Al día siguiente, por la mañana, nos encontramos con el grueso de la
partida de Saturnino Abuín, el Manco, y unidos á ella tuvimos una
escaramuza con las tropas de Roquet entre Torija y Valdenoches. Don
Saturnino, el Manco de Tordesillas nos recibió muy amablemente.
Abuín, á quien todo el mundo llamaba Albuín por esa tendencia que hay
á corregir los apellidos que parecen incompletos, era entonces un
hombre de unos treinta años. Era manco del brazo izquierdo. Herido en
un combate que tuvieron españoles y franceses en el Casar de Talamanca,
en la provincia de Guadalajara, hubo que cortarle el antebrazo por el
tercio superior.
Abuín era hombre seco, cenceño, de frente despejada, ojos pequeños é
inteligentes, bigote corto, nariz fuerte, algo torcida. A mí me fué muy
simpático.
El comienzo de Abuín era parecido al de todos los guerrilleros. Había
salido de su pueblo con ocho ó nueve muchachos mal armados. Abuín
llevaba los primeros días de su campaña una daga corta y antigua que
había sacado de su casa. Los demás iban armados de garrotes con pinchos.
Al pasar por cerca de Cuéllar la partida vió á un grupo de seis
dragones que pasó por las inmediaciones de esta villa.
Abuín se arrojó sobre ellos, y el que hacía de jefe de los dragones
entregó la espada al guerrillero, quien la tomó y la conservó durante
toda su vida.
Don Saturnino se unió al Empecinado y peleó durante mucho tiempo con
él. Luego, pocos meses después de encontrarle Lara y yo, creyéndose
postergado, abandonó á don Juan Martín en el Rebollar de Sigüenza y se
pasó con su partida á los franceses. Fué un mal momento el suyo.
Durante toda su vida, don Saturnino el Manco tuvo una fama deplorable.
El estigma de traidor le debía pesar en el ánimo de una manera
terrible. Varias veces le vi en París, en 1819, triste, cabizbajo, y
más tarde le he vuelto á ver en Madrid, igualmente meditabundo.
Después de la escaramuza entre Torija y Valdenoches, volvimos á
Caspueña.
Por la tarde nos despedimos del Empecinado, que nos dió la carta para
Merino y un pasaporte. Este pasaporte lo he conservado como recuerdo
hasta hace poco.
Era una hoja impresa con un grabado que representaba un guerrero
montado á caballo con el sable en alto, atacando y derribando á los
franceses. Junto á él había una matrona, que debía ser España, y cerca
un león estrujando entre sus garras un águila.