Todos ellos sabían la hostilidad existente entre los generales
Thiebault, Solignac y Darmagnac, y que los tres eran enemigos de
Dorsenne. Bastaba que el general en jefe se propusiera algo para que
los otros se opusieran.
Esta hostilidad tenía sus motivos.
Thiebault, hombre inteligente, sereno, culto, se veía postergado por un
fantoche cruel y fanfarrón como el conde. Thiebault se oponía á las
crueldades de Dorsenne, considerándolas como contraproducentes.
Thiebault entonces era hombre de unos cuarenta años, amable, de buen
aspecto.
Había sido gobernador militar de Burgos y vivido en casa del
propietario y comerciante en lanas merinas don Miguel de Pedrorena,
donde se distinguió por su amabilidad y simpatía. A pesar del odio que
había contra los franceses, por debajo de la cortesía forzada de los
españoles, Thiebault llegó á conquistar el afecto de la familia de su
huésped.
Su historia como general era brillante.
Había estado en Austerlitz y comenzado su vida militar á las órdenes de
Pichegru.
Conocía toda Europa. Hombre culto, aficionado á las lenguas muertas,
había obtenido en Salamanca el título honorífico de doctor.
El otro general hostil á Dorsenne era Solignac. Solignac había
sustituído á Thiebault en el mando de la plaza de Burgos.
Era un soldadote cerril y caprichoso. Se distinguía por su barbarie y
su despotismo; pero su enemistad con Dorsenne, muchas veces servía para
contrarrestar las arbitrariedades y la violencia de su enemigo.
El tercer general enemigo de Dorsenne era Darmagnac, que por entonces
se encontraba también en Burgos no sé en qué concepto. El buen
Darmagnac era un tolosano cuco y avaro, que no pensaba mas que en
enriquecerse. Como casi todos los meridionales franceses, tenía la
virtud del ahorro.
Darmagnac creía que un país conquistado debía enriquecer á sus
conquistadores con sus alhajas, cuadros, estatuas, etc.
En último término, la moral de Darmagnac era la moral de la guerra, de
antes, de ahora y de siempre.
La guerra es una reina que lleva como séquito el hambre, la peste, la
rapiña, la violación, el incendio, el engaño y el fraude.
Todos estos furores la guerra los sabe cubrir con el manto de la
gloria. Para el militar, soldado es sinónimo de noble, de esforzado,
de glorioso; para el campesino que sufre las tropelías, soldado es
sinónimo de ladrón.
Darmagnac era un buen discípulo de Marte y de Caco.
Darmagnac fué el que tomó la ciudadela de Pamplona, al principio de la
guerra, con un rasgo de ingenio.
Había llegado á la capital navarra, con la brigada 32, un día de frío y
de nieve.
Como españoles y franceses se consideraban amigos, los españoles
abrieron las puertas á sus aliados y quedaron guardando las
fortificaciones, y principalmente la ciudadela.
La fuerza española tenía orden de no abandonar sus puestos, y las
tropas de la brigada 32 se encargaron galantemente de llevar vituallas
á los españoles.
Entonces Darmagnac preparó su plan.
Comprendió que la posición principal era la ciudadela y se decidió á
apoderarse de ella.
Darmagnac hizo que los furrieles suyos que iban con sacos de pan á
llevar la ración á los españoles de guardia fuesen seguidos por varios
soldados con fusiles y sables escondidos debajo de los capotes.
Los veteranos de Darmagnac, al entrar en la plaza de armas de la
ciudadela, comenzaron, entre bromas y risas, á tirarse pelotas de
nieve. A los gritos y voces de los franceses, los españoles salieron de
las garitas á contemplar la lucha.
--¡Qué gente más divertida son estos franceses!--debían decir los
españoles.
Y cuando estaban más entretenidos contemplando la lucha, vieron con
asombro que los franceses subían á los baluartes, entraban en las
garitas, echaban fuera á los asombrados españoles, cerraban las puertas
y amenazaban con pegar un tiro al que se acercara. Así aquel Ulises
tolosano se apoderó de Pamplona.
En todos sus actos, Darmagnac se manifestaba astuto y tortuoso.
Ni Darmagnac, ni Thiebault, ni Solignac podían soportar la petulancia y
el aire de príncipe asiático que adoptaba Dorsenne.
Los tres generales estaban interesados en que el director saliese
libre.