LA CUEVA

Allí no se veía resquicio alguno. Yo le miré al Gato como preguntándole

qué objeto podía tener al engañarnos así; pero él sacudió con su palo

la nieve y nos mostró una hendidura estrecha.

--Pasen ustedes--nos dijo.

--¿Pero se puede pasar por aquí?

--Pruebe usted.

Efectivamente, se podía pasar. Entramos Ganisch y yo; luego entró él.

Quedamos en una completa obscuridad. El Gato sacó un eslabón y comenzó

á golpear en el pedernal.

Saltaron las chispas alrededor de su cabeza, hasta que encendió la

yesca y vimos que al poco tiempo encendía un candil.

--Adelante, caballeros--dijo--. Están ustedes en mi casa.

La entrada de la cueva era muy angosta y en pendiente. Bajamos por una

rampa resbaladiza y llena de musgo, que terminaba cortada á pico sobre

un pozo. Asomándose á éste, como por un balcón, se veía á treinta ó

cuarenta pies un gran espacio ancho con la forma de una caldera.

A mano derecha de aquel balcón, donde terminaba la rampa, había una

escalera en parte natural y en parte arreglada. El Gato me dió la luz;

bajaron Ganisch y el, y luego bajé yo.

Aquella sala profunda y casi circular daba la impresión de no tener

comunicación alguna con el exterior. A pesar de estar el techo lleno

de estalactitas, había poca humedad en ella; la temperatura era más

bien templada, y el suelo de piedra calcárea. Dentro se oía como el

retemblor de una máquina.

--¿Qué es este ruido?--le pregunté al Gato.

--Es que por aquí se vacía la laguna Negra. En esta cueva tenemos agua.

Y marchando á un rincón, levantó una tabla y puso al descubierto un

agujero por donde pasaba una gran corriente de agua metiendo un ruido

imponente.

Nos lavamos allí mismo.

Después, Ganisch, sacó lo que le quedaba de pan y nos lo repartimos.

El Gato nos indicó dónde había un montón de paja; cada uno hizo su

cama y nos tendimos en ella. Murat se echó á mis pies.

Aquella noche yo dormí muy mal. Sentía como la presión de todo el monte

en el pecho.

Por la mañana tuvimos el gran susto; parecía que la entrada de la cueva

se había cerrado.

No se filtraba ni un rayo de luz de fuera. Subimos la escalera y la

rampa á obscuras, y dejamos libre la boca de la caverna. Seguía nevando.

Discutimos lo que había que hacer. Marchar adelante era exponerse á ser

cogidos y fusilados; para quedarnos allí nos faltaba alimento.

Al Gato fué al primero que se le ocurrió la idea de matar á los

caballos y de comerlos. Al oirlo me opuse, pero luego me convenció.

Realmente, los dos animales se iban á morir de hambre y de frío.

Ganisch y el Gato hicieron de verdugos. Después de muertos los dos

caballos los enterraron en la nieve, para conservar la carne, á pocos

pasos de la laguna Negra.

Desde aquel día comenzamos á comer caballo; al principio con algo de

pan, luego sin pan.

Entregados á la alimentación hipofágica, estuvimos ocho días aguantando

la borrasca. Todas las mañanas abríamos la boca de la cueva, que se

cerraba por la noche con la nieve.

Al noveno día cesó el temporal y comenzó á helar; el piso fué

poniéndose duro; ya se podía andar sobre él.

Hicimos una expedición imprudente para reconocer los alrededores.

Había una cornisa de piedras que partía de la entrada de la cueva,

en el mismo borde de la laguna Negra, por el cual se podía avanzar y

retroceder sin dejar huella en la nieve.

Por allí salimos y nos alejamos.

Encontramos cerca de un chozo, en un pino alto, unas tablas de rama á

rama, y en ellas varios panes y quesos.

Volvíamos satisfechos de nuestro hallazgo, cuando Murat comenzó á

gruñir; le agarré yo del collar y le sujeté para que no avanzara ni

ladrase.

Se oía hablar á poca distancia.

Nos escondimos en una depresión de la nieve y unos minutos después pasó

un pelotón á caballo de tropas de Merino, mandadas por el Jabalí.

Sin duda iban á ver si nos habíamos refugiado en los poblados de

Quintanarejo ó de Santa Inés.

Cuando cruzó el pelotón, volvimos á la cueva con nuestras provisiones,

decididos á no salir de día hasta que no hubiesen pasado de vuelta los

ginetes.

Ya me figuraba yo que el Cura había de hacer todo lo posible para

averiguar nuestro paradero.

Al día siguiente salimos de la cueva de noche y vimos huellas recientes

de la patrulla que retornaba de su expedición.

Después ya no se volvió á ver ninguna otra huella por allí mas que la

de los lobos, que olfateaban la carne de caballo enterrada en la nieve,

cerca de nuestra cueva.

El Escuadrón del Brigante · 第 212 / 283 题