Por la noche supimos que el cura venía avanzando con el grueso de su
partida á Hontoria de Valdearados, y á la mañana siguiente me mandó un
recado para que me avistara con él.
Supuse yo si su objeto sería instalarse en Zazuar y en Fresnillo de
las Dueñas, con lo cual podía dejar dividida la guarnición francesa de
Aranda en dos partes: doscientos cincuenta hombres en el convento de la
Vid, aislados y sitiados, y trescientos en la ciudad. No era difícil,
seguramente, atacarlos sucesivamente y vencerlos.
En el caso de que se decidiera á esto, yo abandonaría mi proyecto de
deserción, al menos por entonces.
Me adelanté á Hontoria de Valdearados, dejando á Lara en el mando.
Merino no pensaba en sitiar la Vid ni Aranda; no se atrevía á un ataque
tan en grande.
--¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar?--me preguntó.
--Yo, sitiar el convento y atacarlo.
Merino no contestó, y luego, no sé si para intimidarme, me preguntó si
sería capaz de ir á Aranda y enterarme de si el pueblo nos secundaría.
Le dije que sí y marché disfrazado en el carro de un carbonero á esta
villa.
Iba dirigido á don Juan Antonio Moreno, administrador del convento de
Sancti-Spiritus, que vivía en la calle de la Miel, cerca de la plaza
del Trigo.
El carbonero me dijo que á don Juan Antonio y á don Lucas Moreno les
llamaban los franceses y los afrancesados los Brigantes.
Don Juan Antonio Moreno me recibió muy bien. El y su hermano don
Lucas eran los depositarios del Empecinado, y á ellos les enviaba el
guerrillero todas las sumas que recogía.
Hablamos mucho del Empecinado y de la política del tiempo.
Estuve muy bien tratado en los dos días que paré allí; luego, en el
mismo carro en donde había ido, salí de Aranda y volví á mi escuadrón.
Claro que mis informes no sirvieron de nada, porque el cura no había
pensado en atacar Aranda.