JUVENILIA
PROSA LIGERA
MIGUEL CANÉ
Nació en Montevideo, en 1851, durante la emigración. Estudió en el
Colegio Nacional de Buenos Aires y se graduó en Derecho en la
Universidad el año 1872. Perteneció al grupo de espíritus selectos que
formó la "generación del ochenta", en momentos en que la cultura
argentina se renovaba substancialmente en el orden científico y
literario.
Su actividad fué solicitada alternativamente por la política, la
diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor
de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser más
representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de
Filosofía y Letras, a cuya existencia quedó para siempre vinculado su
nombre.
Inició su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875
fué diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y
telégrafos; después de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia,
Austria, Alemania, España y Francia. En 1892 fué Intendente de Buenos
Aires y poco después Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores.
Publicó los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en
nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En
viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traducción de "Enrique IV"
(1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado
numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen
tan interesante como los anteriores.
Con excelente gusto crítico y ductilidad de estilo, cualidades que educó
en todo tiempo, logró ser el más leído de nuestros "croniqueurs",
igualando los buenos modelos de este género esencialmente francés. Más
se preocupó de la gracia sonriente que de la disciplina adusta,
prefiriendo la línea esbelta a la pesada robustez, como que fué en sus
aficiones un griego de París.
Falleció en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905.
"LA CULTURA ARGENTINA"
MIGUEL CANÉ
JUVENILIA
PROSA LIGERA
Textos completos, con un prólogo de
HORACIO RAMOS MEJÍA
BUENOS AIRES
«La Cultura Argentina»--Avenida de Mayo 646
1916
=ADVERTENCIA DE LA PRESENTE REEDICION=
Por indicación del Dr. Miguel Cané (hijo) se ha preferido para la
reimpresión de "Juvenilia" el texto de la edición de 1901, que ha sido
objeto de retoques y adiciones del autor; para la de "Prosa Ligera" se
sigue el texto de 1903.--L.C.A.
PRÓLOGO
I
Nos separan algunos lustros de la época en que Miguel Cané actuaba; poco
tiempo, sin duda, en la evolución moral de un país, aunque el nuestro,
por causas complejas, realiza la propia a saltos. En fantástica carrera
los hechos se suceden, cambiando nuestra fisonomía colectiva a cada
instante. Aquel lapso de tiempo equivale en la vida europea al correr de
muchos años, quizá varias décadas. Entre nosotros la duración de una
existencia humana representa una época. Así, al hablar de Cané, casi
tenemos que referirnos a un momento completamente diverso del actual.
Ocurrió su nacimiento en 1851, en vísperas de la organización nacional.
Contemporáneo de Sarmiento, Vicente F. López y Alberdi, perteneció a la
generación de Pellegrini, Lucio V. López, del Valle y Avellaneda. Todos
se han ido y con ellos sus modalidades, sus virtudes, sus vicios y sus
costumbres. Hubo entonces más personalidades descollantes, ya porque el
término medio fuera más bajo o porque existe actualmente un nivel
superior de cultura general efectuado a expensas de la individualidad
sobresaliente. De todas maneras, pudo en aquel tiempo existir, y
existió, una _élite_ en cierto modo reducida, directora absoluta en
todos los órdenes de la actividad: política, artística y social,
inconcebible en estos tiempos de actividades antagónicas y en que la
mayor población, o mejor, la necesidad de dividir el trabajo social, ha
originado esferas de acción diversas, sin más punto de contacto que el
del choque.
Aquel grupo director, a que perteneció Cané por méritos propios,
constituyó en política el gobierno y la oposición simultáneamente, por
no decir que fué siempre y únicamente lo primero, no existiendo la
segunda; pues si bien actuó en estos dos aspectos de la vida pública, lo
hizo sin que existieran más divergencias entre sus componentes que las
nacidas de la simpatía personal o de los rumbos circunstanciales tomados
por cualquiera de ellos. Chocaron hombres, no ideas. Los negocios
públicos se manejaron así, en acuerdo íntimo, aunque en el detalle, o en
la forma, se pudiera diferir. De tal modo, más que una causa de
discordia, la política fué para ellos un nuevo lazo de unión, que hizo
más fuerte y eficaz su influencia, hasta por el hecho mismo de dar la
cómoda apariencia de un rodaje político completo, sin sus notorios
inconvenientes. En arte fué el grupo avanzado que gustaba de la música,
del teatro y de las letras modernas, mientras la generalidad se
emocionaba todavía con la lírica ingenua y las trovas románticas; y
llegado el caso, en noble complot, provocaba por medio de vigorosos
artículos o en propagandas de club y casas de familia, una corriente
simpática para salvar del desamparo a Rossi, el estupendo intérprete de
Shakespeare, que se debatía en el Politeama entre la olímpica frialdad
de las butacas vacías.
En el aspecto social de la vida, tuvieron el doble prestigio de su
nacimiento y de su talento. La estrecha comunidad de afectos y de
ideales, favoreciendo la tertulia amable de la fiesta de familia y del
club, ocasión para el trato continuo y obligadamente chispeante, hizo de
ellos esos "causeurs" inimitables, persuasivos sin aparentarlo y
entretenidos hasta sin quererlo; supieron usar de ese don con eficacia,
y de ellos salió el conjunto de oradores que ha tenido la República.
