A tientas llegué á la puerta de enfrente, donde habían encerrado á Lara.
Abrí la llave y el cerrojo.
--¡Lara!--dije en voz baja.
--¿Quién es?--preguntó una voz desconocida.
--¿No estás aquí, Lara?--volví á preguntar.
--No.
--Pues, ¿quién es usted?
--¿No sabe usted quién soy? Soy el Gato. ¿Qué me quieren? ¿Me quieren
fusilar?
--No. Yo soy Echegaray, que he salido del calabozo.
El Gato no sabía quién era.
--¿Quién? ¿Quién?--me preguntó.
--El Pisaverde que se ha escapado del calabozo.
El Gato se acercó á mí en la obscuridad.
--Vamos, vamos--exclamó con ansia.
--¿Y Lara?--le dije yo.
--Ayer le sacaron de aquí porque estaba enfermo.
El Gato quería bajar la escalera, pero yo le indiqué debíamos subir al
desván.
De puntillas llegamos arriba.
El Gato llevaba varios meses en el calabozo, y quizá por esto, ó porque
era una especialidad suya, veía á obscuras, como un verdadero felino.
Cierto que había una ligera claridad que entraba por los agujeros del
tejado. El Gato me indicó dónde había una puertecilla.
Avanzamos los dos por el desván, tanteando, porque el suelo, de madera
carcomida, tenía grandes boquetes. De no afirmar bien el pie, podía uno
desaparecer como por escotillón. Se oía el batir de alas de una lechuza
ó de alguna otra ave que tenía allí su escondrijo.
Llegamos á la puerta y la abrimos. Daba á una escalera ruinosa. Fuimos
bajando ésta con cuidado; las maderas, apolilladas, crujían á medida
que poníamos los pies en los carcomidos peldaños. Luego, los escalones
estaban húmedos, resbaladizos y rotos.
Terminamos la escalera, y al final encontramos una tabla que cerraba un
ventanillo. La empujamos y salimos á un estercolero. Este estercolero
tenía una puerta cerrada con una tranca. El Gato se remangó los
pantalones y, metiéndose en un lago de basura, llegó á la puerta y la
abrió. Después me quité yo las botas y las medias y pasé también.
Salimos al huerto, abandonado y lleno de hierbajos. Me limpié las
piernas con unas hojas y me calcé de nuevo. Escalamos la tapia, que no
era muy alta. Estábamos libres.
No había hecho mas que saltar, cuando sentí á «Murat», á mi perro, que
me puso las patas en el pecho.
Le acaricié y le seguí. Fuimos tras él el Gato y yo, cruzando
matorrales, hasta encontrarnos á Ganisch, que esperaba con dos caballos
de la rienda.
--¿Cómo nos vamos á arreglar? Somos tres--exclamé yo.
Ganisch me dijo en vascuence que dejáramos al Gato; pero no me pareció
prudente.
El Gato, con nosotros, podía ser un auxiliar eficacísimo; en contra
de nosotros, constituía un gran peligro. Tanto como á él nos debía
importar su salvación.
El Gato, viéndome indeciso, dijo:
--Llévenme ustedes una hora á caballo hasta salir y alejarnos del
pueblo. Luego iré á pie.
Montamos Ganisch y yo, y el Gato en la grupa de mi caballo, agarrándose
á mí. Ganisch me dió una carabina y un sable.
Salimos de la carretera y comenzamos á marchar hacia Palacios de la
Sierra.
A un cuarto de legua del pueblo un centinela nos dió el alto: ¿Quién
vive? gritó.
Ganisch picó espuelas, yo hice lo mismo, y los caballos se pusieron al
galope.