Cuando me llevaron preso llovía, llovía monótonamente. El campo estaba
triste; la carretera, llena de charcos.
Veíase entre la bruma la línea alargada de los montes, y en el fondo
aparecía Salas con sus tejados rojos, chorreando agua.
Salas de los Infantes está en tierra fría, rodeado de colinas
pedregosas; tiene una iglesia con su torre cuadrada en un alto y su
nido de cigüeñas.
Salas es pueblo serrano, de casas bajas, con las chimeneas muy grandes,
hechas con trozos de teja, formando una eminencia cónica terminada por
una caperuza de cuatro tablas, que en el país llaman la contera.
Tiene Salas un castillejo en el vértice de una colina próxima al río,
el castillo de Castrovido, y un palacio grande, el de los infantes de
Lara. Castillo y palacio deben estar ya completamente en ruinas, si la
devastación iniciada en la guerra de la Independencia ha seguido en la
carlista, como ha debido de seguir, si es que no ha aumentado.
No se ve aldea alguna en derredor de la villa; entonces, durante la
campaña, sus alrededores eran un desierto.
Salas tiene un punto de reunión bastante animado los días de feria, que
suelen ser los jueves: la plaza Mayor.
En los soportales de esta plaza, en las bodegas hay figones bajos de
techo, ahumados, con unas cuantas mesas de pino blancas y una fila de
barricas sostenidas por largueros.
A la puerta de los figones suelen ponerse los días de mercado algunas
viejas á vender callos con guiso de pimentón en un barreño. Yo conocía
todos los figones del pueblo.
Lara y yo frecuentábamos el figón del Obispo y el de la Mujer Muerta,
donde solíamos comer los exquisitos peces del Arlanza.
Hontoria y Salas eran para nosotros, acostumbrados á merodear por el
campo, capitales importantes.
Dos barrios hay en Salas bastante separados el uno del otro: el de
Santa María, casi todo el pueblo, llamado así por hallarse alrededor de
la iglesia parroquial, y el de Santa Cecilia, por estar cerca de una
ermita de este nombre levantada á orillas del Arlanza.
Un puente que pasa por encima del río une el camino que va de una á
otra barriada.
En el barrio de Santa Cecilia había por entonces una casa grande, de
piedra berroqueña, antigua, ennegrecida por el tiempo y por los musgos,
agujereada, con los aleros rotos: la Casa del Duende.
Se entraba en ella por un postigo lleno de grandes clavos, porque la
puerta principal, rota, estaba sujeta con hierros y no podía abrirse.
Era su zaguán ancho, obscuro, con una columna de granito en medio.
A mano izquierda comenzaba la escalera, torcida, apolillada, que subía
hasta el desván.
Varias veces estuvimos los del escuadrón alojados en esta casa.
Lara y yo habíamos andado por todos sus cuartos y rincones, á riesgo de
caernos, porque los suelos se hallaban agujereados.
Se encontraban aún en este caserón salas hermosas con chimeneas de
piedra, vigas talladas en el techo, marcos de ventanas apolillados
llenos de adornos, puertas de cuarterones, cerraduras roñosas y algunos
viejos cuadros desgarrados y negros.
El desván era enorme: tenía grandes solivos de los que colgaban
sarmientos secos; el tejado, roto, dejaba por todas partes ver el
cielo, y los días de lluvia entraba libremente el agua por sus boquetes.
En esta casa habían estado alojadas muchas veces las tropas españolas
y francesas. En aquel tiempo servía de cuartel y al mismo tiempo de
cárcel á Merino.
La casa tenía varios calabozos con puertas sólidas. Merino había
mandado arreglarlos y ponerles rejas, y allí encerraba á los presos.
Hacia el monte, se extendía una huerta con una tapia que en otro tiempo
debió de ser hermosa, pero que talada y cubierta de ortigas, de zarzas
y de jaramagos, presentaba un aspecto de desolación y de tristeza.
Esta casa ruinosa, y de aire melancólico, con sus agujeros, sus
chimeneas rotas, sus aleros destrozados y sus lechuzas que chillaban de
noche, hubiera influído en nuestra imaginación, si la vida activa que
llevábamos nos hubiera permitido el lujo de tenerla.
No pensaba yo que en esta casa había de estar preso.