Presenciábamos tan horribles preparativos, cuando de una casa próxima
salió Merino. Iba á emprender su ronda de la mañana. Señaló el cura al
capitán de la compañía el sitio para fusilar á los tres hombres y luego
se acercó á mí.
--¡Echegaray!
--A la orden, mi coronel.
--Así me gusta á mí la gente. Sin pereza. Lara tiene malas trazas. ¿Has
dormido mal?
--No; muy bien, mi coronel.
--Bueno; vais á salir los dos en persecución del coronel francés
herido. Ha pernoctado en Huerta del Rey; parece que se dirige á Aranda.
Lleva unos veinticinco hombres. Si no se han dado mucha prisa, podéis
alcanzarlos en Peñaranda de Duero.
--¿Iremos con todo el escuadrón?--pregunté yo.
--Sí.
--¿Quién mandará, Lara ó yo?
--Tú.
--Si no podemos alcanzarlos, ¿qué hacemos?
--Marchar á Quemada y esperar allá.
--A la orden, mi coronel.
--A ver si de ésta te hago capitán, Echegaray.
Saludamos. Entre Lara y yo no podía haber rivalidades.
Cuando llegamos á casa del Padre Eterno, donde estaba el cuerpo del
Brigante, sonaban las descargas que quitaban la vida al afrancesado y á
los ladrones.
Desperté á Ganisch y al Tobalos, avisamos á los del escuadrón, se tocó
llamada, se almorzó, y poco después nos dirigíamos hacia Huerta del Rey
al trote.