Llevábamos media hora de marcha; habíamos avanzado con gran rapidez.
La cuestión era ganar terreno. Al principio no teníamos más idea que
alejarnos. Probablemente á la madrugada se darían cuenta de nuestra
fuga y comenzaría la persecución.
Desde Salas, mirando hacia Soria, se ven primero los cerros de la
Campiña; detrás los montes de la Demanda y de Neila, y á la derecha el
pico del Urbión.
A la media hora de marcha el Gato me dijo:
--Pare usted, don Eugenio.
Paré el caballo.
--¿Qué pasa?--pregunté.
--Voy á bajar del caballo de usted, que se está cansando, y montaré en
el otro.
--Bueno.
El Gato dió un salto, se agarró á la cintura de Ganisch y seguimos
nuestra marcha al trote.
Comenzaba á caer una ligera lluvia mezclada con nieve.
Serían las dos ó dos y media de la mañana, cuando el Gato me llamó:
--Don Eugenio.
--¿Qué hay?
--¿Ustedes tienen algún sitio donde guarecerse?
--No.
--¿Qué van ustedes á hacer?
--¡Qué vamos á hacer! Huir, meternos donde podamos.
--Si entran ustedes en un pueblo están perdidos.
--Y usted, ¿qué ha pensado?
--Yo tengo un refugio. Una cueva que no la conoce nadie.
--¿La de Neila?
--No.
--¿La del Abejón, quizás?
--Tampoco. Esa será la primera que registren. La mía es una cueva que
está en el sitio más frío del Urbión. Como le digo á usted, nadie la
conoce.
--Pues vamos á ella.
--Me ha de dar usted una palabra, don Eugenio.
--¿Cuál?
--De que el dinero que tengo allí no me lo han de tocar, pase lo que
pase.
--Le doy mi palabra.
--¿Y su asistente?
--No lo hará tampoco. No tenga usted cuidado.
--Entonces, vamos.
El Gato siguió alternando en un caballo y en otro hasta llegar á la
parte más abrupta de aquellos montes. Entonces los tres seguimos á
pie. Comenzó la mañana, una mañana nublada, fría, con ráfagas de
viento cargadas de nieve; al mediodía llegamos á un chozo de pastores,
abandonado, cubierto de ramas.
Tal era nuestra fatiga, que no pudimos comer nada. Tomamos un poco de
aguardiente que llevaba Ganisch en una calabaza y nos dispusimos á
seguir.
Por lo que dijo el Gato, desde el punto donde nos encontrábamos había
una media hora hasta la cueva.
Íbamos á seguir adelante con los caballos, pero el Gato me hizo
observar que con ellos no se podía entrar en la cueva. Era, por lo
tanto, mejor dejarlos allí.
Hicimos esto y avanzamos por entre la nieve. Marchábamos con grandes
dificultades por el lomo de un monte.
Al avanzar por él llegamos encima de la hondonada donde nace el Duero.
Desde el alto en donde nos encontrábamos se veían dos lagunas: la Negra
y la Helada; la Helada apenas se distinguía por estar cubierta de
nieve; la laguna Negra, en cambio, en medio de la hondonada, parecía
una mancha redonda de tinta en un papel blanco.
Bajamos con grandes precauciones al borde de la laguna Negra. Era un
embudo de piedra, en cuyo fondo parecía dormir misteriosa el agua
inmóvil aparentemente negra.