano derecha
fuera de la cama; uno por uno, por un movimiento espontáneo, nos fuimos
arrodillando y posando en ella los labios, como un adiós supremo a aquel
a quien nunca debíamos olvidar. Su espíritu liberal, abierto a todas las
verdades de la ciencia, libre de preocupaciones raquíticas, ha ejercido
su influencia poderosa sobre el de todos sus discípulos.
Le llevamos a pulso hasta su tumba y levantamos en ella un modesto
monumento con nuestros pobres recursos de estudiantes. Duerme el sueño
eterno al abrigo de los árboles sombríos, no lejos del sitio donde
reposan mis muertos queridos. Jamás voy a la tumba de los míos sin pasar
por el sepulcro del maestro y saludarle con el respeto profundo de los
grandes cariños.
XV
El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del
Colegio.--Estaba reservada esa difícil tarea a D. José M. Torres, que,
con mano de hierro y cargando con la más franca y abierta odiosidad que
es posible dedicar a un hombre, nos metió en vereda, nos domó a fuerza
de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos
de nosotros, privándonos de salida, levantando en alto, en fin, el
principio de autoridad. De un carácter desgraciado, pues a la primera
contradicción se ponía fuera de sí, dudo que haya tenido apetito un solo
día durante su permanencia en el Colegio; oíamos a cada instante su voz
de trueno rebotar en el eco de los claustros, vibrante e inflamada. En
cuanto a mí, creo haber contribuído no poco a hacerle la vida amarga y
le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no
habría concluído mis estudios, y sabe Dios si el sér inútil que bajo mi
nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor.
Pero antes de su ingreso, el Colegio fué regido algún tiempo por un
sacerdote de quien tengo forzosamente que hablar tan mal, que me limito
a designarle sólo por iniciales. D. F. M. era extranjero e ignoro por
qué circunstancia un hombre como él, sin moralidad, sin inteligencia y
desprovisto de ilustración, había conseguido hacerse nombrar Vicerrector
del Colegio Nacional.
Antes de su entrada las pasiones políticas que habían agitado la
República desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los
estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos, cuyas
diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales.
Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el
internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último
tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándoles y
remedándoles a cada instante.--Habíamos pillado un trozo de diálogo
entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: "¡Agora
no más la vo a derramar!" y el otro que contestaba en voz de tiple: "¡No
la derramís!"--Lo convertimos en un estribillo que les ponía fuera de
sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
Quijote.
Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros.--Con igualdad
de inteligencia y con menor esfuerzo por nuestra parte obteníamos
mejores clasificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía
simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y
facilidad de elocución.--Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven
correntino, Carlos Harvey, dotado de una inteligencia sólida y profunda,
de una laboriosidad incomparable, repetía las palabras de Sainte-Beuve,
aplicándoselas: "le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada
constituía nuestra superioridad.--Dábamos una conferencia de historia,
filosofía o retórica con sin igual botaratería, mientras ellos, en
general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban
a una exposición sucinta, pálida y difícil. Había, por ejemplo, otro
bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una
inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan,
hijo del mártir del Pocito; yo me había ligado a él porque nuestros
padres fueron amigos y le había aplicado el mismo apodo de "buey" que el
suyo había recibido en la Universidad. Goyena, que era nuestro profesor
de filosofía, se había empeñado en hacerle hablar, porque en dos o tres
contestaciones en clase le llamó la atención la claridad con que
comprendía ciertos puntos obscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido
por la apatía invariable de aquel carácter. El pobre Aberastain fué una
de las primeras víctimas del cólera de 1867.
He nombrado a uno; nombraré otro, el primero de todos, Patricio Sorondo,
arrebatado por la fiebre amarilla, cuando era ya conocido por su
inteligencia extraordinaria, unida, lo que no es común, a una
laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discípulo de su clase;
hablaba con maravillosa facilidad, era espiritual, chispeante, y como
estudiaba enormemente, sus exámenes fueron siempre aclamados.--Jacques
le tenía gran cariño, sentimiento que habíamos descubierto, no por
manifestaciones externas, sino por un fenómeno negativo: jamás le
reprendió.--Patricio se entretenía en decir negligentemente, delante de
mi amigo Valentín Balbín, hoy ingeniero distinguido, que la noche
anterior había estudiado hasta tal punto--y le señalaba medio tomo de un
enorme tratado de física o matemáticas.--Valentín, animado de una
emulación digna y de un gran orgullo, volvía al día siguiente pálido y
con los ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado,
tragándose un centenar de páginas que Patricio no había ni aun
recorrido.
La muerte de Sorondo fué una pérdida real para el país; habríamos tenido
en él un hombre de estado, liberal, lleno de ilustración y con un
carácter firme y recto.
XVI
Estudiábamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que
precedían los exámenes, en los que el gimnasio y los claustros perdían
su aspecto bullicioso, para no dejar ver sino pálidas caras hundidas en
el libro, pizarras llenas de fórmulas algebraicas, y en los rincones
pequeños Sócrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de
la Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exámenes eran duros y
sabíamos que serían tomados por profesores de la Universidad.
Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad existía el mismo
antagonismo, la misma lucha que entre los discípulos de Guillermo de
Champeaux y los de Abelardo, la misma emulación que entre Oxford y
Cambridge. Despreciábamos esos petimetres que iban paquetes al aula una
vez por mes, a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena y que no
leían sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos
de la médula de león del electicismo (!)--A más, ¿por dónde la
Universidad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras,
como las que ilustraban los anales del Colegio?--De tiempo en tiempo nos
llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo, ponía de punta
una aguja en las sillas de Larsen, Gigena o Ramsay, en el momento de
sentarse,--la transformación de una galera profesional en acordeón
silencioso, etc. Pero acogíamos esa materia parva con la benévola
sonrisa de los magos de Faraón ante los primeros milagros de
Moisés.--Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos perteneciera de una
manera completa y exclusiva. Habríamos dado algo por verle renunciar su
cátedra de física en la Universidad.
En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto contra ese espíritu,
y recordando que antes de entrar en el Colegio había pasado un año
en la Universidad, intenté iniciar, sin éxito, la política de
conciliación. Y, sin embargo, no eran de los más gratos mis
recuerdos universitarios. Para ingresar a la clase de primer año
de latín, debí rendir un impalpable examen de gramática castellana,
en el que fuí ignominiosamente reprobado por la mesa compuesta de
Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y el doctor
Tobal. Me dieron un trozo de la "Eneida", traducción Larsen, para
analizar gramaticalmente; era una invocación que empezaba por:
"¡Diosa!"--"Pronombre posesivo!" dije, y bastó; porque con voz de
trueno, Larsen me gritó: "¡Retírate, animal!"
Esto era en Diciembre; en Marzo arremetí de nuevo, pasé regular, con
recomendación de mayor estudio para el año venidero e ingresé en la
famosa clase de latín donde Pirovano hacía sus raras y memorables
apariciones. Nada más soberbio que los diálogos que se entablaban entre
él y Larsen.
Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI
libro de la "Eneida", sobre el "De Viris" o el "Epitome"; Pirovano sabía
un solo verso de memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasión y
que lanzaba con una voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su
erudición: _Amor insano Pasiphae!_
De ahí no salía, sino a la calle.--Es al doctor Larsen a quien el pueblo
de Buenos Aires debe el tener ese médico que le honra. Harto de Pirovano
y para verse libre de él, le hizo pasar contra viento y marea en el
examen de primer año, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su
afición al Nebrija.
XVII
Conocíamos también en el Colegio la existencia de un café clandestino,
donde se reunían a jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos,
Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini corría todas las noches hasta
su casa, sin faltar una sola a esta higiénica costumbre.--Los combates
homéricos del mercado no nos eran desconocidos, ni las pindáricas
escenas de la clase de griego, de Larsen, donde éste y su único
discípulo, el pobre correntino Fernández, muerto en plena juventud, se
disputaban la palma de los juegos Pythios, recitando con sin igual
entusiasmo los versos de la "Ilíada".--En la Universidad se sostenía
calumniosamente que el sueldo de la clase de griego se dividía entre
Larsen y Fernández, pero el hecho curioso es que Fernández, solo en
clase, conseguía armar unos barullos colosales, respondiendo
imperturbablemente a las imprecaciones de Larsen: "¡No soy
yo!"--Recuerdo que más tarde, cuando fuimos estudiantes de derecho,
Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en la clase de griego,
como oyentes. Cuando Larsen leía algún verso, Patricio sonreía con
lástima. Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciación
helénica era deplorable; que, a lo sumo, sólo podía compararse al
dialecto de los porteros de Atenas en tiempo de Pericles.--Fernández se
indignaba y encarándose con Patricio, le dirigía una alocución en griego
que ni él mismo, ni Larsen, ni nadie entendía.--La escena concluía
siempre poniéndonos Larsen a todos en la puerta y encerrándose de nuevo
con Fernández, que a todo trance quería saber el griego...
XVIII
La pluma ha corrido inconscientemente; quería hablar del antagonismo
entre porteños y provincianos, y heme aquí bien lejos de mi objeto!
El hecho es que el nuevo Vicerrector, por una u otra razón, decidió
gobernar con un partido, sistema como cualquier otro, aunque para él
tuvo consecuencias deplorables.
Creíamos entonces, exageradamente, que todos los castigos nos estaban
reservados, mientras los provincianos (nosotros éramos del _Estado_ de
Buenos Aires!) tenían asegurada la impunidad absoluta. Las
conspiraciones empezaron, los duelos parciales entre los dos bandos se
sucedían sin interrupción, hasta que la conducta misma de Don F. M.
justificó la explosión de la cólera porteña. Don F. M. nos organizaba
bailes en el dormitorio antiguamente destinado a capilla, en el que aun
existía el altar y en el que, en otro tiempo, bajo el doctor Agüero, se
hacían lecturas morales una vez por semana.--No fué por cierto el
sentimiento religioso el que nos sublevó ante aquella profanación; pero
como en esos bailes había cena y se bebía no poco vino seco, que por su
color reemplazaba el Jerez a la mirada, sucedía que muchos chicos se
embriagaban, lo que era no solamente un espectáculo repugnante, sino que
autorizaba ciertos rumores infames contra la conducta de Don F. M., que
hoy quiero creer calumniosos, pero sobre cuya exactitud no teníamos
entonces la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra
parte, en aquel hombre, una condescendencia criminal, tratándose de un
Colegio de jóvenes internos, régimen abominable por sí mismo y que sólo
puede persistir a favor de una vigilancia de todos los momentos y de una
disciplina militar.