Esa fué la influencia de la "élite" en los tres órdenes de la actividad
de ese tiempo. En retribución, el medio los hizo así: Hombres de mundo,
decidores, caballerescos y delicados hasta en el insulto al adversario;
escritores de afición, entretenidos y sueltos, casi ninguno dedicado
totalmente a la literatura, como a nada; políticos de alma--cargando el
prejuicio de que sólo el puesto público exalta la personalidad y aleja
la perspectiva del fracaso--francos, cariñosos y nobles; conjunto de
cualidades y defectos que puede resumirse en una sola palabra: el
_porteño_, prototipo de nuestra psicología social. A su acervo habría
que agregar, redondeando el retrato, ese convencimiento íntimo, tan
suyo, de superioridad respecto del provinciano, cuya silueta, de
contornos inesperados por la traición alevosa del sastre del terruño, en
impensada conjura con una capilosidad que tenía reminiscencias de
bosque,--al que no le faltaban ni los trinos zorzaleños,--ocultaba
todo ese caudal de voluntad, honda instrucción y solidez de
pensamiento,--intransparentable por la reserva de su temperamento,--para
ofrecerse sin defensa exterior de ninguna clase al comentario risueño e
incisivo. Me viene el recuerdo de una de sus páginas tan felices de
Juvenilia, en la que su autor nos refiere uno de los muchos incidentes a
que daba lugar este antagonismo de los dos caracteres:
"Habíamos pillado un trozo de diálogo entre dos de ellos (dos
provincianos)--cuenta Cané--uno que decía, con una palangana en la
mano: ¡Agora no más la vo a derramar! y el otro que contestaba en voz de
tiple: ¡No la derramís! Lo convertimos en estribillo que les ponía fuera
de sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
Quijote". La viveza y el indiscutible brillo del porteño, hízole
aprovechar de esa ventaja de su temperamento--que era la única--y le
asignó injustamente un valor que no tenía...
Si se quisiera una muestra de lo que decíamos al comenzar, ninguna sería
mejor, posiblemente, que ésta: los pocos años transcurridos han bastado
para borrar aquellas creencias, aunque una falsa exterioridad pretenda
ocultarlo, en algunos casos.
El porteño tenía el complemento de su personalidad en la calle Florida.
Los coches en interminable hilera desfilaban, a la caída de la tarde, de
regreso de Palermo, con todo lo elegante que en nuestra sociedad
contaba, entre la doble fila de muchachos. El saludo amplio y largo, en
el que el sombrero parecía añorar el penacho caballeresco, señalaba el
encuentro de la gente conocida, que era toda.
Luego los famosos bailes del Club del Progreso...
¿No parece que estuviéramos hablando de otro país? Tan diferente fué esa
época de la actual, que de ella sólo queda el recuerdo, formado, para
nosotros, de las conversaciones de aquellos que fueron actores, cuando
en días de invierno propicios al calor del fuego, o en noches de
serenidad estival, bajo el amplio techo de estrellas y de una melancolía
que era un repique lejano, gustaban relatar a media voz sus tiempos de
juventud, con esa elocuencia tan evocadora, aun para los que nada
habíamos visto y que sólo hemos sentido en ellos...
Miguel Cané fué todo eso. Tuvo, asimismo, otras condiciones de que
carecieran la mayoría de sus contemporáneos, o que en ellos estuvieron
mitigadas por sus temperamentos.
Señaló en el diapasón general una tendencia que resulta grata para las
almas afines: el afán de la cultura intelectual superior, artística. La
fundación de la Facultad de Filosofía y Letras fué una de sus
aspiraciones, y fué creada, en mucha parte, por los trabajos que él
hiciera en su favor. Aunque ella, más que una solución,--la Facultad de
Derecho o de Medicina, pueden haber abogados y médicos; la de Filosofía
y Letras no hace un filósofo ni un literato,--es índice que señala un
derrotero, y a Cané debemos nuestro agradecimiento por eso. Hay otro
hecho que lo señala también a una consideración especial en este mismo
sentido. En un momento de la vida intelectual argentina, en que su
prestigio de hombre de letras le permitió ejercer un cierto tutelaje
paternal sobre los nuevos, supo ser un protector decidido e inteligente.
Y saber alentar es como ser bueno: no se aprende, se nace.
II
De toda su generación y aun de las anteriores, Cané ha sido, como
escritor, el tipo representativo, como lo fuera Echeverría bajo otro
concepto, y lo es Lugones de nuestro momento actual.
Su tipo representativo, desde este punto de vista: de lo que pudieron
dar la mayoría de nuestros hombres con vocación literaria. De lo que
dieron es Echeverría, posiblemente el más talentoso de todos, imitador,
en poesía y cuyas ideas, sino mal asimiladas, representaban con algún
atraso el movimiento ideológico del mundo. Este ejemplo expresa
claramente el juicio que nos merece la obra intelectual argentina
pre-actual.
En otro tiempo, cuando el entusiasmo ciego y _a priori_ por nuestros
escritores nos hizo leerlos con asiduidad y cariño, nos aburrimos.
Sucedió tal cosa, sin embargo, porque un falso criterio presidió nuestra
lectura.
La labor constructiva del país encomendada a aquellos hombres, obligólos
a una acción múltiple, que tuvo la eficacia del conjunto, pero que
llevaba forzosamente implícita una ineficiencia cierta en cada una de
las actividades parciales. Cané afirmaba que el mal de nuestra
estructura era la vaguedad del ideal. Más preciso hubiera sido decir: la
pluralidad de ideales. "En el principio era la Acción". Acción resultó
para ellos la literatura, el arte, como la política y la guerra. Como
tal debemos considerar todos los frutos de su pensamiento. Tener
otro criterio para juzgarlos, sería equivocar la verdadera
intención--subconsciente--que animó a nuestros hombres. No contradice
todo esto lo que dijéramos al principio, de que Cané fué el tipo
representativo de su generación y de las anteriores, en el sentido de
que señaló una pauta respecto a lo que pudieron dar los que, como él,
tuvieron vocación por las letras. Con un criterio que no es el caso de
analizar minuciosamente, en bien o en mal, la mayoría de nuestros
escritores pre-actuales, buscaron hacer "obras definitivas". Las
circunstancias que hemos indicado hicieron que ellas resultasen
trasuntos de teorías y pensamientos ajenos, no siempre bien asimilados y
concretados en un amontonamiento de páginas ilegibles y tremendamente
aburridas.
