En esto supimos que el director había sido acusado en Burgos por los
franceses de espía de los guerrilleros y metido en la cárcel.
Al saber la noticia le dije á mi compañero Lara, y luego al coronel
Blanco, que creía no debíamos ver indiferentes la prisión del director.
Blanco habló á Merino, el cual no pareció muy alarmado; no le importaba
la cosa, ó consideraba imposible remediarla. Volví á insistir con el
coronel Blanco, y éste dijo:
--Si creen ustedes que pueden hacer algo por el director, yo les daré á
usted y á Lara licencia ilimitada para que vayan á Burgos, si quieren,
solos ó con los asistentes.
--Bueno, iremos--contesté yo.
--Pues, nada; cuenten ustedes con la licencia.
Como Ganisch y yo no conocíamos la gente de Burgos y podían hacernos
alguna pregunta comprometedora en el camino, cambiamos de escudero:
Lara fué con Ganisch, y yo con el asistente de mi amigo y antiguo
criado suyo, un tal García.
Quedamos de acuerdo en reunirnos en el camino entre Hortigüela y Cuevas.
Salimos. Los pueblos del trayecto se encontraban en un estado
lamentable. Por todas partes no se veían mas que ruinas, casas
incendiadas y abandonadas. Nadie trabajaba en el campo, y por las
callejuelas de las aldeas únicamente había viejos, mujeres y chicos
astrosos. Nos encontramos Lara y yo, como habíamos previsto, antes de
llegar á Cuevas, y entramos en Burgos. Fuimos á hospedarnos á casa de
un primo de Lara, y al día siguiente me dediqué yo á enterarme de lo
que había pasado con el director. Llegué á averiguar la génesis de su
acusación y prisión. Era ésta.