La reacción vino de un recurso inesperado. Una noche que nos llamaban a

la clase de estudio, se me ocurrió abrir uno de los cajones de mi cómoda

para tomar algunas galletitas con que combatir las consecuencias del

_menú_ mencionado. Maquinalmente tomé un libro que allí había y me fuí

con él. Una vez en clase, y cuando el silencio se restableció, me puse a

leerlo. Era una traducción española de "Los tres Mosqueteros" de Dumas.

Decir la impresión causada en mi espíritu por aquel mundo de aventuras,

amores, estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud, mundo

desconocido para mí; decir la emoción palpitante con que seguí al

hidalgo gascón desde su llegada a París hasta la noche sombría del

juicio, el odio al cardenal, mi júbilo por los fracasos de éste, mi

ilusión maravillosa, es hoy superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con

un cabo de vela, encendido a hurtadillas, me la pasé leyendo. Al día

siguiente no fuí a los recreos, no salí de mi cuarto y, cuando al caer

la tarde concluí el libro, sólo me alentaba la esperanza de la

continuación. Escribí a mi madre, vinieron los "Veinte años después",

"El Vizconde de Bragelonne" que me costó lágrimas a raudales, un "Luis

XIV y su siglo", también de Dumas, crónica hecha sobre las memorias del

tiempo, cuyo único defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a

D'Artagnan, principal personaje de la época, en mi concepto,--y multitud

de novelas españolas, cuidadosamente recortadas en folletines, unidos

por alfileres y de algunos de cuyo título me acuerdo todavía, aunque

después no los haya vuelto a ver. "El Espía del Gran Mundo", novela

francesa, en la cual hay una especie de Caliban, pero bueno y fiel, que

chupa en una herida el veneno de una víbora; "La gran Artista y la gran

Señora", que después he sabido fué por un año la _coqueluche_ de las

damas de Buenos Aires; "La verdad de un epitafio", donde el héroe roba

de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta y le abre la mejilla

de un feroz tajo para desfigurarla a los ojos de sus enemigos; "El

Clavo", un individuo a quien le perforan el cráneo, durante el sueño,

con un clavo invisible a la autopsia, pero que algunos años después

aparece gravemente incrustado en su calavera, sobre la que un romántico

medita en un cementerio, como Hamlet con el cráneo del _poor Yorick_;

los "Monges de las Alpujarras" y "Men Rodrigo de Sanabria", dos de los

mejores, tal vez los únicos romances realmente históricos de Fernández y

González, con una brutalidad de acción, propia de la época; el "Hijo del

Diablo", cuya primera parte me enloqueció, haciéndome soñar un mes

entero con mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el

trueno, viejos alquimistas calvos, y sombríos, etcétera; "Dos

cadáveres", un salvaje romance de Soulié, que pasa en Inglaterra, bajo

el efímero protectorado de Ricardo Cromwell y cuyos dos personajes

principales son los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus

féretros respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc.

Uno de los recuerdos más vigorosos que he conservado, es la impresión

causada por los "Misterios del Castillo de Udolfo", de Ana Radcliff, que

cayó en mis manos en una detestable edición española, en tres tomos con

_x_ en vez de _j_ y _j_ en vez de _i_. No pegué los ojos en una semana,

y era tal la sobreexcitación de mi espíritu, que me figuraba que esos

insomnios mortificantes eran un castigo por el robo sacrílego que había

cometido, deslizándome al templo de San Ignacio, durante un funeral por

el alma de un ciudadano, para mí desconocido,--y metídome bajo el

chaleco, en varios trozos, la vela de cera clásica, que debía iluminar

mis trasnochadas de lectura.

