El coronel, al entrar en su cuarto, mandó avisar al teniente Mathieu.
Mathieu le servía de ayudante. Le ordenó escribiera un oficio al
alcalde para que preparase para las cinco de la mañana siguiente dos
bagajes mayores para sus maletas y las de los oficiales.
Bremond consultaba todo con Mathieu, hasta sus asuntos particulares. El
oficial era mucho más inteligente que el jefe.
La disciplina militar obliga á creer que el coronel ha de ser más
comprensivo que el comandante, el comandante más que el capitán y el
capitán más que el teniente; pero la naturaleza, que no se cuida de
jerarquías militares ni civiles, hace, ayudada por los años, que casi
siempre el capitán sea menos estúpido que el comandante, el comandante
menos que el coronel y así sucesivamente, hasta el grado más alto de la
milicia.
Mathieu era de esos oficiales que son indispensables en un regimiento.
El sabía dónde se encontraba la indicación práctica, el plano
detallado, el artículo del Código Militar; conocía los recursos
extraordinarios de que se puede echar mano en un pueblo y la manera de
domesticar á los alcaldes y á los curas recalcitrantes.
El coronel Bremond estaba vacilando: por una parte no quería contar el
caso y decir que la graciosa administradora de Rentas de Barbadillo le
había sido esquiva; por otra, le parecía su venganza algo espiritual
y fino, digno de un militar francés, de un verdadero militar francés
de las épocas de Luis XIV y Luis XV, en que no se ganaban grandes
batallas, como en tiempo de Napoleón, pero se sabía cortejar en los
salones.
Por último se decidió; contó á Mathieu lo ocurrido y acompañó su relato
con grandes carcajadas.
--No se ría usted, mi coronel--dijo Mathieu seriamente.
--¿Por qué?
--Porque esto ha sido una emboscada.
--¿Cree usted?...
--No tiene duda. Esas dos mujeres estuvieron en Burgos para incitarle á
usted á que viniera aquí.
--¿Será posible?
--Para mí, no tiene duda.
--Puede que tenga usted razón--y Bremond tomó el aire coronelesco que
empleaba para las cosas serias.--Mañana encargaré á Fichet que haga
averiguaciones; ó si no, las haré yo mismo.
Por la mañana, al levantarse Bremond, ordenó que inmediatamente
trajeran á su presencia al administrador y á su mujer; pero el
matrimonio había levantado el vuelo. En el momento que el coronel
preguntaba por ellos, estaban doña Mariquita, el administrador y Jimena
en el campamento de Merino.
Montados en mulas, y por las sendas, dando la vuelta á la peña de
Villanueva por Gete y Aedo habían llegado al pinar de Hontoria.
Bremond llamó á Fichet y le dijo cómo les habían engañado á los dos,
preparándoles una celada, madama Fermina y la administradora. Así,
repartiendo la torpeza entre su comandante y él, Bremond se sentía más
aligerado de peso.
--Esas dos mujeres eran espías--dijo Bremond.
--¿Cree usted...?--preguntó Fichet asombrado.
--Estoy convencido.
--Es posible. Estas españolas son mujeres decididas. El hecho es que,
si tenían algo preparado en combinación con los guerrilleros, no se han
atrevido á hacer nada.
--Ni se atreverán--agregó Bremond con la proverbial petulancia francesa.
Discutieron entre el coronel y los oficiales el plan de la marcha,
teniendo en cuenta la posibilidad de una emboscada, y se decidió seguir
á Soria, reconociendo los bosques y los desfiladeros del camino.
El coronel Bremond no temía el encuentro con una partida, pero tampoco
lo deseaba.
Le habían hablado de las tretas de Merino; sabía que el cura-brigante
era maestro en emboscadas y estaba sobre aviso.
El lazo podía haberse preparado; pero ¿en dónde?
El cerebro del coronel, que no era precisamente el de César, comenzó á
estar en prensa.
Toda la maquinaria encerrada en su pequeño cráneo crujía como un
cabrestante.
Bremond, después de vacilar y suponer si la emboscada del cura estaría
preparada en el camino de Barbadillo á Burgos, ó en el de Barbadillo á
Soria, decidió seguir adelante.
Bremond dió la orden de avanzar hacia Hontoria. Tardaron dos días en
llegar desde Barbadillo hasta la Gallega.