Ganisch, el Gato y yo nos pusimos en camino hacia la Muedra. Íbamos
calados por la lluvia, marchando á través de un campo llano cubierto de
pinos.
Encontramos un zagal. Le preguntamos si había cerca un puente para
cruzar el Duero, que traza allí una curva, rodeando el valle de
Vinuesa, y nos mostró un vado.
Atravesamos el río vestidos. El camino, pasado el Duero, subía en
cuesta por unos descampados; yo le veía á Ganisch con la cara fosca que
ponía cuando estaba furioso y tramando algo.
Llovía cada vez más.
Llegamos á una antigua ferrería abandonada y allí nos refugiamos.
Salimos al campo á cortar estepares y matorrales. Pensábamos hacer
fuego.
Estaba buscando leña, cuando me dijo Ganisch en vascuence:
--Oye.
-¡Qué!
--A éste le voy á atar yo y le vamos á quitar el dinero.
--¡Pero, hombre!...
--No hay más remedio. Con que no te duermas.
--Bueno.
Realmente era lo mejor, porque si no el Gato nos iba á exponer á que
nos cogieran.
Volvimos á la ferrería abandonada é hicimos fuego. No teníamos que
comer. Nos echamos en el suelo con las piernas hacia la llama.
El Gato tardó mucho en tumbarse; quizás temía ó sospechaba algo.
Ganisch hacía que roncaba perfectamente. Por fin se tendió el Gato.
Ganisch se irguió, me miró, y lanzándose sobre él, le tapó la boca con
la gorra. Yo, inmediatamente, le sujeté los brazos, y con un pedazo de
venda que llevaba arrollada en las piernas, le até.
El Gato no resistió. Tenía un estoicismo extraño. Viendo que no le
queríamos matar, quiso parlamentar con nosotros, pero Ganisch no aceptó.
--No, no--dijo, y con razón--. Eres capaz de denunciarnos por unos
maravedises. Llevaremos tu dinero y te dejaremos aquí.
--No--agregué yo--. Tomaremos lo necesario, nada más. No somos
ladrones. Con dos onzas nos bastan.
--¡Dos onzas! ¡Dios mío!--gimió el Gato.
--Eres un asqueroso avaro--le dije yo--. Te he libertado de la cárcel,
y aun así me niegas unas pesetas.
Ganisch le desató el cinturón donde guardaba su tesoro, y yo cogí dos
onzas y otras monedas pequeñas.
--Bueno; ahora pónselo otra vez.
Ganisch le ató de nuevo el cinturón.
Hecho esto le dejamos al Gato bien sujeto y tendido sobre un montón de
paja.
Salimos de la ferrería y pasamos por la Muedra, un lugar desierto con
unos cuantos casuchos.
Seguimos andando de noche, hasta que se presentó la mañana, triste,
lluviosa.
Al mediodía encontramos un carro de bueyes. Dijimos al boyero que
éramos españoles prisioneros de los franceses, que habíamos logrado
escapar. El boyero nos dió un poco de pan y nos dijo que debíamos
seguir á Cidones.
Al anochecer de este día íbamos tan cansados, que decidimos pedir
auxilio á cualquier destacamento francés que encontráramos.
El cansancio y la molestia eran enormes.
Marchábamos de noche perdidos, cuando topamos de pronto con una
ermita abandonada. Se la veía á la luz de la luna con su cruz y su
soportal, en cuyo fondo brillaba una lámpara de aceite iluminando á un
Cristo. Adosada á la ermita había una casa pequeña con dos ventanas y
una puerta. Llamamos. Salió á abrirnos un viejo ermitaño, barbudo y
tembloroso, á quien yo conté lo que nos pasaba.
El viejo nos llevó al lado de la lumbre, y nos dió pan y una jarra de
leche.
El ermitaño hizo algunas reflexiones acerca de la guerra y de las
maldades de los hombres; pero viendo nuestro cansancio dejó de hablar
y nos indicó que nos tendiéramos cerca del fuego en dos sacos de paja.
Así lo hicimos mientras él quedó rezando.
A la mañana siguiente, al preguntarle al ermitaño lo que le debíamos,
nos dijo que nada, y que si queríamos, podíamos quedarnos con él hasta
que mejorara el tiempo.
Le dimos las gracias, pero le dijimos que nos era indispensable llegar
cuanto antes á Soria.
El ermitaño nos indicó un panadero de un pueblo próximo, que alquilaba
caballos; le buscamos, y con un tiempo seco y frío, salimos camino de
Soria, adonde llegamos por la tarde.
Fuimos á la posadilla de la Merced, el primer parador que encontramos
á mano. La moza nos hizo pasar á la cocina, grande y alta, con una
plataforma con barandado de madera encima del fogón, y allí mismo nos
reconfortamos con el calor de la cena y del fuego.
Trabamos conversación con dos hombres de Villaciervos que parecían
pastores de nacimiento, con sus capas blancas y su capucha, y éstos nos
dijeron que el cura Merino estaba en aquel momento cerca de Burgos.
Al día siguiente salimos á la calle y compré ropa para Ganisch y para
mí.
La impresión que me hizo el lavarme con jabón, el vestir ropa limpia y
el acostarme en una cama, fué extraordinaria.
Me parecieron estas cosas que en la vida ordinaria no se estiman el
refinamiento más exquisito y sibarítico de que puede gozar un hombre.