Los libros de Cané, en cambio,--salvo Juvenilia, que es un
recuerdo,--están formados casi en su totalidad de artículos sueltos, que
aparecieran en diarios y revistas sin ningún plan de compilación
ulterior. Verdaderamente amenas, superficiales, escritas con fluidez y
señalando siempre una tendencia superior de cultura y un ideal de arte,
ellas son como el espejo normal donde se refleja lo que hubieran podido
ser aquéllas, a haber tenido sus plumas, como la de Cané, la célebre
divisa de las espadas florentinas: "_Non ti fidar di me, se il cor ti
manca_".
* * * * *
Hemos dudado mucho antes de fijar la creencia de que Cané no hubiera
podido ser más de lo que fué: un amateur de talento y gusto refinado.
¡Quién sabe si en su primera juventud no hubo pasta para un gran
escritor! Hicimos esta observación después de leer un artículo de
"Ensayos", su primer libro, que no conocíamos, a pesar de haber gustado
ya algunos de los posteriores: En viaje, Juvenilia, Prosa Ligera, de los
cuales había nacido aquel concepto.
¡Quién sabe! Se siente en ese artículo, en ese cuento, como que su mano,
transmutada en garra, se aleja de esa superficie de las cosas que él
tanto amara, e hiciera valer también con su prosa leve y fluida--para
cuya calificación exacta tendríamos que valernos de la expresión con que
Sainte Beuve define el estilo de Madame de Sevigné: "deja trotar su
pluma con la brida al cuello"--para penetrar en lo hondo y sacudir con
vibración de clarinada las fibras de la esperanza, de la angustia y del
dolor, como las tristes cañas, habladoras y gemebundas, cuando por entre
ellas sopla el huracán. Hay una sugerencia muy grande en "El Canto de la
Sirena". Surge de él un espíritu que no es el que luego fuera habitual
en Cané.
Pero, ¿no fué más hombre después? ¿No debió sufrir más? Y el dolor es la
sombra y la fuente del genio... ¿Fracasado? Alguna vez hemos pensado,
si no seremos todos, una vez entrados en la madurez, una esperanza más o
menos frustrada de la juventud.
¿Cuántas veces ha hablado, después, Cané, de esos mismos sentimientos?
Muchas veces y ninguna.
Entre esos renunciamientos continuos que dice Renan constituyen la vida,
quizá exista ese, inconsciente, que tomaría la forma de una desgastación
imperceptible de nuestra alma.
Y lo terrible es que es muy leve, con levedad que aleja la desconfianza
y con ella la defensa de sí misma[1]. Entonces he comprendido aquel
párrafo de la carta de Beethoven a Bettina Brentano: "Los artistas son
de fuego, ellos no lloran". No deben llorar ni vivir la vida de los
otros... Defenderse, defenderse siempre y de todo...
[1] Es por eso que siento un horror piadoso por los chicos precoces
a quienes tengo simpatía o cariño. Se me figura--y aquí hago mío un
pensamiento de José María Ramos Mejía--que los retardados poseen
como una capa preservadora que mantiene en una especie de fanal,
sus almas delicadas.
* * * * *
La obra literaria de Miguel Cané comprende siete volúmenes: "Ensayos",
"En viaje", "Charlas literarias", "Juvenilia", la hermosísima traducción
del "Enrique IV" de Shakespeare, "Notas e Impresiones" y por último
"Prosa Ligera"[2].
[2] A esto hay que agregar algunos artículos sueltos aparecidos en
diversas revistas. Véase "La Biblioteca" y la "Revista de Buenos
Aires", entre otras. "A la distancia", que algunos diccionarios y
publicaciones consideran como otro volumen, es un folleto en el que
se han reunido dos artículos que se encuentran en "Charlas
literarias": Carlos Encina--recuerdos íntimos--y "Tedium Vitae".
"Ensayos" es la obra de la juventud. Fué publicada en 1877, cuando su
autor tenía 26 años. Hay artículos, sin embargo, que llevan la fecha de
1872. Nada mejor que el prólogo para dar una idea del contenido del
volumen: "Decía al principio que no me hacía ilusiones sobre el mérito
de estos ligeros trabajos, destinados casi todos a la vida efímera de un
diario. Desde luego, no hay plan ninguno, ni ilación entre ellos. Una
lectura, una impresión, un recuerdo o una esperanza, he ahí de dónde han
salido, incompletos, desaliñados, sin soñar jamás el honor de ser
encuadernados". Tiene el interés, sin embargo, de mostrar a Cané en el
comienzo de su vida literaria. Estos primeros libros de los hombres de
letras tienen un sabor especial para el que quiere conocer sus almas.
Está allí más abierta que en ninguna parte; tienen siempre la ingenuidad
juvenil de cuando se cree en todo y la vida es verdaderamente "un arduo
deseo". El primer libro es quizá la única ocasión de conocer de cerca y
en lo posible un alma y un corazón. Ya hemos hablado de un artículo: "El
Canto de la Sirena". No hay para qué volver sobre él.
"En Viaje" es el relato de su visita a Colombia y Venezuela, con ocasión
de su investidura diplomática. Observador perspicaz y amable, no es
extraño que este libro sea una de sus mejores producciones. Tuvo, al
tiempo de su aparición, el mérito de hacer conocer países totalmente
ignorados por nuestros hombres.
