Antonio Martín, al oir nuestras explicaciones, nos dijo que nos
llevaría á presencia de su hermano.
Fuimos á una casa baja de Caspueña y entramos en un cuarto encalado
que tenía en medio una mesa de pino con unas sillas de paja y en las
paredes planos de las provincias de Guadalajara, Soria y Valladolid.
En este cuarto había un grupo de hombres, y entre ellos estaba el
célebre guerrillero don Juan Martín con varios jefes de su partida.
Yo le entregué la carta de la logia Estrella. El Empecinado leyó la
carta despacio, como hombre que no tiene gran costumbre de la lectura.
Mientras él leía, Lara y yo le estuvimos contemplando. Era un hombre
todavía joven, fornido, de pelo negro y color atezado, tipo de cavador
de viña, los labios gruesos, el bigote á la rusa, unido á las patillas,
la cara de hombre tosco y bravío, con la mandíbula acusada y una raya
profunda que le dividía el mentón.
Vestía un uniforme amarillo con vueltas rojas, fajín rojo, cordones de
plata en el pecho y un cinturón con una chapa con las letras C.ª L.ª
(Caballería Ligera).
Lo que más llamaba la atención en el Empecinado eran los ojos, ojos
fijos, brillantes, huraños, y las manos, por lo cuadradas y por lo
terriblemente fuertes.
--¿Qué piensan ustedes hacer?--nos dijo el Empecinado bruscamente.
--Vamos á reunimos con Merino. Somos oficiales suyos.
--¡Qué raro que estén ustedes con Merino y tengan esos amigos en Madrid!
--Sí, es una extraña casualidad.
El Empecinado, llevándome á un rincón, me dijo:
--En la carta que ha traído usted me preguntan qué es lo que haré si se
proclama la Constitución. Voy á contestar ahora mismo que la juraré al
frente de mis tropas con la mayor solemnidad.
--Veremos lo que hacen los demás--dije yo.
--Merino, probablemente, no jurará.
--Creo que no; por lo menos, no será de los primeros.
El Empecinado nos preguntó cuándo íbamos á reunimos con nuestro
escuadrón, y contestándole que no teníamos prisa, nos dijo que nos
daría una carta para Merino, nos prestaría dos caballos y, escoltados
por una patrulla de su gente, llegaríamos hasta Almazán.