Puesto que quieres saber lo que hice después de llegar á Soria--me dijo
Aviraneta--te lo contaré.
Pocos días más tarde, Ganisch y yo salimos en una galera para Madrid.
Ganisch estuvo en mi casa unas semanas y luego se marchó á Irún. El
granuja de él, á pesar de que no me lo dijo, se había quedado con
algunas onzas del Gato.
Yo, acostumbrado á la vida de merodeador, no me hallaba en Madrid á
gusto.
Tampoco tenía con quien hablar. Los afrancesados y la gente de
mis ideas, huían de España. Se había despertado un entusiasmo
extraordinario por el rey, y por todas partes se cantaban canciones en
honor de Fernando, ¡Ay, Fernando mío! ¡Ay, dulce esperanza!
Tanto cariño por un miserable canalla como aquél, que mientras los
españoles se mataban por su causa, felicitaba á Napoleón, era cosa que
daba asco.
Yo, disgustado de todo, no quería ver á nadie.
Por las mañanas me acordaba de la sierra, del canto de los pájaros en
el follaje, del murmullo del agua en el regato, de nuestras marchas y
contramarchas...
Sentía un aburrimiento terrible, no podía vivir. Me parecía que la
luz del mundo había sufrido un eclipse, y que me encontraba en una
penumbra. Solía andar por los alrededores con mi perro, pensando en
nuevas empresas.
No dije nada á mi familia de lo que me había pasado, y pretexté que el
cura Merino se había mostrado poco propicio á reconocerme los grados.
En Madrid, por entonces, había calma.
Los dos ejércitos regulares, el aliado y el francés, se preparaban á
luchar en el Norte.
Cuando en Junio se supo el éxito de la batalla de Vitoria, hubo gran
satisfacción en todo el pueblo. Ya el final de la guerra se veía
próximo. Comenzaba la época de los regocijos y recompensas.
Otros muchos, no con más méritos que yo, eran capitanes, comandantes,
coroneles.
Yo podía haber sido capitán á los veintiún años, y no era nada.
Por el contrario, estaba expuesto á que alguien me denunciara.
Pensé varias veces en escribir al Empecinado, y ver si en sus filas
podía resarcirme de alguna manera del tiempo perdido; pero por esta
época las partidas de guerrilleros no tenían ocasiones de lucirse.
Me presenté á la señora de Arteaga, para ver si ella, con su
influencia, podía arreglar mi asunto.
Doña Luisa, muy partidaria mía, me prometió hacer todo lo posible para
conseguir mis deseos. Después, me habló de su hijo Ignacio.
Ignacio estaba enfermo en un depósito de prisioneros de
Chalon-sur-Sâone, y por las cartas que escribía se encontraba mal, en
un estado de tristeza y de postración lastimoso.
Doña Luisa hubiera querido enviar alguno á Chalon, para ayudar á
escapar á su hijo; pero en aquel momento no tenía medios, ni persona de
confianza á quien encomendarse.
--Si yo tuviera dinero...--dije.
--¿Qué?
--Que iría sin ningún inconveniente.
--¿De veras, Eugenio?
--Sí.
--Pues dentro de ocho días tendrás dinero.
--Pues nada, iré yo.
Recomendé á doña Luisa que no hablara del proyecto á mi familia.
Al cabo de una semana, doña Luisa me llamó y me dijo que, respecto á mi
rehabilitación como oficial, no se podía conseguir nada, á no ser que
Merino diera un informe favorable, cosa imposible; lo único que pudo
conseguir es que libraran á mi nombre un certificado de haber servido
como voluntario en las guerrillas españolas.
Esto había que darlo por terminado. Doña Luisa me indicó que unos días
después tendría el dinero suficiente para el viaje.
Hice mis preparativos, dije en casa que me llamaban de nuevo del
escuadrón, y con la bolsa bien repleta me puse en camino de Francia.