Al mes de esta entrevista celebrada en la catedral llegó á Burgos un
abogado de la villa de Cenicero, don Tomás de la Barra.
El tal individuo, venía de Sevilla, donde había estado trabajando
en las oficinas de la Junta Central en el despacho de los asuntos
políticos de Castilla la Vieja.
Don Tomás, hasta entonces, se manifestó buen patriota, persona
inteligente y discreta. Era, además, hombre de toda confianza de don
Martín Garay.
En esta época, la Junta Central comenzaba á perder crédito; se la
acusaba de grandes fracasos, y á sus individuos de traidores á la
patria y de dilapidadores de los fondos públicos.
Al frente del movimiento contra la Junta Central se colocaron Montijo,
Eguía, la Romana y tanta mala fama tenían los _centrales_, que la
Regencia decidió prender á muchos, y mandó registrar sus maletas á
otros.
Debió de haber en aquella maniobra una conjuración reaccionaria en
contra de la Junta Central, probablemente, porque ésta se manifestaba
muy dada á las reformas.
El abogado don Tomás tenía, sin duda, grandes motivos de queja y de
venganza contra la Regencia que sustituyó en el mando á la Junta
Central, porque abandonó Sevilla y comenzó á sentir por los patriotas
un odio profundo.
Don Tomás, con intenciones aviesas, inmediatamente que llegó á Burgos
se presentó al conde de Dorsenne.
--Mi general--le dijo--, he sabido que su excelencia está haciendo
indagaciones para averiguar el origen del desastre de la columna
francesa enviada á Hontoria.
--Cierto. ¿Usted sabe algo de eso?
--Sí.
--¿Cómo ha podido usted enterarse y adquirir datos, si yo no me he
podido enterar?--preguntó el conde.
--Por una razón fácil de comprender.
--¿Y es?
--Que he sido empleado en la secretaría de la Junta Central de Sevilla
y encargado del despacho de los asuntos políticos de Castilla la Vieja.
--¿De verdad?
--Sí, señor.
--Siéntese usted. Ahora cuénteme usted lo que sepa de ese asunto.
El abogado don Tomás explicó al general cómo recibían en Sevilla las
comunicaciones de don Fernando el director; añadió que éste era el
verdadero organizador de las guerrillas, y que todas las principales
operaciones llevadas á cabo por Merino habían sido preparadas desde
Burgos.
--¿Usted tendría inconveniente en ponerme esos datos en un escrito con
su firma?--preguntó Dorsenne.
--Ninguno.
--Lo malo es que nos van á faltar pruebas terminantes. Las
declaraciones de Bremond son indicios; las de usted serían terribles si
hubiera algo que las comprobara.
--Yo creo que si se registran los papeles de don Fernando se han de
encontrar pruebas.
--Pues se registrarán. ¿Usted es abogado?
--Sí, mi general.
--¿No tiene usted destino por ahora?
--Ninguno, mi general.
--¿Qué clase de destino querría usted?
--Yo, en la judicatura... ó en la hacienda de su majestad católica José
Napoleón.
--Está bien. Se le tendrá á usted en cuenta, y si los hechos se
comprueban, se le dará un buen premio.