DELANTE DEL MONASTERIO

Mientras tanto, nuestro escuadrón llegaba por la noche á Peñaranda.

Dejamos parte de la fuerza allí, y yo, con cincuenta hombres de los

más decididos, avancé por la cuesta de San Juan del Monte hasta

aproximarnos á la Vid.

El monasterio tenía en la obscuridad un aire fantástico.

Apenas se le divisaba oculto por una masa de altos y negros chopos.

Se adivinaba, más que se veía, el cauce del río como una barranca

hundida y los grupos de árboles de las orillas.

A la derecha del monasterio se columbraba la cabeza del puente. Arriba

en el cielo palpitaban las estrellas.

No me pareció prudente atacar el convento sin tener idea de sus medios

de defensa, y esperamos al amanecer.

Dormimos un rato y al alba estábamos de nuevo á caballo.

La mañana comenzó á sonreir en el cielo.

Se iba destacando entre la obscuridad y la bruma el poblado de la Vid,

una manzana de casas blancas unidas al convento.

Lara y yo, á pie, ocultándonos entre las matas, nos acercamos á un tiro

de fusil.

Con el anteojo pude ver la barricada del puente y los soldados llegados

de Aranda patrullando por los alrededores.

No éramos bastantes para atacar el monasterio, y, siguiendo las órdenes

del cura, atravesamos el Duero y nos instalamos en Quemada del Monte.

Preparamos el alojamiento, y yo di una vuelta al pueblo en compañía de

Lara.

--Amigo Lara--le dije cuando nos vimos solos--, ¿tú crees que podríamos

contar con nuestra gente?

--Según para qué.

--Para marcharnos hacia la Alcarria á reunirnos con el Empecinado.

--¿Dejando á Merino?

--Sí.

--Suponía que estabas tramando algo.

--Bien; ¿y qué opinas?

--Que no contamos con la gente para eso.

--Crees tú.

--Seguro. El Brigante mismo no lo hubiera podido conseguir. A nosotros

Merino nos molesta y á ti te repugna. A ellos les entusiasma.

--Bueno--contesté yo--; será así, pero te advierto que si Merino nos

deja dos ó tres días aquí, yo con la gente que quiera, hablándoles

claramente ó engañándolos, me voy hacia la Alcarria á juntarme con el

Empecinado.

--Yo voy contigo.

Hablamos al Tobalos. El Tobalos nos escuchó, miró al suelo y no dijo

nada.

--¿Usted vendría?--le pregunté.

--Sí, advirtiéndoselo antes á Merino.

--¿Y los demás?

--No sé.

No había que pedir más al laconismo de aquel hombre; pero se podía

comprender que él pensaba que los demás no querrían marchar hacia la

llanura dejando la sierra.

La mayoría de los guerrilleros sentían un localismo tan exagerado, que

consideraban que del Duero para abajo y del Ebro para arriba acababa

España.

El Escuadrón del Brigante · 第 149 / 283 题