Por medio de canjes y _razzias_ en mis salidas de los domingos, más o

menos autorizadas por los parientes que tenían bibliotecas, todo Dumas

pasó, Fernández y González (un saludo al "Cocinero de Su Majestad", que

cruza mi memoria!), Pérez Escrich, que había ya ofendido el sentido

común y el arte con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no

recuerdo ya. Un día supe que un compañero tenía la "Hermosa Gabriela" de

Maquet. Me precipité a pedírsela, reclamando derechos de reciprocidad;

pero Juan Cruz Ocampo se había anticipado y estaba a punto de

conseguirla. Confieso que mi primer movimiento fué disputársela, aun en

el terreno de los hechos; pero después de la simple reflexión de que mis

fuerzas físicas, no igualando mi arrogancia, me habrían hecho quedar sin

el libro y con varias contusiones, acepté el temperamento del sorteo,

que como un anticipo sobre mi suerte constante en el _alea_ de la vida,

favoreció a Ocampo. Durante una semana le espié, le aseché sin reposo y

cuando le veía hablar, jugar o comer, en vez de leer a prisa, me

indignaba, pareciéndome que aquel hombre no tenía la menor noción del

honor rudimental. A más, el cruel solía hablarme de las hazañas de

Pontis y me decía esta frase que me estremecía de impaciencia: "Chicot

figura!"...

Las novelas, durante toda mi permanencia en el Colegio, fueron mi

salvación contra el fastidio, pero al mismo tiempo me hicieron un flaco

servicio como estudiante. Todo libro que no fuera romance me era

insoportable y tenía que hacer doble esfuerzo para fijar en él mi

atención. ¿A cuál de nosotros no ha pasado algo análogo más tarde en el

estudio de la historia? ¿Quién no recuerda la perseverancia necesaria

para leer un tratado cualquiera, después de las páginas luminosas de

Macaulay, Prescott o Motley?...

IV

El Colegio, que más tarde debía ser uno de los primeros establecimientos

de América, era por entonces un caos como organización interna. Cuando

me incrusté bien y ví claro, comprendí que tras las sombras ostensibles

de la vida claustral había _des acommodements_, no sólo con el cielo,

sino con las autoridades temporales de la tierra. Durante un año y

siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches, para hacer

una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés, en aquellos puntos

donde Shakespeare pone la acción de su Pericles, y, sobre todo, en los

bailes de los suburbios, de los que algunos condiscípulos, ignoro por

arte de quién, tenían siempre conocimiento.

Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria, podía reducirse

a tres sistemas principales: la portería, la despensa y el portón.--La

portería, que da sobre el atrio de San Ignacio, requería, o elementos de

corrupción para el portero o vías de hecho deplorables. La despensa y

cocinas tenían una pequeña puerta a la calle Moreno que a veces quedaba

abierta hasta tarde. El portón, una de esas portadas deformes de la

colonia, daba a la calle de Bolívar, donde hoy se encuentra la entrada

principal del Colegio. Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo,

terminaban en unas puntas de hierro que dejaban un espacio libre entre

ellas y el pavimento.--Por allí había que pasar, pegado el cuerpo a la

tierra, en mangas de camisa para no estropear el único jacquet de lujo y

sintiendo muchas veces que las fieles puntas guardianes se insinuaban

ligeramente en la espalda como una protesta contra la evasión. A pesar

de todas sus dificultades, era el medio más generalmente elegido.--Pero

aquí debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que todos mis

compañeros de entonces deben tener presente.

Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo acabado de _bohemio_,

lleno de buenas condiciones de corazón, haragán como una marmota,

dormilón como el símil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena

confusa y tupida como la baja vegetación tropical, reñido con los libros

que no abría jamás y respondiendo al nombre de "Galerón", sin duda por

las dimensiones colosales del sombrero que tenía la función obligatoria

y difícil de cubrir aquella cabeza ciclópea. Más tarde le he encontrado

varias veces en el mundo ya en buena situación, ya bajo el peso de

serias desgracias; le he conservado siempre un cariño inalterable. Le

encontré en Arica, entre el ejército bloqueado de Montero, como

corresponsal de un diario de Lima; estaba a bordo de la "Unión" el día

sombrío de Angamos en que murió Grau.--Luego volví a verle en Lima;

Piérola, cuya fortuna política había seguido y que estaba entonces en el

poder, le ofreció empleos bastante lucrativos; sólo quiso aceptar un

pequeño mando militar y un puesto en la vanguardia.--Esa conducta

honrosa compensa muchas faltas. Había hecho también la campaña del

Paraguay.

