A la proximidad de los franceses, los habitantes de la Gallega huyeron,
en su totalidad, á los montes. Las tropas de Bremond no encontraron más
persona de quien echar mano para guía que un mendigo apodado el Tonto.
El Tonto era uno de los espías del cura; sabía fingir la imbecilidad á
la perfección.
Hablaba de una manera confusa é incoherente.
Tenía una cara seca, arrugada, amarilla; unos ojos entontecidos; los
dientes movedizos, la barba rala y mal afeitada.
Vestía anguarina gris, con retazos de colores, que llevaba echada sobre
el pecho con las mangas hacia la espalda. Su cabeza, melenuda y blanca,
la cubría un sombrero ancho pardo y destrozado.
Andaba encorvado, exagerando su cojera, y le acompañaba un perrillo de
lanas, sucio por el polvo.
El Tonto se dirigió á los franceses y les pidió limosna.
Bremond y Fichet se acercaron á él.
--¿Qué quiere este hombre?--preguntó Bremond.
--Es un mendigo--contestó un sargento español afrancesado que servía á
la columna de intérprete.
--Preguntadle á ver si sabe dónde está Hontoria del Pinar.
El sargento hizo la pregunta.
--Sí sabe--dijo después.
--Dígale usted, entonces, que nos sirva de guía.
--Dice que no quiere; que él no tiene nada que hacer en Hontoria.
--Adviértale usted, sargento, que si no obedece le daremos una tanda de
palos.
El sargento hizo la advertencia, y el Tonto comenzó á refunfuñar:
--¡A un viejo le van á pegar! ¡A un viejo! Eso no es cristiano.
--Este cretino quiere que le tengan por un cristiano--dijo el coronel
Bremond, celebrando él mismo su juego de palabras.
El Tonto hizo como que se resignaba y comenzó á marchar despacio al
frente de la columna con su perro, cojeando, parándose cuando le venía
en gana.
El Tonto y el sargento afrancesado hablaban con algunos viejos pastores
y leñadores, que daban informes falsos y corrían al poco rato á
comunicarnos noticias.
Nosotros sabíamos cada cinco minutos la situación exacta en que se
encontraba el enemigo.
V