Aquella tarde, al anochecer, en el atrio de Santa Cecilia, me
comunicaron la orden de prisión, me quitaron la espada y me llevaron
preso.
Lara y yo, custodiados por un oficial y ocho soldados, llegamos á la
Casa del Duende.
En el portal llamaron al Cojo, que hacía de alcaide.
El Cojo era un guerrillero viejo, inválido, con una pierna de palo.
Vestía calzones cortos, medias blancas, camisa de cáñamo, chaleco de
sayal con solapas vueltas, pañuelo atado á la cabeza y sombrero encima.
Llevaba en la mano cuatro ó cinco llaves, metidas en un alambre, que
tintineaban al mover el brazo.
Subimos con el Cojo y la escolta hasta el segundo piso y se encerró en
un cuarto á Lara y en otro, enfrente, á mí.
Mi calabozo estaba restaurado hacía poco tiempo; tenía una puerta
sólida, una ventana pequeña en el grueso muro y un banco. Hacía un frío
terrible. El Cojo me advirtió que había pasado la hora del rancho y me
trajo una manta raída.
Me senté en el banco; luego me tendí en él sirviéndome de la manta como
de almohada.
Apenas pude dormir. Sólo un momento, al amanecer, logré cerrar los ojos.
Me desperté al oir el tintineo de las llaves del Cojo y el ruido de su
pierna de palo, que golpeaba en los suelos de madera como si fuera un
martillo.
Hablé con el alcaide que me traía el rancho, y pude comprender que mi
situación era grave.
La segunda noche fué igualmente mala, ó peor que la anterior; el frío
me tenía aterido. El viento, en los árboles lejanos, metía un ruido
como de descargas cerradas. A veces me hacía la ilusión de si serían
los franceses que atacaban el pueblo y entraban en él.
--¡Mala suerte ha tenido usted, don Eugenio!--me dijo el Cojo, por la
tarde, al traerme la comida.
Sus palabras achicaron mi valor.
A mediodía se abrió la puerta y entró Fermina.
--Prepárate á morir cristianamente--me dijo; y me entregó un libro de
misa.
Me levanté enfurecido.
--¿A qué vienes?--grité--. ¿Vienes á recrearte viéndome condenado á
morir?
--No, Eugenio; quiero que salves tu alma.
--¡Mi alma! ¡ja! ¡ja!--exclamé y cogí el libro de misa y lo tiré al
suelo--. Yo moriré maldiciendo de vuestras mamarrachadas, de vuestros
santos y de vuestras ridiculeces. ¡Si soy liberal, revolucionario,
negro, y le pegaría fuego á todas las iglesias y haría una hoguera con
los altares! Sí; creo que vuestra religión es una farsa y vuestros
curas unos canallas, hipócritas, miserables. Creo que vuestros frailes
son unos cerdos y las monjas unas tías egoístas que yo distribuiría
en los cuarteles para entretenimiento de los soldados. Creo que los
religiosos sois peores que nadie. Vuestra religión no os impide ser
crueles, mentirosos, sanguinarios, viciosos. Sois despreciables. Vete
de ahí; no quiero verte. No quiero salvar mi alma.
Fermina, asombrada de mi exabrupto, no replicó nada, y, acercándose á
la puerta, se fué.
Comprendí que había estado cruel con ella, pero esto desahogó mi furia.
Al encontrarme solo quedé más tranquilo. Realmente, no tenía miedo á
la muerte. ¡Morir á los veinte años! Lo único que me molestaba era el
flujo inoportuno de pensamientos.
Aquella necesidad de agotar todas las ideas, de seguirlas y de
desarrollarlas no me dejaba dormir.
Si me llegan á sacar en aquel instante al cuadro, me fusilan en medio
de un razonamiento.
Pensé en si este último día de mi vida valdría la pena de tener
remordimiento. Me acordé del alemán Müller á quien había matado en
duelo... nada.
--Después de todo, la guerra se va á acabar--pensé luego--y la vida se
va á hacer aburrida. ¿Qué pasará luego? ¿Qué será España dentro de
cincuenta años, dentro de cien?
Estuve fantaseando durante largo tiempo; pero la idea de la muerte
próxima interrumpía mis elucubraciones.
¡Morir! No tenía miedo. Lo único que me desagradaba era pensar si mis
fuerzas se debilitarían en el supremo momento.
Siquiera en el acto hubiese gente gritaría:
--¡Viva la libertad! ¡Viva España!
De pronto pensé en que pocas horas después estaría debajo de tierra y
me estremecí con un temblor. Realmente, no sabía si era del frío del
cuarto ó de la terrible idea de la muerte.
Me acordé de lo que me contó mi tío Etchepare del astrónomo Bailly,
cuando éste sabio presenciaba los preparativos del verdugo en la
guillotina que le tenía que cortar la cabeza, bajo la lluvia de un día
invernal. Alguien le había dicho, poniéndole la mano en el hombro:
«Tiemblas, Bailly»; y él contestó con sencillez: «Sí, amigo; tengo
frío».
Este recuerdo me hizo reir sin saber por qué.