He hablado de Benito Neto.--Era un misterio profundo cómo Benito había

conseguido, allá en épocas remotas y sin duda a favor de algún

sacudimiento, de alguna convulsión caótica, nada menos que una llave del

portón de la calle Bolívar! Nadie sabía dónde la guardaba y todas las

empresas organizadas para robársela dieron siempre un fiasco completo.

Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia y tenía un aparato

especial para extraer del caño todas las pelusas y migajas parásitas que

iban allí a alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho, el

fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y

el sustentáculo de su vida.--Como con el rastreador Calíbar todos los

prisioneros que tentaban evadirse, éranos forzoso contar con Benito

cuando nos animaban iguales designios. Benito oía en silencio y luego

preguntaba tranquilamente: "¿Dónde vamos?" Porque él no prestaba la

llave jamás, no la alquilaba, no la vendía. El era siempre de la

partida, fuere cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: "Benito,

¡estamos los tres invitados a un baile!--Me presentarán.--¡Vamos a una

comida a casa de Fulano!--Comeré.--¡Una tía mía está muy enferma!--La

velaré.--Tengo una cita y....--Ha de haber alguna chinita sirviente."--A

todo tenía respuesta, y le hemos visto asistir gravemente, con su eterno

jacquet canela, a entierros de lejanos parientes de algún estudiante

cuya conducta no había merecido un permiso de salida y que acudía al

arte de Benito. Era el Lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven

homeópata como la ostra a la peña.

V

A más de las escapadas nocturnas, había las cenas furtivas y algunas

calaveradas soberbias de los _grandes_ que nos llenaban de admiración.

El doctor Agüero estaba ya muy viejo; bueno y cariñoso, vivía en un

optimismo singular respecto a los estudiantes, ángeles calumniados

siempre, según su opinión.

Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el atrio; los chicos,

con las manos llenas de carmín, azul molido y harina, asaltábamos de

improviso a los paseantes, les llenábamos los ojos y el rostro con la

mezcla, y cuando aquellos hombres enfurecidos se nos venían encima, nos

poníamos a cubierto, por medio de una ágil retirada, detrás del sólido

baluarte de los puños de Eyzaguirre, Pastor, Julio Landívar, Dudgeon, el

tranquilo Marcelo Paz que sólo levantaba el brazo cuando veía pegar a un

débil, etc. El pugilato comenzaba, guardándose estrictamente las reglas

de caballería; pero el asaltante, olvidado del noble ejercicio, no

llevaba la mejor parte.--Uno de ellos, un francés que tenía una

peluquería frente al Colegio y que nos profesaba suma antipatía por

nuestro escaso consumo de sus artículos, fué preparado por mí y

ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se precipitó a llevar

la queja al doctor Agüero. Un chico le previno y presentándose llorando

ante el anciano, le dijo que aquel hombre le había pegado y que

Eyzaguirre le había defendido. ¡Decir el furor del buen Rector! Quería

mandar preso al peluquero, que ante aquella amenaza quedó estupefacto;

pero la denuncia surtió su efecto, porque, para que no nos pegaran más

(y lo decía sinceramente) nos hizo abandonar el atrio.

VI

Había la vieja costumbre, desde que el doctor Agüero se puso achacoso,

de que un alumno le velara cada noche. No se acostaba; sobre un inmenso

sillón Voltaire (no sospechaba el anciano la denominación!) dormitaba

por momentos, bajo la fatiga. Teníamos que hacerle la lectura durante un

par de horas para que se adormeciera con la monotonía de la voz y tal

vez con el fastidio del asunto. ¡Cuán presente tengo aquel cuarto,

débilmente iluminado por una lámpara suavizada por una pantalla opaca,

aquel silencio sólo interrumpido por el canto del sereno y, al alba, por

el paso furtivo de algún fugitivo que volvía al redil! Leíamos siempre

la vida de un santo en un libro de tapas verdes, en cuya página ciento

uno había eternamente un billete de veinte pesos moneda corriente, que

todos los estudiantes del colegio sabíamos haber sido colocado allí

expresamente por el buen Rector, que cada mañana se aseguraba

ingenuamente de su presencia en la página indicada y quedaba encantado

de la moralidad de sus hijitos, como nos llamaba.