"Charlas Literarias" es una colección de artículos de crítica sobre
autores argentinos y extranjeros, donde se destacan sus dos
predilecciones literarias: Shakespeare y Dickens. Aparece también allí
un estudio sobre Falstaff, que puede considerarse como la base del que
más tarde hiciera, precediendo su traducción del "Enrique IV". Tanto el
uno como el otro son de los más bellos y acertados que escribiera Cané.
"Notas e Impresiones" y "Prosa Ligera", su última publicación,
pertenecen a la misma categoría de "Charlas Literarias", aunque con una
tendencia argentinista más acentuada. A "Notas e Impresiones" lo
componen correspondencias que Cané envió desde París al diario "La
Prensa" y que fueron firmadas con el seudónimo de Travel. En "Prosa
Ligera" aparecen dos o tres estudios que tuvieron en un principio
aspiraciones a obras orgánicas. Tal los titulados: "El arte español",
base de un libro sobre Velázquez, y "En el fondo del río", "De cepa
criolla" y "A las cuchillas", trío destinado a formar parte de "un
estudio de nuestra sociabilidad en aquel momento" y que comenzó a
escribir en 1884.
Por último "Juvenilia", su más grande acierto.
Forman el pequeño libro sus recuerdos de estudiante, época feliz que, de
todo el caudal acumulado de ciencia, de arte y de experiencia que la
vida da para aplacar sus asperezas, constituye lo único suave y
consolador, como mano de madre sobre una frente agitada.
¿Eran diferentes a nosotros los contemporáneos de Cané? Quizá no, con la
salvedad de que eran más muchachos. No recuerdo haber robado nunca unos
melones a ningún vasco. Y lo siento, sinceramente.
Cané calificó a esas páginas como de las más felices que había escrito,
y tampoco se equivocó esta vez.
Hay hombres que tienen un subjetivismo especial, precursor de una cierta
inmortalidad, que aumenta lógicamente en proporción a su talento. De
esos temperamentos han salido las confesiones o memorias íntimas, que
siempre han sido interesantes y que han asegurado la fama de su autor,
porque la vida del hombre, en esa parte que escapa a los demás porque es
un monólogo, según Amiel, tiene la atracción de lo desconocido, al mismo
tiempo que de lo inmutable, a través de los tiempos.
"Juvenilia" posee algo de esas cualidades. Sin ser una memoria ni una
confesión,--es un recuerdo, como dijimos,--tiene algo de ambas cosas.
Es contraproducente hablar de los recuerdos. Ellos, como el cariño, como
el amor, no se analizan, sino que se sienten. El que esto escribe, ha
gustado con delicia las páginas suavemente melancólicas de "Juvenilia",
escritas en una sencillez de estilo que no es una de sus menores
cualidades. Muchos debemos a ese alto espíritu una hora íntima,
proporcionada por ese libro delicioso. De pocos escritores, y más si
ellos son argentinos, podríase decir tal cosa. Y este es el mejor elogio
a su vida y a su obra. A "Juvenilia" estará siempre unido el nombre de
Cané, como el perfume de una flor evoca la imagen de la planta, que por
darle vida es estimada.
HORACIO RAMOS MEJÍA.
1916.
JUVENILIA
_Si modificara una sola línea de estas páginas, las más afortunadas de
las que he escrito, creería destruir el encanto que envuelve el mejor
momento de la existencia, introduciendo, en la armonía de sus acordes
juveniles, la nota grave de las impresiones que acompañan el descenso de
la colina._
_Las reproduzco hoy, porque no se encuentran ya y muchos de los que
entraban a la vida cuando se publicaron, desean conocerlas._
_De nuevo, pues, abren sus alas esos recuerdos infantiles; que vuelen
hoy en atmósfera tan simpática y afectuosa como aquella que cruzaron por
primera vez, evocando a su paso imágenes sonrientes y serenas, son los
votos de quien los escribió con placer y acaba de releerlos con cierta
suave tristeza._
_M. C._
Enero 1901.
"Toutes ces premières impressions...
ne peuvent nous toucher que médiocrement;
il y a du vrai, de la sincerité;
mais ces peintures de l'enfance, recommencées
sans cesse, n'ont de prix
que lorsqu'elles ouvrent la vie d'un
auteur original, d'un poète célèbre."
SAINTE-BEUVE.
Tal era el epígrafe que había puesto en la primera hoja del cuaderno en
que escribí las páginas que forman este pequeño volumen. Quería tener
presente el consejo del maestro del buen gusto, releerlo sin cesar, para
no ceder a esa tentación ignorada de los que no manejan una pluma y que
impulsa a la publicidad, como la savia de la tierra pugna por subir a
las alturas para que la vivifique el sol. Lo confieso y lo afirmo con
verdad; nunca pensé al trazar esos recuerdos de la vida de colegio, en
otra cosa que en matar largas horas de tristeza y soledad, de las muchas
que he pasado en el alejamiento de la patria, que es hoy la condición
normal de mi existencia. Horas melancólicas, sujetas a la presión
ingrata de la nostalgia, pero que se iluminaban con la luz interior del
recuerdo, a medida que evocaba la memoria de mi infancia y que los
cuadros serenos y sonrientes del pasado iban apareciendo bajo mi pluma,
haciendo huir las sombras como huyen las aves de las ruinas al venir la
luz de la mañana. Creo que me falta una fuerza esencial en el arte
literario, la impersonalidad, entendiendo por ella la facultad de
dominar las simpatías íntimas y afrontar la pintura de la vida con el
escalpelo en la mano que no hace vacilar el rápido latir del corazón.
Cuantas veces be intentado apartarme de mi inclinación, escribir, en una
palabra, sobre asuntos que no amo, no he conseguido quedar satisfecho.
