Cuando llegamos á Hontoria nos encontramos un espectáculo lamentable.
Los guerrilleros habían cogido al sargento español afrancesado que
servía de guía y de intérprete á los imperiales, le habían montado en
un burro atado los pies por debajo del vientre del animal y los brazos
en los codos, y lo llevaban así.
Una nube de viejas horribles desarrapadas, de mujeres, de chiquillos
que habían sabido quién era, se acercaban al sargento á insultarle, á
arañarle, á tirarle piedras.
Ya no quedaba nada de su uniforme, desgarrado á jirones, y su cara
estaba negra de humo, de pólvora y de sangre.
Perdimos de vista este horrible espectáculo y nos acercamos á la casa
del Padre Eterno. Llevamos el cadáver del Brigante desde el portal á la
sala.
Un chico fué á avisar á doña Mariquita, y ella y Jimena, ambas
deshechas en lágrimas, acudieron solícitas á la casa.
Entre las dos mujeres y la mujer del Padre Eterno limpiaron el cadáver
del Brigante de sangre, de barro y de humo, y lo colocaron en una mesa,
entre cuatro velas.
Pusieron, además, un paño negro en el suelo y un crucifijo en la pared
blanca del cuarto.
Fermina la Navarra fué á casa de Martinillo; pues, á pesar de que nunca
había tenido gran simpatía, ni por él ni por la Teodosia, quiso ir
porque la viuda de nuestro corneta estaba para dar á luz, y Fermina
tenía miedo de que alguna comadre le soltara como un escopetazo la
noticia de que su marido había muerto.
Yo me ocupé de nuestros prisioneros, les hice cambiar de traje y les
recomendé al alemán Müller, que se encargó de ellos.
Volvimos Lara y yo al cuarto en donde estaba el Brigante muerto, y
las mujeres nos dijeron que nos fuéramos á dormir. Ellas velarían el
cadáver.
--Bueno, vamos á ver si encontramos algún rincón donde echarnos--le
dije yo á Lara.
--Antes, lávate--me advirtió él--; hueles á sangre que apestas.
Realmente, tenía el uniforme lleno de sangre y de trozos de cerebro que
me habían saltado, y mi sable parecía la cuchilla ensangrentada de un
carnicero.
Me lavé en una fuente y fuimos Lara y yo á buscar alojamiento.
Había mucho herido; casi todas las casas del pueblo estaban ocupadas
por ellos; se oían gritos, lamentos. Los cuervos en el campo, los
cirujanos y los curas en la aldea, iban á tener mucho trabajo.