Más de una noche me he recordado en el sofá al alcance de su mano, donde

me tendía vestido; me daba una palmadita en la cabeza y me decía con voz

impregnada de cariño: "duerme, niño, todavía no es hora". La hora eran

las cinco de la mañana, en que pasábamos a una pieza contigua, hacíamos

fuego en un brasero, siempre con leña de pino y le cebábamos mate hasta

las siete. Luego nos decía: "ve a tal armario, abre tal cajón y toma un

plato que hay allí. Es para tí". Era la recompensa, el premio de la

velada y lo sabíamos de memoria: un damasco y una galletita americana,

que nos hacía comer pausada y separadamente, el damasco el último.

Jamás se nos pasó por la mente la idea de protestar contra aquella

servidumbre; tenía esa costumbre tal carácter afectuoso, patriarcal, que

la considerábamos como un deber de hijos para con el padre viejo y

enfermo.--Sólo uno que otro desaforado aprovechaba el sueño del anciano,

durante su velada de turno, ya para escaparse, ya para darse una

indigestión de uvas, trepado como un mono en las ricas parras del patio.

El doctor Agüero fué un hombre de alma buena, pura y cariñosa;

sobrevivió muy pocos meses a su separación del Colegio y hoy reposa en

paz bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires.

VII

El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó

su dirección el hombre más sabio que hasta el día haya pisado tierra

argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografía de una

manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que

por otra parte, bastan a mi objeto.

Amedée Jacques[5] pertenecía a la generación que al llegar a la

juventud, encontró a la Francia en plena reacción filosófica, científica

y literaria.

[5] Nació en 1813, murió en 1865.

La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que,

dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo

estudiaba a Bacon, a Spinoza, a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a

Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugald-Stewart.--De

ahí había nacido el eclecticismo ilustrado por Cousin, sistema cuya

vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, respondía

maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la época. Jouffroy

había abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino

humano, algunas de cuyas páginas están impregnadas de un sentimiento de

desesperanza, de una desolación más profunda, alta y sincera que las

paradojas de Schopenhauer o los sistemas fríamente construídos de

Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra

naturaleza moral, que admirarán siempre como los grandes caracteres de

Shakespeare. Villemain hacía cuadros inimitables de estilo y erudición,

Guizot enseñaba la historia, que Thiers escribía, la pléyade hacía

versos, dramas y novelas, Delacroix, Scheffer y Jerôme, pintura;

Clésinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etcétera,

discursos; Rossini, Meyerbeer, Halèvy, música, y Arago, Ampère,

Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreul, daban a la ciencia vida, movimiento y

alas. Amedée Jacques había crecido bajo esa atmósfera intelectual y la

curiosidad de su espíritu le llevaba al enciclopedismo. A los treinta y

cinco años era profesor de filosofía en la Escuela normal y había

escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se

haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha

viva y elegante; el pensamiento sereno, la lógica inflexible y el método

perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los

estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aun

hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los

capítulos sobre el método y la asociación de ideas.--Al mismo tiempo, el

joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosóficas de

Fénelon, Clarke, etc., únicas que hoy tienen curso en el mundo

científico.

Pero Jacques no era uno de esos espíritus fríos, estériles para la

acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a

los ruidos del mundo y sin apartar su pensamiento del problema, como

Kant, en su cueva de Koenigsberg, levantando un momento la cabeza para

ver la caída de la Bastilla y volviéndola a hundir en la profundidad de

sus meditaciones, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación

de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son

los Tártaros o los Mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un

huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado. Jacques era un

hombre y tenía una patria que amaba; quería que, como el espíritu

individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espíritu

colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el último

momento, al frente de su revista "La libertad de pensar", como al pie de

la última bandera que flamea en el combate, luchó con un coraje sin

igual.

El 2 de Diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo

arrojó al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la

visión horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal.