Cada uno debe seguir la vía que su índole le impone, porque es la única
en que puede desenvolver la fuerza relativa de su espíritu. La
perseverancia, el arte y el trabajo pueden hacer un versificador
elegante y fluido; pero cada estrofa no será un pedazo de alma de poeta,
y el que así horada el ritmo rebelde para engastar una idea, tendrá que
descender de las alturas para elegir su símbolo, dejando al pelícano
cernirse en el espacio o desgarrarse las entrañas en el pico de una
roca. Entre una herida que chorrea sangre y una jaqueca, hay la
distancia... de Byron a Tennyson.
Nada he escrito con mayor placer que estos recuerdos. Mientras procuraba
alcanzar el estilo que me había propuesto, sonreía a veces al chocar con
las enormes dificultades que se presentan al que quiere escribir con
sencillez. Es que la sencillez es la vida y la verdad y nada hay más
difícil que penetrar en ese santuario. La palabra es rebelde, la frase
pierde la serenidad de su marcha y todos los recursos de nuestro idioma
admirable suelen quedar inertes para aquel que no sabe comunicarles la
acción.
No he conseguido por cierto ni aun acercarme a mi ideal, pero estoy
contento de mi esfuerzo, porque si no lo he encontrado, por lo menos he
buscado el buen camino.
J'aurai du moins l'honneur de l'avoir entrepris.
Ahora, ¿por qué publico estos recuerdos, destinados a pasar sólo bajo
los ojos de mis amigos? En primer lugar, porque aquellos que los han
leído me han impulsado a hacerlo, a llamarlos a la vida después de dos
años de sueño... Pero, con lealtad, en el fondo hay esta razón suprema
que los hombres de letras comprenderán: los publico porque los he
escrito.
Mucho he suprimido, poco he agregado. Ciertas páginas íntimas han
desaparecido porque, para ser comprendidas, era necesaria la luz intensa
del cariño que da cuerpo y vida a la forma vaga del recuerdo. Pero
mientras corregía, pensaba en todos mis compañeros de infancia,
separados al dejar los claustros, a quienes no he vuelto a ver y cuyos
nombres se han borrado de mi memoria. A veces me complazco en hacer
biografías de fantasía para algunos de mis condiscípulos, fundándome en
las probabilidades del carácter y sin saber si aun existen. ¡Cuántos
desaparecidos! ¡Cuánta matemática, cuánta química y filosofía inútil! No
hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de la
administración nacional, ví a un humilde escribiente cuyo cabello
empezaba a encanecer, gravemente ocupado en trazar rayas equidistantes
en un pliego de papel. Como tuve que esperar, pude observarle. Cada vez
que concluía una línea, dejaba la regla a un lado, sujetándola para que
no rodara, con un pan de goma; levantaba la pluma e inclinando la cabeza
como el pintor que después de un golpe de pincel se aleja para ver el
efecto, sonreía con satisfacción. Luego, como fascinado por el
paralelismo de sus rayas, tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la
manga de una levita raída, cuyo tejido osteológico recibía con agrado
ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel y con una presión de
mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela con idéntico
éxito.--Ese hombre, allá en los años de colegio, me había un día
asombrado por la precisión y claridad con que expuso, tiza en mano, el
binomio de Newton. Había repetido tantas veces su explicación a los
compañeros más débiles en matemáticas, que al fin perdió su nombre para
no responder sino al apodo de "Binomio". Le contemplé un momento, hasta
que levantando a su vez la cabeza, naturalmente después de una paralela
_réussie_, me reconoció. Se puso de pie, en una actitud indecisa; no
sabía la acogida que recibiría de mi parte. ¡Yo había sido nombrado
ministro! no sé dónde, ¡y él!... Me enterneció y lancé un: ¡Binomio!!
abriendo los brazos, que habría contentado a Orestes en labios de
Pílades. Me abrazó de buena gana y nos pusimos a charlar.
--¿Y qué tal, Binomio, cómo va la vida?
--Bien; estuve cinco años empleado en la aduana del Rosario, tres en la
policía, y como mi suegro, con quien vivo, se vino a Buenos Aires,
busqué aquí un empleo y en él me encuentro desde que llegamos.
--¿Y las matemáticas? ¿Cómo no te hiciste ingeniero o algo así? Tú
tenías disposiciones...
--Sí, pero no sabía historia.
--Pero no veo, Binomio, la necesidad de saber si Carlos X de Francia era
o no hijo de Carlos IX para hacer un plano.
--Desengáñate, el que no sabe historia no hace camino. Tú eras también
bastante fuerte en matemáticas; dime, ¿cuántas veces, desde que saliste
del colegio, has resuelto una ecuación o has pronunciado solamente la
palabra _coseno_?
--Creo que muy pocas, Binomio.
--Y en cambio (¡oh! ¡yo te he seguido!) en artículos de diario, en
discursos, en polémicas, en libros, creo, has hecho flamear la historia.
Si hasta una cátedra has tenido con sueldo, ¿no es así?
--Sí, Binomio.
--¡Con qué placer te oigo! ¡Ya nadie me dice Binomio! Y ¿sabes quién
tuvo la culpa de que yo no supiera historia? Cosson, tu amigo Cosson,
que tenía la ocurrencia de enseñarnos la historia en francés.
--No seas injusto, Binomio; era para hacernos practicar.
--Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y yo no sabía una
palabra de francés. Así, la primera vez que me preguntó en clase, se
trataba de un rey cuyo nombre sirvió más tarde de apodo a un correntino
que para decirlo estiraba los labios una vara. Era muy difícil.
--Ya me acuerdo: _Tulius Hostilius_.
--Eso es: quise pronunciarlo, la clase se rió, creo que con razón,
porque, a pesar de habértelo oído, no me atrevería a repetirlo; yo me
enojé, no contesté nunca y por consiguiente no estudié historia.
