A mediados de Enero comenzó el buen tiempo, acompañado de un frío muy
grande.
Entonces decidimos la marcha. El día anterior subimos al pico del
Urbión para orientarnos bien.
Desde lo alto se veía una niebla larga que seguía el cauce del Duero;
en medio de la niebla azulada se destacaba el castillo de Gormaz sobre
un cerro, como una isla en medio del mar.
Cerca se abrían las gargantas de Santa Inés y el Hornillo.
Hacia el lado de Aragón se erguían las masas del Moncayo y Cebollera
que separan las vertientes del Ebro y del Duero, la sierra de Peñalara
de Burgos, Quintanar, Duruelo y la meseta de Carazo, desnuda y pelada.
Muy vagamente al Este se divisaba la sierra de Albarracín, y con más
vaguedad aún, hacia el Norte, los Pirineos.
Yo me di cuenta bastante clara de la disposición de las montañas
próximas y de los caminos, é hice un pequeño plano para orientarme.
Comimos en el pico del Urbión; por la tarde bajamos á nuestra cueva,
dormimos en ella, y al día siguiente nos preparamos para la marcha.
Nos untamos las botas con grasa de caballo, y con las mantas hicimos
tiras para envolvernos las piernas. Parecíamos unos esquimales.
Yo me quité parte del forro de la chaqueta, que era de tela negra, y
me lo puse como una venda en los ojos.
Recordaba haber leído en un libro de viajes que la claridad de la nieve
produce oftalmías. Ganisch y el Gato se rieron al verme; pero por la
noche me dieron la razón, porque tenían los dos los ojos irritados y
doloridos á consecuencia del resplandor de la nieve.
Por la mañana salimos del Urbión; al mediodía cruzamos por Duruelo, sin
entrar en el pueblo, y seguimos hasta Covaleda, en donde dormimos en
una tenada de pastores.
Pasamos con gran rapidez al día siguiente la garganta de Covaleda,
hasta llegar á Salduero.
Media hora después aparecíamos por una honda calzada en Molinos de
Duero.
A un lado y á otro de Molinos asomaban casas arruinadas con viejos
escudos nobiliarios. No había nadie en la aldea.
Seguimos adelante. El tiempo cambiaba; el cielo se iba poniendo triste
y obscuro.
De Molinos marchamos á Vinuesa, pueblo que antiguamente se llamaba
Corte de los Pinares, asentado en un valle ancho, con sus tejados rojos
y su iglesia negruzca. En el camino comenzó á llover. La nieve iba
deshaciéndose en el campo.
Entramos en Vinuesa, preguntamos por una posada y nos indicaron una
que tenía un soportalillo en la puerta. Comimos, y al ir á pagar yo me
encontré con que el dinero que tenía no me llegaba para el gasto hecho
por Ganisch y por mí.
Pedí al Gato lo que me faltaba, y éste me dijo que no me daba un cuarto.
--¡Pero hombre, no sea usted así! No ve usted que si no pagamos al
posadero puede mandarnos prender.
--Que haga lo que quiera; yo no pago.
Llamé al posadero, y aunque era un tío muy bruto, se avino á razones.
Disimulé la incomodidad y el deseo de darle dos palos al Gato, y
seguimos los tres la marcha.