Huerta es un pueblo bastante grande, formado por casas torcidas y
alabeadas, de las cuales ninguna tiene el capricho de conservar la
alineación.
No hay allí edificios con el aire naturalmente inmóvil de toda obra
de arquitectura; por el contrario, la generalidad parecen moverse y
prepararse para una loca zarabanda.
Casonas y casuchas, unas se adelantan á invitar á la contradanza á las
vecinas, otras se apartan finamente para dejar el paso libre, algunas
se inclinan saludando con reverencia, y hay tres ó cuatro que se
retiran como con despecho, bajando el tejado, que hace de sombrero,
sobre sus ventanas, que son sus ojos.
Estos movimientos de las casas de Huerta se deben á que las
construcciones no son de mármol Penthélico, ni siquiera de Carrara,
sino de estacas y adobes de poca consistencia.
Entramos con el escuadrón en aquel pueblo, y por una calle empinada y
sucia desembocamos en la plaza. Paramos en el Ayuntamiento y avisamos
al alcalde.
Este tardó bastante en venir.
Nos dió noticias del coronel francés. Había llegado el día anterior á
media tarde, dejado la mitad de sus hombres en el pinar, y después de
cuatro ó cinco horas de descanso pidió un guía y emprendió de nuevo la
marcha.
Me pareció imposible alcanzarle.