VIII

Tomó el camino del destierro y llegó a Montevideo, desconocido y sin

ningún recurso mecánico de profesión; lo sabía todo, pero le faltaba un

diploma de abogado o de médico para poder subsistir.--Abrió una clase

libre de Física experimental, dándole el atractivo del fenómeno

producido en el acto; aquello llamó un momento la atención.--Pero se

necesitaba un gabinete de física completo y los instrumentos son

caros.--Jacques los reemplazaba con una exposición luminosa y por

trazados gráficos; fué inútil. La gente que allí iba quería ver la bala

caer al mismo tiempo que la pluma en el aparato de Hood, sentir en sus

manos la corriente de una pila, hacer sonar los instrumentos acústicos y

deleitarse en los cambiantes del espectro, sin importarle un ápice la

causa de los fenómenos. Dejaban la razón en casa y sólo llevaban ojos y

oídos a la conferencia.

Un momento, Jacques fué retratista, uniéndose a Masoni, un pariente

político mío, de cuyos labios tengo estos detalles. Florecía entonces la

daguerreotipía, que, con razón, pasaba por una maravilla. Fué en esa

época que llegó, en un diario europeo, una noticia muy sucinta sobre la

fotografía, que Niepce acababa de inventar, siguiendo las indicaciones

de Talbot. Jacques se puso a la obra inmediatamente y al cabo de un mes

de tanteos, pruebas y ensayos, Masoni, que dirigía el aparato como más

práctico, lleno de júbilo mostró a Jacques, que servía de objetivo, sus

propios cuellos blancos, única imagen que la luz caprichosa había dejado

en el papel. Pero ni la fotografía, que más tarde perfeccionaron, ni la

daguerreotipía, que le cedía el paso, como el telégrafo de señales a la

electricidad, daban medios de vivir.

Jacques se dirigió a la República Argentina, se hundió en el interior,

casóse en Santiago del Estero, emprendió veinte oficios diferentes,

llegando hasta fabricar pan, y por fin tuvo el Colegio Nacional de

Tucumán el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discípulos

los doctores Gallo, Uriburu, Nougués y tantos otros hombres distinguidos

hoy, que han conservado por él una veneración profunda, como todos los

que hemos gozado de la luz de su espíritu.

IX

Llamado a Buenos Aires por el Gobierno del General Mitre, tomó la

dirección de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que

dictaba una cátedra de física en la Universidad.--Su influencia se hizo

sentir inmediatamente entre nosotros. Formuló un programa completo de

bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto,

su demasiada extensión. Pero M. Jacques, habituado a los estudios

fuertes, sostenía que la inteligencia de los jóvenes argentinos es más

viva que entre los franceses de la misma edad y que por consiguiente

podíamos aprender con menor esfuerzo.--Era exigente, porque él mismo no

se economizaba; rara vez faltó a sus clases y muchas, como diré más

adelante, tomó sobre sus hombros robustos la tarea de los demás.

Mis recuerdos vivos y claros en todo lo que al maestro querido se

refiere, me lo representan con su estatura elevada, su gran corpulencia,

su andar lento y un tanto descuidado, su eterno traje negro y aquellos

amplios y enormes cuellos abiertos, rodeando un vigoroso pescuezo de

gladiador.--La cabeza era soberbia; grande, blanca, luminosa, de rasgos

acentuados. La calvicie le tomaba casi todo el cráneo, que se unía, en

una curva severa y perfecta, con la frente ancha y espaciosa, surcada de

arrugas profundas y descansando, como sobre dos arcadas poderosas, en

las cejas tupidas que sombreaban los ojos hundidos y claros, de mirar

un tanto duro y de una intensidad insostenible; la nariz casi recta,

pero ligeramente abultada en la extremidad, era de aquel corte enérgico

que denota inconmovible fuerza de voluntad.--En la boca, de labios

correctos, había algo de sensualismo;--no usaba más que una ligera

patilla que se unía bajo la barba, acentuada y fuerte, como las que se

ven en algunas viejas medallas romanas.

