A puro embestidas y metrallazos de trabuco llegaron los nuestros á
abrir brechas en la formación del enemigo.
Hubo un momento en que los dragones de á pie cedieron, y llegaron hasta
mí los gritos y las voces de triunfo que daban los guerrilleros.
Estos se lanzaban á un ataque general por el frente y por los flancos.
El combate estaba en el momento álgido. Merino conservaba todavía el
grueso de su fuerza en reserva para emprender el ataque del centro
enemigo. Apareció el gallardete blanco que nos ordenaba aproximarnos;
de prisa me reuní con mi escuadrón y, remontando una loma, nos
colocamos á un tiro de fusil del lugar de la pelea.
Se acercaba el momento de la carga.
El Brigante, Lara, el Tobalos y yo marcharíamos á la cabeza del
escuadrón; detrás irían el Lobo de Huerta y el Apañado, cada uno con un
vergajo para no permitir que nadie se rezagase.
Nuestros hombres de á pie, ya decididos, sin hurtar apenas el cuerpo,
se lanzaban en grupos compactos contra los franceses.
Estos se replegaban, despacio, sobre la loma donde estaba su
caballería. Dragones y gendarmes echaban pie á tierra para hacer fuego.
No hicimos más que aparecer sobre la hondonada y dar la cara á los
franceses, cuando flameó el gallardete rojo.
El Brigante levantó su sable y dió la orden de cargar. Lara y yo
hicimos lo mismo.
Creo que todos nosotros, yo, al menos, sí, experimentamos un momento
de ansiedad y emoción. La mayoría de los guerrilleros se persignaron
devotamente. El más templado creyó que allí dejaba el pellejo.
Picamos espuelas á los caballos, y los pusimos primero al paso, luego
al trote, después al galope, cada vez más acelerado y más fuerte,
doblando el cuerpo sobre la silla para favorecer la carrera y evitar
las balas.
Íbamos hacia abajo por un talud; después teníamos que subir por una
ligera eminencia.
El Brigante, con el sable desenvainado, gritaba como un loco. Nuestros
caballos volaban saltando por encima de los matorrales.
--¡Hala, hala, hala!--gritaba el Brigante--¡Anda ahí, Lara! Echegaray,
¡dales á ésos! ¡Corre!
Uno tenía la impresión de ser una bala, una cosa que marchaba por el
aire.
Al acercarnos á los franceses, el Brigante se volvió hacia nosotros.
Los ojos y los dientes le brillaban en la cara.
Nunca tanto como entonces me pareció un tigre.
--¡Viva España!--gritó con una voz potente.
--¡Viva!--gritamos todos con un aullido salvaje que resonó en el aire.
Tuvimos un momento la certidumbre de que habíamos arrollado al enemigo;
una descarga cerrada nos recibió; silbaron las balas en nuestros oídos;
respiramos un aire cargado de humo de pólvora y de papeles quemados;
cayeron diez, doce, quince caballos y jinetes de los nuestros; sus
cuerpos nos impidieron seguir adelante; hundimos las espuelas en los
ijares de los caballos; era inútil: al pasar la nube de humo nos vimos
lanzados por la tangente. Todos los guerrilleros de á pie contemplaban
el espectáculo.
Los franceses se formaban de nuevo y mejor.
Al llegar al final de una vertiente de la loma volvimos grupas y, sin
precaución alguna, pasamos cerca de los franceses á formarnos de nuevo.
Los del Jabalí, sin duda, no se habían atrevido á cargar.
El Brigante, orgulloso de su valor, y viendo nuestro enardecimiento,
nos hizo acometer de nuevo.
Con una serenidad pasmosa, avanzó á la cabeza del escuadrón, terrible,
majestuoso, lleno de cólera como el mismo dios de las batallas.
No éramos bastantes para arrollar á los franceses por la masa, y se
trabó el combate cuerpo á cuerpo, hombre contra hombre, como fieras,
enloquecidas por el furor.
Ciegos de coraje, dábamos estocadas y mandobles á derecha é izquierda.
Al Tobalos se le veía en todas partes, luchando y ayudando á los demás.
El Brigante parecía un energúmeno, uno de esos monstruos exterminadores
del Apocalipsis. Su mano fuerte blandía colérica el sable corvo y
pesado, y el acero de su hoja se teñía en sangre roja y negra como el
cuerno afilado de un toro en la plaza.
Había matado más de cuatro, cuando se lanzó sobre él un sargento de
dragones alto, gigantesco, con unas barbas largas y rojas y una mirada
feroz.
En la acometida vimos los caballos de ambos que se ponían en dos
patas, furiosos, echando vaho por las narices. Los sables de los dos
combatientes al chocar metían un ruido como las hoces en las cañas de
maíz.
Aquel combate singular no duró mucho; el Brigante dió á su enemigo tal
sablazo, que vimos caer el cuerpo enorme del dragón con el cuello casi
tronchado.
La curiosidad por presenciar el combate pudo perderme; un gendarme me
soltó un sablazo en el hombro, que me dobló la charretera.