A media mañana apareció la cabeza de la columna en la entrada del
desfiladero, en el Portillo de Hontoria.
Los franceses habían destacado, de vanguardia, un pelotón de dragones,
que iba registrando los bosques y los escondrijos.
Al llegar los exploradores al Portillo se detuvieron y esperaron á que
subiese el coronel y diese sus órdenes.
Este Portillo de Hontoria es uno de los puntos estratégicos de la
sierra de Soria. El cura le tuvo siempre gran querencia.
Algo más que veinte años después de la guerra contra los franceses, en
1835, el cura Merino preparó en el mismo Portillo una celada contra don
Saturnino Abuín y le hizo un gran número de bajas, vengándose así de
la serie de palizas que á campo abierto le pegaba constantemente don
Saturnino el Manco.
El coronel Bremond, al asomarse al Portillo de Hontoria, mandó
detenerse á la cabeza de la columna. Sin duda, debió imponerle el
boquete aquél y lo gigantesco de los pinos.
Nosotros los del Brigante, aunque muy á lo lejos, veíamos á Bremond y á
Fichet. Yo, con mi anteojo, estuve mirando cómo hablaban con el Tonto y
con el sargento español afrancesado.
El coronel, sin duda, esperó á que subieran todos sus hombres, y
después dió la orden de que unos cuantos á pie fueran flanqueando por
las crestas.
Comenzaron los exploradores á escalar los altos, y el coronel mandó que
el pelotón de dragones, de dos en dos, reconociese la calzada hasta la
salida del desfiladero.
El pelotón, dirigido por el sargento español, primero al paso y
luego al trote, cruzó por delante de nosotros y de toda la línea de
guerrilleros sin que sonase un tiro.
Yo, desde el punto donde me encontraba, no veía la salida del
desfiladero, pero supuse que los jinetes franceses habrían llegado sin
contratiempo al punto de salida y quedado allí.
Si el coronel hubiese seguido enviando sus hombres por grupos, hubiera
salvado toda su fuerza; pero creyó que no valía la pena de perder el
tiempo, que no había emboscada alguna, y dió la orden de avance...
Hacía un día frío, con nubes que mostraban trozos de cielo azul claro y
limpio. A ratos salía el sol...
Comenzó á entrar toda la caballería por el Portillo de Hontoria.
En aquel momento eran las diez y media.
Brillaban los uniformes al sol; los correajes, los sables y los cascos
despedían centellas.
Yo, con mi anteojo, seguía contemplando á los franceses.
Los que tenían aire más terrible eran los dragones, con su morrión
peludo de plumero alto, su casaca y sus botas de montar. Gastaban todos
grandes barbas y largos bigotes. Llevaban tercerola en el arzón derecho
de la silla, y sable.
Luego, años más tarde, paseando por París, he recordado estos tipos al
ver las estampas de Raffet.
De lejos, y á simple vista, parecía la columna de la caballería
francesa una gran serpiente de plata escamosa y brillante reptando
por entre el verde de los pinares, deslizándose y desenvolviendo sus
anillos. Algunos de los soldados iban cantando.