Después de la sorpresa de Quintana, Merino, á quien habían nombrado
coronel efectivo, comenzó á lucir unos magníficos caballos.
El mejor que montó durante toda la guerra fué uno á quien bautizó por
el Tordo.
El Tordo lo montaba el coronel francés del convoy muerto en el combate
de Quintana. Era un caballo normando, de color ceniciento, de gran
alzada, ancho de pecho, los pies y los brazos gruesos como columnas,
y el pelo poblado y crecido, de media cuarta, tanto, que había que
esquilarle en invierno, principalmente por los lodos.
Era un caballazo tosco, mal configurado y poco esbelto; parecía uno de
esos percherones de los carros de mudanza.
Durante la pelea con los franceses entre Torquemada y Quintana de la
Puente lo pudo contemplar Merino y ver su resistencia y su fuerza.
Cuando se lo mostraron después de la refriega decidió guardarlo para
él. La cosa hizo reir á los oficiales y se hicieron chistes acerca del
caballo, á quien unos llamaron Clavileño y otros Rocinante. Pronto se
vió que los burlones estaban en un gran error.
El Tordo era muy manso; pero luego que se le ponía la silla y se
montaba el jinete, se deshacía en movimientos y brincos.
Se le veía siempre deseando marchar.
Trotaba magníficamente y andaba á media rienda con frecuencia, cosa que
gustaba mucho á Merino.
En la carrera, ningún otro caballo de la partida le superaba, y menos
aún por entre montes y peñascales.
A pesar de su aspecto tosco, tenía las habilidades de un caballo de
circo. Se paraba á la voz del amo, quedaba quieto como un poste, y el
jinete podía apuntar con la misma seguridad que si estuviera en el
suelo.
Para hacerle andar no se necesitaba ni la espuela ni el látigo; bastaba
un ligero movimiento de la brida y animarle con la voz para que
rompiese al trote.
En las embestidas del ataque parecía un caballo apocalíptico; no sólo
no le asustaba el estruendo de los fusilazos, la gritería de los
combatientes y el ruido de los sables, sino que por el contrario, le
excitaba y le hacía dar saltos y cabriolas.
Casi todos los días, después de haber andado ocho ó nueve leguas á
media rienda, el asistente le quitaba la silla, y si había río ó
alberca en la proximidad le dejaba meterse en el agua.
Esto era lo que más le gustaba. Después del baño iba á la cuadra dando
saltos y relinchando, y con un hambre tal, que si le echaban dos ó tres
celemines de cebada, aunque fuera sin paja, se los tragaba al momento,
y lo mismo comía habas secas, patatas ó zanahorias.
Los días de gran caminata, su amo mandaba darle una gran hogaza de pan
con un azumbre de vino.
El cura comprendía el valor del Tordo en un momento de peligro, y no
dejaba que lo montase nadie. Cuando entraba en acción hacía que el
asistente lo llevara á su lado con silla y brida, por si venían mal
dadas salvarse el primero.
Merino conservó el animal hasta después de la guerra, en que murió de
viejo.