Ocho días después de la llegada del coronel Bremond á Aranda de Duero,
el prefecto de la provincia de Burgos por el rey José, don Domingo
Blanco de Salcedo, fué llamado á presencia del general conde de
Dorsenne.
--Mi querido don Domingo--le dijo Dorsenne--, he recibido un pliego del
coronel Bremond, comandante de la columna de caballería que ha sido
aniquilada en la sierra de Soria por el cura Merino.
--¿Se ha salvado el coronel?
--Sí, se ha salvado. Bremond me dice que tiene vehementes sospechas
de que un señor don Fernando, en cuya casa estuvo de huésped, y que
vive en la calle de la Calera, en unión del administrador de rentas de
Barbadillo del Mercado y de su mujer, están de acuerdo con Merino.
--¿Es posible?--preguntó con sorpresa Salcedo.
--El coronel Bremond declara, bajo palabra de honor, que estas personas
le indujeron con sus informes á apresurar la malhadada expedición que
tantas vidas francesas ha costado.
--¿Y este coronel sigue así las indicaciones de cualquiera?--preguntó
Blanco de Salcedo.
--Sí; realmente es una torpeza suya el confesarlo. Bremond no brilla
por su inteligencia. Yo no quiero cometer una arbitrariedad. ¿Usted qué
opina como prefecto y como abogado?
--Yo, por ahora, mi general, no puedo tener opinión. La acusación es
demasiado vaga para tenerla en cuenta.
--¿No cree usted que valdría la pena de llamar al acusado y de
interrogarle?
--¿Prendiéndole?
--Sí.
--No me parece prudente. Yo, en su caso, escribiría al coronel
diciéndole que puntualizara los cargos. No vayan á tomar esa prisión
como una venganza por la derrota sufrida por la columna. Ese don
Fernando es persona bien relacionada en Burgos, y si se le prendiera
sólo por sospechas, habría un escándalo en el pueblo, cosa que no
conviene.
Dorsenne se dió por convencido; recomendó á Blanco de Salcedo que no
dijera nada á nadie, y escribió á Bremond pidiéndole más datos. Como
don Fernando era persona de respetabilidad y de arraigo en el pueblo,
Dorsenne quiso mostrarse lleno de cordura y de moderación, porque por
mucho menos que lo atribuído al director solía fusilar ó colgar por el
cuello ó por los pulgares á los sospechosos, según su capricho.
Dorsenne sabía que había llegado hasta los ministros del rey José la
noticia de sus crueldades, y quería tener un motivo inapelable para
castigar al director.
A la carta del conde, Bremond, poco amigo de explicarse por escrito,
contestó diciendo que en cuanto se restableciera iría á Burgos y daría
los informes minuciosos y categóricos que necesitaba el general.