¡Animal! Así, mi hijo, que tiene seis años, empieza a deletrear un
Duruy. No hay como la historia, y sino mira a todos los compañeros que
han hecho carrera.
--Y ¿qué puedo hacer por tí, Binomio?
Se puso colorado y al fin de mil circunloquios me pidió que tratara de
hacer pasar en la Cámara un aumento que iba propuesto; ganaba cuarenta y
tres pesos y aspiraba a cincuenta[3]. ¡Pobre Binomio!
[3] Estas líneas fueron escritas en 1882: se trata pues, de pesos
fuertes.
¡Cuántos como él, perdidos en el vasto espacio de nuestro país!
Una tarde había ido a comer a un cuartel donde estaba alojado un
batallón cuyo jefe era mi amigo. A los postres me habló de un curioso
recluta que la ola de la vida había arrojado, como un resto de
naufragio, a las filas de su cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo y el
comandante tuvo más de una vez la idea de utilizarle en la mayoría; pero
¡era tan vicioso! En ese momento pasaba por el patio y el jefe le hizo
llamar; al entrar, su marcha era insegura. Había bebido. Apenas la luz
dió en su rostro, sentí mi sangre afluir al corazón y oculté la cara
para evitarle la vergüenza de reconocerme. Era uno de mis condiscípulos
más queridos, con el que me había ligado en el colegio. Una inteligencia
clara y rápida, una facilidad de palabra que nos asombraba, un nombre
glorioso en nuestra historia, buena figura, todo lo tenía para haber
surgido en el mundo. Había salido del colegio antes de terminar el curso
y durante diez años no supe nada de él.--¡Cómo habría sido de áspera y
sacudida esa existencia, para haber caído tan bajo a los treinta años!
Poco después dejó de ser soldado. Le encontré, traté de levantarle, le
conseguí un puesto cualquiera que pronto abandonó para perderse de nuevo
en la sombra; todo era inútil: el vicio había llegado a la médula.
¿Recordaré otra inteligencia brillante, apta para la percepción de todas
las delicadezas del arte, fina como el espíritu de un griego, auxiliada
por una palabra de indecible encanto y un estilo elegante y armonioso?
¿Recordaré ese hombre que sólo encontró flores en los primeros pasos de
su vida, que marchaba en el sueño estrellado del poeta, al amparo de una
reputación indestructible ya? Era bueno y era leal; amaba la armonía en
todo y la mujer pura le atraía como un ideal; pero la delicadeza de su
alma exquisita se irritaba hasta la blasfemia, porque la naturaleza le
había negado la forma, el cuerpo, el vaso cincelado que debió contener
el precioso licor que chispeaba en sus venas. De ahí las primeras
amarguras, la melancolía precursora del escepticismo. Sin ambiciones
violentas que hubieran sepultado en el fondo de su ser los instintos
artísticos, refugiado en ellos sin reserva, pronto cayó en el abandono
más absoluto. De tiempo en tiempo hacía un esfuerzo para ingresar de
nuevo en la vida normal y unirse a nuestra marcha ascendente,
desenvolverse a nuestro lado. ¡Con qué júbilo le recibíamos! Era el hijo
pródigo cuyo regreso ponía en conmoción todo el hogar. Aquel cráneo
debía tener resortes de acero, porque su inteligencia, en sus rápidas
reapariciones después de largos meses de atrofia, resplandecía con igual
brillo. ¿De atrofia he dicho? No, y esa fué su pérdida.
La bohemia le absorbió, le hizo suyo, le penetró hasta el corazón.
Pasaba sus noches, como el "hijo del siglo", entre la densa atmósfera de
una taberna, buscando la alegría que las fuentes puras le habían negado,
en la excitación ficticia del vino, rodeado de un grupo simpático, ante
el que abría su alma, derramaba los tesoros, de su espíritu y se
embriagaba en sueños artísticos, en la paradoja colosal, la teoría
demoledora, el aliento revolucionario, que es la válvula intelectual de
todos los que han perdido el paso en las sendas normales de la tierra.
El bohemio de Murger, con más delicadeza, con más altura moral.--El pelo
largo y descuidado, el traje raído, mal calzado, la cara fatigada por el
perpetuo insomnio, los ojos con una desesperación infinita en el fondo
de la pupila, tal le ví por última vez y tal quedó grabado en mi
memoria. ¿Vive aún? ¿Caerán estas líneas bajo su mirada? No lo sé; en
todo caso, la entidad moral pasó, si la forma persiste. ¡Nunca se impone
a mi espíritu con más violencia el problema de la vida que cuando pienso
en ese hombre!...[4].
[4] Poco tiempo después de escritas estas líneas, Matías Behety
encontró el reposo eterno.
Hará doce o catorce años publiqué un cuento que últimamente releí con
placer, haciendo oídos sordos a las imperfecciones de estilo con que
está escrito. El principal personaje del "Canto de la Sirena" es una
simple reminiscencia de colegio; me sirvió de tipo para trazar la figura
de Broth, un condiscípulo que sólo pasó un año en los claustros,
extraordinariamente raro y al que no he vuelto a ver ni oído nombrar
jamás. De una imaginación dislocada, por decir así, nerviosa,
estremeciéndose en una gestación incesante de sueños y utopías, vivía
lejos de nuestro mundo normal, fácil, claro, infantil. En vez de ser un
portento de ciencia, como pinto a Broth, estudiaba poco los textos y,
por lo tanto, sabía poco. La experiencia me ha hecho poner en cuarentena
esos prodigios que jamás abren un libro y dejan atontados a los
circunstantes en el examen.