M. Jacques era áspero, duro de carácter, de una irascibilidad nerviosa,

que se traducía en acción con la rapidez del rayo, que no daba tiempo a

la razón para ejercer su influencia moderadora. "No puedo con mi

temperamento", decía él mismo, y más de una amargura de su vida provino

de sus arrebatos irreflexivos. No conseguía detener su mano y entre

todos los profesores fué el único al que admitíamos usara hacia nosotros

gestos demasiado expresivos. Un profesor se había permitido un día dar

un bofetón a uno de nosotros, a Julio Landívar, si mal no recuerdo, y

éste lo tendió a lo largo de un puñetazo de la familia de aquel con que

Maubreil obsequió a M. de Talleyrand; otra vez desmayamos de un

tinterazo en la frente a otro magister que creyó agradable aplicarnos el

antiguo precepto escolar; pero jamás nadie tuvo la idea sacrílega de

rebelarse contra Jacques. Bajo el golpe inmediato, solíamos protestar,

arriesgando algunas ideas sobre nuestro carácter de hombres libres, etc.

Pero una vez pasado el chubasco, nos decíamos unos a otros, los

maltratados, para levantarnos un poco el ánimo: "¡Si no fuera

Jacques!"... ¡Pero era Jacques!

X

Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra D. José M. Torres,

Vice-Rector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo

mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo.--Al

salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la

tiranía de Torres (las escapadas habían concluído!) y otros motivos de

queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el

tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo

cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos

de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con

pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos,

haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de

trompadas. El celador que, como Jérges, había presenciado el combate de

lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando él a su vez

a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un

motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución.

El señor Torres, no por falta de energía por cierto, sino por espíritu

de jerarquía, fué inmediatamente a buscar a M. Jacques, Rector entonces

del Colegio y que vivía en una casa amarilla en la esquina de Venezuela

y Balcarce. Pero nosotros creíamos que había ido a traer la policía y

empezamos los preparativos de defensa.--Recuerdo haber pronunciado un

discurso sobre la ignominia de ser gobernados, nosotros republicanos,

por un español monárquico, con citas de la Independencia, San Martín,

Belgrano, y creo que hasta la invasión inglesa.--Otros oradores me

sucedieron en la tribuna, que era la plataforma de un trapecio, y la

resistencia se resolvió. En esto oímos una detonación en el claustro,

seguida de varias otras, matizadas de imprecaciones. Algunos conjurados

habían esparcido en los corredores esas pequeñas bombas Orsini que

estallan al ser pisadas. Era M. Jacques que entraba, irritado como

Neptuno contra las olas. Desgraciadamente, no creyó que convenía primero

calmar el mar, sino que puso el _quos ego_.... en acción. Al aparecer en

la puerta del gimnasio, un estremecimiento corrió en las filas de los

que acabábamos de jurar ser libres o morir.--No de otra manera dejaron

los persas penetrar el espanto en sus corazones, cuando vieron a Pallas

Athenea flotar sobre el ejército griego, armada de la espada dórica, en

el llano de Marathon.--Vino rápido hacia mí y....! Luego me tomó del

brazo y me condujo consigo. No intenté resistir y echando a mis

compañeros una mirada que significaba claramente: "¡Ya lo veis! ¡Los

dioses nos son contrarios!" seguí con la cabeza baja a mi vencedor.

Llegados a la sala del Vice-Rector, recibí nuevas pruebas de la pujanza

de su brazo y un cuarto de hora después me encontraba ignominiosamente

expulsado, con todos mis penates, es decir, con un pequeño baúl, del

lado exterior de la puerta del Colegio.--Eran las ocho y media de la

noche: medité. Mi familia y todos mis parientes en el campo, sin un peso

en el bolsillo,--¿qué hacer? Me parecía aquella una aventura enorme y

encontraba que David Copperfield era un pigmeo a mi lado; me creía

perdido para siempre en el concepto social. Vagué una hora, sin el

baúl, se entiende, que había dejado en depósito en la sacristía de San

Ignacio y por fin fuí a caer sobre un banco de la plaza Victoria. Un

hombre pasó, me conoció, me interrogó y tomándome cariñosamente de la

mano, me llevó a su casa, donde dormí en el cuarto de sus hijos, que

eran mis amigos.--Era D. Marcos Paz, Presidente entonces de la República

y uno de los hombres más puros y bondadosos que han nacido en suelo

argentino.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 2 / 20 段