En aquel estado desvariante pasé el segundo día. Cada noche me parecía
un siglo.
La tarde del tercer día, una tarde lluviosa, triste, oí desde mi cuarto
varias veces el grito del mochuelo.
De pronto me asaltó la idea. ¿Sería una señal de Ganisch?
Me agarré á los hierros de la reja, asomé la cabeza y silbé suavemente.
Al poco tiempo contestó otro silbido. Era Ganisch, que andaba, sin
duda, rondando la tapia de la huerta por la parte de atrás de la casa.
Se me ocurrió si sería algún lazo que me tendían. ¿Pero, para qué,
si estaba ya preso? Estuve agarrado á la reja, tembloroso, haciendo
esfuerzos.
De pronto, Ganisch comenzó á tararear el aire vasco de André Madalén.
¿Me tendría que decir algo? Yo así lo esperaba.
Ganisch, sin duda, se cercioró de que le oía por mis silbidos, y
entonces cantó en vascuence:
Mesaco libru burni chiqui bat
Erdi erdiyan daucazu.
Gau arratzian zaude leyoan
Ni campotic errandizaitut.
(En el libro de misa tienes en medio un hierro pequeño. Hoy por la
noche estate en la ventana. Te hablaré desde el campo.)
Bajé de la reja con las manos desolladas y me tendí en el banco que me
servía de cama.
--¿Qué libro de misa es este?--pensé--. ¿A qué podía referirse? ¿Me
estaría diciendo necedades aquel hombre?
Me levanté, y á la luz del crepúsculo vi en un rincón el libro de misa
traído por Fermina.
¿Habría allí algo?
Cogí el libro con ansiedad, lo hojeé: nada. Tiré con rabia de la pasta,
y vi que ocultas en el lomo había dos sierrecillas finas.
El descubrimiento me produjo una gran agitación.
Era necesario decidirse rápidamente. ¿Por dónde se podía intentar la
fuga? Por la reja me pareció difícil. Tenía cinco barrotes verticales y
tres horizontales. Hubiera sido preciso limar el espesor de diez y seis
hierros. Pretender doblarlos era imposible.
Estudié la puerta. A la altura de un hombre tenía un ventanillo, de
poco más de un palmo, con dos barrotes en cruz; las junturas de la
puerta no dejaban resquicio para limar el cerrojo ó la lengüeta de la
llave.
Calculé que si cortaba los dos barrotes del ventanillo, sacando el
brazo, por el agujero, podría desde dentro dar vuelta á la llave, que
estaba bastante alta, pero no llegar á descorrer el cerrojo, que se
encontraba muy bajo.
Estuve pensando mucho tiempo qué podría hacer.
Había obscurecido. Era ya de noche, una de esas noches largas de
invierno. Llovía y soplaba un viento fuerte y frío. Del vestíbulo
llegaba una ligera claridad producida por el resplandor de un candil.
Hice un inventario de todos los objetos que tenía y di mil vueltas en
la imaginación pensando si podría aprovecharme de alguno.
La cuestión del cerrojo era la que me preocupaba; cortarlo con la
lima era imposible; llegar á él sacando el brazo desde el ventanillo,
también.
Pensé en utilizar la vaina del sable que me habían dejado. No tenía
resistencia bastante, pero podía dársela con los dos barrotes de hierro
que pensaba sacar del ventanillo.
El Cojo, como todas las noches, fué y vino por la escalera haciendo
sonar sus llaves y su pata de palo. Cuando se marchaba comenzaba yo á
limar, y al volver dejaba mi trabajo.
Para las diez de la noche tenía los cuatro hierros del ventanillo lo
bastante limados para poder romperlos al menor esfuerzo.
Rendido, me eché sobre el banco y estuve con el oído atento por si
Ganisch me hablaba, como había dicho.
Varias veces me levanté y tuve que tenderme de nuevo. Poco después de
dar las once en el reloj de la iglesia sonó á lo lejos el grito del
mochuelo.
Era Ganisch. Me agarré á la reja, tembloroso.
Luego se oyó una voz que cualquiera hubiera podido tomar por un
relincho.
--Ai...zac--(Oye.)--dijo Ganisch.
Hablaba en vascuence para que no le entendieran.
--Amabiyetan (A las doce).
Pasó un largo rato.
--Iriquí atea (Abre la puerta).
--Igó gambará (Sube á la guardilla).
--Gambará... ezquerretará..., ate chiquia... iriquiya dá (En el
desván, á la izquierda, una puerta pequeña está abierta).
La idea de poder huir produjo en mí una intranquilidad cada vez mayor.
Estaba febril, impaciente.
El Cojo iba y venía, haciendo, sin duda, sus preparativos para pasar la
noche. A las doce menos unos minutos se oyó su pata de palo resonar en
el suelo, y después en la escalera.
Se llevó el candil del vestíbulo y quedó todo á obscuras.
Inmediatamente tiré de la cruz de hierro del ventanillo y, empujando
con fuerza, la arranqué. Con ella en la mano, separé á tientas los dos
barrotes y los metí, envueltos en hojas del libro de misa, en la vaina
del sable. Así ésta abultaba más.
Luego llevé el banco delante de la puerta, saqué todo el brazo
izquierdo por el ventanillo, agarré la llave con la mano y le di dos
vueltas.
Como soplaba tan fuerte el viento, el ruido no se notó.
Después introduje por el ventanillo la vaina del sable atacada con los
dos barrotes y los papeles, y fuí balanceándola para ver si daba en el
cerrojo y llegaba á descorrerlo.
A la media hora de maniobra tuve que dejarlo. Estaba inundado de sudor
y á punto de caerme mareado.
Volví de nuevo á la faena. Me encontraba nervioso, convulso.
En esto llegué con un golpe casual á descorrer el cerrojo.
En aquel mismo momento se oyó ruido en la escalera. Estuve escuchando
anhelante, con el corazón oprimido. Viendo que no subía nadie, empujé
la puerta, que chirrió ásperamente sobre sus goznes, y de puntillas
salí al vestíbulo.