Hay dentro de los muros del colegio, como en la penumbra del _boudoir_,
coqueterías intelectuales exquisitas, jóvenes que se ocultan para
estudiar, que durante las horas de instrucción colectiva leen
asiduamente una novela, pero que se levantan al alba y trabajan con
furor en la soledad. Cuando Horacio Vernet recibía numerosos visitantes
en su taller, cogía febrilmente los pinceles, en una hora remataba una
tela, la firmaba y pasaba a otra cosa. Alguien ha dicho, refiriéndose a
esa coquetería del pintor, que escribía las cartas en la soledad y les
ponía el sobrescrito en público. Algo así pasa con los prodigios
escolares. Lo que distinguía a Broth, es decir, al condiscípulo que me
dió la idea primera del soñador, era su manera curiosísima de ver las
cosas más triviales. Fantaseaba como un maniático inventor combina.
Hablaba con facilidad, pero él mismo reconocía que cuanto escribía era,
no solamente incorrecto, como todos nuestros ensayos, sino incoloro. Me
sostenía que yo estaba destinado a tener estilo y me lo decía con un
aire tan complacido y solemne como si me augurara la fortuna o una
corona, a la manera de los cuentos árabes. Para entonces me proponía una
colaboración; él me daría el esqueleto y yo le pondría la carne. Pues
bien, cuando recuerdo, vagamente y sin detalles, su confusa concepción
de la vida de un médico en plena edad media, creyente en la magia de
todos los colores, asistente asiduo y convencido al sabbat, inventor de
un palo de escoba más ligero para llegar primero, fabricante de
_homúnculus_ (no había por cierto leído a Goethe aún) discípulo de
Alberto el Grande; cuando recuerdo esas creaciones enfermizas de su
imaginación, me persuado que había nacido para seguir con brillo la
tradición de Hoffmann o Poé. Más de una vez he procurado rehacer en mi
memoria los cuentos estrambóticos que me hacía; me queda algo confuso, y
si no he ensayado escribirlos, es en la seguridad de que les daría mi
nota personal, lo que no era mi objeto.
Otra existencia caída en la sombra impenetrable del olvido; en cuanto a
ese, tengo la certeza de que ha muerto. Viviendo, habría surgido o
habría hecho hablar de él. ¡Sabe el cielo, sin embargo, si las miserias
y las dificultades de la vida no lo han hundido en la anestesia moral
más obscura que la tumba!
No todos se han desvanecido y algunos brillan con honor en el cuadro
actual de la patria. Si estas páginas caen bajo sus ojos, que el vínculo
del colegio, debilitado por los años, se reanime un momento y encuentren
en estos recuerdos una fuente de placer al ver pasar las horas felices
de la infancia.
Nuestros hijos vienen atrás y sus cabecitas sonrientes asoman en el
dintel de la vida, con la mirada llena de inconsciente aplomo,
chispeando de inteligencia y de acción latente. A los diez años saben lo
que nosotros alcanzamos imperfectamente a los quince;--no olvidemos que
son los nietos de nuestros padres y que el cariño del abuelo es de los
más profundos que vibran sobre la tierra. Paguemos la deuda filial,
haciendo felices a los nietos, encaminándoles en la vida.
Todos, por un esfuerzo común, levantemos ese Colegio Nacional que nos
dió el pan intelectual, desterremos de sus claustros las cuestiones
religiosas, y si no tenemos un Jacques que poner a su frente, elevemos
al puesto de honor un hombre de espíritu abierto a la poderosa evolución
del siglo, con fe en la ciencia y en el progreso humano.
I
Debía entrar en el Colegio Nacional tres meses después de la muerte de
mi padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del duelo, el
llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y
yo mismo pedí ingresar tan pronto como se celebraran los funerales.
El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el antiguo Seminario, con
una nueva organización de estudios, en la que el doctor Eduardo Costa,
ministro entonces de Instrucción Pública, bajo la presidencia del
general Mitre, había tomado una parte inteligente y activa. Sin embargo,
el establecimiento que quedaba bajo la dirección del doctor Agüero, se
resentía aún de las trabas de la enseñanza escolástica y sólo fué más
tarde, cuando M. Jacques se puso a su frente, que alcanzó el
desenvolvimiento y el espíritu liberal que habían concebido el Congreso
y el Poder Ejecutivo.
Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de los primeros días
pasados entre los obscuros y helados claustros del antiguo convento. No
conocía a nadie y notaba en mis compañeros, aguerridos ya a la vida de
reclusión, el sordo antagonismo contra el _nuevo_, la observación
constante de que era objeto, y me parecía sentir fraguarse contra mi
triste individuo los mil complots que, entre nosotros, por el suave
genio de la raza, sólo se traducen en bromas más o menos pesadas, pero
que en los seculares colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a
brutalidades inauditas, a vejámenes, a servidumbres y martirios. Me
habría encontrado, no obstante, muy feliz con mi suerte, si hubiera
conocido entonces el "Tom Jones" de Fielding.--Silencioso y triste, me
ocultaba en los rincones para llorar a solas, recordando el hogar, el
cariño de mi madre, mi independencia, la buena comida y el dulce sueño
de la mañana.--Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun
después de haber hecho allí mi nido y haberme connaturalizado con la
monotonía de aquella vida, sólo dos puntos negros persistieron para mí:
el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno,
infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana
empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de frío casi
siempre, soñolientos, irascibles, para ir a formarnos en fila en un
claustro largo y glacial. Allí rezábamos un "Padre Nuestro", para pasar
en seguida al claustro de los lavatorios.--¡Cuántas conspiraciones,
cuántas tramas, qué gasto de ingenio y fuerza hicimos para luchar contra
la fatalidad, encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la
cuerda maldecida! Aquella cuerda tenía más nudos que la que en el
gimnasio empleábamos para trepar a pulso. La cortábamos a veces hasta la
raíz del pelo, como decíamos, junto al badajo, encaramándonos hasta la
campana, con ayuda de la parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un
golpe. Muy a menudo la expectativa nos hacía despertar en la mañana,
antes de la hora reglamentaria. De pronto oíamos una campana de mano,
áspera, estridente, manejada con violencia por el brazo irritado del
portero, eterno _préposé_ a las composturas de la cuerda. Se vengaba
entrando a todos los dormitorios y sacudiendo su infernal instrumento en
los oídos de sus enemigos personales, entre los cuales tenía el honor
de contarme.--Atrasar el reloj era inútil por dos razones tristemente
conocidas: la primera, la proximidad del Cabildo, que escapaba a nuestra
influencia; la segunda, el tachómetro de plata del portero que, bien
remontado, velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de
invierno, la desesperación nos volvía feroces y el ilustre cerbero
amanecía no sólo maniatado, sino un tanto rojiza la faz, a causa de la
dificultad para respirar a través de un aparato, rigurosamente aplicado
sobre su boca y cuya construcción, bajo el nombre de "pera de angustia",
nos había enseñado Alejandro Dumas en sus "Veinte años después", al
narrar la evasión del duque de Beaufort del castillo de Vincennes. Todo
era efímero, todo inútil, hasta que estuve a punto de inmortalizarme,
descubriendo un aparato sencillo, pero cuyo éxito, si bien pasajero,
respondió a mis esperanzas. En una escapada ví una carreta de bueyes que
entraba al mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa
ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro, dormía un niño. Fué
para mí un rayo de luz, la manzana de Newton, la lámpara de Galileo, la
marmita de Papin, la rana de Volta, la tabla de Rosette de Champollion,
la hoja enroscada de Calímaco. El problema estaba resuelto; esa misma
noche tomé el más fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas cobijas
tucumanas que sofocan sin abrigar, la amarré debajo de mi cama, de las
cuatro puntas y cubriendo el artificio con los anchos pliegues de mi
colcha, esperé la mañana. Así que sonó la campana, me sumergí en la
profundidad y allí, acurrucado, inmóvil e incómodo, desafié impunemente
la visita del celador, que, viendo mi lecho vacío, siguió adelante. Me
preguntaréis quizá qué beneficio positivo reportaba, puesto que, de
todas maneras, tenía que despertarme. Respondo, con lástima, que el que
tal pregunta hiciera ignoraría estos dos supremos placeres de todos los
tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la
contravención.
Mi invención cundió rápidamente y al quinto día, al primer toque, las
camas quedaron todas vacías. El celador entró: vió el cuadro, quedó
inmóvil, llevó un dedo a la sien y después de cinco minutos de grave
meditación, se dirigió a una cama, alzó la colcha y sonrió con
ferocidad.
¡Era la mía!
II
El segundo obstáculo insuperable fué la comida, invariable, igual,
constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos al refectorio, un
alumno trepaba a una especie de púlpito y así que atacábamos la sopa,
comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo o una biografía de
la Galería Histórica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el
silencio y, por tanto, el fastidio.
No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del _menú_; lo tengo
fijo, grabado en el estómago y el olfato. Dentro de un líquido incoloro,
vago, misterioso, algo como aquellos caldos precipitados que las brujas
de la Edad Media hacían a media noche al pie de una horca con su racimo,
para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos
y pálidos fideos. Un mes llevé estadística: había atrapado tres en
treinta días, y eso que estaba en excelentes relaciones con el grande
que servía, médico y diputado hoy, el Dr. Luis Eyzaguirre, uno de los
tipos más criollos y uno de los corazones más bondadosos que he conocido
en mi vida.--Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero
siquiera en su elemento, venía un sábalo, el clásico sábalo que muchas
veces, contra nuestro interés positivo, había muerto con dos días de
anticipación.
En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero; carnero, carnero
respetable, anciano, cortado en romboides y polígonos desconocidos en
el texto geométrico, huesosos, cubiertos de levísima capa triturable y
reposando, por su peso específico, en el fondo del consabido líquido,
que para el caso se revestía de un color parduzco. Cuando Eyzaguirre
hundía la cuchara en aquel mar, clavábamos los ojos en la superficie,
mientras hacíamos el tácito y rápido cálculo sobre a quién tocaría el
trozo saliente. De ahí amargas decepciones y júbilos manifiestos.--Hacía
el papel de pieza de resistencia un largo y escueto asado de costillas,
cubierto de una capa venosa impermeable al diente. Habíamos corrido todo
el día en el gimnasio, éramos sanos, los firmes dientes estaban
habituados a romper la cáscara del coco y triturar el confite de
Córdoba, el sábalo había tenido un éxito de respeto, debido a su edad;
sin embargo, jamás vencimos la córnea defensa paquidérmica del asado de
tira!
Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya un plato de arroz
con leche, ya una fuente de orejones.--La leche, en su estado normal, es
un elemento líquido; ¿por qué se llamaba aquello: "arroz con leche?" Era
sólido, compacto y las moléculas, estrechándose con violencia, le daban
una dureza de coraza. Si hubiéramos dado vuelta la fuente, la
composición, fiel al receptáculo, no se habría movido, dejando caer sólo
la versátil capa de canela.--En general, el color del orejón tira a un
dorado intenso, que se comunica al líquido que lo acompaña. Además, es
un manjar silencioso. Aquél no sólo afectaba un tinte negro y opaco,
sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al ser triturado.
Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestión!
III
He dicho ya que mis primeros días de colegio fueron de desolación para
mi alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas de mi
madre, a la que rogaba con el acento de la desesperación que me sacara
de allí y que sólo me contestaba con su llanto silencioso, sin dejarse
doblegar en su resolución, aumentaban aún mis amarguras.